Capítulo 2/2          La sombra.

Capítulo 2/2 La sombra.

Azrael, en busca de un destino incierto, es perseguido por un misterioso ser.

¿Qué más vas a perder por culpa de tus miedos? Atrévete, los Dioses están contigo!

Havamal. Ofrenda a Odín

Desprovisto de cualquier detalle, los símbolos y términos que acompañaban al rumbo escrito en esa hoja, eran incomprensibles para él. Quizás, sí reconociese algo de todo ese jeroglífico, el dibujo de una antigua señal de carretera. Algo que recordaba haber visto en algún momento de los últimos meses. Una parte de aquella zona, la más limítrofe con el noreste, había sido utilizada para el transporte de los materiales que habían sido extraídos de las minas ya obsoletas que aparecían en algunos mapas. Las viejas vías del tren habían conducido en antiguas épocas a miles de vagones cargados de minerales y a los trabajadores que volvían a sus casas después de interminables jornadas bajo tierra. 

Después de varios meses, puede que más de diez, Azrael tenía que reconocer, que a pesar de haber deambulado por un territorio muy poco extenso, se daba cuenta de que había ignorado la existencia de algún punto de interés en ese sector de la zona.

Cada cosa que se sitúe en un territorio digna de señalar en un mapa, debía ser conocida por cualquier superviviente que se preciase como tal.

Un punto, un destino. Un lugar al que enviar  cuatro exploradores armados. Debía ser algo bastante importante. 

Azrael se cambió los calcetines por unos limpios, al menos, por unos menos sucios que los que llevaba puestos.

Ató su calzado de montaña, envainó el cuchillo en su funda y se ajustó el gorro hasta el entrecejo. La temperatura exterior rondaría los tres grados. En unas horas empezaría a caer sin remedio y entonces debería buscar otro refugio. 

La marcha comenzaba. Azrael había desarrollado cierta habilidad de rastreo de ciertos animales. Conejos, hurones, ardillas.. 

Los pequeños mamíferos servían para mantenerse con vida y eran fáciles de dar caza. Un pequeño lazo en el lugar exacto, le proporcionaría una comida más que necesaria para poder proseguir su camino. Tratar de abatir una presa de un tamaño mucho más grande que una mofeta era añgo que precisaba de un plan, unos conocimientos y unas armas que Azrael no poseía. Además, no es sensato cargar con una pieza que suponga un laste  y un reclamo para otros depredadores. 

El superviviente volvió sobre sus pasos y comprobó todas las trampas que había colocado el día anterior. De cuatro lazos que había dejado en diferentes puntos, sólo uno había tenido un resultado satisfactorio. 

Una pequeña ardilla se afanaba en liberarse de la trampa que había atrapado sus patas traseras. Azrael, que obviamente se había hecho con el hacha del tipo al que había ejecutado esa misma mañana, golpeó con el mango al roedor y acabó con su desdicha. 

Despellejaría a la pequeña alimaña por el camino. Sólo le llevaría unos minutos y tendría un sustento al medio día. 

Azrael pasó el filo por la parte blanda del animal y extrajo sus tripas. Lanzó éstas a un lado del camino y procedió con el pellejo anaranjado de la misma manera. 

Quizás fuese el haberse concentrado en exceso limpiando al animal, o, puede que fuese su percepción del miedo demasiado desarrollada.  Azrael detuvo sus pasos. Sintió que una extraña tranquilidad lo abrazaba, un silencio que había empeñado en rodearle y que no solía ocurrir muy a menudo. 

 

En la naturaleza más salvaje, la calma excesiva suele preceder al desastre. El depredador, a punto de atacar, es observado por un entorno expectante que se apiada de la víctima.

Pero Azrael llevaba bastante mal eso de ser el acechado. Desde hacía un buen trecho, sus pisadas eran replicadas por otras mucho menos contundentes. Una especie de eco errático que se esforzaba por imitar su caminar. Se detuvo, y con él se acabó el eco que lo perseguía. 

Observó el mapa y la brújula de nuevo.sin perder de vista todo aquello que se moviese a su alrededor. Las hojas muertas arrastradas por el suelo. El viento recorriendo cada rama de aquél angustioso pinar. Las aves cambiando su posición de un árbol a otro..

El rumbo seguido hasta el momento había sido en dirección sureste. Al contrario de lo que mandaban aquellas indicaciones. ¿El motivo?, Azrael consideró más interesante saber de dónde procedían aquellos exploradores antes que el destino al que se dirigían. El objetivo de ese equipo se situaba al noroeste del mapa. Así, el superviviente dedujo que leer las indicaciones de forma opuesta, le conduciría directo al punto de partida. Suponiendo que se trataba de un grupo organizado, la expedición debía haber salido desde un campamento base. Una especie de avanzadilla. Un cuartel de campaña donde Azrael encontraría a otros supervivientes, armas y seguramente comida. 

Aceleró sus pasos de nuevo. Con ellos, al mismo ritmo, de nuevo surgieron las pisadas que lo habían acompañado. Ya no tenía ninguna de que estaba siendo perseguido. 

No parecían provenir de un animal. En aquella zona, el caminante debía contar con la posibilidad de un encuentro fortuito desagradable. Osos, lobos, algún puma ocasional y otros depredadores. Además de jabalíes, corzos y los roedores más pequeños. 

No todos los depredadores eran peligrosos. La mayoría solía omitir la presencia del humano. Pero los que si representaban algún peligro, a esos había que detectarlos lo antes posible. Ciertos animales podían ser excesivamente territoriales, otros no tendrían inconveniente en dar caza a una persona simplemente para alimentarse. 

Como podía ser el caso de los osos más grandes. 

Un oso de tamaño medio, es  perfectamente capaz de coger a un hombre desprevenido y destrozarle la columna de un zarpazo, dejar en su víctima el mínimo necesario de vida para poder comérselo otro día sin que su carne se echase a perder. Enternecedor.

Azrael, dando por hecho que un oso no se ahubiera andado con miramientos, pensó en la manera de despistar a su posible acechador o, en todo caso, averiguar de quién o de qué se trataba. Observó que justo en frente, el sendero que se había creado gracias al camino que había seguido una pequeña corriente de agua, se retorcía sinuoso y se bifurcaba en dos direcciones. Una rodeaba todo un conjunto de árboles demasiado agrupados, el otro camino se dirigía a una zona más despejada en cuanto a vegetación se refería. 

Echó a correr. Tomo en principio el camino que quedaba a su izquierda. Ese sendero lo llevaba hasta el claro que podía adivinarse a unas decenas de metros. Una vez alcanzado aquél punto, dio un giro de noventa grados y se adentró acompañado de una locura que solo conoce el que está siendo perseguido. Se ocultó en medio de aquella maraña de árboles y matorral. Y esperó agachado. 

El leve sonido de las pisadas ajenas volvían a escucharse. Casi inaudibles. Azrael, tumbado en el suelo, cubrió  su cabeza con hojarasca seca y entonces asomó su rostro por encima de las raices. 

Entre los troncos resinosos y los arbustos, casi de forma ilusioria, la imagen de un ser se aproximaba. Azrael podía sentir cómo su atacante respiraba pausadamente. Poniendo un pie sobre el otro, despacio. Con aliento agitado pero controlado. Era una persona, eso seguro. Puede que vestida de negro completamente y con la cara tapada. 

No podría ver mucho más sin exponerse a ser descubierto. 

Pasó de largo. Azrael no movió un solo dedo. Cubierto de hojas y suciedad, pasaría desapercibido ante los ojos de su amenaza. 

Los pasos se alejaban. La persona que trataba de darle alcance, se había rendido, o al menos había tomado otro camino. Azrael se despojó de la cobertura de maleza seca y ramas y sacudió su ropa. Esperó unos segundos en silencio. Nada. Era el momento de largarse. 

Durante algunos minutos avanzó con un sigilo absoluto . Sus ojos recorrían todo aquello donde se divisaba un movimiento, por mínimo que fuese. Delante, detrás, arriba y abajo. 

A los pocos minutos, consciente de que se había librado del acecho, aceleró la marcha en dirección sureste. Avanzó tan rápido como le permitía el barro helado y la vegetación. 

Después de varias decenas de metros recorridos, volvió a sentir aquella punzada en la nuca. Ésta vez de forma mucho más incisa. El bosque guardó silencio. Habiendo esquivado ya una vez a su seguidor, Azrael tuvo la sensación de que no se libraría tan fácilmente de él. Así corrió más aprisa aún, los latidos de su propio corazón le colapsaban el oído. Desprovisto del sentido de la escucha, corrió entre los árboles tratando de no desviarse demasiado de su rumbo. La brisa helada del bosque se acrecebtaba con la velocidad de su carrera, los ojos cubiertos de lágrimas por el frío, le hicieron adentrarse en otro camino sin darse cuenta. Azrael se giró sobre el último tronco de gran tamaño que había sobrepasado y pegó la espalda a la madera. Contuvo la respiración, sacó el cuchillo de la funda y asomó la cabeza en su mitad por uno de los lados. 

Su musculatura al completo sufrió un espasmo que lo dejó quieto, como fabricado en marmol y con su interior lleno de lava. De frente a él, su perseguidor se encontraba con el perseguido. La carrera había sido en vano. 

Ante sus ojos se mostraba un cuerpo más pequeño de lo que él hubiera esperado encontrar en un explorador. El tipo, de rostro cubierto con un baclava negro, impedía a Azrael adivinar poco más que el color de sus ojos a esa distancia. Ojos azulados, que brillaban desde la lejanía que los separaba. 

Las miradas se clavaron entre ellos. La tensión crecía mientras que los dos se observaban mutuamente. La niebla que emergía del suelo hacía que la escena adoptase un punto cinematográfico. Azrael, con la vista fijada en los ojos de su enemigo, recorrió momentáneamente el torso y los brazos de aquel que había osado perseguirlo. 

Hombros estrechos, caderas anchas, brazos delgados que terminaban en manos enfundadas por unos guantes demasiado pequeños para albergar unas manos robustas. 

Azrael comenzó a comprender. Observó también el arco que asomaba por la espalda de aquella persona que lo restaba con la mirada. 

Entonces entendió. El sigilo, la velocidad. La delicadeza con la que ese sujeto le había dado alcance.. 

 La idea de que podría tratarse de una mujer tomaba fuerza en su agitada mente. Eso encajaría con el nombre de la cuarta persona de aquella lista. Si así era, debía evitarla a toda costa. No quería acabar ensartado por una flecha cargada de venganza. 

Dio unos pasos hacia atrás mientras comprobaba que Maika, si es que era ella, descolgaba el arco de su espalda con total tranquilidad. Si apartar la vista de ella, pudo ver cómo aqurlla  a la que no lograba dar esquinazo, sacaba una flecha suavemente de su carcaj y la disponía sobre la madera de su arco. 

Era el momento. No había oportunidad de zafarse de un lanzamiento tan cercano. 

Azrael escapó haciendo zigzag entre los árboles. Evitando ser un blanco extremadamente fácil para un alguien del cuál no sabía su experiencia como arquero. 

Diez minutos después, el suceder de troncos y de saltos entre piedras y raíces, quizás era el momento de mirar atrás. 

Exhausto, casi sin aliento y totalmente fuera de sí, Azrael alcanzó de nuevo un camino. Ésta vez seguiría el curso que éste designaba pero no por el camino en sí, si no de forma paralela.          – Direccion Éste – comprobó. 

Y después de un largo espacio de tiempo con el corazón intentando saltar de su pecho, Azrael decidió frenar un poco la marcha y reponerse. Al menos debía descansar unos segundos. Bajar su ritmo cardíaco. La frenética respiración inundaba su boca con un férreo sabor a sangre y sus sienes parecía que fuesen a etallarle debido a la presión que sentía en su cabeza. 

Se permitió en pequeño descanso. Dejó la mochila en el suelo. Se percató de que había perdido el hacha en algún momento de su frenética escapada – Mierda-Se lamentó. Apoyó la espalda en un tronco y sintió el sudor enfriándose dentro de su ropa. 

Una vez repuesto y habiéndose hidratado de nuevo, Azrael retomó su camino. Mirando constantemente atrás. Comprobando que efectivamente se había librado de aquella que lo intentaba alcanzar. Escuchaba su entorno. Cerraba los ojos, y con un escrupuloso oído, sentía cada ruido que emitía el bosque que lo rodeaba. 

Después de otro tramo recorrido a un paso ligero pero no extenuante, divisó en el suelo ciertos detalles que llamaron su atención. Advirtió unas marcas inequívocas que indicaban que aquello era un lugar frecuente de paso. 

Azrael se agachó y comprobó una pequeña ruta marcada entre la maleza y el barro. Huellas de pisadas que habían despojado de vegetación unos cuantos metros a lo largo del punto en que se encontraba. 

Buscó rápidamente un lugar que fuese óptimo para la observación del terreno. Un árbol lo suficientemente alto y fácil de escalar que lo situara con ventaja respecto a los usuarios de aquellos caminos. 

Sólo un vistazo rápido a su izquierda fue necesario para detectar lo que buscaba. Un nogal de unos siete metros, pero que contaba con ramas bajas que le harían las veces de escalera. 

Dicho y hecho. Revisó cada rama antes de subirse. Un susto por culpa de la rotura y caída de cientos de kilos de madera sobre su cabeza y no lo contaría. Se encaramó hasta la mitad. Aseguró su mochila con una cuerda de paracord y se arrastró hasta la mitad de la longitud de la rama en la que había decidido subirse. El viento soplaba con fuerza a esa altura. Sólo serían unos cinco metros de altura, pero aún así, la brisa helada del bosque era mucho más directa que a ras de suelo. 

Bingo. Azrael sonrió para adentro. Su plan de haber seguido las indicaciones al contrario, había dado su fruto. 

Entre las hojas de los árboles perennes, se divisaba claramente lo que parecía un depósito de agua. Quizás algunos tejados de chapa y uralita. Si ponía la suficiente atención, podía escuchar, casi imperceptible, el susurro de unas voces lejanas. 

No había duda de que se trataba de un asentamiento. Un pequeño poblado quizás. Ahora debía trazar un plan. Encontrar otro lugar con mejor ángulo. Observar el lugar. Saber de qué se trataba. – ¿Serían todos militares? – se preguntó. 

Un mar de dudas que Azrael debía responderse si quería sacar algún provecho de aquel lugar. 

Ante la emoción y la sorpresa de su hallazgo, el superviviente cometió un error de principiante. Descuidó durante demasiado tiempo su posición. Demasiado ruido. Haberse subido a un árbol sin hojas, le había dejado demasiado expuesto ante los ojos de un experto cazador. 

Casi no tuvo tiempo para haberse dado cuenta del error. Un sonido característico, el de la cuerda de un arco tensando la madera, llegaba a sus oídos. Un segundo después, Azrael giraba la cabeza hacia el lugar de donde provenía el crujido. 

Ahí estaba. Vestida de negro. Con la cara cubierta y tensando su arco. 

El silbido de la flecha saliendo a toda velocidad partió el aire en dos. Azrael trató de cubrirse con el árbol inútilmente. El impacto sobre su pecho se sintió en varios metros a la redonda. 

El aire se le salió de los pulmones. Expiró todo su oxígeno y parte de su alma. Cayó de espaldas. A una velocidad que fácilmente podría ser letal. Semi inconsciente, veía añ cielp alejarse mientras caía golpeando con algunas ramas que frenaron su caída en parte. 

Un golpe seco marcó el final del descenso. Una vez en el suelo, podía sentir cómo la hierba bañada de rocío gélido le iba robando la poca energía que le había quedado dentro. Su rostro se entumecía y sus pulmones luchaban por llenarse de un aire que no llegaba. 

Con un entorno que no acertaba a ver con claridad y sufriendo un sin fin de dolores, intuyó la silueta de aquella que acababa de derribarlo desde más de veinte metros. 

Ella se acercó. Con el arco cargado nuevamente y paso cauteloso. A unos centímetros de él, la chica guardó la flecha y colgó el arco en su espalda. Azrael la miró y vio cómo la muchacha se descubría la cara. Ni si quiera pudo verla bien. El conocimiento abandonaba al hombre que había sido cazado. 

Sus ojos se cerraron. Sus manos quedaron tendidas sobre el suelo. – Creo que aquí se acaba todo.. 

 

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte