CAPÍTULO 37.          Insomnio y Dolor.

CAPÍTULO 37. Insomnio y Dolor.

Iosip y su grupo se preparan para una misión muy importante. El grupo de Maika trata de recobrar la normalidad.

Su reflejo casi era inapreciable. Su enorme envergadura tapaba todo el ancho del espejo y su abultada musculatura no dejaba rendija por mínima que fuese y que revelase alguna forma. La poca luz que entraba en su cuarto, lo hacía por debajo de la puerta y apenas si dejaba intuir una alguna parte del mobiliario. De pié, con sus más de ciento treinta kilos, Iosip se enfundaba el traje táctico. Un mono de dos piezas, negro, fabricado en cordura de nilon, y que se ajustaba perfectamente al férreo cuerpo del soldado.

Sendos bolsillos, posicionados estratégicamente a la altura en la que quedaba su mano con el brazo estirado hacia abajo, albergaban dos cargadores para la pistola calibre cuarenta y cinco, tres más para M-Tar que le regaló Nicolai, iban metidos en su chaleco, y por supuesto, su cuchillo cerámico.

Le había costado una eternidad conseguirlo, incluso tuvo que llevarse alguna vida por delante para hacerse con él. Ese cuchillo le acompañaba cuando tenía que tomar un vuelo y no quería ser detectado en los controles del aeropuerto. Doce centímetros de hoja de material compuesto de carbono que no hacía saltar los arcos de seguridad. Iosip lo miraba y casi podía oír el sonido que hacía al abrir la carne de sus víctimas. Delicioso.

Un par de granadas cegadoras colgaban de su cinturón, otras dos de fragmentación, la cosa era seria.

El resto del equipo lo llevarían entre Nicolai y Adriana. Un batallón compuesto de sólo tres soldados que tenían una misión concreta. Los tres soldados mejor preparados y equipados que había sobre la faz de la tierra.

Si tenían éxito, su recompensa era el mundo, y ellos lo sabían.

Iosip sacó del cajón una pequeña vela, la colocó sobre un plato metálico y la encendió sobre su mesa. Cogió un pequeño aparato mp3 y apretó el botón de encendido.

-Conversion software version 7.0 looking a life through the eyes of a tire hub…-

En la oscura habitación sonaba Toxicity , la llama le alumbraba lo justo y ahora podía verse mejor, no del todo, pero si lo suficiente como para observar durante un rato su propia imagen.

Tocaba el parche que cubría lo que antes era su ojo derecho. Apretaba los dientes hasta que éstos rechinaban y marcaban excesivamente cada músculo de sus mandíbulas. El odio volvía a embriagarlo en una borrachera de venganza. Giró su cabeza hacia los lados provocando que sus castigadas cervicales crujiesen desagradablemente. Bajó la mirada hacia sus manos. Los guantes de kevlar y abs le impedían ver sus encurtidas palmas. Dos manos que seguramente habían segado más vidas que algunas enfermedades en el mundo.

La pequeña y débil vela se agitaba bajo la respiración del checheno. Recordaba la muerte de su padre. La nieve. La sangre..

Su pensamiento se tornaba oscuro. Como una corriente eléctrica, ante su mirada de un sólo ojo casi podía ver el rostro de Maika en ese espejo, también el de Azrael.. dos objetivos que se le habían escapado, varias veces.. aunque, casi daba las gracias por ello. Ahora tenía la oportunidad de volver a buscarlos. Volvía a sentirse cazador. Exactamente igual a como se sentía hace ya muchos años en sus misiones de Spetsnaz. Un objetivo y la única posibilidad de volver si había concluido con su misión. Nunca hubo un error, nunca dejó nada por hacer.

Su historial era perfecto. Por eso sabía que debía acabar con ellos y con los que los acompañaban.

Pero la misión ahora era otra, no eran ellos su objetivo, pero lo serían..

Su emisora emitía un sonido. La pequeña luz roja que avisaba de una comunicación se encendía en la tiniebla de su cuarto. Iosip apagó el mp3 y subió el volumen de su walkie.

-Iosip, ¿Estás preparado?-

-Así es Nicolai, ¿Lo habéis localizado?- contestó el checheno.

-Afirmativo- Respondió el Israelí – tenemos la ubicación aproximada de su refugio. Kuyra quiere que salgamos cuanto antes ¿Estás seguro de ésto?- preguntó Nicolai.

-Primero él, luego ellos dos, y lo que queda del mundo será nuestro- Contestó Iosip admirando su propia sonrisa en el espejo, sopló la vela y la llama se extinguió.

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Amanecía en el complejo turístico. La noche había sido fría, otra vez, como todas las anteriores. Un clima despiadado que no daba tregua alguna a los habitantes del bosque. Una de esas noches en las que estrellas dominaban el cielo sin nube alguna que las plantase cara. De esas noches despejadas en las que la temperatura llegaba a negativos bastante duros. La situación de ese lugar para con la montaña no hacía las cosas más fáciles. La gran hilera de roca, hacía de retén para el gélido viento del norte y lo conducía directo hacia esa zona de casas.

Los días llegaban a su mínimo de tiempo bajo la luz del sol. Cada vez era más complicado encontrar un rato donde el astro rey obsequiase al bosque con algo de calor.

En una de las casas de madera, dos manos se entrelazan. No son manos de enamorados, son manos de amistad, de un cariño diferente, de lealtad. Son manos de un amigo que lucha por sobrevivir bajo la mirada de un camarada, la compañía incansable de su hermano de armas que cuida del hombre que luchó a su lado hace unas horas.

Vladimir sostiene la mano débil de Marion. Le mira, esperando una señal, un mínimo gesto. Lo que fuere que indicase una mejoría de su amigo, de su compañero de batalla.

-Se fuerte amigo. Tenemos muchas noches por delante. Tenemos que contarnos aún muchas aventuras y tenemos que vivir otras tantas nuevas. La vida nos dió ésta oportunidad y nosotros vamos a aprovecharla. Juntos. Hasta el final, compañero.

Se fuerte, Marion. Se fuerte amigo.-

Maika, de pié junto a Vladimir, observa la situación con su corazón encogido. Un corazón de guerrera que también sufre por Marion.

Maika le coloca su mano sobre el hombro. Una mano cálida, también de amiga.

-MaryAnne dice que ha recuperado algo de pulso. Perdió bastante sangre pero es un tío duro, espero que luche por vivir como lo hacía porque viviésemos nosotros- concluyó Maika.

Salió de la enfermería justo a la vez que entraba MaryAnne. Sujetó la puerta para que ésta pudiese pasar y las dos se miraron a los ojos. Una corriente helada y desagradable se coló en la estancia y estalló contra el ánimo de Vladimir.

MaryAnne pasó con un balde metálico lleno de agua caliente y unas gasas de tela. -Voy a curar a nuestro valiente amigo. Necesito que me dejéis sola-

MaryAnne guiñó un ojo a Maika, realmente no necesitaba estar sola. Puede que incluso precisase de ayuda con su labor, pero era importante que Vladimir saliese a despejarse. Desde la noche anterior no había pegado ojo. Después del encuentro con el oso y la desgracia de su amigo, pasó varias horas descuartizando al animal bajo una helada insoportable.

-Si quieres ve a descansar, Vladimir- Sugirió MaryAnne. -Si no, puedes ir al salón, quizás necesiten una mano experta con vuestra pieza. Son muchos kilos de carne y hay que intentar conservarlos de alguna forma, ellos no tienen ni idea de cómo hacerlo.

Vladimir asintió sin mucho ánimo. Sabía que debía tomar el aire y darse un pequeño respiro. La noche había sido dura y la cabeza lo estaba matando. El frío, el ataque del oso, la incertidumbre… demasiado estrés para un viejo cazador que debería haberse retirado hace tiempo. Maldito destino, le había robado su merecido descanso.

Vladimir caminaba mirando al suelo. Sin ser consciente de la hora o el día en que vivía.

Su organismo y su mente estaban bloqueados, el cansancio y la falta de sueño hacían de su día una maldita resaca, de las peores que él recordase.

Apartaba la nieve con sus botas. La humedad se le colaba entre la abertura que dejaba la suela con el ante de un lateral. -No pensé que durarían tanto- dijo el viejo.

Y caminó hasta la caseta más grande de todas. La barba se mecía con el viento de la mañana. La batalla que libraba el aire hostil contra su rostro ni siquiera llegó a molestarlo. Tenía la piel curtida. Como la de un marinero. De hecho, su semblante era similar al de los viejos lobos de mar que contaban sus historias en los tugurios de los muelles.

Vladimir llegó a la puerta, tocó con los nudillos sobre la chapa y esperó respuesta. -Adelante, jefe- se oyó desde el interior.

La puerta, fabricada en madera de cedro y reforzada con láminas metálicas, daba paso al gran salón de reuniones. Los hombres y mujeres del grupo lo habían acondicionado para la labor que los ocupaba.

Unas cuantas lonas habían sido dispuestas sobre el suelo de madera para no embadurnarlo con la sangre del oso. Se había colocado en un lateral unas pocas mesas juntas y se habían protegido con otra lona. Sobre ellas se había colocado un cuarto trasero de la bestia y varías personas trabajaban con esa carne.

Unas cuantas mujeres se afanaban en extraer la mayor parte de lo que se pudiese aprovechar de algunas zonas como las patas del animal, mientras que los hombres separaban el pelaje del lomo.

Los pequeños se entretenían jugando con algunas cacerolas y cubiertos de plástico que habían encontrado en la cocina del complejo. En sus años previos a la tormenta, allí se servía comida y bebida a los turistas y montañeros. Carne de ciervo, estofado de jabalí, puchero de setas y ternera..

Un menú siempre apetecible que ayudaba a reponerse después de un lardo día de senderismo.

La cocina seguía totalmente equipada. Una plancha de carbón situada en el interior de la estancia, otorgaba al lugar un olor que casi hacía olvidar la situación que vivían. A primera vista parecía una reunion de compañeros de vacaciones en lugar de supervivientes.

Vladimir se acercó a una de las mesas de madera. Rachel le sonrió y le dió una palmada en el hombro. – Un hueco para éste héroe, servidle un vaso de vino especiado-

Jhon, un joven químico de pelo alborotado y tez pálida, salía de la cocina con la camisa llena de manchas. El chico se acercó hasta Vladimir con la mejor de las sonrisas. -Tome, lleva cardamomo y algo de cayena, lo he calentado un poco- el joven Jhon, un aficionado a la química que perdió a su novia durante la tormenta. Unas vacaciones idílicas para una pareja con todo un futuro que acabó siendo la peor pesadilla para él. Jhon había visto a su mujer morir electrocutada. Calcinada viva, un cadáver negro junto a una máquina de bebidas en la estación de tren del bosque, esa era la última vez que Jhon pudo ver a su amada.

Nunca se perdonará haberla mandado a por un refresco, aunque nunca podía haber adivinado lo que se avecinaba, siempre le perseguirá la culpa.

Un fanático de la química, de su novia y de la cocina. No era un superviviente nato pero si había ayudado bastante al grupo. Desde que llegase desorientado y el Coronel Sarcev lo acogió, había trabajado en los puestos que preparaban comida. Él había sido capaz de sobrellevar la situación inventando platos y buscando aderezos con lo que el bosque le ofrecía. Encontrar esa cocina había sido su mejor momento desde que perdió a su chica.

El viejo Vladimir cogió la taza cerámica e hizo un gesto de brindis con Jhon. -A tu salud, siempre es agradable degustar una creación tuya. Si el mundo no se hubiese ido al carajo, deberías tener un restaurante. Pero no cualquier restaurante. Uno de esos donde el camarero te llama de usted y te traen la cuenta en una carpetita de terciopelo.- Vladimir daba un sorbo al vino y guñaba el ojo al joven Jhon- Espectacular, ponga un nombre a ésta receta de vino especiado, no vaya a ser que se la copien- dijo el cazador con una gran mueca de agradecimiento.

-Quizás las ardillas me roben la idea- Exclamó Jhon. -¿Sabéis si hay una oficina de patentes cerca?- Todo el mundo comenzó a reir. Las carcajadas borraron por un momento los grises pensamientos de la cabeza del viejo.

Pero sólo fue un momento.

Apuró la taza de un solo trago. El cardamomo le hizo carraspear la garganta y no pudo articular palabra al despedirse. Dejó el recipiente vacío sobre la mesa y puso rumbo hacia la puerta, andó un par de pasos y se giró hacia los demás, todos esperaban alguna despedida, aunque comprendían que la situación del cazador era especial. Aún así, obsequió a los presentes con un gesto de despedida amable pero escueto.

Vladimir salió de aquél salón dudando de todo, dudaba hasta de cómo sentirse. Ese vaso de vino había nublado un poco más su mente pero había despertado sus sentimientos. Se dirigió hacía el viejo cobertizo del que habían sacado leña y herramientas el día anterior.

Unos minutos andando bajo el frío habían enfriado lo suficiente su cabeza como para tener la percepción en perfecto estado. Vladimir llegó hasta la puerta de madera, la abrió con desgana y accedió al interior.

Cerró la enorme puerta fabricada de maderas viejas y la atrancó por dentro con un tarugo. Un par de telas de arpillera sobre unos sacos de abono le harían las veces de cama. -En la guerra dormíamos sobre cadáveres,- Se dijo a sí mismo. Desató sus botas y puso los pies sobre una caja de destornilladores. Cubrió sus piernas con la chaqueta y dejó caer su espalda hacia el suelo. Después de quizás, treinta horas sin dormir, a Vladimir lo atacaban los malos pensamientos. Una negra nube de demonios y temores le robaban el sueño. -Saldrá, tiene que hacerlo, es un hombre fuerte.. maldito oso. No se porqué tuve que decirle que se quedase en medio.. ojalá pudiese cambiarme por tí.. ojalá fuese yo el que está jodido.. siempre serás como un hermano..

El vino especiado se aliaba con el cansancio y conseguían derrotarlo. Por fin sus pensamientos eran incapaces de vencer al sueño. Sus ojos se entornaban, no sin antes dejar una lágrima aflorar, una lágrima llena de dolor. Llena de culpa. El viejo por fin se dejaba llevar y el cálido abrazo del descanso lo liberaba de su sufrimiento.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte