La Sombra Capítulo 2/1

La Sombra Capítulo 2/1

Una serie de circunstancias que dan al superviviente un objetivo en su camino.

Decidió pasar la noche en aqulla caravana. Las trampas estaban montadas y era sencillo mantener una buena temperatura en aquel lugar. Ya sólo debía sacar el cadáver de aquel desgraciado y podría instalarse cómodamente.

Llevó el cuerpo a unos treinta metros en la dirección del viento. Aunque éste cambiase, una vez bajo la tierra y la nieve tardaría bastantes horas en empezar a apestar. Azrael lo enterró boca abajo. Eso retrasaría aún más el hecho de que la naturaleza supiese de él.

Una vez dentro del vehículo, Azrael abrió cada cajón y oteó cada centímetro del lugar. Halló algunos enseres de cocina, aderezo para ensalada y algunos trastos inservibles. El pequeño recipiente de aceite despedía un olor correoso desagradable. Viendo que la utilidad de aquél líquido no iba a ser alimentaria, Azrael vacío el contenido sobre un plato hondo de cerámica e introdujo un trozo de trapo en él, dejó que una pequeña parte asomase de aquella vela improvisada y lo encendió. La llama chisporroeaba cuando el aceite alcanzaba al fuego. Se calentó las manos en la medida de lo posible y entonces se acordó de las latas.

Probó suerte con las ellas. La primera fue todo un logro: calamares que debían haber caducado no hace mucho. La fecha se había borrado parcialmente y se podía adivinar el año.

Pensó en guardarla para otro día. Pero Azrael sabía que en cualquier momento podría aparecer oportunista como él y acabar con su vida al igual que acababa de hacer él con el pobre viejo.

Al menos su asesino no disfrutaría de aquella cena.

Segunda lata: maíz, hacía tiempo que Azrael no tenía la suerte de disfrutar ese manjar..

..hoy tampoco sería el día.

Esta vez la lata debía estar bastante pasada y el maíz tenía un tono azulado que obviaba su incomestibilidad. El líquido estaba excesivamente pastoso y el olor echaba para atrás. Decidió no jugarse el tipo por unas calorías y guardardó el contenido como cebo. Era una pena gastar lombrices para tratar de atrapar un pez.

Acabó con los calamares. Terminó también von algunas bayas que había ido recogiendo por el camino y advirtió que la noche se estaba haciendo patente.

Azrael tapó las ventanas con lo que iba encontrando. Puso el colchón en el suelo y aseguró la puerta. Puso la vela improvisada en el suelo y se sentó a descansar. Apoyó la espalda contra la fría madera de la pared y se quedó apresado por el baile del fuego.

Su taza metálica con algo de agua y unas agujas de pino, se calentaba sobre la pequeña pero insistente llama.

Bebió el agua en pequeños sorbos. El sabor de las agujas y la temperatura de ésta serían el abrazo cálido que le ayudaste a conciliar el sueño.

Mientras sus ojos se vencían al cansancio, Azrael pensaba en la mirada del hombre al que acababa de segar la vida hacía unas horas. Se entristecía por haberle hecho morir de esa manera tan mezquina. Tan poco valiente, tan poco digna.

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-¿Que habrías sido en tu pasado?. ¿Por cuántas personas lloraste aquí en tu soledad?-

Azrael sabía que todos llevamos un alma dentro, pero también estaba seguro de que hay personas que albergan otras tantas almas en su interior. Junto a la suya, la de todos aquellos a los que nunca podremos olvidar.

La vida es efímera..

No serían ni las ocho de la mañana. En la antigua vida, éste sería un día normal. Lunes, viernes.. daba igual ya.

No depender de un calendario convertía el día a día en una película de mal gusto que se rebobinaba cada mañana.

Encendió lo que quedaba de la vela y calentó lo que le quedaba de agua. Conseguir más no era difícil, pero había que hervirla y filtrarla si uno no quería acabar vomitando durante varios días.

Azrael había encontrado un paquete de pasta deshidrata que el viejo había consumido a medias. Al no disponer de energía ni agua para cocerla, decidió aplastarla e ir masticando y tragando los trozos más pequeños mientras pensaba en cual era el plan del día que asomaba en el horizonte.

Que aproveche.

No había terminado su insípido desayuno cuando a Azrael se le atragantó el último bocado. Unas serien de voces resonaba fuera.

Parecían dos. Al menos él había distinguido dos tonos diferentes. Azrael se asomó entre los parapetos que había colocado en las ventanas. Ahí estaban. Entre los arbustos que rodeaban la ajada vivienda, aparecían sendos tipos vestidos con ropa militar. Llamaban a alguien. – ¡STEPHAN! – Le pareció oír. ¿Será el tipo de la caravana?.

Poco importaba eso ahora. Lo que si quedaba claro, es que conocían el sitio. Sabían donde se situaban las alarmas y las trampas que habían protegido ese lugar.

-¡Stephan! Vamos anciano, que no tenemos todo el día. El jefe espera

Si, buscaban al difunto.

Por desgracia para él, Stephan estaba dando de comer a los gusanos. Azrael ocupaba en éste momento su morada. Y eso resultaría peligroso para ellos.

Se aproximaban a la puerta. Al menos uno, el más grande de los dos, portaba un hacha de mano. Del mismo tipo que los que usa la división de montaña de algunos ejércitos.

Azrael recordaba haber visto a gente que manejaba esas hachas con una destreza asombrosa. – Espero que no seas un de esos-Pensó.

Aguardó sin hacer ruido alguno. Dejó el mueble con el que había parapetado la puerta a un lado y se escondió detrás de la entrada.

El tipo, decidido a entrar, giró el pestillo y abrió la puerta del todo. Del otro no se apreciaba a escuchar ni un ruido. Azrael pudo divisar por la rendija de las bisagras que estaba meando de espaldas a la caravana, a unos veinte metros de su compañero. – Hay que ser imbécil – al superviviente le parecía asombroso que gente tan confiada hubiera sobrevivido hasta ese día.

El primer hombre ya tenía un pie dentro de la estancia. La primera cosa que llamaría su atención al entrar sería la vela, por eso Azrael la dejó encendida. Sin darse cuenta, había caído en la trampa. Como los pequeños peces abisales. Atrapado por una luz en mitad de la oscuridad. Una vez cerrada la puerta, Azrael saltó como un muelle sobre él. Tapó su boca con una mano y tiró hacia atrás de su cabeza dejando expuesto su cuello. Pegado a su espalda, hundió el cuchillo del difunto Stephan en la tráquea del incauto hombre y lo retorció girando su muñeca.

Poco se puede gritar con la sangre inundando tus pulmones.

El segundo seguía meando. Ajeno a la desgracia de su compañero y a la suya propia.

El hombre se mostraba ebrio. Canturreaba y se escoraba de lado a lado. Llevaba evacuando casi un minuto.

Tiempo de sobra para perder la vida a manos de otro.

Azrael recogió el hacha del tipo que yacía en la caravana y se acercó por detrás sigiloso.

La cremallera del tipo acababa de subirse. Azrael debía apresurarse a eliminarlo..

Tan solo le restaban unos diez pasos cuando el hombre se giró y todo el bosque que los rodeaba guardó silencio.

Sus ojos miraron a Azrael fijamente. Observaron la escena que acompañaba a su atacante. Sus mangan manchadas de sangre fresca y brillante. El hacha de su amigo sujetada por ese extraño. Los ojos del tipo que lo amenazaban.

Un movimiento rápido con su mano hacia el bolsillo, revelaba que el sujeto intentaba alcanzar algún arma escondida. Pero la suerte hoy no estaba de su parte.

Azrael lanzó el hacha apresuradamente hacia el cuerpo del hombre. Unos siete kilos de acero al carbono se precipitaron contra la cara de aquél tipo.

El ruido sordo que hace el cráneo cuando estalla es bastante característico. La sangre salpicó varios metros a su alrededor. El cuerpo cayó de espaldas. Azrael corrió hacia él mientras extraía el cuchillo de su cintura y confirmó la baja.

Coser y cantar.

Registró a los dos tipos. Algunos frutos secos encontrados en el pantalón del último hombre, alegraron la mañana de Azrael, que daba cuenta de ellos mientras seguía con la inspección. El otro llevaba una brújula en la chaqueta y una anotación escrita a mano.

“Unidad de exploración asignada :

Stephan, Carl, Silvio, Maika”

Una dirección escrita junto a los nombres marcaba al norte. Explicaba un rumbo que debían seguir y que conducía a algún punto en medio de un gran bosque.

Azrael ya había visitado la zona, aunque sólo en su parte exterior. El frío y la oscuridad que reinaban en aquellos interminables pinares, lo hacían totalmente desaconsejable para un solitario caminante.

Azrael debatió consigo mismo la situación. Esa gente venía de alguna parte y tenían un lugar al que llegar. Quizás no era tan descabellado el hacer un pequeño reconocimiento de aquellos lares. Al fin y al cabo, si existía un lugar ubicado en un mapa, era por algo.

Azrael tomó las indicaciones de nuevo. Observó la lista y miró al cadáver del suelo. El tipo ebrio que mostraba una tez más oscura, debía ser Silvio. Stephan, sin duda, era el viejo de la noche anterior.

Azrael creía haber recordado cómo el hombre del hacha había pronunciado el nombre de Stephan con cierto acento anglosajón. Ese tipo era el tal Carl. Entonces, todos pertenecían a un mismo equipo de expedición.

Azrael no tenía nada mejor que hacer que aprovechar el trabajo que aquellos a los que había ejecutado habían realizado enclntrando algún lugar. Además, no era normal encontrar gente después de tanto tiempo. Y menos en grupos con un mínimo de organización. Entonces Azrael se decidió por sumarse a la búsqueda sin pedir permiso a nadie. Total, todo el mundo estaba muerto. Aunque en su mente aparecía una duda de repente: ¿Quién coño es Maika?

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte