Capítulo 10 LA GASOLINERA (Flashback)

Capítulo 10 LA GASOLINERA (Flashback)

Azrael inicia un camino de supervivencia en un nuevo entorno hostil.

Dejó la piscina atrás. Se giró una vez más. Observaba la columna de humo que salía de la caseta . Ya no se oían los alaridos.

Azrael, con la mano en el costado y empapado, caminaba errante, hacia ninguna parte.

No sabía dónde ir, no sabía qué hacer.

El mundo acababa de demostrarle cuál era su verdadera cara. Una cara de hostilidad y de peligro.

Debía encontrar un sitio para dormir. Descansar. Recuperarse de la paliza sufrida. Comprender la vida tal y como se había presentado hoy.

Llevaba unas dos horas caminando. La ropa se había secado parcialmente. El frío se había apoderado de cada centímetro de su cuerpo. El cielo comenzaba a rugir. Una capa de nubes simulaba un techo de acero que angustiaba su camino.

Temblaba. El dolor de piernas y de cabeza había entrado en perfecta sincronía con las magulladuras. Azrael no sentía, no quería sentir.

Abandonó una vieja carretera secundaria. Con suerte le llevaría a algún pueblo. Alguna casa que le diese cobijo. Aunque fuera por una noche.

A lo lejos se divisaba una gasolinera. Debía llevar cerrada mucho tiempo. De mucho antes que llegase la tormenta, aquella maldita tormenta.

El camino se iba tornando más difícil. el asfalto dió paso a una mezcla de grava y tierra. Los laterales del camino, llenos de maleza y zarzas, albergaban algunas alimañas ruidosas que hacían del trayecto un curioso concierto. La música de la naturaleza.

Sus pasos se hacían pesados. Un arrastrar de pies denostaba el cansancio, el dolor. El esfuerzo tiránico que Azrael cargaba en su mochila.

Llegó a la gasolinera. Estaba en lo cierto.

Surtidores oxidados y cubiertos de telarañas, acompañaban a un conjunto de chapas y llantas viejas en un escenario singular. Ruedas, latas de aceite vacías. Ése lugar llevaba mucho sin recibir visita.

La maleza bloqueaba la puerta. Un pequeño candado cerraba el acceso. El viejo cierre hacía un ruido tremendo, no debía llamar la atención. Buscó en frente de la gasolinera y en sus alrededores.

Junto a las llantas encontró una llave de tubo. Perfecta. Abriría el candado y me serviría de defensa, por el momento.

Colocó el candado de lado y levantó la llave. Trató de apuntar. Su cuerpo se revelaba por todl el daño acumulado, falló…

El cierre hizo un ruido tremendo. La llave golpeó la chapa y luego pegó contra el suelo. Cómo le dolía el costado. Los codos empezaban a resentirse también. Azrael se lamentaba de aquel erróneo golpe y se preparaba para uno nuevo.

El frío ayudaba a que no se le inflamasen demasiado las múltiples magulladuras, pero a la vez, agarrotaba sus articulaciones y ralentizaba sus capacidades.

Subió la llave al hombro. Alzó el brazo y dejó caer el tubo de metal. El candado se abrió, no sin tener que ayudarle con un segundo golpe certero. El óxido y el tiempo habían bloqueado el mecanismo.

Tiró el candado roto al suelo y agarró el cierre. El dolor de las costillas le estaba empezando a privar de coger el suficiente aliento que precisaba su actividad y la fatiga asomaba cual sombra oscura.

Abrió lo justo para entrar. En el interior se encontraba un conjunto de muebles y expositores. Cajas que ya no servían para mucho. Pero esta noche serían su refugio.

El cielo enfurecía por momentos. Casi no se había percatado de que estaba anocheciendo, la prisa iba en aumento.

Necesitaba ver el lugar y construirse un lecho antes de que la oscuridad lo reclamase todo para ella.

El sitio estaba cubierto de polvo. Las pareces habían empezado a perder la pintura. El techo de escayola se había caído en su mayoría y dejaba ver la chapa de la cubierta.

Las gotas de lluvia repiqueteaban. El aire silbaba en las ventanas y la puerta.

Empujó a duras penas uno de los mostradores contra el cierre. Ató éste con cuerdas y cable quemado que fue encontrando.

Revisó como pudo cada habitación. La mano permanente en el costado le ayudaba a mantenerse erguido pero la punción constante le iba robando la energía.

Encontró una puerta cerrada, dentro se oía un goteo. Sd imaginaba que habría una gotera en ese lugar, ya tenía agua para hoy.

La luz iba abandonando el lugar con presteza. Necesitaba algo para iluminarse y ganar algunos grados. Ahora pensaba en las velas y cerillas que había dejado en la caseta de la piscina.

Malditos.

La puerta de madera estaba atrancada. Se veía que la humedad había dilatado sus medidas y estaba encajada en el marco. Una , dos…

Rompió la puerta con el hombro. Cómo le dolía.. – Joder- Farfulló.

La cerradura saltó y la puerta se abrió. Un cuarto de baño con las baldosas caídas y cubierto de mugre quedaba ante sus ojos.

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El techo estaba agujereado y dejaba pasar un hilo de lluvia que acababa en el suelo.

Buscó en la estancia principal y cogió unos recipientes de plástico vacíos. Los colocó debajo del chorro e hizo acopio de una pequeña cantidad de agua.

El frío volvía a fijarse en él. El aire ,cada vez más gélido , se colaba entre las chapas y las ventanas rotas . Entre todas las cosas viejas encontró un botiquín medio vacío. Dentro sólo quedaban algunas tiritas resecas y un bote de alcohol a medias.

Abrió la puerta que daba a la antigua oficina del negocio y cogió todos los archivadores, facturas y cualquier cosa presumible de convertirse en combustible.

Cortó algunos trozos pequeños de papel y los depositó en el fondo de una papelera metálica. Vacío el alcohol de la botella sobre ellos y tanteó por las baldas de las estanterías.

Un paquete de pilas gordas de las que se usaban en las linternas, habían quedado olvidadas en el fondo de una de las repisas. Azrael recordó la lección en uno de los libros de supervivencia que había tenido en sus manos hace años. Buscó un par de hilos de cobre y conectó los polos dejando uno de los hilos sin juntar del todo. Las pilas tenían poca carga pero la suficiente para iniciar un pequeño fuego.

Ya sólo tenía que ir dando de comer a la hoguera con todos los documentos que allí había. Apilaría los trozos de madera que había rescatado de las sillas y muebles viejos y trataría de que se secasen a lo largo de la noche.

Dobló un par de lonas en el suelo, se acercó la papelera y se calenté las manos. Había sido un día largo, casi el último.

Papá..

Ahora pensaba en ellas. La lluvia le recordaba a cuando cogía a sus pequeñas en brazos y veían durante horas las tormentas desde su ventana. Cuando los truenos y relámpagos las hacían saltar asustadas. Recordaba que una vez le preguntaron:

– Papá, ¿No tienes miedo?.

Entonces Azrael miró el reflejo del plomizo cielo sobre sus ojos inocentes.

-Si, pero sólo a perderos. Ese miedo desaparece cuando os tengo cerca. Pero cuando no puedo abrazaros, entonces se lo que es el miedo.

La papelera se había apagado. La lluvia seguía incesante , adueñada de todo. Frío y oscuridad teñían de gris y verde las vistas.

Azrael necesitaba encontrar alimentos y otro refugio. Aquel lugar necesitaba muchos arreglos y estaba muy expuesto a los elementos.

Salió abriendo el cierre despacio. Se había fabricado un chubasquero con uno de los trozos de lona y llevaba un par de botellas rellenas con agua que había filtrado con varias telas.

El cuerpo le dolía como nunca. Las magulladuras y los golpes de la cabeza le recordaban cada golpe. Al menos no tenía roturas. La inflamación iba en descenso y el calor de la hoguera le había hecho recuperar algo de movilidad.

Llegó hasta una arboleda. Pinos, sauces y alguna acacia, flanqueaban en hilera una pequeña senda.

Observó durante un rato las ramas de los árboles. Una pareja de pájaros tenía un nido y revoloteaba nerviosa ante mi presencia.

Parecen pinzones . -pensó –

Se encaramó al tronco. Subió a duras penas y encontró el nido en una rama. Tres pequeños huevos de color rosado le esperaban. Se los comió de golpe sin dar lugar a pensar en posibles consecuencias.

El sabor gelatinoso se unía al rechinar de la dura cáscara para hacer un bocado extraño pero necesario.

Lo siento .

Continuó su búsqueda. Levantó varias piedras y recogió algunas larvas de insecto que hibernaban incautas. Pequeños gusanos cargados de proteína que le salvarían el día. Masticarlos no fue agradable. Tragarlos, aun menos. Pero el hambre era más fuerte que el pudor.

El dudoso manjar, explotaba en la boca de Azrael llenando de una baba pringosa y cálida toda la lengua. Las arcadas eran imposibles de evitar.

Pegó unos tragos de su botella y continuó su camino.

Por el camino recogió algunas bellotas y piñas. Las calorías ingeridas le hicieron sentirse mejor y poder seguir adelante.

Al final del camino, donde terminaba la hilera de árboles y ésta se convertía en bosque, se podía divisar una caseta de obra. Por el suelo había una cantidad asombrosa de herramientas oxidadas y máquinas de construcción ya inservibles.

Subió las escaleras . Una serie se escalones metálicos crujían y se balanceaban a su paso.

La estructura entera se tambaleaba. Azrael se detuvo un par de veces a inspeccionar el entorno. Había hecho demasiado ruido.

Llegó a la altura de la puerta y estaba cerrada. Escaló hasta la parte superior por unos peldaños redondos. Su calzado inapropiado resbalaba todo el tiempo. La lluvia seguía empeñada en fastidiarle, pero él era tenaz.

Encontró una rejilla de ventilación en la parte alta. Si conseguía quitarla ,estaba dentro.

La chapa era fina y maleable. Consiguió hacer un hueco en la reja y meter la llave de tubo que llevaba colgada en la cintura. Apalancó varias veces hasta que cedió.

Saltó dentro. En su interior había taquillas, sopletes, herramientas, monos , cascos y un mapa enorme de la zona. La cosa cambiaba, no era un hogar pero sobraría como refugio.

Por primera vez, se sentía tranquilo en todo ese tiempo. Azrael miró las gotas deslizándose en la ventana durante un largo tiempo. De nuevo, el recuerdo. Al menos tenía un techo para poder recordar su pasado sin preocuparse demasiado del presente.

No estaban ellas, pero al menos se veía más capaz de cumplir su promesa. Rendirse no era para él. La muerte debía buscar su momento si quería robar su alma. Y Azrael se lo pondría difícil. Pero cuando su día llegara, él se iría sin mirar atrás, orgulloso de haber forjado un camino.

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