CAPÍTULO 35. ¿Qué dirá la luna de nosotros?

CAPÍTULO 35. ¿Qué dirá la luna de nosotros?

Una ronda nocturna se complica. Una terrible catástrofe acecha sobre el bosque.

Maika abrochaba la cremallera de su chaqueta. Pese a que era ropa usada no se veía descuidada y era casi de su talla. Un poco grande quizás.

Ella miraba sus manos, nunca había sido una de esas mujeres que está todo el día preocupada por su aspecto. Pese a que la genética había sido generosa con su feminidad, ella se preocupaba más de ser capaz de defenderse del de detrás, no de gustarle.

El aire silbaba en el exterior. Un continuo silbido acompañaba al viento golpeando con las esquinas de las casas. Ganaba fuerza según se acercaba la noche.

Ya casi estaban todos a cubierto, quedarse fuera debía estar justificado. Maika prohibía expresamente la permanencia en el exterior una vez se ocultaba el sol en su mayor parte.

-Dos personas por turno de guardia. Siempre juntas. No podemos perder más gente.- sus órdenes fueron claras. Cuando esa chica hablaba en serio, nadie se atrevía a contradecirla. – Un guardia con fusil en cada ronda que se haga por el perímetro. El que vigile aquí dentro llevará el otro- Señalaba la enfermería.

Esa noche sería larga para Maika. Cuando todos dormían, sólo ella y los que hacían guardia nocturna se quedaban despiertos.

Hoy, mientras el grupo descansaba, ella daba vueltas a una taza de algún tipo de infusión que habían encontrado. La etiqueta había perdido el color y no se sabía lo que contenía la bolsita. -Creo que es rooibos- murmuró. Maika debía tomar ciertas decisiones. el futuro de toda esa gente dependía de lo que ella decidiese hacer. Moverse y buscar otro lugar, o quedarse y acondicionar las casetas.

Allí contaban con enfermería. Aún bastante equipada. Y había alguna caseta todavía por abrir. Por otra parte, podrían moverse más al sur. Alejarse de la zona norte y lo que ella guardaba. Para ello debían atravesar el bosque. Al menos treinta kilómetros de zona fría, salvaje y llena de amenazas. Desplazar a los niños y a los ancianos por medio de esw bosque era una ardua tarea que conllevaba un riesgo para todos.

Los niños dormían plácidamente encima de sus madres. Los pocos cojines y almohadones se habían reservado para ellas y para el matrimonio más anciano de todos. Si de algo estaban seguros los miembros más jóvenes del grupo, era de que éste mundo necesitaba cierto respeto y amabilidad. Era importante mantener unos valores si no querían convertirse en salvajes. Aunque les costase noches insoportables de dormir en el suelo, les reconfortaba ver que los más débiles recibían un trato digno.

-Maika, ¿Volveremos a dormir en la enfermería? – preguntó MaryAnne que llevaba una caja de medicamentos. -Allí no hay demasiado espacio que se diga. ¿Por qué no dormimos en el salón del reuniones?.

-¿No te has dado cuenta del frío que hace fuera?- respondió Maika mirando a la ventana -calentar la enfermería es mucho más fácil y allí estaremos más recogidos- aseguró.

-Como tú quieras- asintió la doctora que daba media vuelta y seguía con sus cosas.

Anochecía en el complejo turístico. Los tonos naranjas iban siendo sustituidos por otros más débiles y rosados que a su vez daban paso a un oscuro cielo.

-Apagad la estufa- dijo Maika en tono seco.

Rachel se levantaba dando un brinco y se colocaba al lado de ella.-¿Qué, he oído bien?. Tú misma has dicho que hacía un frío insoportable- Rachel increpaba a Maika, ésta la llevó a una esquina apartada – quizás hayas olvidado que nos estarán buscando. Ese hijo de puta se fue con vida y ahora saben que estamos por aquí. Si ven el humo de la chimenea puedes dar por seguro que moriremos todos ésta misma noche..

Rachel se llevó las manos a la cara. Tapó su boca sorprendida por la noticia. Si Iosip les estaba buscando, les encontraría. Sólo imaginar la cara de ese hombre la daba escalofríos, y más sabiendo que quería darles caza.

-Vamos a salir de ronda- Vladimir abrió la puerta de la enfermería e informó a Maika de que empezaba su turno. Un soplo helador se apoderaba del interior de la pequeña edificación de madera y cristal. Un aire que sollaba cuando rozaba la piel de MaryAnne y la ponía el bello de punta. -Tened cuidado, por favor- les suplicó la enfermera.

-Llevad el fusil y algún arma más- Les dijo Maika con seriedad. – Os quiero de vuelta en el menor tiempo posible.

Vladimir asintió con la mirada y cerró la puerta al salir. Maika echó el cerrojo interior y colocó una mesa contra la puerta. Cualquier cosa era válida si retrasaba una posible intrusión. De quien fuese.

Marion sacó un mechero de su plumas. Habían encontrado varias prendas enfocadas a los trabajadores de aquél complejo. Chaquetas, pantalones de trabajo, impermeables y calzado de montaña. Todos aquellos uniformes estaban esperando a que el equipo de limpieza, jardinería y mantenimiento de la zona turística se la pusiera en un nuevo turno. Un turno que nunca llegó. Marion se imaginaba a los robustos jardineros dejando doblada cada prenda en aquel cuarto de herramientas, pensando en cogerla al día siguiente y vestirse con ella para realizar sus labores.

-¿Fumas?- preguntó alargando el brazo con un cigarro en la mano.

-Sabes que lo dejé hace mucho, Marion- Vladimir dió una palmada en el hombro de Marion de forma amistosa.

-¿ Cuánto crees que vas a vivir?, ¿Un año?, ¿Dos?- Vladimir escuchaba sus palabras sonriendo. – Lo suficiente. Más de lo que ha sobrevivido la mayor parte de la población. Al menos en éstos lares. Con eso ya se que la vida me ha regalado un tiempo extra, y pienso usarlo de forma que cuando me muera pueda decir que no he desperdiciado hasta el último minuto de mi existencia.

Marion, asombrado y bastante arrecido por el frío, daba una calada mirando a la luna. Aguantó el humo unos instantes y comenzó a expulsarlo en forma de aros. -La luna se tiene que estar cachondeando de nosotros.

-¿Cómo?- preguntó Vladimir intrigado.

-La luna- respondió. – Ella ha visto todas las tonterías que hemos hecho cada noche. Yo hice unas pocas, de joven, ya sabes- guiñó un ojo a Vladimir- en los tiempos de mozo.

-Ah eso- Vladimir le respondió con una risa silenciosa. -¿ Te imaginas que pudiese hablar y contar a alguien nuestras fechorías?. Iríamos todos al infierno.

Con el transcurso de la conversación y enfrascados en sus pensamientos, Vladimir y Marion se habían alejado de la zona, hasta tal distancia en la que el candil que colgaba dentro de una de las ventanas sólo era un pequeño punto amarillo en la lejanía.

-¡Joder!, Nos hemos pasado con la ronda. Dijo Marion frotando sus manos con esmero para entrar en calor.

-Es cierto, volvamos- respondió Vladimir.

-Esta mujer se va a enfadar con nosotros, mira que se pone seria cuando no sale todo como ella quiere- Dijo Marion caminando- Supongo que serán cosas de mujeres, ¿Verdad Vladimir?.. Una sensación bastante incómoda se apoderó de Marion. El silencio no presagiaba nada bueno en medio de aquél bosque. Marion se giró y entrecerró los ojos tratando de ver algo en la oscuridad.

Vladimir estaba quieto. Se había quedado parado unos metros más atrás. La luz pálida de la luna no daba lugar a verle la cara, sólo ayudaba a adivinar su gesto. Le pedía a Marion que se callase. -¡SSSHH-

Marion entró en pánico. No era la primera vez que iba de ronda con Vladimir, sabía que era un cazador excepcional con un instinto excepcional y reconocía su cara cuando algo no marchaba bien. Vladimir podía intuir la silueta de un gamo entre la maleza en mitad de una noche cerrada.

Pero ésta vez no era un gamo..

-¡CORREEE!!

Marion no dudó un instante, si Vladimir decía que había que correr, es que había que correr. Puso toda su energía en darse la vuelta, sacó una zancada tan rápido como le fue posible.

El viento emitía un sonido agudo. Un silbido intercalado con respiraciones agitadas. Una carrera precipitada que obligaba a su sistema circulatorio a emplearse a fondo. El ser humano puede ser un gran corredor, capaz de huir si deja que su animal interior tone el mando.

Marion se giró un segundo nada más. Vladimir le seguía a un par de metros con el fusil en las manos. La cara de ese hombre describía la situación. Pálido. Corriendo como una gacela que acaba de encontrarse de frente con un depredador que la acechaba, sujetando el rifle como podía. Su gorro salía volando y quedaba hundido entre la nieve y el barro.

-¡NO TE PARES!- La cosa era seria.

Vladimir daba zancadas dignas de un saltador de vallas. La luz de la luna alumbraba lo justo, los charcos semihelados del camino, el reflejo del rifle..

Cuando la carrera de Vladimir llegaba a la posición de Marion, éste se puso en marcha de nuevo. -¡Vamos , Vamos, Vamos! -Le gritó haciendo aspavientos.

Entonces él también lo vio.

Ante sus aterrados ojos, se descubría la impactante silueta de una fiera. Un oso enfurecido, de tonos claros marrones, se erguía abriendo la boca y mostrando sus dientes. Una bestia de unos dos metros y medio de altura que abría sus extremidades dejando que la azulada claridad iluminase sus garras.

De su boca salía una nube de vaho y un ruido atronador. Recogió su labio superior dejando a la vista su amenazante dentadura. Cada colmillo era poco menos que el cuchillo que llevaba el cazador colgado.

Se dejó caer con fuerza apoyando sus patas delanteras. La nieve medio derretida salpicó su pelaje. Dió un último gruñido que hizo temblar cada célula de Marion. -¡HOSTIA PUTA!- gritó mientras reanudaba su carrera.

Ahora entendía la prisa de Vladimir. Sus botas resbalaban. La nieve y el barro se desplazaban caóticamente bajo sus pies haciendo perder efectividad a su carrera.

La luz del candil que alumbraba la enfermería, era el punto de referencia que tenían. Ya no importaba el frío, el aire y ni siquiera se acordaban del hambre. Corrían desesperados hacia esa luz. Su agitada carrera hacia temblar la imagen de esa casa. El aire les congelaba la cara. Las lágrimas provocadas por el frío les llegaban hasta las orejas. Ya estaban más cerca de aquella luz.

Corrían casi paralelos. A la misma velocidad.

Ers increíble que Vladimir fuese capaz de mantener ese ritmo tanto tiempo. Giró la cabeza y ahí estaba el oso, corriendo sobre las cuatro patas, saboreando el olor de su presa. Ellos luchaban por salvar la vida y el oso por alimentarse. La naturaleza en estado puro. El hombre ya no era la especie dominante.

Estarían a unos cincuenta metros. Ya podían intuir las formas de las casas de madera. La enfermería quedaba a unos cuantos segundos. Entonces la puerta se abrió.

Marion miró a su lado. Vladimir se quitaba la correa del fusil que llevaba colgado.

-Coge ésto- le dijo con el poco aire que le quedaba en sus agotados pulmones.

-Pero….

-¡Que lo cojas te digo!

Vladimir se paró en seco. Se giró majestuoso. Miró de frente al animal que estaba a sólo unos metros. Sacó el cuchillo de la funda y lo blandió mostrándoselo al oso.

-¡Vamos! ¡Ven aquí!- Gritó con rabia.

-¡Estás loco! Vamos tío. Aún nos da tiempo -le suplicó Marion.

-No voy a dejar que ese animal llegue hasta allí- contestó- ¿Quieres que encuentre a los niños?- Vladimir gritó a Marion sin apartar la vista de la bestia que se aproximaba.

-Marion, tienes más de treinta cartuchos en ese fusil, así que no me jodas y no permitas que llegue a las casas.

Marion sabía que el AK-12 llevaba un 7.62 de munición. Suficiente para acabar con un humano en un par de tiros acertados. Pero un oso era otro cantar. En medio de esa noche, con las manos heladas y con toda la presión posible. Una ardua tarea de la que dependía la vida de Vladimir.

El oso estaba a unos cuantos metros. El tiempo se ralentizaba en la vida de Marion. Parpadeó por última vez para no tener que hacerlo durante unos segundos. Quitó el seguro del fusil y pegó la culata de éste a su hombro. -¡Listo , Vladimir!

-Por Dios y por la vida de todos los nuestros, ¡No falles!- gritaba Vladimir.

El oso se acercaba, aunque él mismo quisiese parar, ya no había tiempo. Estaba a menos de tres metros en plena carrera.

-¡AHORA!- Dijo Vladimir. Marion apuntó al medio del animal. Vladimir se tiró al suelo tratando de desconcertarle.

-¡TA TA TA TA TA TA TA..!- el arma escupía Proyectiles y fuego a un ritmo asombroso.

El oso recibió unos cuantos disparos. Pero no los suficientes.

Dicen que si hay algo más peligroso que un oso, es un oso herido…

La ráfaga había causado un daño tremendo en una de las patas superiores del animal. Casi había quedado mutilado. Aunque sangraba en abundancia, la furia y la ira que ahora mismo se apoderaban de la bestia, le permitían seguir en pié. Quinientos kilos letales que se habían centrado en el ataque. Ésta vez en Marion. Vladimir, que había conseguido rodar y apartarse, veía cómo su amigo trataba de correr y escapar de su muerte. No había dado dos pasos cuando la garra del oso golpeaba su cuerpo. Vladimir quiso creer que ya estaba muerto.

Atacado por el enorme animal, podía adivinarse dónde caía esparcida la sangre de Marion entre el fango y la nieve.

Vladimir no se lo pensó y lo atacó por la espalda. Incontables cuchilladas que rasgaban la piel y musculatura del oso pardo.

Torpemente, el animal se daba la vuelta, claramente afectado por el ataque de Vladimir y por las heridas de bala, daba tiempo al cazador a emprender su huída.

Las casas estaban muy cerca. Pero el oso lo estaba más.

Vladimir corría con la desesperación de lo que acababa de ocurrir en su mente. No quería ser el próximo cadáver que enterrasen entre esas casas.

Corrió hasta que casi podían oírse sus pasos desde la enfermería.

Giró la cabeza para ver la realidad. Ese animal era duro de verdad. Sangrando por varios sitios, mutilado, con una gran perdida de sangre, y ahí estaba. Corriendo con la única necesidad de acabar con Vladimir. La maldad hecha animal.

A unos metros de la entrada, la mala suerte le aguardaba. Un pequeño tarugo de madera, de los que habían recogido durante la tarde, había quedado tirado en el suelo. Con la casualidad que sólo ocurre de vez en cuando, Vladimir piso el trozo de rama y cayó al suelo.

Vladimir quedaba tendido en el suelo, lleno de heridas en manos y rodillas, cubierto de suciedad, helado y con el recuerdo de su compañero atacado por el oso. Sabía que era el final.

Unos instantes eternos después, el animal llegó a su posición y decidido, sin dudar ni un momento, se lanzó a por él. Vladimir pudo verle los dientes, más cerca de lo que él hubiera querido nunca.

Al menos moriría sabiendo que dió sus últimos años a esa gente.

_¡FFFFFFSSSSSSSSSK!

Un nuevo gruñido, ésta vez con más rabia, despertaba de su pensamiento pre muerte a Vladimir.

El oso a dos patas junto a él, se retorcía furioso. En medio de su cara tenía una flecha clavada. La punta salía por detrás de su cráneo.

Vladimir miró hacia las casas y allí estaba. La silueta inconfundible, heroica, con un porte único. Maika tenía su arco de poleas en la mano, se disponía a cargar otra flecha.

El cazador se giró en el suelo dando la espalda al herido animal. Corrió entonces hasta la enfermería. El oso se retorcía tratando de sacar la flecha de su cabeza.

-¡SSSSSSSSK!!-

Otra flecha impactaba en el cuerpo agitado del oso. Su pelambre se embadurnaba de sangre y barro. Ya no pudo aguantar más. Las múltiples hemorragias y laceraciones habían terminado con su vida. Se dejó caer, resollando, soltando un último gruñido que dejaba escapar su alma para siempre.

Media tonelada de carne y dientes que quedaban tumbados en medio de la senda.

Vladimir se acercó corriendo, deteniendo su paso al llegar al enorme cadáver. Sacó su cuchillo y asestó una puñalada justo en la nuca del animal, asegurándose de su muerte.

Alzó la vista en dirección hacia donde habían sido atacados. El cuerpo de Marion estaba tirado, inerte. Hundido parcialmente entre sangre y hielo.

Vladimir hincó la rodilla a su lado. alargó la mano y acarició la cara de su amigo.

Pero… -¡Está vivo!. ¡Corred, venid!

Pese a las heridas que había sufrido, Marion aún tenía pulso. Un pulso débil, errático. Respiraba a trompicones y su color se amorataba. Vladimir buscó su arteria humeral y la presionó con fuerza. La herida que tenía a lo largo del brazo dejaba de sangrar. -¡Joder daros prisa!- gritaba con rabia.

Podía oír desde allí a Maika- ¡Llevad una camilla!, ¡Que se quede aquí un hombre armado!

Llegaron tres personas a su posición. Maika, MaryAnne y Brian, un muchacho que pasaba desapercibido normalmente pero que estaba cuando hacía falta.

MaryAnne se arrodilló junto a Marion. Colocó su oído en el pecho y comprobó que tenía pulso y respiraba.- Ha perdido Bastante sangre, pero gracias al frío no ha muerto, vamos adentro con él- ordenó la veterinaria.

Cogieron la camilla entre los cuatro. Vladimir llevaba iba el el lado más cercano a la cabeza de Marion. Con una mano sujetaba el asa y con la otra apretaba su brazo. Gracias a esa presión su amigo seguía vivo.

Alcanzaron la entrada del camino central del complejo, gritos, carreras.. algunoa miembros del grupo salieron a recibirlos con nerviosismo.-¿Pero qué ha pasado?- dijo una de las mujeres.

-Nos ha atacado un oso- respondió Vladimir con la cara llena de sangre.- un oso enorme, Marion me ha salvado la vida- agachó la cabeza y miró a su amigo con agradecimiento.

-Preparad todo para amputarle el brazo. Necesitaremos suero, chlorexidina, el hacha del cuarto de la leña y un soplete. ¡Vamos, no hay tiempo que perder!- Menos mal que contaban con MaryAnne. En momentos así, la diferencia la marcan los que no se vienen abajo en situaciones límite.

-Colocad esa madera sobre el cojín y ponerle el brazo encima- MaryAnne cogió la clhorexidina y roció la herida y parte del brazo. Marcó una línea unos centímetros antes del codo- ¡¿Viene ese puto hacha o qué?!- La puerta se abrió de golpe, Vladimir entraba con la cara descompuesta y con el hacha en la mano. – MaryAnne, déjame a mí.

-¿Estás seguro?.

-Totalmente- aseguró mientras rociaba el filo con alcohol.

Vladimir se colocó junto al cuerpo inconsciente de su compañero de caza. Agarró su muñeca y la sujetó contra el madero que habían colocado. Blandió el hacha reluciente y miró a Maika. -Hazlo, Vladimir.

Levantó el brazo del hacha y cerró con fuerza la mano. -Aguanta amigo mío, dale a la luna más cosas que contar-

Rachel se desmayó. Brian trató de aguantar pero comenzó a sentir náuseas. La sangre caía por el lateral de la camilla y salpicaba el calzado de los presentes. Al fondo de la sala, dos de los hombres habían construido un telón con mantas para que los niños no viesen lo que allí ocurría. -¿Qué ha pasado papá?- El pequeño Iván, aunque inocente y bastante fantasioso, se daba cuenta de todo.

-Hay que cauterizarle el muñón- aseguraba MaryAnne. No queremos que después de todo lo ocurrido muera por culpa de una septicemia- levantó la vista sin soltar el brazo cortado de Marion – Brian, trae el soplete y un encendedor-

-Maika- interrumpió Vladimir- ¿Puedo hacer algo más?.

-Por supuesto- respondió ella- escoge un compañero y ve ahí fuera y recupera todo lo que se pueda aprovechar de ese animal. Parece que tendremos algo más que arroz para éstos días..


-¿Por dónde empezamos, Kuyra?- preguntó Nicolai mientras observaba un mapa del bosque.

-Vamos a sectorizar éste maldito mapa y a limpiarlo por completo. Trazaremos un plan minucioso, sin medias tintas. Ahora disponemos de todo el personal y el armamento. Los límites los pondremos nosotros- respondió el general con frialdad.

-Iosip, prepara un equipo de cuatro miembros y que dos soldados más os acompañen. ¿Encontrarás a esa mujer?- preguntó al checheno.

-No lo dude ni por un instante, señor. Como bien ha dicho, disponemos de todo el armamento y los límites los ponemos nosotros- Iosip respondía al General con la rabia que solo él conocía. Jugaba con su karambit de cerámica mientras recordaba las veces que había tratado de acabar con Maika y los suyos.

-Bien, supongo que ya tiene en mente a sus afortunados compañeros. Salga cuanto antes. Si no han vuelto en cuarenta y ocho horas con la cabeza de esa odiosa niñata, rociaré todo el bosque con los novichock. Lleven sus equipos de protección, no quiero perder a ninguno de ustedes.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte