Capítulo 1: Corderos en el pasado, lobos en el presente.

Capítulo 1: Corderos en el pasado, lobos en el presente.

Azrael se debate entre la ética y la supervivencia.

Separar el ruido de sus propios pasos del resto de sonidos que llegaban hasta él en mitad de la noche, mirar atrás, comprobar su alrededor. Cubrir su rostro y asegurarse de que el cuchillo sigue en su sitio. El protocolo del extraño viajero es sencillo a la par que vital. Caminando hacia un lugar que no sabe donde se halla, trata de dejar atrás algo que siempre estará en su interior. Azrael, baja su gorro un par de centímetros, deja el espacio justo entre éste y su shemag para que el viento helado no le azote demasiado fuerte, pero que aún así, pueda visualizar su camino. Da igual a donde le lleve éste, da igual el tiempo que haya estado perdido. Porque cuando vagas en busca del olvido, no existen los lugares, no existe la distancia. Todo es desconocido, por muchas veces que vuelva al mismo sitio. No hay hogar, no hay sosiego. Nunca habrá un final feliz para el huésped de ninguna parte.

Podría ser un lunes cualquiera, uno de esos días dónde la gente se enfrenta a una realidad monótona. Donde la losa de un nueva semana igual que la anterior cae sobre  los hombros de quién vive preso de un trabajo que no desea.

Cinco días, seis en ocasiones, que aventuraban a los corderos del pasado en una lucha que acababa por difuminarse en una utopía de fin de semana, un porcentaje de tiempo que daba un supuesto respiro para volver a agachar la cabeza y asomarse a un nuevo abismo de jornadas insoportables. Es increíble ver cómo el ser humano se adapta a las facilidades y se vuelve blando cuando la vida es fácil, trabajar, descansar, comer, amar, morir ..

La vida era sencilla, todo estaba al alcance de la mano. Sólo debíamos pagar el precio de la facilidad a base de tiempo y monotonía. Hoy la cosa es diferente, el tiempo sobra, no saber cuánto nos queda, es un regalo, a veces, otras tantas se convierte en una espada de Damocles que juega con nuestra cordura.

Hará unos dos años que comenzó su camino, dos años completamente solo.
Ya no se molestaba en buscar a nadie, sobrevivir era mucho más sencillo cuando no cuentas con nadie.

No tenía otra misión que la de seguir hacia delante tratando de que la noche no le alcanzase sin haber encontrado sustento o refugio, al menos lo último. Azrael podía estar sin comer largos espacios de tiempo. Alimentarse de cualquier cosa. Se arrastrase o hubiera que cazarla. Ya le había ocurrido en innumerables ocasiones, tener que conciliar el sueño luchando contra un estómago furioso. Era fácil, sabía que desde que la humanidad se redujo a un mísero porcentaje y la naturaleza se apoderarse del planeta, la comida podía estar en cualquier lugar, debajo de cualquier piedra o escondida en cualquier tronco, sólo había que saber dónde buscar.

Y estar dispuesto a tragar sin pensar demasiado.

El problema venía cuando lo que no se encontraba era un refugio. A ciertas horas y bajo ciertas condiciones, no saber esconderse podría significar morir.

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La naturaleza reclamaba su superioridad
cada vez que tenía ocasión, y la noche era la mejor de ellas. Cuando tienes que enfrentarte a la realidad de un cambio de posiciones entre ser cazador o presa, eres consciente de la inferioridad de tu propia especie. Y entonces entra en juego la supervivencia.

Hace mucho que dejamos de poseer cualquier ventaja tecnológica, los coches dejaron de funcionar y cualquier cosa que llevase un cable había quedado inutilizada, y con ella nuestra superioridad sobre el resto de seres vivos, reducidos a neandertales, a primates desamparados y sin preparación ninguna para lo que nos esperaba. La moderna y acomldada vida que nos parecía tan sencilla, sería en realidad nuestra propia tumba.

El comienzo del fin.

Parecía que el día iba por buen camino. Azrael tuvo la fortuna de su lado y fue a parar a una vieja biblioteca abandonada. Un local de pueblo destinado a culturizar dentro de sus posibilidades a una pequeña zona rural de las afueras. Aunque escueta de contenido, el lugar disponía de algo de material bastante interesante.
Libros sobre medicina, química, caza y ciertos temas que podía resultar vitales en la situación en la que se encontraba .

El recuerdo confuso de un internet ya solo existente en su memoria le esboza una sonrisa. Mientras ojea un tesoro que no va a poder llevarse tan fácilmente, imagina la sencillez con la que disponían de todo ese contenido y su valiosa información.
Cuando todo lo que tenía que hacer era apretar un botón y teclear aquello de lo que se deseaba obtener una información detallada. Entonces se había perdido esa capacidad de investigación y la necesidad de aprender quedaba relegada a los años de formación escolar. Ahora no había más remedio que atesorar cada página, cada esquema, cada fórmula. Encontrar un viejo libro de remedios podría ser la diferencia entre la vida y la muerte, entre una noche atormentado por un dolor de muelas o poder descansar gracias a un analgésico a base de plantas.

Aprendió entonces a aprovechar todo lo que ofrecía su entorno. Cuerda, alimento, prendas de ropa y cualquier cosa que sirviese de combustible. Descubrió la importancia de guardar algo cuando puediera llegar a tener una utilidad y saber cuando era absurdo ocupar un hueco en la mochila y tener que cargar con ese peso .

Siempre viajaba con él una funda de plástico para documentos. Oculta en el respaldo de su mochila, protegía del deterioro a algunas paginas arrancadas de ciertos libros. Extractos con información de bastante valor. Pequeños trucos de supervivencia, algunos apuntes de medicina,un par de mapas y unos parches de morfina.

Cuando te acompaña un dolor insoportable, a veces descansar no es una opción. Huir herido no deja márgen para pensar demasiado. Un parche analgésico podía ser la diferencia entre alcanzar un refugio o sucumbir ante cualquier enemigo.

Azrael consulta aquellos mapas descoloridos constantemente. Se ubica, toma apuntes. Localiza los puntos de interés y los posibles lugares que puedan ofrecerle alguna ventaja, proporcionarle alimento o servirle de refugio. Siempre le viene a la mente el día en que se hizo con aquellos impresos topográficos. En el lugar menos esperado, resulta que alguien deja unos mapas olvidados. Su sorpresa mayúscula era reflejada en su mirada cuando abrió la guantera de un vehículo herrumbroso que había salido mal parado de una curva.

La sociedad desapareció hace tanto, que los valores de las personas habían sido diluidos poco a poco en una solución de necesidad. Recluidos en un lugar olvidado, apilados en el desván de los sentimientos que un día distiguieron a la humanidad de los animales. Y por los cuales se habían vuelto débiles.

Desde su punto de espera, Azrael podía observar un pequeño rastro de humo. Recordaba la lección de un libro que leyó sobre caza y supervivencia. Como consejos básicos, ese libro especificaba claramente que nunca había que ponerse entre el viento y la presa, que se debían apagar las hogueras totalmente y que estar en un lugar fijo mucho tiempo acabaría con tu estatus de cazador y te rebajaría al de cazado.

Después de un rato observando entre arbustos elevados, Azrael contempla ciertos detalles, evidencias claras que le indican la presencia de algún sujeto en la caravana que tiene delante y que le aportan la información que necesita. El superviviente contaba con al menos un individuo en su interior. No había oído conversación alguna en más de media hora de continuo acecho. Aunque sí algunos pasos. Pasos débiles. Un caminar arrastrado, demasiado extendido para alguien en buen estado. Similar al desganado y lánguido movimiento que lleva a la presa herida hasta su lecho de muerte. Es curioso cómo el dolor de un ser glorifica el día de otro.

Al final, siempre seremos las bestias que una vez fuimos. Sólo, que la necesidad nos despojó de los complejos.

Azrael, cauto y preciso, avanzó sin perder de vista la ventana por la que hubo captado movimiento hace unos minutos. Un ruido característico de alguien aquejado de alguna afección pulmonar le llegaba tenue pero inconfundible.

La tos que producía ese sujeto no inspiraba nada bueno. La rudeza y sequedad de sus quejidos, inequívocamente podían ser el canto de cisne de un hombre enfermo.

La muerte rondaba a ese pobre viejo. Azrael se repetía aquel hecho. Quizás, esa fuera la causa de que su conciencia no se alterase al terminar con su vida. Tal vez. O tal vez fuese el hecho de que el pudor y la línea que separa lo correcto de lo inadmisible habían quedado relegados a un segundo plano.
Una vez estuvo seguro de que no había peligro alguno, Azrael se acercó por la parte trasera del vehículo. La autocaravana vieja y cubierta de hojarasca se alzaba ante él a solo unos metros.

El inservible vehículo descansaba postrado allí como una ballena varada, perdida, tan grande y a la vez tan pequeña, tan débil y a la vez tan poderosa, un perfecto ejemplo de lo que fue la humanidad. Invencible en su océano de grandeza, y lo que ahora queda de ella, atrapada en la orilla del apocalipsis.

Azrael recordó cuando su esposa le sugería hacerse con una. Sería perfecto para disfrutar de las vacaciones. Cada fin de semana sería una oportunidad de viajar con sus dos pequeñas a cualquier parte, la libertad en forma de transporte.

Ya a escasos metros de la caravana, Azrael estaba lo suficientemente cerca como para divisar posibles trampas. Sorpresas de obligada instalación si uno quería dormir un par de horas más o menos tranquilo.

Premio. Tan solo con estar atento, podía observar un cordel con varias latas que rodeaba la zona. Botellas rellenas de tuercas adheridas con débiles trozos de alambre y sujetas a los troncos cercanos. La evidencia le decía que ese lugar era el hogar habitual de su misterioso morador. Demasiadas molestias para alarmar aquel lugar si sólo se está de paso.

Los evidentes signos del exterior de haber sido excavado y cubierto de hojas, daban a Azrael el indicio de existencia de alguna pequeña pero letal trampa. La punta de unas rudimentaria pica afilada asomando entre aquellas hojas confirmaban su sospecha.


Después de sortear sin mayor dificultad que un pequeño esquive las rudimentarias pero efectivas alarmas, Azrael sacó un trozo de espejo con los bordes cubiertos de cinta de su bolsillo. El pequeño espejo antiguamente pertenecería a algún estuche de maquillaje infantil. Posiblemente de alguna niña que jugaba a ser princesa cuyo cuento acabaría sin final feliz.

Azrael pegó la espalda contra la chapa oxidada de la parte trasera. Alzó el brazo y buscó un ángulo que le ofreciese un buen reflejo del interior. A través de la ventana se divisaba una silueta. Podía adivinarse la cabeza de un ser humano y parte de su torso. Un hombre de unos 60 años , apoyado en borde de un camastro, luchaba por mantenerse de erguido mientras tosía.

Sus pulmones parecían albergar un puñado de arena en su interior de la que no lograba librarse. El esfuerzo le obligó a tumbarse de nuevo. Exausto. Derrotado.

Azrael alzó aun más el brazo. Por el tímido reflejo no podría adivinar mucho más. Decidió elevar su cuerpo y arriesgarse a ser descubierto. Pero el tipo del interior no estaba en condiciones de ver nada.

Los ojos del superviviente llegaron al nivel de la ventana. La visión, reducida por los tablones que protegían el marco, dejaba entrever lo que albergaba aquella chatarra con ruedas. El hombre yacía inmóvil sobre el colchón, vestía ropa de caza o puede que de algún antiguo ejército, portaba un cuchillo de combate en su cinturón, o al menos la funda de éste.

A parte del posible cuchillo, Azrael no divisaba arma de otro tipo que pudiera tener al alcance. Salvo un arco de prácticas de poca potencia, ninguna flecha a la vista .

Un bate de béisbol de aluminio colgado sobre el marco de la puerta llamó su atención. Aunque Azrael contaba con ello, difícilmente podría usarse ahí dentro con algún resultado.


Cuando necesitas pensar como un depredador, un ave de presa. Se libera una parte de tí que va acorde con tu genética, tu instinto más cruel antepone tu vida a la de los demás. Y entonces ocurren cosas que no esperarías de tí mismo.


Ese instinto te mantiene vivo, cueste lo que cueste. Aquel que desarrolla su animal interior y lo alimenta de coraje, se declara vencedor en la batalla. El otro, simplemente muere.

Cogió una pequeña  rama del suelo, lanzada con cierta habilidad contra el cordel del latas llamaría la atención del hombre moribundo. Agazapado detrás de la caravana, el plan era sencillo: usar la trampa del hombre de la caravana como señuelo en su contra y abatirlo cuando éste comprobase el ruido.

Es bueno en éstos momentos recordar la primera regla del combate: nunca subestimes a nadie.

La cabeza de una vívora Russell, sigue mordiendo incluso horas después de ser seccionada de su cuerpo. El instinto la mantiene con vida buscando una venganza post mortem, morir matando.

Obviar que un tipo pueda defenderse por estar enfermo es un error letal. Siempre hay que trazar un plan.

En ocasiones saldrá a la perfección, otras veces, el plan acabaría en una huída desesperada .

Lanzó la rama y las latas hicieron su trabajo, un poco de ruido sería suficiente para que el hombre creyese que un animal incauto se adentraba en su morada.

Pero el resultado no fue el esperado. Quizás el hombre ya estaba acostumbrado a que los animales tocasen la cuerda y saliesen espantados por el ruido. Quizás había fallecido en aquel justo momento.

O quizás era más listo de lo que Azrael esperaba y el tipo no había picado en el señuelo. Decidió esperar.

Nada. Silencio y un mar de pensamientos. De repente el hombre volvió a toser de forma débil. Habiendo revelado su posición y su condición poco amenazante.

Volvió a oír cómo se sentaba. El rechinar de su cama de muelles oxidados lo delataban, no estaba prestando demasiada atención a su entorno y eso significaba muchas cosas.

Otro fallo imperdonable en éstos tiempos.
Azrael sacó el espejo de nuevo, lo colocó en el cristal de la puerta y a través del reflejo vio que de nuevo estaba tumbado. Azrael desenfundó el cuchillo y lo portó en su mano derecha.

No dudó ni un instante, abrió la puerta de la caravana con volencia y con una rápida visualización descartó cualquier trampa en el acceso. Tampoco divisó a cualquier otro ser que pudiera sorprenderlo.

Saltó dentro y el tipo abrió los ojos levemente. Con los párpados entornados y cubierto de sudor, Azrael comprobó que el filo de aquel hombre se encontraba sobre una pequeña mesa.

El hombre abrió los ojos un poco más y le miró fijamente. Sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y de odio, la vida le había cogido por sorpresa.

No tenía mucha opción de defenderse…

Azrael se compadeció de él. Oscultó la caravana con un vistazo y comprobó que podría rapiñar ciertos enseres que el viejo no echaría de menos en unas horas. Si es que aguantaba tanto.

Se agachó a recoger un pequeño bolso de cremallera que acababa de pisar, y entonces el tipo hizo el intento de alcanzar su cuchillo.

Azrael con un movimiento fugaz pasó el cuchillo s toda velocidad por el cuello de aquel desgraciado.

-Tu sufrimiento acaba aquí- . Pensó.

Es triste ver qué has sido capaz de aguantar cuanto, ¿dos años? ¿Tres?.

Ahora, dentro de aquel refugio, lugar de descanso, hogar, fortaleza. El viejo estaba vendido a la suerte de un intruso.

Dependía de la moralidad y de la necesidad de otra persona, de su intención y de su misericordia.

Mala suerte para él. Hacía tiempo que para Azrael la época de amor y comprensión había terminado.
La vida de ese hombre se desvanecía a borbotones ante sus ojos. Un solo corte pero preciso, había sido suficiente.

Su intención no era hacerle daño. Simplemente aplicó sus conocimientos en combate para acabar con él en el menor tiempo posible.

Con el tiempo te acostumbras a ese tipo de cosas, tu vida o la suya, presa o verdugo, víctima o asesino. Registró al hombre mientras aún latía su corazón. Impasible. Ni siquiera le afectaron sus últimos estertores.

No llevaba documentos ni nada reseñable encima.

El valor de las cosas había cambiado en la mente de los hombres. Una lata de conservas cualquiera, significaba mucho más que un fajo de billetes. Éstos últimos ya sólo valían para hacer fuego o limpiarse el culo y encima ardían bastante mal.
En la estancia, llena de polvo y trozos de hojas secas, no había más botín que el arco del tipo y su cuchillo, además de eso, debajo de su cama, una pequeña bolsa. La misma que Azrael había pisado. Se trataba de un botiquín de campaña con vendas y antisépticos, todo un hallazgo.

Sintió entonces algo similar a lo que recordaba de aquellos días de Navidad. Esperar a que llegase la noche e irse a la cama con nervios e ilusión. Acostar a sus pequeñas, contarles alguna historia típica y esperar a que se durmieran.

Llegaba la mañana, la sensación de ver los regalos bajo el árbol, era lo que nos hacía ser niños de nuevo. Ver sus nombres en aquellos paquetes de colores, abrirlos, encontrar tantos juguetes y golosinas. .

Hoy su regalo le ha costado la vida a un hombre.

Después de un rato hurgando por el interior de aquel lugar,  hizo un breve inventario del saqueo. Los antisépticos y alguna lata de pescado en conserva serían su logro de aquel allanamiento. Un par de mecheros de gas y las preciadas armas.

El tipo podía haber sido militar, o puede que policía. Su corte de pelo cepillado en los lados y su ropa de caza eran muy común entre los oficiales.

Azrael valoró positivamente su recompensa. No era raro encontrar el cadáver de un tipo al que hubieran asesinado por cierto medicamento o tratamiento que otro precisase.

La gente se mataba por unas velas o unas cerillas. Qué no harían por salvar su culo por unas horas.

Grupos de hombres sobrevivían en unas especies de manadas, devorando, atacando a otros grupos de desesperados, saqueando, violando..
Cuando la ética es un recuerdo, a los débiles les pasan cosas.

A veces, Azrael daba gracias por no tener a nadie que cuidar. Nadie dependía de él salvo él mismo. En ocasiones se compadecía de su soledad, otras, se alegraba por que su familia fuera un recuerdo. Preso y amante de su eterna soledad.

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