Capítulo 3 .La tortura del recuerdo.

Capítulo 3 .La tortura del recuerdo.

Azrael pasa su primera noche en solitario después de la tragedia. (Flashback)

Empezaba a estar incómodo. Aunque la noche no había sido demasiado fría, el alba siempre le robaba unos grados al día que llegaba. Hora de ponerse en marcha. Otro día, otra lucha contra su destino..

Empezaba un camino a ninguna parte. Un laberinto de millones de pasos, de cero salidas. Kilómetros, horas. Toda una vida para pensar. 

Pensar es recordar, recordar es sufrir, soy un alma vacía, un muerto en vida, cada amanecer es una tortura..

Despertar un nuevo día en éstos tiempos, ya era suficiente motivo para hacer un muesca en la culata, un tanto que apuntarse en el partido de la supervivencia. 

Había sido capaz de esquivar a la implacable muerte una vez más, tenue alegría, difuminado sentimiento de victoria.

Ya salía el sol, empieza un nuevo asalto.

Cuando salió de su ciudad, después de todo aquello, dejó que la casualidad y los sucesos marcasen su rumbo.

Al principio todo fue una huida hacia delante. Dejaba atrás un pasado que no encajaría en el futuro que lo aguardaba. Aunque sin saberlo, había fortalecido su corazón para soportarlo. 

Todo había cambiado, el mundo, despojado de su brillo y ensuciado por una pátina de dolor y hostilidad, no era un lugar donde la alegría fuese fácil de hallar. 

Como si el purgatorio se hubiera quedado pequeño, los pocos humanos que vagaban por los caminos que separaban pueblos y ciudades, se asemejaban a las almas condenadas que esperaban un juicio eterno que nunca llegaba. 

Después de varios kilómetros caminando, la imagen era siempre la misma.

Se repetía un desfile macabro de cadáveres. Coches abandonados, algunos reducidos a hierros calcinados donde a veces se podían adivinar los cuerpos de sus ppasajeros.

Conductores agarrados a sus volantes, unidos por siempre a sus medios de transporte, los cuales ahora serían también sus ataúdes.

Las ciudades serían todavía peligrosas. La humanidad, sumida al caos y la supervivencia, sería desprovista de bienes y facilidades por los que ahora deberían luchar. Azrael decidió poner rumbo al norte. El clima severo y la falta de recursos había mantenido la población de aquella zona con un nivel de población mínima. 

Sin electricidad ni calefacción, la gente emigraría hacia zonas más cálidas donde la humanidad pudiera volver a hacer uso de la agricultura y ganadería para sobrevivir. 

Azrael contempló escenas dantescas en su camino. 

La gente había enloquecido. El mundo mostraba su cara más salvaje, su verdadera cara. Los más débiles, desesperados, sumidos en el caos, con rostros de pánico, de incomprensión.

Uno no es consciente de lo que es la oscuridad hasta que no tienes otra cosa a tu alrededor.Sin luz ni electricidad, cuando llega la noche, se hace dueña de todo.

Huespeddeningunaparte

Llevaba todo el día arrastrándose por los caminos que más o menos conducían hacia su destino. Después de pasar varios pueblos demasiado ruidosos, Azrael se fijó en una pequeña aldea a los lomos de una montaña. Desde allí se divisaba perfectamente todo el sistema montañoso cubierto de bosque al que pretendía llegar. 

Con sigilo meticuloso, oteó en cada calle de esa aldea. Parecía estar abandonada. Añ final de la calle que daba lugar a término de las viviendas, Azrael puso su vista en una pequeña casa, seguramente  deshabitada desde hacía décadas. 

Las paredes de piedra y adobe, soportaban a duras penas el tejado de troncos y tejas. Sería perfecta para ocultarse aquella noche. 

La puerta, construida en tablones de madera y guarniciones de hierro, lucía una pintura desconchada, casi inexistente, que dejaba levemente adivinar el color original en que un día fue decorada. 

Azrael llamó dos veces. Esperó unos segundos y comprobó a  su espalda. A lo lejos se oían gritos y llantos, lamentos de madres, de hijos, de hermanos.. Súplicas que llegaban rebotadas en la roca de granito de la montaña y se perdían por la llanura cubierta de espiga de trigo. 

El estruendo y la desesperación eran la banda sonora de todas las tragedias. Tan melódico, tan desgarrador.

Rodeó la casa. La rústica construcción no tenía más que una vieja ventana, un hueco imposible para que pudiera entrar pero perfecto para poder adivinar el interior de la estancia.

Vacía. En el interior se intuían algunos trastos y enseres abandonados. Pero nadie habitando aquella casa. Solo polvo y muebles destrozados. La casa de olvido.. Su hogar para ésta noche.

Arremeter contra la puerta un par de veces fue la mejor forma de desrozar su hombro y no conseguir nada más. La madera crujió, pero no llegó a abrirse.

Hacer ruido en mitad del anochecer era la mejor manera de ser descubierto y ponerse en peligro. 

Buscó entre los montones de chatarra y aperos de granja oxidados que ocupaban la parte de atrás. Encontró un metálico macizo.

Volvió hasta la puerta y con un golpe seco clavó el listón entre la puerta y el marco. Las astillas saltaron y Azrael giró su rostro para que no alcanzasen sus ojos.

Haciendo palanca, con mucho esfuerzo, el listón hizo que el pequeño cierre de la puerta saltase y así consiguió entrar.

La cerradura,vieja y oxidada llevaba años sin abrirse. Aún así, fue difícil de doblegar. Las cosas hechas bien, bien estaban. 

Por un momento, recordó la primera vez que entró por la puerta de su casa, ésta vez no traía una mochila cargada de ropa e ilusión, sólo pena y soledad. Pero la necesidad había tornado su vida en un camino sin más elección que la de vivir luchando o dejarse morir.

Cerró la puerta encajándola con fuerza y  atrancó ésta por dentro. Entonces se giró y observó su propia escena como si de una película se tratase. El silencio le rodeaba, junto a millones de esporas de polvo en suspensión que parecían ser cómplices de su tristeza y bailaban con lamento y desgana. Nada más.

Empujó un viejo sofá fabricado en madera y tela sintética, totalmente roído. Lo llevó hasta la entrada de aquel chamizo y bloqueó la entrada con él. Las patas resaltaban con cada estría del ajado suelo de madera.

Investigó todo el salón principal a conciencia. Usó los muebles de la cocina para bloquear cualquier posible intrusión, apilando éstos en la entrada junto al sofá. 

Ya casi no se veía. La noche abrazaba al mundo, al menos a su mundo. Pero le quedaba la Luna. La luna nunca le fallaba. En medio de la oscuridad casi absoluta, ésta intentaba momentáneamente darle un respiro. Obsequiarle con un débil aliento de luz azulada que se colaba por el ventanuco de la despensa. Azrael lo observó y lo tomó como un regalo, un pequeño detalle que haría de su presente un trago quizás un poco menos amargo. Gracias

Se sentó en un lastimoso butacón, sacó de la mochila la sudadera y se dispuso a explorar la estancia con mayor detenimiento.

Recogió cada astilla, trozo de madera y periódico que pudo encontrar. Se acercó a la vieja chimenea y apiló dentro de ella todo lo que había encontrado. Hizo pedazos todo lo que fuera posible usar para alimentar el fuego y confió en que el humo no atrajese alguna visita inesperada.

Derrotado, se sentó a la luz de las llamas y dejó que el calor liberase su alma congelada. Miró sus manos y entonces se dió cuenta de todo lo que había sufrido aquel día. Todo su dolor y su tristeza se concentraron en un nudo de rabia y lágrimas y su alma explotó por dentro. – Ya sólo me queda llorar.

Os quiero.

El camino de Azrael Flashbacks Huespeddeningunaparte