Capítulo 7 Fantasma sin destino.(Flashback)

Capítulo 7 Fantasma sin destino.(Flashback)

Azrael sufre un primer encuentro con la realidad del mundo que ahora vivía.

Mi madre me dijo, que algún día compraría, una galera con buenos remos. Navegará a costas lejanas. Párate en la proa, noble barca conduzco, rumbo constante al cielo, vence a muchos enemigos. *My mother told me. Canción vikinga*

Los primeros días fueron bastante difíciles para él. Aunque no los peores. Azrael se encontró solo por primera vez en muchos años. No era la soledad del hombre libre y sin ataduras que ya hubo conocido. Era la soledad de no poder llorar junto a nadie, la de añorar un abrazo, la de cuestionarse el valor de su vida.

El sol le despertaba tímido a través del ventanuco de la pared. La luz del día evocaba un nuevo comienzo para una nueva vida. ¿En qué puede un hombre pensar que lo haga querer salir al mundo exterior cuando éste es una pesadilla?

En sobrevivir.

Lo primero que vino a la mente de Azrael, fue la inusual temperatura. Serían mediados de agosto, puede que casi final de mes. El interior de aquella casa no llegaría a 10 grados. Bastante extraño.

El día anterior no había reparado demasiado en el clima. Haber perdido a su familia había propiciado su huída hacia ninguna parte y no hubo tenido tiempo de contemplar el cielo.

Antes de salir, dio un repaso a sus cosas y trató de pensar cuál sería su siguiente paso en aquel camino. Necesitaba comida y cambiarse de ropa, el tiempo seguía corriendo pese a que su vida se hubiese frenado en seco.

Azrael hizo acopio de varias cosas que fue encontrando en aquella casa. Cerillas, una manta vieja y desinfectante de yodo. La casa debía llevar abandonada unos cuantos años y eso había hecho mella en todo lo que allí se encontraba.

Latas de comida oxidadas sin etiqueta y algunas botellas cuyo contenido sería difícil de adivinar.

Abrió la puerta de aquella vieja y dejó que sus ojos se acostumbrasen a la luz. Dio un paso al frente. Azrael pisaba con tristeza aquel nuevo mundo. Aquella nueva realidad que lo envolvía no era otra cosa si no el sabor amargo de haber sobrevivido a su propia familia. Una vez fuera de la casa, ajustó las cinchas de su macuto y cogió el aire suficiente para iniciar su marcha hacia el olvido. Estiró su sucia chaqueta y se giró de nuevo observando aquella morada por última vez. – Gracias-Dijo cerrando los ojos. Y entonces, caminó.

Desde la lejanía de su camino podía observar cómo emanaban columnas de humo de todos los pueblos. Vehículos ennegrecidos se resistían a dejar de arder por completo. La muerte se presentaba una y otra vez en forma de cadáveres que señalizaban la transición del mundo hacia el apocalipsis. La tristeza volvía a adueñarse de él una y otra vez.

Con el paso de los kilómetros y la acumulación de cansancio, Azrael aprendía a no fijarse demasiado en algunas de las desgracias que salían a su paso en cada esquina que torcía.

Trató de entrar en algunos domicilios. Él sabía que tener la puerta abierta no era buena señal. Se asomó repetidas ocasiones por las ventanas, en algunos no llegaba a pasar del marco de entrada, y en otros, la sucesión de ruidos extraños le aconsejaban manterse alejado del lugar.

Casas calcinadas, ventanas vomitando columnas de humo. Cadáveres desperdigados por los suelos. Cuerpos carbonizados, mutilados. Seres humanos que habían perecido víctimas de aquella maldita tormenta.

Neveras, lavadoras, máquinas de afeitar.. Aparatos causantes de la muerte de sus propios dueños. Electrodomésticos que debían ser fuente de comodidades a sus propietarios pero habían dejado la población reducida a un puñado de seres que vagaban perdidos y desorientados. Azrael se preguntaba si el resto del mundo habría corrido la misma suerte.

Demasiados kilómetros le habían dado tiempo para decidirse por un plan. Seguiría caminando hacia el norte. La oscuridad y soledad de la zona boscosa que cubría toda esa parte del mapa le mantendrían aislado de algunos peligros. Aunque quizás le ofrecería otros nuevos.

Encontró una casa baja que llamó su atención por algún motivo. Ubicada en una zona bastante solitaria y sin signos visibles de haber sido violentada. Parecía perfecta para inspeccionarla, buscar algo de utilidad, y pasar la noche en ella sería factible si no hallaba alguna sorpresa desagradable.

En medio del camino que daba a la puerta principal había una bicicleta de adulto y otra de menor tamaño tiradas en el suelo. El acceso estaba cerrado pero no habían cerrado con llave. Azrael se decidió a entrar.

Con sumo cuidado y con toda la atención puesta en su oído, Azrael abrió despacio la puerta, comprobando cada centímetro que ganaba de visión del interior. Adivinó un pasillo que dividía la casa en su mitad. En un primer momento todo era silencio. Salvo por un siseo extraño que procedía de la parte de arriba. La hoja blindada de aquella vivienda unifamiliar rozaba suavemente con la alfombra a medida que se iba deslizando sobre sus bisagras. A la izquierda encontró lo que debía ser la cocina. Equipada con muebles modernos en contraste con una chimenea de ladrillo rústico. La nevera era de un tamaño considerable. Dos partes unidas, congelador y nevera. El aparato había quedado abierto de par en par. Los alimentos perecederos empezaban a descomponerse y el olor nauseabundo no tardaba en ser percibido. El motor y su cableado habían ardido, sucumbido ante la tormenta. Los azulejos más próximos habían caído al suelo y decenas de esquirlas cerámicas rodeaban el electrodoméstico.

-¿hola?, ¿Hay alguien?- Azrael volvió a escuchar el ruido que provenía del primer piso.

Silencio.

Salió de la cocina y accedió a la siguiente sala, el salón. La oscuridad allí era casi absoluta. Se acercó a lo que se intuía como la ventana gracias a los pequeños puntos de luz que se colaban por los huecos de ésta. Tanteando llegó a la cuerda que movía su mecanismo. Tiró despacio. Tras el crujido de las poleas, el sol entró en forma de finos haces de luz mostrando una terrible escena.

Dos cadáveres, hombre y mujer, yacían muertos sobre un sofá de piel. Abrazados, habían quedado unidos para siempre en una postura que los mantendría juntos para siempre.

Azrael se acercó con todo el respeto que significaba la muerte para él. Comprobó que los dos cuerpos mostraban grandes quemaduras en sus brazos y rostros. Junto a ellos se encontraba un amasijo de residuos plásticos adheridos a su piel. – Un ordenador – Dijo en voz baja.

Pasó a la despensa de la cocina después de recuperarse de aquella visión. Puso su mochila sobre la mesa de aquella estancia y se apresuró a hacer acopio de todo lo que pudiese serle de ayuda. De los muebles superiores pudo rescatar algunos dulces. Barritas energéticas, chocolates y conservas. Un par de botellas de agua y unos pequeños bricks de zumo.

Azrael terminaba la inspección de esa zona de la casa cuando el ruido extraño de siseo llegaba de nuevo a sus oídos. Subió para comprobar el origen de aquel inquietante ruido. No podía quitarse la imagen de la cabeza de la pareja fallecida en el salón mientras subía por la escalera de madera. Cada segundo que pasaba en aquella casa era más angustioso que el anterior.

Subió el último peldaño. El crujido del suelo de pino dio paso al impacto amortiguado de sus botas sobre la alfombra. Azrael comprobó que frente a él se hallaban tres puertas abiertas. La del final del piso superior dejaba a la vista una cama de matrimonio. Las otras dos permanecían cerradas. Sacó un mechero del bolsillo y alumbró con él su camino. Las persianas a medio cerrar le ocultaban algunos detalles de aquella casa. Abrió la puerta de su derecha. La oscuridad y la sensación de humedad de aquella habitación le hicieron pensar que se trataba de un baño. Azrael abrió la puerta y sintió un enorme sobresalto. Su corazón se aceleró al máximo. El tremendo susto que se llevó fue seguido por una pequeña carcajada al darse cuenta de que el motivo de su alerta era su propio reflejo en el espejo del lavabo.

Azrael negó con la cabeza ante tal estupidez y entonces se dió cuenta de que llevaba varios días sin esbozar una sonrisa.

Abrió el armario que quedaba tras ese espejo y encontró un pequeño botín. Tiritas, esparadrapo, vendas y alcohol médico. Todo aquello fue a parar directo a su mochila.

Salió del cuarto de baño complacido de su hallazgo. Revisaría las otras dos habitaciones y se pondría en marcha. Otra vez ese siseo.

Azrael avanzó sobre la alfombra ribeteada con cautela. Caminó hasta la habitación donde se encontraba la cama grande y encontró el motivo de aquel ruido. La persona casi bajada y la ventana mal cerradas se confabulaban con la corriente volver loco al visitante.

En la habitación de matrimonio actuó de la misma forma que en el salón. Abrió la persiana con sumo cuidado y rebuscó concienzudamente. Un gran armario esperaba para ser despojado de cualquier cosa útil qie encontrase en su interior.

Monos de trabajo y vestimenta de jugar al golf. La ropa del hombre era más o menos de su talla. Tampoco iba a quejarse si algo no le quedaba bien. Sólo quería asearse y cambiarse de ropa.

Cogió un par de camisetas y un jersey. Mudas limpias y calcetines. Bajo la cama encontró unas botas de senderismo que le quedaban bastante justas. Al menos eran un número más pequeño. – Tendránque valer- se lamentaba.

Cambió toda su ropa por una nueva . Metió el resto de la prendas que consideró de utilidad en la mochila. Mientras guardaba sin cuidado todo aquello no pudo evitar oír a su mujer gritando – ¡cuándo la saques estará arrugada!- Sonrió por ella. Por los momentos que le había hecho vivir.

Sus ojos se tornaron vidriosos. Trató de tragar, aunque no pudo. Entonces respiró y siguió adelante con su búsqueda.

Pasó con cuidado a la habitación que restaba por investigar. Azrael empujó la puerta con cuidado. La persiana estaba a medio subir pero el sol no daba por aquel lado de la vivienda así que la estancia se antojaba tenebrosa.

Y entonces fue consciente de que la vida le preparaba otra escena dantesca. Otra postal para olvidar.

Una pequeña cuna de un metro de alto, se encontraba al final del siguiente cuarto. Un diminuto edredón de dinosaurios colgaba entre los barrotes. El alma de Azrael cayó a sus pies. Una pequeña manita amoratada asomaba desde la manga de un suave pijama azul con estrellas.

Se acercó entre temblores y angustia. Trató de ser valiente. Trató de no imaginar cuánto habría sufrido aquella criatura. Sin duda, la deshidratación y el hambre se habían cobrado la vida del pequeño.

Azrael agarró su mochila y salió de allí sin mirar atrás. Bajó la escalera y huyó de aquella pesadilla. Con el corazón aún en la garganta, cruzó la puerta del domicilio sin pensar en lo que realmente sentía.

Cogió la bici que aguardaba tirada a la puerta de aquella casa. A su lado, tumbada en el suelo, quedaba otra bicicleta de mujer y un pequeño triciclo que pertenecía a aquél pobre diablo. Azrael se paró por un momento antes de emprender su marcha. Su cabeza se llenó de risas e imágenes de sus pequeñas. Trató de imaginar al inocente crío jugando con aquel triciclo de plástico.

-¡Papá vamos a jugar!..

La pena le venció de nuevo. Una urgente necesidad le llenó de valor y entonces tomó una gran decisión.

Entró de nuevo a la casa, armado con toda su mejor intención y algo de pena. Ascendió otra vez aquellas infinitas escaleras y corrió hasta la habitación infantil. Se acercó hasta la cuna, apoyó sus manos en la barandilla y cerró los ojos. Dejó de pensar como un superviviente y empezó a hacerlo como padre. Como un padre que había perdido a su familia. Cogió el cuerpo del niño arropado en el edredón y bajó las escaleras con el pequeño en brazos. Caminó hasta el sofá donde yacía el matrimonio y colocó el cuerpo entre los dos difuntos progenitores. Se apartó unos metros y dejó que aquella imagen cambiase el pavor de su corazón por el orgullo que sentirían sus hijas si le viesen en aquel momento. Cerró de nuevo la persiana y se marchó apretando sus labios.

-Ahora podréis descansar juntos.

En gran parte él les envidiaba, no tendrían que sufrir más. Sólo habían ido a otro lugar en el que seguirían estando juntos. Los tres pasarían la eternidad en familia, para siempre, ajenos al mundo destruido que habían dejado atrás.

Azrael recordaría por siempre la sensación que tuvo al abandonar aquél domicilio. El viento siseó en su oído al cruzar el umbral de la puerta. Pero aquel viento era diferente. Al menos, él sintió que ese aire venía cargado de agradecimiento. Quizás el universo trataba de hacerlo sentir mejor por haber reunido al pequeño con sus padres. De la manera que fuera, él lo tomo como un regalo. Levantó la bicicleta de nuevo y emprendió el camino con el ánimo fortalecido.

Se fue de allí pedaleando lentamente. Sin un destino concreto. Su pensamiento principal era el de encontrar un refugio seguro donde pasar aquella noche. Daría buena cuenta de su botín y descansaría unas horas. Azrael sabía que no debía dejar que la noche lo sorprendiera de camino. Aún así, apuró cada rayo de sol al máximo con el único propósito de caer rendido de cansancio y no tener tiempo de pensar.

Los días pasaron. Uno detrás de otro. Cada uno de manera igual al anterior, pero a su vez diferente. Saqueaba casas, hacía acopio de víveres, y continúaba su marcha sin mirar atrás.

El primer refugio que le retuvo más de una noche, fue una vieja caseta de piscina. Hacía varios kilómetros que había abandonado su bicicleta a causa de una avería que no pudo salvar.

Aquella estructura de fibra y plástico había sido un bar para los socios de un club deportivo de campo. Haría tan sólo unas semanas que infinidad de personas disfrutarían en aquél lugar sin esperar lo más mínimo el destino que les aguardaba. Azrael con aquel descubrimiento, halló una fortuna incalculable. La caseta había quedado oculta a la vista de transeuntes gracias a la maleza que la rodeaba. Apartada de cualquier camino principal lo suficiente para que nadie hubiera podido aprovecharse de las bondades que albergaba. Un almacén repleto de cajas de aperitivos y torres de refrescos se alternaban con otras compuestas principalmente por bebidas alcohólicas y cerveza. Torres de agua mineral que Azrael atesoró con la consciencia del gran hallazgo que suponía.

Habían pasado unas semanas desde el día que el mundo cambió. En aquel punto, ya era insoportable el hedor que se percibía al colarse en casas y restaurantes. Los cadáveres se descomponían emanando un untuoso y desagradable aroma que se unía al de los alimentos en mal estado haciendo un suplicio la permanencia en aquellos lugares.

Azrael aprendió algunas normas básicas que nadie le había enseñado. La primera regla era sencilla. Al entrar en un lugar cerrado, se debía comprobar cada habitación y armario, vaciar todo lo que estuviese en malas condiciones y dejar la comida esteopeada apartada de la que aún se podía aprovechar. Sacar los cadáveres al exterior a fin de evitar enfermedades. Los que estaban sobre sábanas o edredones eran más sencillos de trasladar. Se envolvía el cuerpo y se sacaba fuera del que fuese su refugio dicha noche.

Azrael llevaba varias semanas alimentándose a base de atún en conserva, patatas fritas, frutos secos y cecina reseca. También se preocupó por conseguir algunas verduras y frutas frescas por los huertos y cultivos que fue encontrando cerca de aquella caseta. Él tenía en cuenta el hecho de que su alimentación debía ser la correcta en medida de lo posible.

El tiempo había cambiado de una forma algo inusual. El sol ya no era tan itenso como antes de la tormenta. La inactividad humana propició una polución nula. Noches frías, demasiado frías. Ahora podían observarse las casas y edificios desde una distancia muy superior a la que antes apenas serían avistados.

El clima era demasiado humedo, incluso para principios de septiembre. Había dejado de contar los días, ni siquiera se dio cuenta de en qué momento dejó de pasar el tiempo para él. La lluvia se turnaba con la niebla entre la noche y el medio día. La vegetación reclamaba cada rincón y lugar del mundo en el que ahora reinaba sin competencia. Era común la visión de animales sueltos vagando por donde estos no habían pasado hacía décadas.

Ciervos y jabalíes salían al paso del caminante. Cruzaban pueblos y ciudades sin más enemigos que las jaurías de perros o lobos que ahora ocupaban las tierras de sus antepasados más salvajes.

Azrael encontró aquella piscina por casualidad. Los árboles habían crecido sin control y la maleza ocultaba la caseta hasta su parte superior. Empleó una cantidad considerable de tiempo en poder entrar.

Llevaría allí un par de semanas. Aquella mañana era fría y bastante nublada. Azrael, como cada mañana, salía en una dirección concreta con algún propósito previamente fijado.

Tomaba su mochila, cogía algo de comida y un poco de agua, enfundaba su cuchillo y salía en busca de leña, caza, y observaba detenidamente en busca de señales de otros supervivientes.

Pero ese día iba a ser diferente. No había tenido tiempo de organizar su mochila cuando creyó oír voces a lo lejos, voces humanas. Sin duda atraídos por el humo residual de la pequeña hogera del día anterior – ¡Que estupidez! – Se culpó.

Estaban cerca, tanto que podía distinguir al menos tres voces diferentes. Metió en la mochila lo necesario para sobrevivir en caso de emergencia y salió a hurtadillas de la caseta.

Parecía ser un grupo reducido, pocas pisadas, guardaban silencio..

Azrael trató de calmarse, era posible que hubieran pasado de largo.

-¡HOLA! – No, ahí estaban. – Buenos dias, ¿Hay alguien?..

Azrael sacó el cuchillo de su mochila y lo guardó en la parte trasera del cinturón. Dejó la bolsa tras un arbusto y se incorporó.

-¿En qué puedo ayudaros? – Respondió desde lejos.

-Verá, mis compañeros de viaje y yo llevamos varios días caminando bajo la lluvia. No sé cuándo fue la última vez que comimos algo digno de llamarse alimento. Estamos cansados. ¡Tenga usted piedad de nosotros!.

Todos somos supervivientes..

Azrael observó al tipo con el que conversaba. No parecía estar desnutrido y su ropa no mostraba la suciedad que se esperaría en un hombre que había vagado bajo la intemperie.

No se fio de sus palabras, y menos de su apariencia. – Espere ahí – Dijo Azrael – Les sacaré algo de comida y bebida, pero no se pueden quedar aquí. Ni siquiera habría sitio para uno de ustedes.

Azrael entró a la caseta y se apresuró en llenar una bolsa de basura vacía con algunos alimentos y algo de agua. Se detuvo observando una de las botellas de licor de aguardiente y decidió que dársela era buena idea para mostrarles su buena fe.

-Aquí tienen-Dijo saliendo de la caseta con los víveres y la botella de cristal- Espero que os ayude a llegar al lugar donde..

El tipo no estaba. Azrael bajó los brazos y aguardó en silencio para tratar de entender lo que ocurría.

Demasiado tarde.

Dicen que la vida es tan buena maestra que si no has aprendido una lección, te la enseña hasta que aprendes. Pero hay lecciones que necesitan saberse rápido o pueden costarte la vida. Y la supervivencia es una de ellas.

Azrael no tuvo tiempo de girarse al oír un paso que aplastaba la maleza. Un golpe directo a su cabeza con lo que parecía el mango de una pala de obra le lanzaba contra el suelo.

El mundo silbaba a su alrededor. Todo giraba muy deprisa. La imagen de la caseta se retorcía con la figura de los tres hombres que aparecieron ante él.

Azrael cerró los ojos y cubrió su cara y partes blandas haciéndose un ovillo con sus piernas y brazos. Los golpes iban sucediéndose entre risas y gritos con los que ellos mismos se jaleaban a seguir pegándole.

Llegó el momento en que dejó de sentir. Su piel sólo palpitaba dentro de su ropa empapada de barro y sangre.

Abrió los ojos. Su mirada no distinguía el cielo de la tierra. Trató de llevarse las manos a la cara, pero sus músculos no respondían a su deseo. Los tres tipos se abalanzaron sobre él y entre risas e insultos lo lanzaron al fondo de la piscina.

Una cantidad indeterminada de agua verdosa y musgo se adentraron en su cuerpo, colapsaron sus vías respiratorias y nublaron su consciencia. La percepción del tiempo había ralentizado su viaje hasta el fondo. Tan sólo un par de metros de profundidad separarían el suelo del nivel del agua. Pero la angustia y su maltrecho cuerpo cayeron en lo que parecía un eterno abismo hacia la nada. El frío recorrió cada célula de su piel, se apoderó de su musculatura y bloqueó sus articulaciones. Parecía que el fin estaba cerca. Al menos ahora estaría en paz. Sólo tendría que esperar a las valkirias, dejarse llevar y estaría de nuevo con sus hijas.

Aunque el destino de aquél hombre se negaba a dejarlo marchar. Sus manos tocaron el suelo de aquella tumba de fango y agua corrompida. El fondo se antojaba baboso y resbaladizo. Azrael golpeó suave, como si el universo lo sujetase con cuidado y lo depositara sobre un lecho de pluma y nieve.

El ruido amortiguado de las carcajadas de aquellos desalmados se difuminaba con otros sonidos que parecían emanar de sus propios pensamientos.

Las amargas voces de quien lo había llevado casi hasta la muerte se transformaron en dulces palabras que llegaron hasta su interior más profundo. Sus ojos comenzaron a distinguir la figura de quien le hablaba. Ni si quiera le hizo falta abrirlos. Tan solo dejó que su corazón reconociese aquello que escuchaban sus oídos.

Y entonces sonrió. Sumergido en el agua helada, turbia. Sin oxígeno y sin fuerzas para salir de aquella balsa de podredumbre. Azrael tuvo la visión que menos esperaba.

Dos pequeñas lo miraban de frente. Su corazón se detuvo. Y él dejó de sonreír. – ¿Por qué estáis tristes? – Pronunció su alma. – Papá va en vuestra busca. Pronto nos encontraremos..

Pero él sentía que algo iba mal. El rostro de sus pequeñas tenía la misma expresión que la tristeza más pura. Ellas, cogidas de la mano lo observaban con aflicción. Por alguna razón, Azrael entendió que ellas no estaban ahí para recibirle. Y su corazón volvió a latir, esta vez con una fuerza desmedida. Sus manos se posaron sobre el resbaladizo fondo y sus brazos impulsaron su cuerpo hacia la superficie.

El agua, las burbujas y la suciedad de aquél líquido pasaron a gran velocidad mientras que él alcanzaba el oxígeno que tanto necesitaba.

El dolor parecía haberse esfumado de su cuerpo. Su mente se despejada por momentos y a cada segundo que pasaba su alma se cargaba con una extraña energía que se apoderaba de todo su ser.

Azrael comprendió entonces que había sobrevivido todo ese tiempo sin saber por qué, empujado por algún motivo que hasta ese mismo momento desconocía. Pero la casualidad no existe, verse en tal apuro había despertado una parte de su conciencia. El campo sutil de su existencia había despertado y lo había dotado de una fuerza que ignoraba poseer.

Azrael se encaramó al granito que rodeaba la piscina. Arrastró su cuerpo fuera del agua y se incorporó lentamente dejando que su nuevo ser tomase el control. Caminó hasta la caseta, las risas y comentarios soeces se escuchaban con intensidad. – Bastardos- Azrael observó su entorno. Encontró la mochila que había preparado, el licor con el que iba a obsequiarles y el mango de madera con el que le habían propinado la paliza.

El antiguo Azrael, hubiera huido con aquella bolsa y se hubiera escondido durante algún tiempo. El antiguo Azrael sólo ansiaba sobrevivir hasta que la muerte tuviese un lugar para él.

Pero el nuevo Azrael no sería tan indulgente con aquellos que habían abusado de su buena intención.

Apretó sus dientes. La mejilla hinchada y el derrame sufrido en el ojo no hicieron si no aumentar su ira. Tomó la botella de licor que había caído a unos metros de la caseta y se aproximó hasta el frente de la piscina.

Buscó en su mochila. Sacó uno de los vendajes que llevaba para emergencias y lo empapó de ron. Sacó el mechero de gasolina de uno de los bolsillos y miró fijamente hacia la puerta. Uno de los tipos que se jactaba de haberle golpeado avistó al superviviente desde dentro. Su silencio pasó inadvertido ante los otros dos tipos que seguían riendo.

Azrael le miró a los ojos durante un segundo. Pegó un trago de la botella y enrolló el vendaje sobre el cuello de ésta. Con el gesto descolorido de la locura en su mirada, prendió la tela que inmediatamente se cubrió de llamas.

El desgraciado que conteplaba atónito la escena no comprendía muy bien lo que pasaba. Sólo sabía que el hombre al que casi habían liquidado, estaba frente a él con una bola de fuego en sus manos.

Azrael lo miró por ultima vez. Calculó el espacio que había entre él y esos malnacidos. Lanzó la botella al interior de la caseta y ésta se quebró en pedazos. El contenido se inmoló produciendo una cantidad de fuego suficiente para alcanzarlos a todos.

Azrael corrió hasta la puerta y la cerró antes de que lograsen salir. Atrancó la entrada con el mango de madera y retrocedió unos metros.

Los alaridos que emitían aquellos que hace unos instantes se reían de la desgracia ajena, parecían tener un efecto analgésico en las heridas de Azrael. Contempló el fuego devorando la pequeña estructura de fibra y plástico mientras se alejaba lentamente de aquel lugar.

Había sobrevivido. Se había vengado. Y lo que era más importante, hizo que sus hijas estuvieran orgullosas de ver que no iba a rendirse jamás.

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