CAPÍTULO 39.  El principio del fin.

CAPÍTULO 39. El principio del fin.

Cuando una tragedia tiene más repercusión de la que se espera. Infinitamente más..

Rusia. 1979. Colegio Mercedario San Pedro.

Primeros de mayo. El frío habitual de Moscú se encarga de oscurecer una apacible tarde de viernes. Por los pasillos vestidos de mármol del mejor colegio musical de toda Rusia, reverbera un sinfín de notas musicales. Ninguna de ellas producidas al azar. Todas tienen un orden y un sentido.

Katyusha, la canción emblema de un país con una larga tradición bélica, que quiere adaptarse a los nuevos tiempos que corren como la nación avanzada que intenta ser, suena con fuerza poniendo melodía a un día oscuro.

Alexander Vintila, muchacho de apenas dieciséis años, hijo de Igor Vintila y de Katya Volenovic, pareja modelo, dueños de una larga cadena de empresa farmacéutica que cuenta con una de las mayores infraestructuras de laboratorios de toda Rusia y posiblemente del mundo.

Los padres de Alexander habían luchado toda su vida por mantener sus laboratorios alejados de las garras de la CCCP.

Todas sus investigaciones, desarrollo y producción, habían quedado mermados durante la época que les tocó vivir en medio del comunismo. Al fin, habiendo podido mantenerse oculto, los investigadores de su equipo habían alcanzado bastantes logros que serían de gran utilidad en un mundo occidental para salvar millones de vidas.

Utilidades médicas para la energía nuclear, rayos x, quimioterapia y otros avances que sólo habían sido posible gracias a la perspicacia de Igor y su equipo.

Una gran inversión privada que jamás hubiese tenido futuro en un país gestionado por la dictadura de no ser por sus importantes contactos con el mundo exterior a la URRS. Había quiénes incluso acusaron a Igor y Katya de traición a la patria una vez se conociesen sus planes y sus actividades en un futuro más allá de 1984.

Igor y Katya aparentaron ser unos ciudadanos normales durante muchos años, a excepción del camino que tomo su hijo en cuanto a estudios y educación, ellos vivieron sin hacer ostentación alguna simulando ser afines del gobierno.

Una careta que fue posible mantener gracias a sus amistades en el entorno militar.

La música sigue sonando, la melodía ejecutada de forma perfecta, tan perfecta que podría haber sido confundida con el sonido de un vinilo. Una armonía exquisita que sale del instrumento de Alexander.

Un violín de más de doscientos mil rublos rusos. Un perfecto instrumento sólo al alcance de unos pocos elegidos que representaban al país de la estepa ante el mundo en lo que a música se refería.

Alexander dejaba que la música lo llevase. Las notas acariciaban su oído, él cerraba los ojos y todo fluía sin prestar atención al exterior que lo rodeaba.

En contraste con la perfecta sincronía de notas que salía de la enorme sala donde Alexander tocaba con el resto de miembros de la banda, podían adivinarse unos pasos irregulares que cada vez sonaban más cercanos.

Unos zapatos negros, perfectamente pulidos y abrillantados, avanzaban con velocidad de media carrera dejando atrás una estela de profesores y personal de mantenimiento. Todos observan la situación pero nadie irrumpe la marcha que dos hombres trajeados con pulcritud, llevan en medio del corredor principal del centro de aprendizaje.

Cuadros de Lenin y Stalin, fotografías en blanco y negro del ejército soviético. Tanques, aviones, submarinos y retratos aéreos de grandes formaciones de soldados entregados a la URRS. Miles de fotografías que pasan desapercibidas a los ojos de los dos tipos que corren por medio de aquel pasillo.

Velocidad típica del que tiene prisa por ir pero no quiere llegar..

Uno de los hombres, el que va primero, viste totalmente de negro. Corbata negra en contraste con la camisa roja, porta un maletín de símil de cuero, lo sujeta con ambas manos para no perderlo en su veloz andanza.

El otro, va vestido con el uniforme militar de la época, comandante de paracaidistas de la ciudad de Moscú. Su traje marrón combina bastante mal con sus zapatos pero eso daba igual. Lo importante era lo que ese hombre significaba para Alexander y su familia.

El tipo de negro, abogado de la familia Vintila, experto en leyes de naturaleza comercial, llevaba aconsejando y defendiendo a Igor y su esposa durante más de veinte años.

La carrera llegaba a su final. Los dos corredores se detenían en el umbral de una puerta pintada de verde oliva, desde la cual se escuchaba perfectamente aquella canción.

Katyusha..

Alexander, ajeno a lo que estaba a punto de ocurrir, ajeno al momento que acontecerá y que cambiará su vida para siempre.. y la del resto de la humanidad..

Él sigue tocando. Mece su violín durante la canción.

Alzó la vista, como atrapado por un pensamiento, como si supiese que algo trágico iba a teñir de negro su alma, disfrutando de esos últimos instantes antes de perder su brillo interno para el resto de su existencia.

Unos toques a la puerta consiguen parar la dirección que guiaba a la banda. Un profesor, de muy avanzada edad, suelta su batuta sobre la mesa y se acerca a la entrada de la sala. La luz pálida de los florescentes termina por dar el toque de frialdad que necesitaba la ocasión.

-Adelante- Dijo el viejo profesor al oír la llamada.

La puerta se abrió. Todos los alumnos pararon su actividad, todos menos uno. Con un ajustado paso, los dos hombres hicieron una triste entrada en la clase. Todos los alumnos enmudecieron al ver la extraña pareja. Todos menos uno.

Alexander, joven e impredecible, giró la vista hacia la puerta. Él conocía de sobra a esos dos hombres. Sabía que traían la peor de las noticias, una noticia fúnebre, funesta.

No estarían allí si la tragedia no los hubiese hecho ir.

El chico bajó de nuevo la mirada al ver que todos esperaban su reacción. Los dos hombres miraron fijamente a Alexander, el comandante se quitó la gorra en señal de duelo y miró fijamente al joven sin articular palabra.

No hacía falta.

Entonces Alexander, que parecía saber lo que venían a contarle, tuvo la reacción que nadie esperaba, cogió de nuevo su violín y siguió tocando, solo que ésta vez las notas pertenecían a una canción mucho más triste. Smuglianka, tocada con mimo en un violín que se alimenta de la pena de un corazón.

El joven, ahora sabiéndose huérfano, secó las lágrimas que llegaban hasta su violín y volvió a tocarlo de nuevo. Una tristísima composición que no dejó de sonar hasta que llegó a la última nota.

Bajó el instrumento y volvió a mirar por la ventana. Comenzaba a llover en el cielo de Moscú y ahora también en su corazón.

Basílica de San Petersburgo. Dos meses después.

La misa oficiada en honor al matrimonio que formaban Igor y katya Vintila, fallecido en extrañas circunstancias, se encuentra en su momento culminante. Un coro de varios monaguillos ortodoxos, desarrollan con una perfección asombrosa el juego de voces que dan término al requiem de Mozart. La basílica cuenta con espacio para más de quinientas personas, no cabe nadie más. La familia Vintila siempre fue muy querida entre la gente de Rusia.

La temperatura de Julio es agradable, no llegaría a hacer veinte grados en el exterior de la gran construcción. Un pequeño grupo de personas se ha quedado en la puerta. El aforo excedido no ha impedido que algunos allegados quisieran dar su último adiós al matrimonio.

En una de las zonas destinadas al estacionamiento de vehículos, puede verse el morro impecablemente encerado de un GAZ M1. El transporte negro, majestuoso, alberga una reunión de máxima importancia.

Dentro de él, el abogado de la familia recientemente fallecida y dos militares más, uno de ellos el comandante que dió la triste noticia al hijo de los Vintila, mantienen una discursión de vital importancia.

– Me da igual lo que piense usted, señor abogado. No parece comprender la transcendencia que puede alcanzar la estupidez que acaba de proponernos.

-Yo solo digo que hay que hacer las cosas como se venían haciendo. Ese chico debe saber la verdad y cuanto antes mejor- respondió el abogado.

El comandante , amigo de la familia, salió del coche y encendió un cigarro sin filtro. Apoyó la palma de la mano en el marco de la puerta y se agachó para estar a la altura de los otros dos que quedaban dentro del auto.

-Haced lo que queráis, pero si ésto llega a oídos de quién no debiera, acabaremos como ellos- concluyó el militar mientras se marchaba cerrando la puerta de un golpe.

-¿Crees que debemos decírselo?- Dijo el militar que quedaba en el interior del coche.

-Yo me encargo- respondió el abogado – siempre ha confiado en mí, se cada secreto de esa familia y buscaré la mejor forma de decírselo- concluyó.

-Está bien. Pero recuerde, hay muchas vidas y la reputación de muchas personas importantes. Sea consecuente con ello.

-Así lo haré, Teniente Kuyra- el abogado salió también del Gaz mirando hacia el joven teniente. Éste le respondía con un gesto de aprobación cargado de duda. Kuyra no se fiaba mucho de Alexander, un crío que acababa de perder a sus padres y el cuál estaba a punto de ser consciente de su propio poder.

Dos meses después. República de Bielorrusia.

El joven Alexander ve pasar los árboles con gran velocidad. La lluvia golpea contra el cristal del viejo automóvil de fabricación extranjera. El Mercedes clase E de ocho cilindros ruge mientras en el aparato de radio se sintoniza la única emisora que llega con señal suficiente para ser audible.

-Quite eso si es tan amable- sugirió el abogado. – Bastante es que hemos hecho madrugar al chico como para torturarlo con noticias partidistas- El chófer, un joven militar recién alistado en las filas del régimen soviético, apagó el aparato de radio y asintió con la cabeza a través del espejo retrovisor.

-¿Me vas a decir a dónde vamos?- replicaba Alexander – llevamos varias horas de camino y no me has dicho ni porqué me he levantado a las tres de la madrugada.

-No puedo hablarte ahora sobre ello. Ten paciencia Alexander. Merecerá la pena- dijo tranquilizador ponindo la mano sobre la rodilla del chico.

Dos horas después. Tras atravesar innumerables kilómetros de campo y ciudades en ruinas, el Mercedes negro por fin alcanzaba su destino.

Varios edificios de cemento se erigían entre algunas montañas arboladas. Estaba claro que el hecho de que el lugar donde se encontraba aquella pequeña ciudad fuese totalmente imposible de encontrar sin saber la ubicación exacta, no era casualidad.

Todo estaba razonablemente oculto y a la vez accesible para vehículos de grandes dimensiones. Accesos restringidos y a la vez pensados para poder dar paso a cualquier máquina de construcción por mucho tamaño que tuviese.

Alambradas, fosos de cemento, concertinas, casetas alzadas sobre columnas de hormigón y dispuestas de francotiradores.

Alexander abría los ojos todo lo posible para no oerder detalle alguno sobre aquel lugar. No dejaba de captar cada rincón y cada cosa que por mínima que fuese llamase su atención.

El coche se dirigió a la barrera de entrada. Una caseta de hierro revestido con planchas de cemento, guardaba la entrada principal al enorme complejo.

Una ventana de cristal tintado, blindada y con los marcos de acero, quedaba a la altura de la ventanilla del coche. La ventana se abrió justo cuando el Mercedes se hubo detenido por completo junto a ella.

-Buenos días señor Vintila, lamento profundamente lo ocurrido a sus padres. Espero que el viaje no haya sido muy tedioso para usted..

El chico se quedaba de piedra. Él sólo tuvo la avidez necesaria para contestar asintiendo al hombre uniformado que acababa de darle el pésame. Se encontraban a miles de kilómetros de su ciudad de residencia, pero en aquel lugar sabían quién era. Le conocían a él y a su abogado, sabía de su desgracia..

¿Dónde estaba? Y, ¿Por qué aquél lugar no tenía un nombre visible?, Ni un logotipo ni nada que descubriese quién era el dueño de aquello o a qué se dedicaban en esa ciudad.

-No entiendo nada-Dijo Alexander con el ceño fruncido- ¿Qué es éste lugar?.

El abogado se giró hacia él mientras el coche atravesaba el corredor principal de aquella ciudad que tanta incógnita despertaba en el chico. Carreteras asfaltadas de dos carriles, enormes construcciones metálicas, guardias fuertemente armados..

-Mira, Alexander. En contra de lo que algunos tipos muy importantes piensan sobre lo que voy a decirte, creo que debes saber ya. Sin más dilación

Alexander empezaba a estar nervioso. Miraba a todos los lados y no veía otra cosa que seguridad y más seguridad. Fábricas, edificaciones de viviendas, vigilantes que saludaban al paso del vehículo como si fuesen alguien importante..

El vehículo se paró en el lateral del carril derecho. Junto a él, una pequeña casa de aspecto gris y dos hombres, uno de ellos armado con un fusil kalashnikov de fabricación nacional.

El hombre que no iba armado, al menos no visiblemente, se acercó al vehículo y abrió la puerta del abogado. Éste se bajó dejando el maletín sobre el techo del Mercedes y saludó efusivamente al letrado.

-Me alegro mucho de teneros por aquí-Dijo el hombre.

-Una pena muy grande nos ahoga desde que nos enteramos del trágico suceso..

El hombre, un señor trajeado de unos cincuenta años, se agachó levemente y a través del marco de la puerta puso los ojos sobre el joven Alexander.

-¡Madre mía!- exclamó- ¡Por toda la nieve de la estepa! Ya eres todo un hombre..

El chico sonrió sin saber realmente a quién le dedicaba el gesto. Sólo sabía que allí era bastante conocido y también querido, al menos eso parecía.

-No te acuerdas de mí, claro, ¿Cómo ibas a acordarte si la última vez que te vi aún llevabas pañales?

-Alexabder-Interrumpió el abogado-Te presento a Frederic, es un gran amigo de la familia y por supuesto mío. Para tu padre fue como un hermano.

Alexander bajó del coche por su puerta y caminó hasta el lugar donde se hallaban el abogado y los otros dos hombres. Se acercó al señor trajeado y le extendió la mano con decisión. En lugar de estrechársela, el tipo lo cogió por los hombros y lo miró fijamente a los ojos.

-Déjate de formalidades, aunque no lo sepas, yo he querido más a tu padre que la mayoría de personas de tu familia. Y creo que el a mí también- entonces abrazó al joven Alexander durante unos segundos para después separarse y seguir mirándolo.

-Tienes en la cara la misma expresión que tu madre, ojalá tengas mucho más de ella que el semblante, seguro que sí.

El abogado volvió a interrumpir la conversación. -Frederic, creo que debemos entrar, Alexander aún no sabe por qué estamos aquí y el chico se impacienta.

-Por supuesto, siento haberme excedido, tened en cuenta que llevamos mucho tiempo aquí y no suele venir nadie en varios meses..

Por aquí- Frederic indicó un pasillo que daba a una de las construcciones de hormigón. Al final de éste se encontraba una puerta acorazada, la pintura verde se había rendido a las inclemencias y se desconchaba en algunas zonas de la hoja de metal. Los detalles quedaban al descubierto y el óxido empezaba a apoderarse de las zonas más expuestas.

El hombre armado, se adelantó al pequeño grupo y tocó con los nudillos un par de veces sobre la chapa. La puerta se abrió después de que los mecanismos de seguridad crujiesen unas cuantas veces y del interior apareció otro hombre, también armado.

-Buenas tardes, pasen- Dijo el hombre.

Alexander, el abogado y el hombre trajeado pasaron al interior de aquella estancia. Las paredes del primer pasillo estaban revestidas con friso de madera y mostraban algunos detalles que contrastaban con el exterior de la vivienda. El hombre los condujo a un montacargas bastante viejo pero que se mostraba operativo y aparentemente bien mantenido.

Un cuadrado de pocos metros cúbicos que se constituía de paredes de reja metálica salvo en la parte trasera donde quedaban los mecanismos hidráulicos.

El abogado apretó el botón superior de un panel de mandos, justo antes Frederic, el hombre de traje había activado dicho botón con una llave. Tanta seguridad no hacía más que aumentar la impaciencia de Alexander.

El chirrido metálico señalaba el inicio de la marcha ascendente. Treinta segundos de pequeños balanceos y un silencio incómodo que se hicieron eternos para el joven.

Al fin llegaban a la última planta. A través de la reja sólo podía intuirse un pasillo más, ésta vez más corto que el de abajo. La reja de seguridad del montacargas se abrió ante ellos y los tres hombres recorrieron los cuatro metros que les separaban de la estancia a la que se dirigían.

El chico quedó asombrado. Paredes forradas de terciopelo, alfombras, muebles con acabados de marquetería.. aquello era un hogar en toda regla.

Alexander, como buen joven que era, recorrió curioso las paredes de aquella apacible vivienda. Cada varios metros, podía verse algún cuadro o alguna foto. Fotos de su padre, de su madre, fotos de gente aparentemente importante que aparecían saludando o abrazando a sus difuntos progenitores.

En alguna foto podía verse al abogado, a Frederic, o a los dos juntos.

-¿Puede alguien explicarme qué está ocurriendo?- Imploró el chico.

Frederic miró al abogado y éste le respondió con un sí gesticulado. Entonces se acercó a una de las ventanas panorámicas que en ese momento estaba tapada con una gran persiana y llamó a Alexander.

-Acércate, por favor- El joven se situó frente a la ventana, flanqueado por el abogado y por Frederic.

-Alexander, éstas palabras que voy a decirte, van a cambiar tu vida, van a cambiar la forma en la que ahora ves a tus padres y espero, que diciéndote ésto, estemos haciendo lo correcto. Tu padre lo querría así.

Alexander estaba a punto de desmayarse. Las manos le sudaban y las rodillas le temblaban, los mofletes le picaban como en un terrible hormigueo, y aún no sabía nada..

La persiana se abrió de forma mecánica cuando el abogado pulsó un botón junto a la ventana. La luz fue entrando y a través de los cristales quedaba una imagen sobrecogedora ante ellos. Una enorme composición de edificios, fábricas, vehículos industriales, maquinaria.. todo podía apreciarse en su verdadera medida desde aquella ventana.

Un mundo se abría ante los ojos del joven, un mundo que el aún no sabía que le pertenecía.

Tienes que saber ésto, Alexander- comenzó a explicar el abogado- tus padres no murieron en un accidente Alexander, ellos.. tus padres fueron asesinados.

Alexander giró la cabeza hacia el hombre que le acababa de dar la pésima noticia. Cerró los puños en señal de rabia y apretó los labios tratando de aguantar su amargura. Las lágrimas le brotaban de nuevo- ¿Por qué?- preguntó en un claro tono desconsolado.

-Todo ésto es tuyo-Le espetó el otro hombre- era de tu padre y ahora queda bajo tu responsabilidad. Aquí no se fabrican medicinas, ni máquinas dedicadas a ella. Aquí se fabrican armas, Alexander, tu padre poseía una de las empresas más avanzadas en cuanto a investigación militar. Por eso estamos aquí. Lejos de las garras del gobierno y de su ejército.

Alexander , atesoró cada palabra y trató de darle forma en su cabeza. Acababa de descubrir que su familia, la que él creía acomodada pero humilde en su medida, era en realidad una de las familias más poderosas y todo ello gracias a la industria armamentista.

Dió dos pasos hacia la ventana y apoyó las palmas de las manos en el cristal. Casi podía notarse cómo la información que acababa de recibir lo estaba torciendo hacia el mal camino.

-Y,¿Qué hay de los militares que ayudaban a mi padre? Siempre ha habido muchos tipos uniformados alrededor de él, eso puedo recordarlo..

-Ese era el problema- dijo Frederic- Algunos si eran fieles a tu familia y protegieron vuestro secreto, pero no todos ellos actuaron para bien. Alguien desveló cierta información a quien no debía, es imposible saber quién..

-Date cuenta que tu familia tenía muchos enemigos. Aquí se ha investigado sobre cosas que no interesaban al gobierno. Energía nuclear, energía solar, armas químicas.. tu padre avanzaba más que la mayoría de los países del mundo en algunos campos, y eso les costó la vida- El abogado miró al cielo después de decir aquellas palabras y con la voz ronca dijo:

-Es difícil saber qué persona o qué gobierno fue el que dió el paso de acabar con ellos, hicieron mucho daño a muchas economías y siempre se mantuvieron firmes al márgen del gobierno ruso. Los hecho de menos.

Alexander caminó pensativo. Recorrió la estancia en toda su longitud hasta que llegó a la mesa de despacho que presidía la sala principal en la que se encontraban. Abrió un carpesano de cuero y ojeó varios planos que trataban y describían diferentes tipos de construcciones de artefactos militares. Misiles, aparatos de microondas dirigidas, armas guiadas por energía solar..

-¿Cómo de grande es la empresa que creó mi padre? ¿Hasta dónde se podría llegar con ella?- preguntó Alexander.

Si uno se fijaba bien, casi podía verse cómo el chico maduraba segundo a segundo, cada instante que pasaba desde que recibiese la noticia, desaparecía un ápice más de juventud de su alma.

Su personalidad se forjó en unos pocos minutos, su forma de aceptar aquel hecho sobre la muerte de sus padres no fue para nada reconfortante, al menos no para el abogado de la familia.

-Tenemos capacidad de producir armas en una cantidad susperior a la de algunos países europeos. No entiendo a qué se refiere con su pregunta, Alexander- respondió Frederic mientras miraba al abogado.

-Se podría decir que con un poco de planificación, casi podríamos declarar una guerra ¿No es así?, abogado?. La mirada de Alexander ya no era la del pequeño huérfano que tocaba el violín. Su paz interior se había secado, ahora su alma ardía en una nube de ira, de venganza. El odio evocaba ciertos pensamientos que afloraban en forma de pesadillas.

-Así es Alexander. Pero su padre creó ésta empresa para poder mantener el pulso respecto del gobierno, quería dar la capacidad de defenderse a pueblos más pequeños que eran oprimidos. ¡SU PADRE NO QUERÍA DECLARAR NINGUNA GUERRA!-Grito el abogado.

Alexanderse levantó del viejo sillón de oficina y caminó paseando los dedos por encima de la mesa. Tanteó el tapete de seda que decoraba el mueble y llegó hasta un pequeño globo terráqueo que poseía un sacapuntas en la base.

-Mi padre no quería declarar la guerra a nadie, pero creó armas suficientes para ello, y ahora, él está muerto. Alguien no estaba de acuerdo con su forma de hacer las cosas, decidió tomarse la licencia de asesinarlos, y ahora seguramente quiera destruir y apoderarse de todo lo que él construyó..

El abogado y Frederic se miraban asustados. La reacción del chico era cuanto menos inquietante. Nunca hubieran pensado que la noticia lo enviase directo al camino de la venganza.

-No se preocupe, Alexander.-Dijo Frederic -Nos ocuparemos de mantener a salvo todo lo que su padre a logrado. Tampoco vamos a declarar la guerra a ningún país ¿Verdad?- sonrió sarcásticamente- Ni siquiera sabemos quién perpetró el asesinato..

Alexander cogió el pequeño mundo fabricado en plástico y comenzó a girarlo, mientras, su cabeza, daba más vueltas aún que esa pequeña esfera.

-Claro, no podemos acabar con un país sin saber quién mandó apartar a mi padre del medio..

… por eso deberíamos acabar con todos.. No ahora, ni dentro de poco tiempo.. pero ocurrirá..

Sin saberlo, ese abogado y Frederic, acababan de asistir al inicio del fin del mundo.

El camino de Azrael Flashbacks Huespeddeningunaparte