Capítulo 6. La Somnolencia Del Huésped.

Capítulo 6. La Somnolencia Del Huésped.

Azrael es apresado pese a su voluntad de colaborar con el Coronel.

El general Sarcev apartaba su mano. Apoyó ésta después sobre la mesa y se levantó de su sillón. Azrael lo miró compungido.
Sus ojos volvieron a situarse sobre el objeto que el coronel había sacado del escritorio.
Una emisora de radio, modelo antiguo, bastante deteriorado.

Azrael contempló unos segundos aquél aparato de comunicación. Arqueó sus cejas y observó la suciedad que lo cubría. En un principio, sólo el hecho de encontrarse ante una emisora, había sido suficiente para que el superviviente quedase asombrado. Luego pensó detenidamente en ello. Pudiera ser que no funcionara. Que de alguna manera, sus circuitos hubieran quedado a salvo de los rayos gamma de aquél día.

Sarcev sonrió. Tomó el pequeño dispositivo y giró la rueda de encendido. La luz roja se encendió un par de segundos. Después sonó el pitido que emiten las emisoras al ser iniciadas. Y en menos de un segundo, se apagó sola.

Azrael miró al coronel – ¿Dudabas de que funcionase? – Le dijo éste con cierta soberbia.

-Ya casi no tiene batería, pero la tuvo. -Aclaró Sarcev.

¿Cómo era posible? Desde el día de la tormenta solar, todos y cada uno de los aparatos eléctricos del planeta que no estaba bajo tierra, había quedado destruido.
Anulados, abrasados desde dentro, fundidos en su mayoría y reducidos a chatarra..
Pero éste funcionaba..

-Te has quedado de piedra, ¿eh?-Le espetó el coronel.

-A mí me pasó lo mismo.. se me encogieron las pelotas cuando me lo trajeron- Añadió.

Azrael lo tomó con sus manos. Lo observó durante algunos instantes. – ¿De dónde ha sacado eso?- Interrogó.

El coronel le miraba con un aire de superioridad bastante desagradable. Dando por hecho que había dejado impactado al hombre que tenía delante.

-Hay algo que no entiendo, Señor.
¿Cómo ha podido sobrevivir ese aparato?

Sarcev cogió la emisora y volvió a guardarla en el fondo del cajón. Se reclinó sobre su apoyabrazo derecho y abrió sus manos. -Esa respuesta, vas a dármela tú- Contestó señalándole.

-¿Yo? – Preguntó sorprendido. – ¿Por qué iba yo a saber la respuesta?.

-Pues por un motivo que seguro que lograrás comprender- Le respondió. – Porque yo ya tenía un equipo dispuesto para averiguar el lugar del que creemos que tiene origen. Y, ¿Sabes qué pasó con mi equipo? – Sarcev se levantó de la silla y alzó el tono. – Que tú, Don lugar equivocado. Tú, acabaste con tres de ellos.

Su cabeza estaba a punto de colapsar.
Azrael se encontraba ante la primera misión que debía llevar a cabo si pretendía seguir con vida.
A su derecha, Sarcev, que parecía esperar una muestra por su parte de estar complacido con la tarea que le encomendaba.

Azrael por el contrario, mostró un claro gesto de desagrado. Aún le retumbaba la cabeza del golpe anterior. No sabía si podía fiarse de aquel hombre que le acompañaba.
Tampoco podía dejar pasar la oportunidad. Esa gente estaba bien organizada y tenía un plan, algunas armas y por lo visto, no demasiados militantes. -Aún no me ha dicho de dónde ha sacado la emisora..

Sarcev carraspeó mientras se aproximaba a su oído. Susurrando, casi de forma inaudible para él, el coronel le dijo algunas palabras:

-La encontró Maika, mi sobrina. – Azrael comenzó a abrir los ojos. – Ella, es de la única que te puedes fiar de todos los que estamos aquí. Ella es la que salvó tu vida, no yo.

Azrael se apartó del hombre. Éste se había arrimado tanto a él que había empezado a sentirse incómodo. Sarcev era un hombre aseado, pero aún así, el olor de su traje denotaba la evidencia de la falta de lavado a máquina.

El Coronel sacó un trozo de papel plegado de su bolsillo. Lo desdobló con suma delicadeza e indicó a Azrael que se acercara a su lado para verlo desde la misma posición.

Azrael comprobó que se trataba de un mapa bastante ajado, pero mucho más amplio que el suyo. Aunque menos detallado.

Sarcev sacó la mochila del superviviente de debajo de la mesa. Le entregó la bolsa y le pidió que sacase su mapa. – Hemos observado que portas un mapa con ciertas indicaciones muy específicas entre tus cosas. Lamento haber rebuscado en ellas, pero por motivo de seguridad era necesario.

Azrael lo desafío unos segundos con la mirada más que pudo permitirse poner. Después sacó de entre sus cosas aquél mapa del que hablaban y lo desplegó junto al de Sarcev .

-¡Vaya! – Exclamó el Coronel – Tienes una buena cantidad de lugares señalados aquí. Sin duda te has pateado éste maldito lugar.

Sarcev le pidió que le prestase el mapa- Sólo quiero tomar algunas notas e indicaciones. No te preocupes, no tengo el menor interés en saber lo que significa que hayas escrito. Excepto en la parte en que detallas tus encuentros con aquellos que habitan el bosque.

Azrael accedió. Pese a que había marcado en aquella hoja cada lugar en que había encontrado un refugio o descubierto alguna cosa de valor, vehículos abandonados, zonas de pesca o caza y árboles de especies concretas, sabía que Sarcev no repararía en saber lo que significaba cada apunte.

Él viejo parecía obcecado en saber más de aquellos que se encontraban en el camino que lo conducía al norte.

-Vamos, sígueme – Ordenó el coronel. Azrael se puso en pie. Limpió la sangre de su rostro con un pañuelo de papel que acababa de ofrecerle Sarcev y se pasó la mano por las tibias doloridas.

Caminaron juntos hasta la puerta. Sarcev quitó el seguro y abrió ésta para que Azrael saliese de la estancia. La luz del día se ensañaba con las pupilas del superviviente que cubrió su rostro con el brazo. Una vez fuera, sus ojos se habituaban a la claridad y todo un haber de chamizos se alzaban ante él.

El silencio evidenciaba la sorpresa de los habitantes de aquella pequeña comunidad.

Varios hombres y mujeres, vestidos de cualquier manera y con la incertidumbre escrita en el rostro, se entretenían en sus labores una vez habían observado lo suficiente al chico nuevo.

Mujeres que pelaban pollos se mezclaban con hombres que transportaban madera. Un número reducido de niños y niñas jugaban mientras una señora de gran envergadura trataba de darles clase sin éxito aparente. Un nudo en su garganta se apretaba con fuerza al sentir las risas de aquellos pequeños inocentes.

Azrael giró su cabeza y observó un corredor que terminaba con un remolque bloqueando el paso.

Sarcev se puso la mano en la frente para taparse del sol y observó a lo lejos. Un silbido seguido de un gesto hecho con su mano derecha, tuvieron como fin llamar la atención de un tipo al que Azrael iba a reconocer rápidamente.

Aquel gigante con rostro desalmado y ojos desafiantes. El hombre que caminaba desganado pero contundente. Se dirigía directamente hacia ellos acompañado de otro tipo de cabello moreno que tampoco parecía ser un ser de felicidad.

Iosip, dale una vuelta a nuestro huésped, que conozca el lugar. Que coma algo, y por dios, que se cambie de ropa. No queremos que nuestros ciudadanos vean a éste hombre con esa pinta de vagabundo deambulando por nuestro pueblo.

El Coronel señalo la ropa harapienta de Azrael con un gesto de desagrado.

Iosip alzó la vista la vista lentamente. Cruzó su mirada con el coronel. La situación desbordaba al superviviente y no entendía demasiado bien lo que tenía que hacer ahora. Pero lo que si tenía claro era una cosa..

Azrael se acercó a Sarcev ante la mirada de Iosip y su compañero – Puede que vaya a trabajar para usted, puede que no tenga demasiadas opciones, pero lo que debe saber de mí, es que no soy su chico de los recados. Soy huésped de ninguna parte, y no dude que me marcharé en cuanto pueda.

El general le miró en silencio, con la misma sonrisa que dibujan las hienas durante la caceria.-Me parece bien lo que usted quiera hacer en el futuro. Yo sólo se que debe cumplir su parte del trato si quiere conservar su vida-Añadió.

-Aprovéchate de nuestra hospitalidad muchacho. Necesito llegar al otro lado del bosque, y tú me facilitarás esa tarea. Pero recuerda, puedo llevarte hasta allí atado y matarte cuando lleguemos – Dijo guiñando un ojo.

-Vete y consigue algo de ropa. Come lo que te apetezca y descansa. Mañana Iosip te despertará con un beso y te proporcionará un arma. Saldréis al amanecer, así que no demores tu hora de acostarte.

Iosip le hizo un repaso de arriba a abajo con su habitual gesto de desprecio. Sin mediar palabra, comenzó a caminar en dirección a la que parecía la zona principal de aquella especie de poblado improvisado. Azrael observó cada detalle de todo aquello que descubría a cada paso.

El recorrido por aquellas estrechas calles resultantes de la construcción irregular a base de restos y vehículos abandonados, mostraba a los ojos de Azrael lo que puede lograr el trabajo humano cuando algunas personas se organizan. Ese Sarcev había logrado devolver a ese pequeño grupo de gente a una especie de sucedáneo de civilización. Simplemente cada uno debía ocupar su lugar y hacer su parte del trabajo.

Azrael se detuvo ante una de las casetas fabricada con lo que en su día debió ser la caja de un camión de reparto.

Un tipo corpulento, con una barriga prominente hasta el punto de impedir que la camisa quedase sujeta por dentro del cinturón, apilaba en un lateral de la caja de aluminio algunos materiales. Azrael se fijó más detenidamente y comprobó que su sospecha se confirmaba. Se trataba de un conjunto de arcos y flechas. Algunos de ellos contaban con sistema de poleas compuestas, los otros eran mucho mas simples. El hombre que se encargaba de ordenar aquellos arcos lo miró un instante sin demasiada muestra de interés y siguió con su tarea.

-¿Qué estás mirando?-Dijo el tipo que acompañaba a Iosip con muy mal tono.

Parecía que el amigo del grandullón tampoco se sentía demasiado agusto con su presencia. Él superviviente contaba con que el gorila tatuado no le tragaba demasiado, pero parecía obvio que su acompañante tampoco se alegraba de tenerlo allí.

Azrael se preguntaba repetidas veces si aquella gente conocía el hecho que había ocurrido entre él y los tipos que había liquidado hacia unas horas.

-Tome, señor – Los pensamientos de Azrael se evaporaron y su corazón se encogió en un puño. La suave voz de una niña le acababa de recordar el por qué se levantaba cada mañana y ponía rumbo a ningún lugar. Sus ojos, cargados de inocencia, aguardaban una respuesta por su parte que nunca llegaría. Desde que perdió a su familia, Azrael no había estado jamás tan cerca de una criatura. Al menos no con vida.

La niña le entregó un plato metálico y salió corriendo. Azrael no pudo articular palabra, simplemente miró a la que suponía que era madre de aquella pequeña princesa y la regalóun gesto de agradecimiento.

Una pequeña ración de carne asada que seguramente fuese algún roedor en vida. Una bola de harina fermentada y algunos piñones tostados. El superviviente no había recibido tal ofrenda culinaria desde hacía años.

Apurando el plato mientras caminaba tras los pasos del gran hombre, llegaron a lo que sería la entrada principal del lugar. Allí un tipo armado con un subfusil hablaba con el compañero de Iosip mientras éste hacía gestos obvios señalando al superviviente.

No había dinero, la aldea se abastecía de los objetos que conseguían traer los stalkers del coronel. Grupos de cazadores traían sus presas y otros cultivaban al sol algunas hortalizas en un par de huertos cubiertos de plásticos para evitar el frío.

Azrael no entendía el empeño del coronel en madar a su gente a un lugar perdido en el norte. Él también sentía una enorme curiosidad por saber el origen y la función de aquella emisora, pero en aquel poblado tenían de todo y estaban bien organizados para sobrevivir unos cuantos años.

-Consigue algo de ropa en aquella caseta, mañana al salir el sol estaré llamando a tu puerta, más te vale que estar preparado y no ser una molestia.. O me encargaré de tí antes de desayunar.

Azrael miró fijamente al hombre que acababa de amenazarlo. Éste señalaba con su enorme antebrazo hacia la caseta de chapa reforzada que se situaba a unos metros de ellos. La mano de aquel tarugo ocupaba lo mismo que una calabaza de medio tamaño. En realidad Azrael se sentía bastante intimidado por él aunque no mostraba signo alguno de ello.

Un tipo se le acercó por el lado derecho y a la distancia de unos diez metros emitió un silbido para llamar su atención. Azrael giró la cabeza y vio a un hombre de pelo cano y aspecto caucásico que lo llamaba.

-¡Eh tú!, espabila. Aquí tienes tu ropa.

El acento de aquel hombre era indudablemente de origen rumano, puede que polaco. El tipo, de sobra pasaría los cincuenta años. Aún así mostraba una vitalidad encomiable. Depositó un fardo de ropa sobre un bidón de combustible oxidado y colocó una botella de agua junto a él.

Azrael cogió el monton de ropa y caminó de nuevo hasta Iosip, éste le miró de reojo y dio una voz atronadora. – ¡Markus!, llévale a su habitación.

Markus, el otro tipo al que Azrael tampoco caía en demasiada gracia. Un hombre con pinta de soldado que eligió la carrera militar porque no sabía hacer otra cosa que no fuese empuñar un arma.

-Por aquí – espetó sin más palabras.

El camino entre casetas a medio terminar y maderas apiladas se hizo corto para Azrael. La última estancia, construida con los laterales de varios remolques y algunas chapas incrustadas entre medias, era la suya. Markus abrió la puerta que estaba atrancada con un cerrojo de apertura únicamente desde el exterior y le mostró el sitio en el cual pasaría la noche.

El sitio daba verdadero asco. Unas chapas amontonadas y clavadas a unos listones de madera hacían techo. Múltiples grietas dejaban pasar unos tímidos rayos de sol, el suelo de era de arena y algunas plantas habían crecido en las esquinas. Un mugriento asiento trasero de coche sería su cama.

-¿A qué hora cierran la piscina?- Dijo Azrael bromeando.

El hombre no dio muestra alguna de que su gracia hubiera tenido efecto alguno en él.

Azrael pasó al interior de aquel chamizo herrumbroso. Inspeccionó el interior y encontró algunas revistas deshojadas por el suelo de hace más de veinte años. Programación de televisión para el fin de semana, resultados deportivos y pasatiempos en un idioma que no conocía.

Un pequeño farolillo albergaba una pequeña vela en el interior. Casi consumida, ya no podría alumbrar durante muchas más horas así que Azrael ni se molestó en tratar de encenderla.

Observó la puerta y captó un pequeño detalle que terminó por escamarlo. Algo no cuadraba. La cerradura estaba puesta del revés. Entonces miró al suelo y sonrió irónicamente.

Aquello no era una habitación, era una celda.

Se sentó en aquel asqueroso sillón, no se molestó en pensar quién se habría sentado o qué cosas habían hecho sobre él.

-Bienvenido al hotel del amor-Dijo para sí.

La puerta se cerró a su espalda, el tipo que le había conducido hasta aquella pocilga, había cerrado desde fuera sin hacer ni un comentario al marcharse. Pasó silbando junto a la pared que daba al corredor principal de aquella aldea mientras golpeaba con su cuchillo en la chapa haciendo un ruido muy molesto.

-Que usted descanse. No llame al servicio de habitaciones -dijo al desaparecer tras la siguiente caseta.

Azrael tomó su jocosa despedida al pie de la letra. Comprobó que el sillón no reportaba peligro alguno, rebuscó debajo de éste y palpó el tejido. Entonces se tumbó sobre él. Cerró los ojos. Respiró profundo y trató de meditar sobre todo aquello que había llegado a él en sólo un día. Sus pensamientos se fueron diluyendo. Depuró toda la tormenta de emociones que se agitaban dentro de su cabeza y llegó al punto en que ya no pensaba en nada. Excepto en una cosa. Azrael se sentía como un animal de circo. Una fiera enjaulada. Un oerro de oresa capturado al que le habían ouesto un collar y ahora debía una obediencia.

Entonces sus ojos se abrieron. Se encontraba en mitad de la noche. En algún momento su meditación había pasado a ser un sueño profundo pero del cual había obtenido una idea que no iba a dejar pasar. Todo estaba en silencio. La noche fría había llegado hacia un par de horas y los habitantes de aquel lugar se habían resguardado en sus casetas de chapa. Azrael se acercó a la pared, observó por la rendija y comprobó la existencia de una serie de guardias. – No esperaba menos de un Coronel superviviente-Pensó. Miró detenidamente la cerradura y la manera en que estaba atornillada. Una de las tuercas mostraba algo de holgura. No podía obviar aquek detalle y dejar pasar la oportunidad de escapar de aquel lugar.

Con la ayuda de una pletina de pequeño tamaño extraída del mecanismo del sillón y algo de habilidad, consiguió sacar aquella tuerca y guardo ésta en su bolsillo. Empujó el tornillo y la cerradura se descolgó hacia un lado.

La luna se colaba tenue entre la rendija y su luz venía desde la parte trasera de la caseta por lo que no podría ayudarse de ella para esa tarea. Aunque la sombra que dejaba cubriría su vía dr escape .

La cerradura cedió hacía fuera lo suficiente como para liberar la puerta haciendo la palanca justa.

Antes de salir, echó un vistazo por la rendija de mayor tamaño. Sólo había podido advertir la presencia de un guarda. Contó el tiempo que tardaba en dar la vuelta y regresar al punto de partida de su ronda.

Veinte, veintiuno, veintidós..

El tipo daba una vuelta entera en unos cuarenta segundos y luego volvía al lugar de inicio donde se apoyaba junto a un bidón lleno de madera y leña. El aire del bosque traía mucho frío consigo. Tanto, que el aliento de Azrael salía de la abertura por la que observaba al guardia. No más de dos grados. El hombre daba buena cuenta de una hoguera que tenía encendida en un hoyo junto a sus pies.

La madera crepitaba, sometida al calor del fuego en contacto con sus resinas naturales. El ruido que producía sería perfecto para disimular las pisadas de Azrael que ya caminaba por el exterior de la celda.

Una vez supo que no había nadie más , decidió que salir de allí era su principal meta. En su meditación ant, se habia prometido a sí mismo que no sería prisionero, huésped y mucho menos empleado de nadie. No se jugaría la vida para que otro tuviese lo que deseaba. La idea de dejar sus cosas en manos de Sarcev y largarse no era de su agrado, pero al menos saldría de allí con vida y una libertad que nadie le quitaría.

Salió con sumo cuidado. Cerró de nuevo la puerta y se alejó agachado. Caminando por las sombras, aprovechando cada esquina y cada ruido que emitía aquel fuego para largarse en silencio.

Su primera intención era salir de allí sin más. Largarse lejos y no volver. Sin bajas ni escándalos. Nada de situaciones descontroladas. Simplemente escapar.

Tanteó el terreno desde su escondite tras una maraña de traviesas apiladas. No se observaba nada fuera de lo normal. Todas las casetas y paredes parecían iguales. Azrael no conocía aquel lugar a la luz y mucho menos a la sombra de la noche.

Llegó palpando por las paredes a lo que parecía una salida. Una enorme puerta se aferraba a dos cadenas echadas por dentro que no podría romper de ninguna manera. Azrael respiraba y caminaba con la suavidad de una babosa. -Imposible por aquí-

Si única opción era volver a pasar por donde había venido. El hombre había desaparecido de su puesto fijo -¿Pero cuantas rondas piensa dar ésta noche? – Azrael notó como la adrenalina le colapsaba el cuello y su corazón respondía con una súbita aceleración ante el ruido de los pasos del guardia.

Ahí estaba, junto a la caseta en la que Azrael debía estar durmiendo. El tipo tanteó en el suelo y se agachó de pronto a recoger algo.

-Maldita sea- Pensó Azrael.

El tornillo..

El tipo lo acercó a la luz de la luna. Miró a su alrededor y entonces comprobó la cerradura. Azrael había colocado ésta lo más recta posible pero sólo con fijarse detenidamente, el guarda se daría cuenta de aquello.

Se acercó tanto como pudo. Agachado y sin perder de vista al hombre que toqueteaba aquel mecanismo. El superviviente desató un cordón de su bota, se ocultó a un par de metros y rebuscó en su bolsillo. La tuerca..

Azrael lanzó ésta con muy poca fuerza para que cayese sobre la chapa del tejado. De forma automática, el guarda miró hacia arriba ante la percusión del metal y entonces desde las sombras, aprovechó sin dudar un segundo. Enrolló en sus manos los extremos del cordón, se puso tras el tipo, y lanzó el ataque.

El cordón pasó por delante de la cara de aquél infeliz. Recogió rápidamente los brazos y giró su cuerpo manteniendo apresada la garganta de aquel que ahora suplicaba por respirar. Las manos del hombre buscaban desesperadamente librarse de sus soga. Sus espasmos, cada vez eran menos intensos. Su vida pendía del cordón que aferraba el asesino que todo superviviente que se precie lleva dentro y que Azrael había dejado salir.

Con las manos ensangrentadas y el corazón a la altura de su lengua, cogió rápidamente el cuerpo del hombre y lo llevó cargado como pudo hasta el pasillo más oscuro que alcanzaba a ver. La terminación de la calle se encontraba entre dos casetas donde los habitantes guardaban leña y trozos de madera inservibles que, sin duda acabarían en alguna estufa. Apartó unas cuantas maderas de bastante tamaño y ocultó allí el cadáver de aquél tipo.

Seguía con su plan de fuga. Ahora Azrael contaba con el cuchillo de aquel guardia. Pero debía darse prisa. Las horas habían pasado y posiblemente le esperase un inminente relevo.

-¡Jorjef! ¡Vamos vago de mierda!.¿Has vuelto a dormirte otra vez en tu turno?

-Mierda- Había sido pensarlo, y Azrael sin quererlo había vaticinado aquella situación tan complicada que se le venía encima. Al menos otros dos tipos se acercaban desde la otra parte de la aldea. Puede que fuesen más, pero en todo caso demasiados para jugársela. La noche era cerrada y Azrael no podía ver demasiado bien lo que ocurría a solo unos metros. Uno de ellos portaba consigo una antorcha pequeña que los situaba a unos treinta metros. -Tiempo suficiente- Tres voces diferentes llegaban desde el origen de aquella luz.

Con el cadáver oculto y sin haber levantado más sospechas, Azrael decidió no tentar mucho más a la suerte y se ocultó de nuevo en aquel chamizo.

Entró sin ser visto ni hacer el menor ruido y volvió a colocar el tornillo del suelo sujetando la cerradura en su lugar.

Simuló que roncaba ante la proximidad de aquellos hombres. Puso tanto empeño en parecer que estaba dormido, que el cansancio acumulado tomó el mando y consiguió de verdad sucumbir ante morfeo.

La noche cerrada pasaba mientras los hombres de Sarcev buscaban a su compañero. Después de una hora de silencio, llegaba el alba..

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte