Capítulo 40. Los héroes también lloran.

Capítulo 40. Los héroes también lloran.

Vladimir sufre un triste recuerdo. Azrael llega al complejo de Maika con Julius.

El techo del cobertizo parecía venirse abajo en cualquier momento. Las tablas envejecidas bajo el incesante asedio a la que la montana sometía a la madera sin tratar, mostraban un desgaste excesivo para los años que llevaban sin ser mantenidas. Sin duda Vladimir tenía planes para aquél cobertizo de herramientas. Sólo faltaba que Maika diese el visto bueno y se pondría a ello, tenía que haber algo de barniz en algún lugar de ese complejo.

El viejo, tumbado sobre un par de sacos sucios y con la chaqueta sirviendo de apoyo a sus piernas, dilucidaba sobre la vida. Pensaba en su amigo Marion, en Maika, en el grupo..

No sabía que hora era. Tampoco le importaba. Sólo sabía que se había despertado por culpa del hambre. Ahora el cansancio ya había tenido solución. Sólo faltaba tener el valor de salir de ese cuartucho medio derrumbado y enfrentarse a la realidad. Si Marion había empeorado, sería un gran golpe en su conciencia, pero ya lo tenía asumido. Era momento de salir y hacer acto de presencia en su grupo. Ellos no tenían la culpa de lo que había ocurrido y sin embargo si que agradecerían la compañía del viejo.

Vladimir se incorporó después de desperezarse un par de segundos bastante reconfortantes. Apartó la chaqueta con el pie y se quedó sentado mirando a la puerta de madera, ausente, perdido en sus pensamientos.

Estiró el brazo hacia su derecha, tanteando el lugar donde había dejado las botas el día anterior. El calzado seguía allí. -Vaya mierda de botas, daría cualquier cosa por unas nuevas- Pensó..

Después de calzarse y de ponerse de pie con ayuda de los brazos, Vladimir crujió su espalda haciendo un giro hacia los lados. Dormir tanto había hecho descansar su mente pero le había agarrotado el cuerpo entero.

La curiosidad pudo a su apetito y haciendo gala de su instinto de superviviente, se puso a hurgar en aquel pequeño cuarto de herramientas.

Los sacos amontonados y separados en hileras verticales, se hallaban ordenados en todo el largo de las paredes del cobertizo. Vladimir comenzó a leer los carteles que el antiguo encargado de almacenarlos había escrito haciendo un gran trabajo.

Mantillo, arena, cemento, semillas de césped, abono, cal..

Todo lo que podía precisar un trabajador que tuviera que ocuparse de la jardinería y de la correcta conservación de aquél complejo.

La fila de sacos acababa en un armario de aluminio zincado que tenía una capa importante de mugre por encima. Un pequeño cordel sujetaba las dos puerta del mueble metálico. Vladimir sacó su cuchillo de montería y cortó la cuerda sin más dilación y con toda la curiosidad del mundo.

El filo separó la pequeña cuerda en dos partes y las puertas quedaron liberadas. El viejo abrió una de ellas para descubrir el contenido. Hachas, rastrillos, una horca, un par de sierras manuales y otra sierra mecánica, que por supuesto tenía el cable de encendido abrasado.

Un par de latas de lubricante y otra con lo que parecía combustible para la maquinaria de jardín, completaban todo el contenido.

Al fondo de la pequeña estancia, un taquillón con varios cajones y un par de gavetas de plástico encima, llamaron la atención del cazador. Sin dudarlo un instante, Vladimir comenzó a abrir los cajones.

Guantes de trabajo, mascarillas de papel amarillentas, algunas llaves de Allen y algo más de herramienta.

Pero uno de los cajones se resistía a abrirse. Por algún motivo, el tipo que trabajaba en aquel lugar, había atornillado el cajón por uno de los laterales.

Vladimir tardó menos de diez segundos en encontrar algo con lo que quitar el dichoso tornillo. La punta de su cuchillo encajaba perfectamente en la ranura con forma de estrella. Un par de giros con algo de empeño y el tornillo quedó flojo. El resto de vueltas pudo darlos con la fuerza de sus dedos.

Al fin salía completamente. El viejo tiró el trozo de metal al suelo y sacó el cajón de madera del todo. En su interior, un papel metido en un sobre y algo más. Una llave. ¿Dónde había visto la marca de esa llave?..

El candado de la caseta..

Vladimir guardó la llave en el bolsillo de su chaleco de caza. Desdobló la carta y una pequeña nube de polvo se hizo visible en los haces de luz que se colaban por el tejado.

El papel amarillento, presentaba unos cuantos párrafos escritos a mano. La letra no era muy buena, pero a pesar de ello, el viejo se decidió por leerla. Se apoyó sobre uno de los montones de sacos que llegaban a un metro escaso de altura.

Sin saber por qué, Vladimir sintió en su corazón una punzada. Algo le decía que no era una carta cualquiera.

Se dispuso a leerla. Tomó una gran bocanada de aire y lo acompañó con unos tragos de valor. Pensó que quizás le harían falta. Y no se equivocaba..

———

.Querida vida.

No se si puedo decir que te odio. La verdad es que no se muy bien lo que siento. Nací para morir y viví para sentir el amor. Tú me diste a mi esposa, me diste a mi pequeña. Ahora te las llevas. Me robas lo que me das y no puedo culparte por ello. Mis dos ángeles ya están lejos. Lejos de mí y lejos de tí. No sé aún si quiero llorar o quiero darte mi última sonrisa como agradecimiento. Puede que la locura hable por mí.

Sólo nueve años pude dedicar a mi bebé. A mi mujer más de veinte. Si estar vivo es amar, he vivido apasionadamente.

Las Amé. Las cuidé lo mejor que pude. Y ya no puedo volver a abrazarlas. Decidiste que ya las había tenido bastante a mi lado y me negaste morir con ellas.

No se si donde ellas están es donde yo iré cuando acabe con mi sufrimiento. No habrán más besos ni sonrisas. Los te quiero ya sólo suenan en mi cabeza. Por eso te odio pero también te amo. Gracias por darme algo que recordar. Gracias por haberme dejado ser feliz.

Ahora soy yo el que sonríe a solas. Os quiero.

Os veré enseguida ————

Vladimir tragó con fuerza. Pese a su rudeza innata y su ya larga historia de tragedias, no pudo evitar el desconsuelo y sus ojos se tornaron vidriosos. La pena y la congoja habían ahogado su respiración y habían inundado su alma con recuerdos. Él también daba gracias a la vida. Y también la odiaba.

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-¿Crees que me aceptarán en el grupo?- Preguntó Julius mientras saltaba el hielo del río. -Vamos, que soy un extraño. Un extraño que estaba en el bando opuesto.

Azrael miró al chico y volvió a dirigir la vista hacia el frente. Se agachó para esquivar una rama bastante baja y apartó la siguiente con el brazo. La escarcha se desprendió de las hojas del pino y cayó al suelo.

-Debes tener claro una cosa, si hubiese tenido alguna duda sobre ti. Por mínima que fuese, ahora estarías enterrado en la nieve. Yo me encargaré de que Maika y los suyos tengan en cuenta todo lo que has hecho. Tú sólo corresponde con tu ayuda. Todo irá bien.

Azrael reconfortó al chico con sus palabras. El pobre Julius sólo era un niño. Un niño que se había alejado del patio de su casa y ahora estaba perdido en un mundo extraño. Hostil y extraño.

-Ya queda poco, tú quédate a mi lado y no hables hasta que yo te lo diga o hasta que te pregunten. Y sobre todo, no les digas bajo ningún concepto que estabas con los del nuevo amanecer. Acabarán contigo sin dudarlo.

Los dos supervivientes se aproximaban ya a escasos minutos del complejo. Ya podía intuirse el olor a leña y el humo negro de alguna fogata se distinguía entre las copas de los árboles. Azrael siempre era partidario de no hacer fuego si no era estrictamente necesario, pero eran días fríos. A veces demasiado. Incluso para él.

-¿Tienes ganas de verla?, A esa chica, de la que me has hablado..- Julius se estaba arrepintiendo de haber formulado aquella pregunta.

Azrael no se enfadó. En lugar de eso, miró hacia arriba y escogió unas pocas palabras para no dar a entender algo que no era.

-Digamos… que nos hemos salvado la vida mutuamente, en diversas ocasiones.

Ella pudo haberme matado varias veces y no lo hizo, yo a cambio… quise asesinar a su tío- Sonrió Azrael- La debo varias vidas..

Es una larga historia que puede que te cuente algún día, pero no será hoy.

Azrael se paró en seco y ajustó su mochila. Acomodó su chaqueta y miró fijamente a Julius. El chico se sintió inquieto, ese hombre le intimidaba hasta lo más profundo y sin embargo le evocaba respeto y admiración.

Las dos primeras casas se aparecían ante ellos. El camino de barro y nieve, daba a su fin en una de las entradas a dicho complejo. Podía olerse el humo saliente de la chimenea del restaurante y se oían las voces de los niños despreocupados.

-Azrael, ¿Va todo bien?- preguntó el chico.

-Si, es sólo que no se muy bien lo que decir. No quiero llegar ahí como si no hubiese pasado nada. Me fui sin decir adiós..

Vamos..

Siguieron su camino previsto. Llegaron a la esquina donde Azrael se desmayó en una ocasión. Allí había visto cómo asesinaban a la pequeña Aurora. Desde allí salió en búsqueda de Maika cuando la creían muerta.

Aquello le reconfortaba en parte, y en parte le acobardaba.

-¡Mirad, viene alguien!- dos de los niños no tardaron en ver a la pareja haciendo entrada en el lugar. Desde uno de los tejados, Brian saludaba con la alegría inevitable de tener otra vez a Azrael con ellos.-¡Fiuuuuu- un silbido.

-¡Me alegro de verte , amigo!- Dijo subido sobre la teja de pizarra de una de las casetas.

Azrael saludó a Brian con la mano en la frente como hacía los militares. Julius miraba a todos los lados. Nunca había sentido esa paz que transmitía aquél lugar.

La enfermería se abrió. De ella salió MaryAnne con una bolsa llena de desperdicios y la camisa llena de sangre.

Azrael la sonrió. -Por fin te dejas ver- dijo la enfermera.

-Es… una larga historia, éste es Julius- el chico no sabía si darle dos besos o estrecharla la mano. En lugar de aquello, soltó lo primero que se le vino a la cabeza.

-Azrael me ha hablado de tí, dice que eres una gran luchadora.. y también me habló de tu tío..

Azrael miró al suelo y se tapó los ojos con la mano.

-Me parece que te confundes de persona , Julius. Tu me estás hablando de Maika.

Julius miró hacia su izquierda abriendo los ojos y apretando los labios. Azrael le miró sabiendo el mal trago que pasaba en ese momento.

-Ella es MaryAnne, también tiene la costumbre de salvarme la vida.

Entonces llegó el momento que tanto miedo daba al superviviente. La enfermería volvió a abrirse y de ella apareció Maika. Su uniforme de jardinero y su pelo alborotado no eran capaces de hacer sombra a la fuerza que sólo ella desprendía.

Azrael respiró fuerte. Llenó sus pulmones y dirigió la mirada hacia la muchacha. Ella, distraída en sus problemas, alzó la vista y observó la situación sin ser consciente de quiénes eran los que se habían reunido.

Al fin, sus ojos se clavaron directos en los de Azrael.

El color de su rostro iba cambiando hacia el blanco hasta que sus pecas desaparecieron. Enmudecida, torció su gesto y lo convirtió en uno mucho más agrio de lo que esperaba.

-Vaya, estás aquí..

Julius, que observaba la situación desde una posición de temor y asombro, pudo notar la tensión que se había producido en solo unos instantes.

Azrael, por un momento había olvidado al resto de la humanidad, se quitó los guantes tácticos que llevaba y los guardó en su bolsillo.

-Siento haberme ido sin avisarte. No se por qué me fui y no se por qué he vuelto.- Azrael se acercó a la chica que lo miraba con una mezcla de rabia y de dependencia en sus ojos.

Maika, siempre estaré con vosotros. Pero no siempre estaré presente. Cuando entiendas eso, será mejor para todos.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte