Capítulo 9 Guerrero de hielo(flashback)

Capítulo 9 Guerrero de hielo(flashback)

Iosip, un campeón convertido en odio.

CHECHENIA 1992.

Argún. A unos cien kilómetros de la capital, Grozni.

Campeonato de lucha grecorromana. Anfiteatro “libertad”.

El temporal de la mañana se debatía entre las ráfagas de aire llegadas desde la montaña y los escuetos márgenes en los que el viento amainaba. Dos jóvenes de unos diez años se debaten el primer puesto a nivel nacional. El lugar está repleto de espectadores que dan rienda suelta a su emoción por el deporte que contemplan.

La URRS acaba de desaparecer, Chechenia intentaba disfrutar de la normalidad que se muestra frágil pero cargada de esperanza. En el exterior nevaba copiosamente. La temperatura de doce grados bajo cero era difícil de combatir con los medios de que se disponían, pero el calor humano allí es reconfortante para unos aficionados que tratan de olvidar la reciente guerra.

Desde la grada se oyen gritos de júbilo emocionado, unas ochocientas personas abarrotan el lugar. Confeti recortado a mano y guirnaldas de papel recorren el interior del centro deportivo. Espalderas y colchonetas delimitan las paredes de un anfiteatro con olor a goma y sudor característico.

-¡Vamos Iosip!, ¡Acaba con él!..

La gente enloquece. Iosip, un muchacho del pueblo contiguo con un futuro académico prometedor a la vista, buen estudiante, mejor deportista. Poseedor de un físico digno de un adolescente con bastante más edad que la suya. El joven está a punto de someter a su adversario. Un juego de piernas y un control del peso y balanceo exquisitos por parte de atleta checheno, hacen que el derribo sea inminente.

Un par de giros medidos al milímetro sobre su pierna y la fuerza exacta en su siguiente agarre, el otro chico cae estrepitosamente sobre el suelo. Iosip se abalanza sobre él y le domina con una llave en su brazo.

El sudor de los dos contrincantes se esparce por la lona mientras Iosip clava su cuerpo para inmovilizarlo.

Uno, dos…

El joven sometido palmea y el árbitro señaliza la victoria. Suena la campana que marca el final del combate.

Lo aplausos se oyen desde fuera. Más confeti y banderas del país inundan la imagen. Iosip, cautivo de su alegría, ríe hasta que rompe su estoica apariencia con un llanto enardecido por la emoción. Las lágrimas del vencedor recorren su rostro mientras cierra sus ojos con fuerza para atesorar aquel sonido en su memoria. Un joven tan grande como su hazaña. El chico había honrado a su padre. Tarek, el hombre con el que había pasado miles de horas de entrenamiento. Un caballero trajeado con el cabello rubio y una mirada celeste que permanece impasible, como pausado entre la jauria que aplaude la victoria de su propio hijo. El trabajo daba sus frutos.

El podio construido en madera y vestido con lona de raso aguardaba. Decorado para la ocasión, lucía adornos con la bandera chechena y ribetes de colores en los laterales. Los números pintados en dorado. El más alto lugar le pertenece, el número uno. Iosip camina seguro de haber satisfecho al hombre que lo observaba desde la lejanía de su seriedad.

Iosip sube cada escalón saboreando el momento. Despacio. Tan sólo quiere ver la cara de sus progenitores, la emoción de la victoria y el orgullo. Su madre no da más abasto en aplaudir. La garganta le duele de gritar su nombre.

-¡Mi hijo! ¡Campeón! ¡Miren qué orgullosa estoy de él!

El delegado de deportes entregaba la medalla de bronce. El tipo había luchado bien, pero nada tenía que ver con la entrega de Iosip. Iosip era un tornado. La sangre de un animal corría por sus venas. En la cancha era indomable.

Le tocaba el turno al segundo. El joven aún se lamentaba del brazo. La llave tipo kimura que Iosip había aplicado con gran destreza le recordaría la derrota durante algún tiempo.

El checheno se giró y miró la medalla de plata de su adversario. La sonrisa agradecida de los dos deportistas sellaba su amistad por encima de la lucha.

El turno del campeón. Iosip se cuadra y mira al frente con las manos en la espalda.Tan sólo una última mirada hacia su viejo, una que le otorgase el premio que de verdad ansiaba, su reconocimiento.

Y así fue.

El padre de Iosip, teniente del ejército checheno. La disciplina hecha persona. Tarek había comandado la lucha por la independencia varios largos años. La educación impuesta a su hijo era tan recta como la que ofrecía a sus propios soldados.

Puede que incluso más.

Iosip cerró los ojos. Disfrutar el momento, escuchar el himno de su pequeña patria, su medalla, su orgullo.

Pero la vida tenía otros planes para él.

La puerta se abrió de golpe. Una gran estruendo y una lluvia de astillas conmocionaba a todos los allí presentes. Las cerraduras se desencajaban y la gran puerta cedía. El himno se quedó difuminado en la maraña de gritos que salían de aquel público. Una serie de disparos al aire sacaron a Iosip de su merecido éxtasis. Su alegría se acababa de diluir como la niebla al salir el sol.

Al menos quince soldados entraban jaleándose unos a otros con gran violencia. Rusos. Tipos armados con kalashnikov y gorros orejeros que se posicionaban metódicamente en aquel lugar. Las órdenes en ruso y en checheno se sucedían de todas partes.

-¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo!

Un grupo de unos cinco soldados habían rodeado a los atónitos atletas que recibían las medallas. Otro grupo más numeroso apuntaba al atemorizado populacho.

La gente gritaba, la histeria acababa de sustituir a la alegría. El miedo se instalaba de nuevo en las personas. Los rostros de pánico se dibujaban en los asediados que ignoraban la razón de lo acontecido.

La guerra llamaba a la puerta de nuevo.

El chico que había quedado segundo, presa de un pánico irracional, saltaba del podio e intentaba escapar entre dos de los soldados rusos.

-Maldita sea-Pensó Iosip.

Un ráfaga de proyectiles salió disparado del kalashnikov del soldado que estaba junto a ellos y abatía al joven de inmediato. Cinco minutos antes sonreía junto a Iosip, ahora era un cadáver.

Los padres del chico enloquecieron. Todo el mundo fue presa de la rabia y la incertidumbre al percatarse de la seriedad que la situación comportaba. Los soldados abrieron fuego. Las balas surcaron el aire en todas direcciones. Los proyectiles descuartizaban y amputaban los miembros de esa pobre gente sin opción alguna de defenderse. Gente humilde que aquella mañana se pensaba dichosa. Pobres ignorantes. Cuando la guerra acecha, el dolor se esconde en cualquier lugar.

Iosip trató de bajar de la tarima. Su padres habían desaparecido en el tumulto y él los buscaba desesperado, ajeno al peligro que corría. Una maraña de gente aterrada y cadáveres sanguinolentos lo cubría todo. Una mezcla de muerte y confeti pisoteado se arremolinaba encima del tapiz de las bancadas. Por fin veía a su padre.

Malherido, Tarek arrastraba su cuerpo lacerado hacia su hijo. El soldado que custodiaba a Iosip le apuntó a la cabeza.

-No se te ocurra chico. ¿Quieres ser el siguiente?

Pero Iosip no tenía miedo de morir. Su único miedo emanaba de la inminencia deperder a su padre, su referente, su ejemplo en la vida.

Saltó del podio sobre el soldado haciéndole perder el equilibrio. Éste pulsó el disparador de su arma que escupió una ráfaga hacia el techo de madera. Corrió hacia él. No veía a su madre por ninguna parte.

-¡Papá! ¡No te mueras!

Iosip abrazó su viejo. Clavó las rodillas en medio de un charco de su propia sangre y se tumbó aterrado. Con las manos temblorosas. El padre extendió la mano y tocando su cara le dijo:

-Hijo no llores. Dejo éste mundo lleno de felicidad. Me voy orgulloso de tí. Ellos nunca podrán quitarme eso.

Un disparo retumbó en el oído del chico. Una bala certera había acabado con la agonía de su padre que se desplomaba aún agarrando el rostro de su pupilo.

Iosip, cubierto de sangre, corrió hacia el soldado que acababa de ejecutar a Tarek.

Un golpe de culata acabó con su voluntad y su ira. Sus fuerzas se habían marchado. Un golpe acababa de doblegarle hundiendo su estómago y robando el aire de sus pulmones. Las rodillas impactaron con el suelo. Las lágrimas se turnaron con las arcadas y el dolor, axfisiado.

Un soldado empujó el cuerpo del chico con la bota y ató sus manos con una brida a la espalda. Fue conducido junto a otros jóvenes al exterior de aquel palacio de la muerte donde varios camiones esperaban en la parte de fuera. La última mirada atrás dejó la estampa grabada en su mente de dos soldados rusos fotografiando el cuerpo de su padre.

De ese momento sólo recordará la nieve camuflada con sangre, el olor del gasoil de los viejos camiones y el cuerpo de su madre tapado por el de otros tantos inocentes.

El frío que sentía en aquel momento había desplazado al calor que debió guiar su corazón, el lamento de la humanidad despiadada formaría parte de su ser para siempre.

Iosip, el guerrero con corazón de hielo, acababa de nacer.

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