Capítulo 30. Espero que estés con ella.

Capítulo 30. Espero que estés con ella.

Azrael trata de volver con Maika, pero una nevada le obliga a desviarse.

-¿Cómo van las cosas? Busno, supongo que si estás aquí, Maika decidió perdonar tu vida. Dijo el pescador removiendo su taza. -Ésta infusión es excelente. Aunque endulzarla un poco no le vendría mal. Deberías hacerme una visita, he recolectado algo de miel hace unos días.

-Cuente con ello. Contestó Azrael. – Dejé a Maika con los suyos. Están a salvo. Dijo con poco convencimiento.

-¿De qué tienes miedo, Azrael? Sabes que esa gente te necesita. ¿Los dejarás a un lado y seguirás tu camino? No es típico de tí. Apuntó el pescador. -Ser un superviviente no está reñido con ser buena persona.

-Ya la tienen a ella. Replicó -Es una buena líder, y una fantástica guerrera. Se apañarán sin mí.

-Y dime, ¿A quién tiene ella? Sonrió mirando al fuego.- Y,¿ A quién tienes tú? Esa gente necesita que estés allí. Ellos no pueden sobrevivir sin vuestra ayuda. Necesitan formar parte de un algo, y ese algo necesita una persona al mando. Están perdidos Azrael. El mundo les ha dado una segunda oportunidad y no tienen ni idea de lo que hacer con ella.

Azrael, con la mirada perdida en el crepitar de las brasas, procesaba lentamente cada palabra que salía del pescador.

– Puede que tengas razón. Dijo dubitativo.- No durarán mucho ellos solos. Según están las cosas, quizás deberían largarse de éste bosque.

-¿A dónde van a ir? No sabéis lo que hay más allá de las montañas, sin embargo, sí sabéis lo que hay aquí. Conocéis al enemigo, tenéis la oportunidad de hacerles pagar lo que ha hecho a la humanidad. Éste bosque os pertenece. No les deis la oportunidad de terminar su trabajo. Que no se salgan con la suya. Al menos no sin luchar.

-¿Y, qué sugieres? Preguntó Azrael. -No sabemos cuántos son, ni de las armas que disponen. Nosotros no tenemos un número decente de hombres, y ni siquiera hay armas para todos. Ellos tienen armas de fuego y capacidad de comunicarse.

-Ya, pero sabes que os están buscando. Dijo el pescador en tono de advertencia – No van a parar hasta limpiar toda la zona. Para ellos somos… parásitos. Dijo mientras se levantaba. – Es un concepto curioso ¿Verdad?, El parásito, el huésped.. Hay veces que la linea entre el parasitismo y la simbiosis está bastante difuminada.

El pescador términó su infusión. Antes de irse, se acercó a Azrael, puso la mano sobre su hombro -No seas parte del mundo que ellos han creado. Dijo -No abandones al hombre que fuiste.

Miró al suelo y señaló con un gesto el arco. El arco que le dió Maika.

– Es un arco fantástico. Inconfundible. No hay duda de que esa chica confía en tí. No le hubiese dado a cualquiera tal tesoro.

Se cubrió de nuevo con la capucha, sacó una caja de cerillas y encendió su pequeño candil. Abandonó el lugar con paso ligero. Camuflado entre la oscuridad de la noche. Desde la espesura cubierta de niebla , levantó la mano de su luz, despidiéndose sin mirar atrás.

Azrael despertó al día siguiente. La niebla había hecho caer la temperatura drásticamente. El frío del alba, se colaba en su refugio y dejaba sus pies arrecidos . Encendió de nuevo la hoguera y se sentó junto a ella. Desató sus botas y sacó sus calcetines. Los colocó junto al fuego.

Las dudas le asaltaban. Todas las palabras del viejo, se repetían sin cesar en su cabeza. Mientras , se colocaba de nuevo las botas, trataba de pensar cuál sería el siguiente paso.

Abrió una bolsa de tela y sacó un puñado de piñones, los puso en su taza metálica y los calentó en las brasas que quedaban.

Puso la mochila sobre el mastil del refugio. Mientras trasteaba entre sus cosas, degustó el pequeño desayuno.

-¿Qué tenemos aquí? Pensó mientras masticaba.

-¡Vaya! Las galletas de Rachel.

Es increíble cómo puede cambiar el estado de ánimo con algunos pequeños detalles. Al final la vida tiene algunos secretos, ese es uno.

-Casi merece la pena volver. Aunque sea sólo por esas galletas. Pensó

Azrael se acercó al río. -Hoy tampoco saldrá el Sol. Pensaba mirando al cielo. Buscó una zona poco profunda y comprobó la cristalinidad del agua. El fondo se veía perfectamente.

Se agachó en el borde de la orilla y comenzó a lavar sus manos y su rostro. -¡Joder! Exclamó,- Ésto espabila a cualquiera.

El agua mojaba sus botas. Un aire gélido, de esos que parece que atraviesan la piel y golpean los huesos, acompañaba a la corriente y hacía que permanecer cerca del arroyo se tornase incómodo.

Llenó su cantimplora y una botella de plástico. Ese agua estaba lo suficientemente limpia como para no desaprovechar la oportunidad de llevarse para un par de días. Cuando encontraba otras fuentes, nunca olvidaba hervirla. No quería pasarse dos días hecho un trapo, con el estómago ardiendo y escondido en cualquier lugar. Otra vez no.

Recogió todas sus cosas, apagó la hoguera con un puñado de nieve del día anterior y cubrió la entrada del improvisado refugio con algunas ramas. Siempre dejaba los refugios tapados, si tenía que volver, no quería encontrarse un animal dentro.

El cielo comenzaba a iluminarse del todo. Las nubes reflejaban un tímido sol y hacían de pantalla. Azrael se colocó el gorro, cargó el arco al hombro e inició el camino.

Sacó una botella de la mochila y la puso en el suelo. Dentro de uno de los pequeños bolsillos, llevaba siempre un par de alfileres. A parte de coser su ropa, son útiles para sujetar documentos y extraer astillas o aguijones.

Escogió un tocón de madera, tenía una hendidura en su parte superior, lo bastante grande como para meter una pelota pequeña.

Llenó el hueco que había en el tronco con agua y colocó una hoja flotando encima. Frotó la aguja contra su chaqueta durante unos segundos hasta que ésta se imantó. Puso la aguja sobre la hoja y, voilá , ahí está el norte. Si el sol sale por allí…

Trazaría su camino hacia el oeste del bosque.

-No creo que llegue antes del mediodía. Pensó al ver la posición del sol.

El frío arreciaba de nuevo. -Menudo diciembre. Dijo subiéndose el tapabocas.

Siempre había sido un entusiasta de la nieve, pero ahora que la temperatura raramente pasaba de los cinco grados, la veía con otros ojos.

Treinta minutos después de iniciar el camino, Azrael empezaba a tener una desagradable sensación. Quizás hubiera variado el rumbo sin darse cuenta. Pudiera ser , que la sucesión de árboles y viento, hubiera despistado al superviviente; durante el camino, no en pocas ocasiones recorrió algún tramo casi a ciegas. La zona a la que había llegado, no le resultaba familiar.

Estaba perdido.

Volvió a mirar hacia arriba, intentaba chequear la posición del sol. Ésta vez menos visible, casi no se apreciaba su ubicación por culpa del plomizo cúmulo de nubes que tapaba el cielo.

Cambió la posición de su mochila, si se la colgaba por la parte delantera, le protegería mejor del viento. El muy cabrón soplaba con furia.

Necesitaba parar un momento. Intentar ubicarse y recobrar fuerzas.

Escogió un tronco lo bastante ancho como para darle un respiro cubriendo su cuerpo de la ventisca. Se colocó justo detrás. Puso la espalda contra la corteza y apoyó las manos sobre sus piernas, se relajó unos instantes.

Dejó la mirada perdida. La voz del pescador se repetía en su cabeza. Si lo pensaba con detenimiento, Maika era una huérfana a la que le había tocado cuidar de toda la familia. Perdiendo a su tío, había perdido su referencia en la vida.

El viento cesaba, al menos en intensidad.

Azrael aprovechaba para continuar su camino. Ya sería media tarde, la noche amenazaba con volver a alcanzarle. Solo que hoy el día era un suplicio en lo que al temporal se refería. -Hay que moverse. Dijo mientras se volvía a ajustar el gorro.

Arrancó en dirección paralela a una de las montañas. Más o menos le serviría de referencia para llegar al primer refugio en el que estuvo hace años, cuando vino de la gasolinera.

Ese camino era nuevo para Azrael. Mientras no perdiese de vista la montaña, llegaría a algún lugar que le resultase conocido. Cuando llegó por primera vez al bosque, se fijó en esa elevación.

El cielo se oscurecía a una velocidad inasumible. No llegaría de día. La parada y haber dado tanto rodeo, habían retrasado su llegada. -Espero que estén bien.

Para su sorpresa, ante él se descubría un antiguo camino de tierra. “Ca ino p ivad , no pas r” podía leerse con dificultad. -Bueno, no creo que moleste a nadie a ésta. Pensó.

El cartel, cubierto de óxido y mugre, lucía también un pequeño logotipo. En él, podía verse la silueta de un oso rodeada de pinos.

“P es d g r sque ” . Maldita sea, faltaban la mitad de las letras.

Fuese lo que fuese, estaba cerca. Quizás encontrase algún lugar que mereciese la pena. La verdad es que con el temporal que esperaba para esa noche, cualquier lugar me serviría como refugio.

Caminé haciendo zigzag entre los árboles. No sabía lo que me esperaba allí, ni si me habían visto venir. Podían tenderme una emboscada fácilmente.

Pese a que la luz del día era ya residual, Azrael siempre andaba con mil ojos. La gente que había sobrevivido, o era peligrosa, o estaría ya en algún refugio esperando al día siguiente para salir. Eran tiempos difíciles.

Si se fijaba bien, Azrael podía distinguir algo entre la maleza. Un pequeño edificio de dos plantas, se escondía entre los árboles sobredimensionados y la espesura de los arbustos sin cuidar.

No había luz dentro. La puerta acumulaba un sin fin de hojarasca seca y barro. El camino había desaparecido y en su lugar se intuía un tramo de arena con algunas partes embarradas.

La casa, una especie de puesto de guardia, tenía en un lateral lo que parecía una cochera. La puerta herrumbrosa daría cobijo a algún vehículo hace años.

Azrael dejó pasar unos minutos. En completo silencio. No recibía más que el sonido de algún ave nocturna que comenzaba su jornada.

La oscuridad era absoluta en el interior. Trataba de obtener algún dato a través de las ventanas, éstas no revelaban nada.

Persianas a medio bajar. Cristales intactos aunque tupidos de suciedad. -Tendré que acercarme. Pensaba en voz alta.

Azrael sacó el cuchillo y dejó la mochila en el suelo. Se acercó a la casa por un lateral, el contrario al de la cochera. Llegó a una pared desde la que se accedía a una pequeña ventana. Toda la casa estaba protegida por rejas. La puerta también era de seguridad.

En el exterior había algunas cámaras, fundidas y con los cables ennegrecidos, detectores volumétricos y otros dispositivos de seguridad. -Está muy bien protegido éste lugar. Discurrió Azrael.

Comprobó a través de uno de los cristales si podía ver algo. Colocó la cara contra el cristal y guiñó el ojo. Nada. Completamente oscuro.

Pasó por el frente de la casa. Tanteó la puerta de seguridad. Abrir eso por la fuerza, requería al menos de un soplete o de maquinaria pesada. -O explosivos. Azrael sonrió imaginando la explosión.

Sólo quedaba probar con la cochera. Si podía abrir, al menos dormiría a cubierto.

La puerta, cubierta de óxido, había perdido la pintura original en su totalidad. Tenía algunas letras pintadas pero ya eran completamente ilegibles.

Tanteé la chapa. Aunque estaba en un estado deplorable, cumplía con su función perfectamente. El sistema de cierre estaba encasquillado y había condenado el acceso. No se podía entrar por ahí desde fuera.

Espera. En lo alto del garaje, cubierto totalmente de ramas secas y una capa importante de suciedad, se encontraba una máquina de climatización. Totalmente comida por la intemperie y la falta de mantenimiento. No sería difícil moverla.

Azrael corrió a por sus cosas. La noche ya casi había caído en todo el bosque. La claridad desaparecía sorprendiendo al incauto. Algunos copos débiles acariciaban la piel de Azrael.

-Debo darme prisa. Dijo tanteando la pared. Se echó de nuevo la mochila a la espalda, dejó el arco en el suelo -Luego lo cogeré. Pensó.

Se agarró a uno de los barrotes. Colocó el pié en el alféizar de la ventana y comenzó su escalada.Las bitas resbalaban por culpa de la hunedad y de la pintura. Cada paso descascarillaba el metal. Las manos, acusaban el frío y se lo recordaban en forma de calambres.

Ascendió con sorprendente facilidad. El techo, mostraba un amasijo de ramas, hojas y pájaros muertos que tuvo que retirar con el pié. No sabía lo que había debajo y la claridad ya era prácticamente nula.

Azrael sacó de la mochila su taza. Palpó con las manos por el reborde de la cornisa. En la subida, le había parecido tocar algo con los dedos, algo que ahora le vendría bien. Así era.

Un pequeño nido abandonado, que serviría de yesca. Aplastó el nido y lo desmenuzó. Llenó la taza metálica con el material resultante. Con ayuda del pedernal y el cuchillo, consiguió que ardiese. -No es mucho. Pensó. -Pero servirá.

La poca luz que arrojaba esa llama, iluminaba de forma grácil los copos que caían próximos al superviviente. Casi recordaba a una bola de nieve.

Acercó la taza a la base de la máquina. Ni siquiera estaba anclada del todo. Un par de tornillos y un cordón de silicona, unían la pequeña enfriadora al techo. La tela asfáltica que lo recubría estaba despegada.

Azrael golpeó con el pié en el lateral. La máquina cedía unos centímetros. Volvió a hacer lo mismo desde el otro lado. Los golpes recorrían toda la montaña y espantaban a las aves de alrededor.

Así en repetidas ocasiones, la enfriadora acabó dejando a la vista un hueco por donde bajaban los tubos.

Metió las manos por debajo de la chapa, empleó toda su fuerza en mover el armatoste metálico. Hasta que acabó cediendo. No pesaba demasiado, pero el frío y el cansancio lastraban el físico y la moral de Azrael.

Hacía rato que su nariz dejó de sentirse y, ésta moqueaba de forma incómoda.

-¡Por fin!. Dijo al tumbar la máquina del todo.

Se quitó el gorro un instante, secó el sudor de su frente pasando la manga de la chaqueta. Observó que el pequeño fuego se consumía así que puso lo que quedaba del nido dentro de la taza. Si no encontraba alguna manera de alimentar ese fuego, se quedaría a oscuras en pocos minutos.

Arrimó la taza al hueco del suelo. En la parte baja, podía divisar la parte superior de un coche, poco más. La nevada empezaba a coger fuerza y el agotamiento nublaba su razonamiento. Lo justo para aventurarse sin pensar demasiado en las consecuencias.

Se quitó la mochila de la espalda y la dejó caer sobre el vehículo. Dejó la taza a un lado y se sentó en el borde del agujero. Sus pantalones acababan de empaparse y eso metía prisa al asunto.

Bajó un pié por el hueco, después el otro. Apoyándose como buenamente pudo, bajó soportando su peso con los brazos hasta que su bota tocó el techo del coche.

Una vez hubo apoyado los dos pies, se agachó despacio y alcanzó la taza, casi se había apagado. La estancia se iluminó, un silencio acogedor a la par que inquietante, se hacía dueño de sus helados oídos.

Era un viejo todo terreno, marca Lada. Cubierto por una capa de suciedad tal, que conseguía ocultar las letras del capó.

El garaje, sucio pero intacto, tenía algunos carteles y señalizaciones en las paredes.

Un corcho en la pared, sujetaba unos cuantos folios, amarilleados y arrugados por el paso del tiempo. Azrael se acercó y subió la taza con la llama. Se había calentado tanto, que a pesar del frío, no podía sujetarla con las manos mucho más tiempo.

Las hojas del corcho, mostraban avisos climatológicos, rutas y algunos consejos sobre seguridad.

“No uséis la carretera p-45, las obras de la mina están bloqueando ese acceso”

“Familia de osos visto en el cuadrante norte, extremad precaución”

Por lo que se podía leer, aquel lugar era un puesto de guardabosques.

Azrael encontró una vieja lata de anticongelante. Estaba seca. Cortó con el cuchillo la mitad del envase y lo dejó sobre un banco de trabajo que había a su derecha.

Cogió todas las hojas del corcho y las metió en la lata, volcó entonces el contenido de su taza. Casi se había apagado. De hecho, tuvo que soplar para avivar la llama.

El lugar se iluminó intensamente. La luz del fuego revelaba cada rincón de la cochera.

Un banco de trabajo, armarios metálicos, algunas herramientas y una puerta que presumiblemente daba a la casa. Azrael no dudó y probó sin demora alguna. Cerrado.

Giró su cabeza hacia el vehículo. los cristales acumulaban un centímetro de polvo y hacían imposible ver nada de su interior. Tiró de la maneta y la puerta del piloto se abrió.

El sobresalto fue tremendo. La luz de la llama iluminaba ahora el asiento del piloto. Un cadáver momificado, permanecía agarrado con una mano al volante.

-La tormenta le cogió saliendo. Pensó Azrael con un gesto de tristeza.

Una vez fue capa de recobrar el ritmo normal de su respiración, chequeó el coche al completo. En la guantera había documentos del vehículo y un par de folletos sobre seguros. -Al fuego con ellos. Dijo Azrael mientras los metía en la lata.

Los asientos de atrás estaban vacíos, nada salvo un par de chaquetas y . Abrió el maletero, entonces encontró algo que le arrancó una sonrisa. Un kit completo de supervivencia para emergencias.

Botiquín, pastillas de encendido, cerillas impermeables, bengalas de mano, raciones de emergencia..

No podía dejar de sonreír. Si la vida, por el motivo que fuese, había decidido recompensarle, supo exactamente cómo hacerlo.

Se quedó pensando durante unos instantes. Si el conductor salía de allí, debía de tener una llave. Ahora venía el momento desagradable. Cachear un cadáver, era siempre una tarea poco gratificante. Salvo que el muerto se lo mereciese.

Desabrochó el cinturón. El mecanismo que recogía la cinta no funcionaba y se quedó colgando. Palpó los bolsillos de la roída chaqueta. En uno de ellos, la cartera del conductor, guardaba la identidad de su dueño. Azrael la abrió por curiosidad.

Dylan Nosevic. Cuarenta y cinco años. Licencia de armas, carnet de conducir, tarjeta profesional..

Un par de billetes y una tarjeta de crédito.

Miró en el otro bolsillo. El conjunto de huesos y piel seca, crujía cada vez que Azrael se apoyaba, por mínima fuerza que hiciese sobre él.

Aquí estaban. Una llave de puerta de seguridad y dos bastante más pequeñas. Un llavero de identificación: “Cuartel Evergreen”.

Azrael, cargado de emoción, corrió hacía la puerta que daba a la casa. Miró la marca de la cerradura, coincidía con la de una de las llaves. Probó suerte.

La llave entró. Tanteó despacio unas cuantas veces. El mecanismo estaba agarrotado y no quería romper la llave dentro. ¡Clic! La puerta se abrió.

Pegó la oreja. El aluminio estaba helado, no se oía nada al otro lado. Bajó el picaporte y empujó con cuidado. Un haz de luz atravesó el pasillo e iluminó una escalera de acceso al piso de arriba.

Cogió una de las bengalas. Sacó el capuchón y ésta iluminó toda la casa. En la planta baja acababa de hacerse de día.

A su derecha, se ubicaba la recepción del cuartel de guardabosques. Una mesa de despacho y unas sillas a cada lado, algunos muebles y un pequeño cuarto de baño.

Azrael se acercó a las escaleras. La madera del suelo crujía de forma escandalosa con sus pasos. La bengala en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. Paso a paso, llegó al piso superior, doce escalones bastante pequeños, le condujeron a una sala. Un par de literas y un cofre metálico en uno de los laterales, una estufa de leña y un sillón pegado a una mesita.

Por algún motivo, Azrael no se impresionó con la triste imagen que se le acontecía. Sobre el sillón, otro cuerpo yacía momificado, con el mismo uniforme que el del coche.

En el suelo, justo debajo de su mano reseca, un revolver de calibre doce. La pared atestiguaba un suicidio. Aún podía distinguirse la sangre seca en la pared.

Después de comprobar todo, Azrael bajó al otro piso. Desbloqueó la puerta principal con otra de las llaves. Rechinó lo suficiente como para acelerar su pulso unos instantes.

Salió al exterior, la nieve caía de forma intensa, sin tregua. Tanto, que había cubierto su arco por completo y tuvo que escarvar entre la nieve para encontrarlo. -¿Cuánto llevaba fuera? Se preguntó.

Volvió al Interior del cuartel. La bengala estaba ya en las últimas y estaba quedándose helado.

Subió al piso de arriba de nuevo, la estufa de leña sería una buena opción esa noche. Miro a su alrededor, una vieja mesilla sería el combustible para esa estufa. La lanzó contra el suelo, miles de astillas y trozos de madera saltaron por la tarima.

Encendió la estufa. Una vez se apagó la bengala, la tímida y anaranjada luz de las brasas, era la única fuente de iluminación.

Azrael se tumbó en la litera más cercana al fuego.Se quedó mirando por un rato al cadáver. -Hoy no dormirás sólo. Dijo como si fuese a tener respuesta.

Un pequeño brillo en el suelo llamó su atención. Debajo de la otra mano, algo reflejaba la luz de la estufa. Azrael se levantó y fue a comprobar lo que era. Cogió el papel y lo miró unos segundos.

Una hermosa mujer, retratada en una foto plastificada. Morena y sonriente, salía abrazada a un ramo de flores. En la parte trasera, una inscripción: ” Cuento los segundos para volver a verte”.

Azrael miró el cadáver nuevamente. Ésta vez con una mirada compasiva. Puso la foto sobre el cuerpo sin vida y se tumbó en la cama. La tristeza del momento le hizo recordar que él había perdido su vida hace tiempo.

Cerró los ojos fuerte, tanto que no dejaría escapar una sola lágrima. Y antes de dormir dijo a su difunto compañero de habitación:

-Espero que estés con ella…

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte