Capítulo 5 El día de la tormenta (Flashback)

Capítulo 5 El día de la tormenta (Flashback)

Aquel gosto, de hace ya unos pocos años, puede que más de los que realmente recordaba, puede que más de los que había olvidado.. Desde entonces, el tiempo dejó de ser relevante, al menos para él. Los minutos sólo pasaban. Incompresible para su entendimiento, la vida se tornó en el espacio que sólo lo separaba de la libertad que le aguardaba junto a la muerte.
 
 Como cada mañana de verano, Azrael y su hijas, sumidos en un sofocante calor con amenaza de bochorno, ven dibujos por la televisión. Y por enésima vez el, mismo episodio, de la misma serie.
El ventilador hacía su trabajo lo mejor que se esperaba para un aparato tan pequeño. Removiendo un aire que se tornaba irrespirable, de esos que entran por la ventana arrastrando al sol y quitaban las ganas de moverse lo más mínimo para el resto del día.
Su esposa aún dormía. Las sábanas cubrían un porcentaje de su cuerpo y Azrael la miraba de reojo cada vez que podía.
 
Las niñas, acuciadas por el insoportable clima de aquella zona, solitaban a Azrael un remedio para el calor en forma de limonada casera. Él se prestaba con la mayor de sus sonrisas. Sólo debía ir hasta la cocina a por aquél refrescante preparado. Los vasos de personajes de disney ya estaban llenos cuando las dos iniciaron una discusión que terminaría por despertar a su madre.
-Papá! ha cambiado la tele y ahora no se ve nada!
Como era habitual entre hermanas pequeñas, ese tipo de cosas acababan con la televisión apagada y ellas en su habitación.
 
-¡Traed el dichoso mando! – Gritó Azrael – váis a despertar a vuestra madre..
 
..demasiado tarde..
 
Sus gritos eran bastante molestos. Tanto que algún vecino había puesto la cara colorada de la oareja en alguna ocasión.         -Ahora los echa de menos-
Se acercó a ver qué absurdo motivo había iniciado la disputa, para su sorpresa, Azrael se encontró una escena algo extraña.
Si mujer miraba la tele, despeinada y con su pijama corto de verano, tan bella..
Las tres permanecían en silencio ante un programa que para nada era del tipo que daban en aquel canal. Un tipo trajeado  hablaba con un nerviosismo que le entorpecía la dicción correcta. El presentador habitual de otro canal, daba algún tipo de información, en el canal que hasta hace un minuto emitía programas infantiles.
-¿Noticias en éste canal?- Preguntó ella asustada.
Algo no iba bien.
 
Azrael se alertó de forma mucho más seria de lo que aparentaba. Cuando tuvo la idea de cambiar de canal, fue consciente de que en todo los canales se emitía el mismo programa.
 El presentador, hablaba acelerado, nervioso.
Como no es habitual en un profesional de la comunicación.
Subió el volumen, parecía importante de verdad. La noticia se retransmitía en directo y aún podía verse cómo lo estaban maquillando de forma apresurada.
Debajo de la imagen del hombre, se sucedía una continua procesión de subtítulos en varios idiomas, una señora de manos temblorosas le traducía al lenguaje de signos a su derecha y por detrás de ellos se podía observar a personas que corrían como hormigas al sol.
Querían que todo el mundo se enterase de algo.
 
-Aviso general para todos los ciudadanos, de todos los países y ciudades. Por favor, escuchen y tomen la advertencia que les damos a continuación con la mayor seriedad posible-
 Azrael miró a los ojos de su esposa. Ella abrazó a las niñas y él subió aún más el volumen.
Fuese lo que fuese, era grave..
 
El presentador había dado paso a un tipo con bata blanca, el hombre que ahora hablaba era un científico bastante conocido. Siempre salía en programas de divulgación sobre el clima y catástrofes naturales. La voz le temblaba. Justo en el momento en que la cámara se enfocó en él, se quedó en silencio, y con él, el resto de la humanidad.
Sujetaba una carpeta con un dibujo, lo miraba y miraba hacia el presentador. Podía intuirse que en aquel documento se mostraba un esquema del sistema solar y unas gráficas que arrugaron el alma de Azrael al ser contempladas.
 
-Señores ciudadanos-Dijo el científico balbuceando – Hemos recibido un comunicado hace escasos minutos. Nos han advertido desde el instituto de investigaciones y alertas aeroespaciales de la nasa.. – Azrael, pálido como la tiza, tapó su boca con la mano mientras trataba de contener sus emociones.
-Nos alertan de que una actividad solar inusual se está produciendo en el entorno de nuestro sistema. Un foco de energía sin precedentes que ha activado las alarmas situadas en varias estaciones esoaciales. Posiblemente, la consecuencia de éste evento fuera de corriente, esté generando una haz de rayos gamma que probablemente  llegue hasta nosotros con efectos desconocidos. Tal haz de energía, viaja hacia nosotros a una velocidad similar a la de la propia luz del sol. Su llegada la tierra tendrá lugar entre los próximos dieciocho minutos y la hora que los sucede. Se aconseja que se mantengan alejados de cualquier sistema eléctrico, por pequeño que sea. Aléjense de cualquier superficie metálica y de cualquier masa de agua.
 
Dejen sus coches apartados de sus casas o zonas de refugio, desconecten todos los sistemas que les sean posible.
Se recomienda hacer acopio de alimentación no perecedera, medicinas, agua, mantas, velas, ropa y cualquier cosa que pudiera ser de primera necesidad. No permanezcan cerca de linternas o de ningún aparato que cuente con algún componente electrónico..
 
El mensaje se repetía en bucle.
La cara de sus hijas y su esposa era una mezcla de pánico y desconcierto. Le miraban como esperando una respuesta que no tenía para darlas.
No había tiempo que perder.
Azrael sacó de la nevera todas las comidas ya cocinadas y las metió en bolsas para congelados. Reunió frutas, latas, cualquier tipo de conserva y toda la comida no perecedera como pasta y legumbres.
 
Gracias a que disponía de un pequeño cuarto trastero de unos veinte metros cuadrados, Azrael contaba con algunos esnseres de supervivencia que sumaría a todo lo recopilado. Empezaron a bajar todo lo necesario. Las mantas, un par de colchones, el cajón de las medicinas, mecheros, velas, cerillas y la ropa que pudieron portar en sus brazos.
Dejaron a las niñas abajo y con no poco esfuerzo, arrastraron todos los aparatos eléctricos hasta  el salón.
La gente se había vuelto loca. El aviso había provocado una enorme crisis en la mente de gran parte de los ciudadanos.
Personas que arrojaban a la calle enseres de todo tipo. Desde lavadoras y consolas, hasta televisores, ordenadores y lámparas..
La lluvia de metal y cristales era continúa.
El ruido era ensordecedor, la chatarra se acumulaba en las calles. La gente que aún no se había enterado del aviso y que no podía comprender lo que ocurría, moría sepultada, lapidada en un mar de hojalata y aluminio. Enterrados en la montaña de trastos carísimos que el capitalismo había llevado a cada casa.
Asomarse por la ventana y ver ese paisaje desolador casi hacía que se olvidasen del calor. Ese calor cada vez más intenso que se acentuaba con los minutos.
Alzó la vista y ahí estaba, el final de los días cómo se habían conocido hasta entonces. El apocalipsis llegaba hasta la tierra en forma de cielo morado, tiñendo el ambiente de un atardecer temprano. Un planeta entero colorido de rojo y azul. Vestido de gala para su propio funeral.
La temperatura se elevaba, cuarenta y cinco grados, las sombras desaparecían, había que esconderse deprisa.
Apagó todos los interruptores del cuadro de la vivienda, cerró la puerta y bajó en silencio. Las niñas jugaban con la preocupación mínima que les aportaba la situación de nerviosismo.
 
-Tranquilas, papá está aquí-
El color naranja se apoderaba de la calle.
El pequeño trastero, sólo disponía de un pequeño ventanal que no dejaba ver el exterior pero sí entrar la luz del sol. Protegido por una reja y un ventanuco alargado que quedaba a la altura del suelo de la calle.
Y de pronto, ocurrió.
Como si de un relámpago enorme se tratase, el padre de todos los relámpagos, la furia de Thor en un mal día. Uno tan grande y fuerte que sus hijas se taparon los oídos y se abrazaron a sus piernas.
Azrael se agachó y cubrió a toda la familia con las mantas. Pese al calor que allí se concentraba, él quiso evitar cualquier transmisión de corriente.
Una luz recorrió las ventanas y penetró por las rendijas, las bombillas estallaron, los cables se combustionaron como bengalas al paso de aquella energía.
Al tremendo ruido le acompañó un sin fin de explosiones y gritos que llegaban de todas partes. Cada vez más intensos. Los aparatos que habían quedado esparcidos en medio de la calle, habían hecho las veces de polvorín. Fundidos entre ellos para siempre. Apresando en un abrazo eterno a las personas que tuvieron la trágica suerte de estar en la calle en ese mismo momento.
 
Sus hijas lloraban, su mujer temblaba como un cervatillo recién nacido en época de nieves.
 
 Él guardó silencio. Quizás su miedo se basaba en la incapacidad de mantenerlas a salvo.
 
El silencio puede ser atronador cuando sabes que va acompañado de la muerte.
 
Azrael quiso salir al exterior. Quería comprobar  lo sucedido, calcular el daño y ver hasta dónde había llegado la situación.
Las niñas y su esposa se lo impidieron.
 – Espera a mañana, por favor- Le dijeron con cara de pánico.
Entonces él comprendió que hacía más falta en aquél lugar que en cualquier otro. Tenían medios para sobrevivir durante días. Aplicó la ley de las 72 horas y decidió quedarse con ellas.
 
 – Está bien, mañana saldré en un par de días.
 
Pasaron la tarde leyendo cuentos a las pequeñas y jugando a juegos de mesa a la luz de las velas. Cenamos juntos y se tumbaron en  el mismo colchón.
Ellas descansaron profundamente. Él no llego a quedarse dormido.
Abrazadas, descansaban ante su mirada protectora y preocupada. Los gritos de sus vecinos se oyeron durante aquella noche eterna. Él, agarrado a su cuchillo, cerró los ojos y simplemente escuchó el lamento del nuevo mundo.
 
 
Sabía que las primeras horas eran cruciales. Si la gente era víctima de sus pensamientos irracionales, intentarían hacerse con alimentos y agua desesperadamente. Eran momentos tensos donde saquear era necesario para los que no habían guardado provisiones.
En un par de  días, puede que en horas, todo lugar con algo que mereciese la pena sería arrasado por la muchedumbre superviviente.
Azrael, pese a la promesa de quedarse, decidió salir en busca de provisiones.
-Voy a salir, quédate con las niñas y tened cuidado- Dijo él mientras se preparaba la mochila ante la mirada de su esposa.
 
-¡Espera!- Le detuvo ella- Ten cuidado..
 
-Volveré en poco tiempo- Le aclaró.
-No te preocupes, sabes que siempre cuidaré de vosotras- Azrael dabo un beso a cada una de ellas y se marchaba guiñando su ojo a la mujer que lo veía marchar a un exterior desconocido.
 
Aquella frase marcaría el resto de su vida.
 
 
Cogió su cuchillo de Campo y la mochila vacía. Se dispuse a salir del portal.
No había llegado a la puerta y la tragedia ya se había hecho patente, su vecino, el hombre que gruñía cada noche, yacía muerto en la entrada de su domicilio.
El olor era terrible. Una mezcla de ropa y carne quemada se podía percibir con una intensidad vomitiva.
Al salir al exterior, algo conmocionó al hombre que se disponía a enfrentarse a la nueva realidad que lo abrazaba. La temperatura había desdendido enormemente. Tanto que quizás no llegase a los doce grados centígrados.
Su coche, modelo japonés, fiable a la par que antiguo, había sido reducido al chasis humeante que tenía en frente de él.
Bajó la calle sorteando el enjambre de aparatos de cocina y pequeños electrodomésticos que se agolpaban ennegrecidos.
Vehículos calcinados, irreconocibles, algunos con su conductor dentro todavía, como si hubieran querido huir de la tragedia para volver después a su vida normal.
Los postes de la luz aún estaban en llamas. Un humo negro emanaba de las ventanas de algunas casas y el amanecer se asomaba a duras penas por aquel techo de hollín y pavesas.
En la calle no se veía a nadie salvo algún habitante desorientado, gente que pedía ayuda y que no llegaba a entender que la vida los había castigado con un futuro de muerte y asolación.
Corrió hacia la tienda que tenía a dos calles de su casa, su pueblo, un pequeño municipio de unas 3000 personas, se había reducido a un un cementerio de cadáveres y chatarra.
El cierre estaba a medio bajar, Azrael se tumbó en el suelo y comprobó que no había peligro alguno. Pasó la mochila y luego pasó su cuerpo reptando. Al ponerse en pie su corazón se llenó de tristeza.
El chico de la tienda, el que tantas veces había gastado bromas a sus hijas, el que siempre terminaba obsequiándolas con cerezas y mandarinas, era ahora una siniestra estatua carbonizada.
Pegado a su caja registradora, fundido en una masa de carne y metal que no había sido consciente del peligro que lo esperaba.
 No debió haber oído el aviso.
Azrael buscó en todas las estanterías y encontró un gran número de conservas.
Calamares, atún, caballa, maíz..
Llenó la mochila y agarró un paquete de botellas de agua, antes de salir miró con toda la pena del mundo al difunto tendero, sacó un billete del bolsillo y lo puso encima del mostrador.
– Hasta luego amigo mío- Dijo Azrael como siempre – Quédate con el cambio..
 Bajó el cierre y corrió hacia su casa. Quizás sería buena idea dar otro viaje más tarde. Dejaría los víveres saqueados en casa y pasaría por aquella tienda al anochecer de nuevo.
Inició el camino de vuelta. Sólo unos minutos lo separaban de su familia. Pudiera ser que ya estuviesen todas despiertas, y seguramente preocupadas. Decidió no volver por el mismo camino. No quería que alguien lo estuviese esperando si por casualidad lo había visto entrar en aquella tienda.
Corrió pegado a la pared y con la mano sobre el mango de su cuchillo. Cauto, silencioso.
Nadie por la calle. Su bloque, un pequeño edificio de dos pisos, se mostraba entre las casas bajas de pueblo. Azrael escuchó unas voces, algo de lo que sospechó en el momento.
Asomó la cabeza entre dos amasijos de hierro candente que ocupaban la acera más próxima a su portal. Pudo averiguar de dónde venían aquellas palabras que escuchaba.
Un pequeño grupo de cuatro personas, cuatro chicos jóvenes, estaba merodeando por la parte de de atrás de su calle. Portaban mochilas y bolsas de rafia, también iban  armados. Seguramente habían llenado aquellas bolsas de material obtenido del pillaje. Mejor evitarlos-Pensó.
No quiso poner en peligro a su familia así que recorrió la acera en dirección contraria y esperó a verlos pasar desde la lejanía.
Una vez se dejaron de oír sus voces, Azrael puso camino hacia su morada. Su hogar. El lugar donde su familia lo esperaba.
Pero a pocos metros de su casa, Azrael sintió una gran explosión. Su cuerpo se precipitó contra el suelo, entre cristales y trozos de metal. Su sangre dejó de correr
Alzó la vista y comprobó para su horror que aquel tremendo estallido, aquella detonación, provenía directamente de su calle.
Hay veces en las que la piel te avisa de que algo triste está a punto de sucederte. Y esa era una de ellas..
 
Corrió tan rápido como pudo. Las piernas intentaban moverse más veces de las que su cerebro podía ordenar. Azrael sentía como si la vida fuese corriendo a su lado, delante de él. Una carrera macabra que lo llevaba a una meta al que no querría llegar jamás.
Tiró la mochila al suelo. Giró la última esquina antes de alcanzar su pequeña calle, donde sus hijas crecían y jugaban. Por donde  venían cantando desde el colegio. La calle en la que su mujer salía a esperarlo cuando volvía del trabajo.
El humo procedía de casa de su vecino, justo en frente. El depósito de combustible de su caldera había  sufrido una deflagración y todo el gasoil había servido de alimento para las llamas. Su casa había quedado destruida en gran parte. El combustible se derramaba por el suelo bajo una capa de fuego que incendiaba todo a su paso. Ell humo ascendía por la vivienda e iba a parar al edificio de en frente.
El suyo, en el que había dejado a su familia descansando hacia una hora.
 
Azrael saltó por encima de la basura metálica y el escombro que la explosión había esparcido por la calle, llegó hasta el portal a duras penas. Cubrió su rostro con la manga y avanzó por los escalones del portal a cuatro patas.
No encontraba la llave, el humo se había hecho dueño de todo. El portal, la calle, el edificio..
Rompió el cristal con el codo y abrió metiendo la mano. Podía notar la sangre bajar hasta su mano desde el corte que se había hecho en el brazo.
Abrió el portal. Tosía sin descanso. La puerta liberó parte del negro veneno que se acumulaba en la entrada y que hacía imposible de respirar.
Las escaleras que bajaban se hacían interminables, un millón de veces había bajado a ese sótano, en el que un pequeño juego de pesas le había entretenido tantos años, donde bajaba con sus hijas a jugar algunas tardes.
 
Ahora le llevaban al peor momento de su vida.
A tientas consiguió dar con la puerta que le pertenecía. Metió la llave con la suerte que parecía no tener.
Abrió de golpe. Una columna de humo salió hacia la escalera. Azrael no pudo más que girar su rostro y tratar de respirar casi pegado al suelo. Gitaba sus nombres. Su voz se atascaba entre toses y bocanadas de humo. Como si de una broma de mal gusto se tratase, el gas irrespirable cortaba sus palabras, tosía, lloraba, la desesperación salía de su cuerpo en forma de rabia.
 
-¡Maldita sea! – Gritó por dentro- ¿Por qué estaban las ventanas abiertas? – Azrael sabía que ellas las habían abierto para escucharlo volver.
El aire empezó a aclararse. La nube negra negro dió un paso al gris y éste dió paso a la tristeza.
Sus pequeñas, su chica..
Azrael gateó por el suelo. Chocó cuántas veces quiso el destino contra todo lo que las rodeaba. Y por fin, el mundo, el destino, la realidad..
Tres princesas. Tres seres inocentes. Las tres partes que siempre dejarían un vacío en su corazón. Las tres mujeres por las que había sonreído tantas veces, yacían abrazadas entre sí ante su alma convertido a cenizas.
-Mi familia, mi razón de vivir..
La vida le había arrebatado todo. Su dos pequeñas permanecían abrazadas a su esposa. Ella, tan  grácil, tan luchadora. Ella había protegido a sus pequeñas contra todo, con su propia vida.
 
Las lágrimas se apoderaron de sus ojos. Azrael sintió tanta lástima de sí mismo que cayó de rodillas frente a ellas.
No había sido capaz de protegerlas. Su único propósito en la vida, y no había sido capaz.  Ahora los despertares con cosquillas y las carreras por el pasillo se acabaron para siempre. Los besos y abrazo serían un recuerdo. Con ellas, había muerto una parte de él que quedaría olvidada para siempre .
Azrael se agachó. Cubierto de lagrimas y culpa. Acarició el rostro de cada una. Abrazó por última vez a su esposa y las dejó tumbadas, cubiertas con la misma colcha con la que habían dormido aquella noche todos juntos, por última vez. Azrael las pidió perdón una y  mil veces. Las dijo lo mucho que las quería hasta quedarse afónico.
Colocó sus peluches favoritos junto a ellas y  besó sus pequeñas manitas.
Cogió la mano de mi esposa, su pequeña, su compañera. Puso la mano de ésta sobre su rostro apenado y la miró como si ella estuviera dormida.
Azrael se puso de pie. Caminó de espaldas hasta la entrada.
Las miró por última vez con la mano puesta sobre el corazón. Cerró los ojos y dejó que su última lagrima se precipitara contra el suelo de aquel lugar. Salió de allí y las prometió que sería fuerte, que vencería a la vida que tanto le había robado.
Se giré por última vez para verlas y entonces se dió cuenta de que se le había olvidado llorar.
Hasta luego, os quiero.
Cerró la puerta y se marchó sin mirar atrás.
 
 
El camino de Azrael Flashbacks Huespeddeningunaparte