Capítulo 43 . Aquél Alba Tan Triste.

Capítulo 43 . Aquél Alba Tan Triste.

Iosip y su equipo llevan a cabo una misión de exterminio que cambiará para siempre a uno de ellos.

El Sol hacía del Alba una realidad. Un color anaranjado desplazaba sigilosamente al morado cerrado y lúgubre de la noche para dar un nuevo día a un mundo que no se merecía su propia existencia.

Desde la torre de control y avistamiento de la mina, Kuyra dejaba que la luz lo acariciase como si de una cálida brisa se tratase. En contraste, su cabeza se hacinaba de ideas y cálculos metódicos. -Señor, aquí tiene su café- ni siquiera había sido consciente de que uno de sus hombres se había perdonado con su desayuno.

-Maldita sea, estoy perdiendo facultades- pensaba para si mismo.

-Gracias, Ramírez. Puede retirarse- Kuyra no se dió la vuelta. Agradeció a su soldado el servicio y lo despidió sin perder un segundo la vista de aquella ventana.

El cristal blindado reforzado le daba a su visión del bosque un curioso reflejo de colorido diferente a la realidad del entorno. No era lo más óptimo para tener una perfecta visión pero sí para detener un proyectil de calibre cincuenta lanzado a cuatrocientos metros.

Aquella base estaba construida con la mejor y a la vez peor de las intenciones.

Kuyra llevaba un rato observando las tres columnas de humo. Si los cálculos no le fallaban, una vez vista la última columna, no debería demorarse la llegada de sus hombres más de treinta minutos.

Tres soldados, dos hombres y una mujer con un mismo propósito pero con una mente muy diferente.

Iosip, esa gran preocupación. Para Kuyra era como tener un tiburón blanco de mascota, nunca se sabía cuando tu propio animal de compañía se daría cuenta de su propia realidad y empezaría a verlo como alimento..

El café estaba perfecto. Expreso, con sacarina y una nube de leche recién ordeñada. Ese café representaba a la perfección la paradoja que vivía el General en éste momento.

Un sabor amargo, atenuado con un poco de dulzura y todo sumido en un conjunto que abrasaba pero que en parte deseaba disfrutar..

Algo se movía por ahí abajo. Dos soldados de su base se desplazaban hasta la entrada camuflada como un perfecto acceso a la antigua mina. Tres personas más llegaban hasta ellos, si, eran ellos..

Nicolai en primer lugar. Su rifle de francotirador y si arco de carbono colgados del hombro, era difícil no saber que era él.

En segundo lugar, Adriana. Una doncella de la que era mejor no perder el respeto si uno quería conservar la vida.

Tan preciosa, tan letal.. la reina de un mundo de fantasía que se alimentaba de muerte y de oscuridad.

Por último Iosip. Él no necesitaba tener una excusa para matar. La vida se encargó de hacerlo saborear el sufrimiento ajeno como un elixir y cualquier cosa parecida a la empatía era omitida por su consciencia.

Los tres caminaban con un evidente cansancio. Llevaban ocho horas de misión contra un número indeterminado de salvajes y desaprensivos que estaban despojados de la humanidad como sentimiento.

-Ya están aquí, Señor- comunicaba Ramírez abriendo la puerta menos de un cuarto de su recorrido.

El terceto de Kuyra tardó a penas unos minutos en recorrer el interior de la base y personarse en la torre. Oculta, excavada en medio de la montaña de granito, daba una imagen casi completa del bosque desde la ubicación más al norte de éste hasta donde llegaba la vista.

-Señor, permiso para pasar.. -Nicolai, con voz abatida y lastimera, solicitaba acceso al puesto que ocupaba el General.

-Adelante, pasad y sentaros- Kuyra ofreció asiento a los tres agotados soldados. Un par de sillas de oficina y un pequeño sillón orejero esperaban dispuestos para ellos.

Pero algo extraño se mascaba en el ambiente.

Nicolai pasó y se adueñó de la primera silla, su ropa estaba llena de suciedad y desprendía un olor intenso de humo y pólvora.

Adriana, con el pelo suelto y la cabeza agachada, mostraba en su mono de asalto algunas quemaduras y roces, pese a eso, ella parecía estar bien físicamente.

Kuyra no tardó en percatarse de que parecía haber estado llorando. Sus ojos enrojecidos podían ser fruto de la pólvora y el cansancio pero hay un sexto sentido que el General había desarrollado a la perfección, el de oler los problemas desde lejos, y aquí algo no le gustaba demasiado.

La chica se sentó en el sillón orejero y recostó la cabeza hacia atrás. Los haces de luz reflejaban sus intensos ojos negros con un brillo de ópalo mientras ella perdía la vista a través de la ventana.

Por último Iosip. Erguido y desafiante, majestuoso a la vez que temerario, siempre evitando cualquier contacto visual con el General. Iosip sabía que Kuyra tenía ese sexto sentido y por lo tanto ya intuía algún tipo de contratiempo ocurrido esa noche.

Kuyra, después de observar cada detalle de la situación, quedaba despojado de la capacidad de la palabra.

La imagen del uniforme negro de asalto de Iosip no dejaba lugar a dudas, había sido una masacre. Pese a que el barro y el agua habían impregnado su mono de cordura fabricada en nilon, eran más que visibles las manchas de sangre en toda su ropa. El General giró la vista hacia los otros dos, su ropa no tenía ni un pequeño porcentaje de la cantidad de sangre que lucía el checheno. Sólo había que hacer un inventario de miradas para hacerse a la idea de la magnitud que había alcanzado su recién terminada misión.

-Bueno, ¿váis a darme algún tipo de informe o tengo que recorrerme el bosque y adivinar cómo ha ido vuestra fiesta?- Kuyra sabía que esas palabras serían la antesala de una serie de explicaciones que realmente no tenía ganas de oír.

Las miradas se sucedieron en una eternidad de apenas unos segundos de duración. Los ojos de Kuyra recorrían las caras de sus tres hombres sin encontrar un solo gesto que le aportase un resquicio de tranquilidad. Nicolai fue el primero que tomó la palabra. El israelí se levantó de la silla y cruzó los brazos por detrás de la espalda, dirigió la vista a la ventana y se aproximó a ella un par de pasos. Las columnas de humo ya eran menos visibles, el fuego se quedaba sin combustible y sucumbía a la humedad del amanecer en el bosque.

Nicolai carraspeó, tomó aire y sin cambiar de postura se dirigió al General.

-Verá señor…

[ La Noche anterior. 01.00 AM]

Nicolai, ataviado con un traje gris oscuro y un shemag color pitón en tonos negros y azules, espera impaciente en el acceso trasero de la base. El silencio frío rodea toda la base de la mina y el bosque al completo convirtiendo la noche en algo inhóspito para la vida humana.

La puerta hermética de acero, camuflada en óxido y pintura color ocre, se abría produciendo un siseo desde su mecanismo. Dos soldados se ocupaban de que nadie anduviese cerca, escoltando a Adriana y manteniendo el perímetro limpio de personal ajeno a la base, se alejaron a penas un par de pasos de la base y tras un escueto saludo a la soldado y a Nicolai volvieron al interior de ésta. Un pequeño lector de huellas y un teclado para introducir un código de acceso personal eran más que suficientes para controlar el acceso a la base.

Si alguien introducía un código erróneo o la huella daba algún problema de lectura, la alarma silenciosa del sistema enviaría a un equipo de acuda antes de que nadie pudiese darse cuenta.

Adriana portaba una pequeña mochila y lucía un traje bastante ajustado para la misión. Enfundada en un material de kevlar que se asemejaba a un mono de moto solo que diez veces más caro y más resistente. Chaleco de placas cerámicas y casco táctico de asalto.

Una M-Tar y varios cargadores, una Glock en la pernera y una ristra de munición de punta hueca. Todo un equipamiento perfectamente conjuntado para una dama letal en una noche de baile y muerte.

Adriana llegó hasta la posición de Nicolai que descansaba apoyado sobre un contenedor para tierra totalmente inutilizado, el óxido había ganado la batalla contra el metal dejando el antiguo vagón como testigo del paso del tiempo sobre la vieja mina.

Nicolai apuraba el cigarro liado a mano mientras observaba las escasas nubes atravesar la luna con tranquilidad, ajenas a lo que estaba a punto de suceder en la tierra. Trescientos ochenta mil kilómetros de separación entre la inmensa tranquilidad del satélite y la guerra que se fraguaba en ese bosque.

Adriana comprobó sus armas. Giró la vista hacia Nicolai y le regaló una última sonrisa, la última antes de aquella misión, la última antes de que su realidad cambiase para siempre.

Cogió el casco de carbono y abrió las correas para ponérselo-¡Espera! – la detuvo Nicolai.

Ella lo volvió a mirar interrogante, él se colocó justo delante de su rostro y la observó durante unos instantes sin decir nada. Nicolai exhaló el humo que guardaba en sus pulmones y arrojó la colilla sin filtro al suelo. Con su bota aplastó lo poco que quedaba del cigarro y entonces puso las manos sobre los hombros de su amada.

Sus dedos, protegidos con los guantes anticorte, mesaban el pelo perfectamente recogido de Adriana.

No hizo falta decir nada, sus labios se aproximaron en un acercamiento coordinado de amor sincero.

Sus bocas se fundieron en un sólo cuerpo, el latido de su corazón se acompasaba a la perfección y los evadía de cualquier batalla que resonase en sus cabezas.

Sus rostros se separaron lo justo para que la luna se reflejase en las pupilas de Adriana. Nicolai sabía que la suerte le había sido grata dejando que sus vidas caminasen de la mano.

La puerta volvió a abrirse. Ésta vez no salía ningún soldado a escotar a nadie. Sólo Iosip, caminando conlairada de su sólo ojo en dirección al profundo bosque. Se había colocado un parche en su inutilizado órgano visual y había dibujado en él una especie de figura. Un símbolo que él conocía, una runa que representaba el cómo se sentía, una flecha hacia arriba ,TEIWAZ, el guerrero..

Iosip caminaba más deprisa cada vez. Adelantó a los dos enamorados que sobresaltados se habían separado violentamente dejando a medias su apasionado beso.

El checheno los miró con la suficiencia de quien parecía no ser necesitado de amor, de quien parecía tener suficiente con el odio que él mismo se encargaba de mantener vivo e incandescente en su interior.

Sólo unos segundos de ventaja y a la pareja de soldados y amantes les costaba dar alcance a Iosip. Parecía un niño buscando su regalo de cumpleaños.

La noche se cerraba por culpa de algunas nubes pasajeras que se empeñaban en ocultar la luna.

Después de unos quince minutos a paso ligero, se podían intuir en el aire algunos matices de olor y de sonido que los indicaba la proximidad al primer campamento. Nicolai hizo un gesto a sus dos compañeros de misión para que aguardasen. Él poseía un arco con mira aumentada y visión nocturna.

El israelí guiñó un ojo e hizo un recorrido visual.

-Uno, dos… Siete- dijo en voz baja -Parece que nos estuviesen esperando. Iosip no parecía impresionado con la noticia. Pese a que se encontraba en un momento anímico un tanto extraño, el checheno estaba deseando probarse en batalla.

El plan era sencillo, complicado, pero sencillo.

Uno de ellos trataría de distraer a los demás. Sin ponerse en la línea de tiro, debía llamar la atención mientras que los otros dos hacían su trabajo produciendo el menor ruido.

El cebo sería ella. Con el arco nadie disparaba mejor que Nicolai, y gracias a su corpulencia y capacidad eliminatoria, Iosip sería uno de los aniquiladores.

Adriana, como una pantera que acecha, se deslizó entre los árboles que circundaban el campamento. Semi agachada, conteniendo la respiración, dió un pequeño rodeo, pie sobre pie, aplastando la hierba con cuidado hasta situarse a unos cuarenta grados de su equipo con respecto al campamento. A la vista le quedaban casi los siete tipos al completo. -Joder, aún puedo ver su cara, ¡Menuda zorra!, Le di un desayuno que no esperaba. ¡Y delante del cadáver de su marido!- la frase no podía ser más despreciable. Adriana tuvo que oír cómo ese desgraciado contaba a la caterva que tenía por amigos, cómo había violado a una pobre muchacha después de asesinar a su novio.

Adriana frunció su cara y apretó los dientes hasta que rechinaron. Sacó su karambit de la funda y lo esgrimió con la máxima fuerza que podían desarrollar sus dedos.

Tanteó con el pié unos segundos hasta que dió com una piedra lo bastante grande para hacer mucho ruido pero no tanto que fuese poco manejable.

Un vistazo rápido la sirvió para comprobar que los tipos, a parte de ebrios, se afanaban en repartirse algunas cosas. Discutían sobre un botín logrado seguramente asesinando a pobres inocentes perdidos en bosque.

Comida, latas de refresco, un par de paquetes de tabaco..

La chica lanzó la piedra con bastante energía. El pedrusco pasó silbando entre dos de los hombres que discutían y acabó impactando en el brazo de un tercero.

-¡Joder! ¡Me cago en la puta!¿Quién ha sido?

El hombre extrañado, con una mezcla de dolor y rabia, buscaba por el suelo el objeto que había golpeado contra su cuerpo.

Adriana siguió con el plan. Comenzó a silbar desde la oscuridad.

Los hombres se miraron entre ellos. Todos se giraron en dirección a ese sonido. Sin saberlo, iban a ser destituidos de su papel de depredadores en aquel mismo momento.

Era el momento del ataque.

Nicolai, oculto entre los matojos, situó la mira sobre la figura de uno de los desprevenidos hombres. Tensó el arco mientras tomaba aire. Abrió sus dedos y entonces disparó una flecha, tan fuerte que atravesó el cuerpo de aquel pobre imbécil y se perdió en la espesura.

El tipo cayó de rodillas sin saber siquiera lo que le había ocurrido. La sangre brotaba de sus fosas nasales y del costado. Los pulmones habían quedado desgarrados por la mitad. Un par de intentos de tomar aire le valieron para caer muerto al suelo, ahogado en su propia sangre.

Nadie se había dado cuenta. Silenciosamente, Nicolai volvió a cargar el arco. La cuerda de nilon indicaba con un sonido peculiar que estaba al borde de su máxima tensión. La flecha volvió a salir a una velocidad innecesaria.

El impacto por la espalda alcanzaba está vez a dos hombres juntos. El primero caía desplomado, muerto en el acto, el segundo no tuvo tanta suerte. La punta hueca del proyectil había destruido su abdomen y le producía un dolor tal que hubiese preferido morir en el momento.

Tres hombres fuera de combate.

Los otros cinco, habiendo oído el lamento de sus camaradas, se giraron hacia el campamento dejando por un momento de pensar en el silbido que habían escuchado.

Un fallo imperdonable.

Adriana, al ver que habían caído en la trampa, se abalanzó con agilidad felina sobre ellos y haciendo un uso intachable de su karambit acabó con otros tres.

Sólo notaron el golpe, para ellos era tarde..

Un par de cortes limpios por cuello y Adriana se aseguraba de que su parte estaba hecha. Los cuerpos se estremecían en una imágen de espasmos y sangre que casi resultaba hipnótica.

Quedaban dos. Iosip quería hacer buen uso de su turno en aquella matanza. Corrió entre la maleza como lo hacen los rinocerontes cuando deben proteger a su cría.

Salió de pronto sin que los dos tipos restantes pudiesen saber que estaban sufriendo una emboscada, con su cuchillo cerámico en la mano y se posicionó de un salto delante de los hombres que intentaban huir.

-Vaya ,vaya.. los despreciables hombres ahora tienen ganas de correr..

Iosip alzó la mano describiendo un arco descendente le pasó el filo del cuchillo desde el cuello hasta la pelvis al primero. Los órganos de aquél hombre se desparramaron por el suelo. No tuvo tiempo de gritar.

El segundo, con el miedo paralizador que se siente cuando uno se encuentra un tiburón, no pudo más que levantar las manos y dejar caer la pistola que llevaba.

Iosip dió un manotazo contra su pecho y estrujó la camisa maloliente de aquél hombre. Lo sujetaba como el que sujeta un trapo. El checheno estiró la otra mano y cogió la pistola del suelo. -Se te ha caído ésto- dijo sonriente.

Entonces, ante la mirada atónita de Nicolai y Adriana, Iosip agarró el arma por la corredera y comenzó a golpear la cara del asustado hombre con la culata.

Una , dos, así hasta que la sangre y los trozos de carne de la cabeza empezaron a salpicar en varios metros.

Adriana miraba a Nicolai con preocupación. Ni siquiera ella era capaz de tolerar ese sadismo. El cuerpo inerte cayó sobre el de los otros. -Ya está, no queda nadie- aseguró Nicolai.

Iosip cacheó los cadáveres y recuperó la munición y lo que él quiso. Cogiendo de dos en dos, hizo una montonera de cuerpos rezumantes de sangre. Husmeó entre las tiendas y las pertenencias de los difuntos hasta que encontró un pequeño baúl con algo de bebida. El checheno salió de la casa de tela con la maldad escrita en la cara y una botella de ron bastante cara.

Iosip la vació sobre ellos. La fiesta que allí tenía lugar no había acabado precisamente como ellos esperaban.

Girando la cabeza con satisfacción, volcó todo el líquido menos una pequeña parte, con total decisión, sacó de la lumbre uno de los maderos incandescentes y lo arrojó sobre la pila de muertos. Mirando al cielo se acercó la boquilla de cristal a los labios y apuró el final de aquella botella de un sólo trago mientras el fuego consumía la carne inerte.

A penas unos diez minutos de marcha forzada los llevaron al siguiente campamento. El olor a carne quemada los perseguía por todo el bosque. La culpa, del viento y su caprichoso cambio de dirección.

Tres soldados que traían la muerte y que también olían como tal.

Ésta vez no hizo falta que de detuviesen a inspeccionar.

No se oía nada. Sólo la madera consumiéndose en un pequeño fuego y un tipo grueso roncando a su lado.

El hombre, un seboso con peor pinta que un vagabundo, estaba tirado al lado del fuego, rodeado por unos restos de vómito que denostaban una borrachera reciente.

Iosip recorrió el campamento por fuera. Sólo dos tiendas de campaña, una de ellas ocupada por al menos un individuo al que se le veían los calcetines saliendo del habitáculo. La otra vacía.

El checheno, sin miramiento ninguno, tomó de nuevo su cuchillo y salió en dirección al borracho que roncaba.

Una ve a su altura, Iosip dejó caer su peso sobre las costillas del hombre, la rodilla se clavó en lo más profundo de su costado. El crujido de sus huesos retumbó en el bosque como si hubiese quebrado unas ramas.

El dolor fue agónico. Abrió los ojos de golpe. Sin imaginar lo que se le venía encima, literalmente.

Un golpe directo del enorme puño de Iosip acababa impactando en el rostro del borracho. Su cabeza se estrellaba contra el suelo y lo dejaba semi inconsciente.

La ejecución fue instantánea. La hoja de cerámica recorrió todo el diámetro de su cuello, la sangre brotaba de su enorme corte y teñía su ropa de rojo oscuro.

Un par de estertores y su alma iría derecha al infierno.

El otro tipo ni siquiera se había enterado, seguía dormido en su camastro improvisado y luciendo sus calcetines roídos y sucios.

Iosip se levantó y descubrió la entrada de la tienda con la mano derecha. La desgastada lona se abrió mostrando el cuerpo dormido de aquél hombre, su próxima víctima. El checheno volvió a cerrar la tienda, se alejó un metro y se agachó donde había dejado el cadáver desangrándose. Agarró el cuerpo por la cintura y lo introdujo de golpe en la tienda. El cuerpo muerto de aquél obeso hombre había llenado de sangre y otros restos asquerosos todo el interior y al que dormía dentro.

Ésta vez si se despertó. -¿Pero qué cojones…?

Iosip lo miró fijamente un momento. El tiempo exacto para que la víctima se diese cuenta de lo que ocurría.

Volvió a sacar su cuchillo y con bastante velocidad cortó las cuerdas que hacían de viento y sostenían la tela a los árboles. La lona se hundió dejando atrapados al hombre y al cadáver. Iosip rápidamente dió varias vueltas a la tienda y enrolló los dos cuerpos en su interior. El tipo se retorcía intentado escapar, pero no podría hacerlo de ninguna manera. Iosip siguió dando vueltas al siniestro paquete que había hecho y le propinó varias patadas.

Con su enorme bota, hizo que rodase hasta quedar encima del fuego. La tela comenzó a arder con los dos hombres dentro, el vivo, y el muerto.

Los gritos se fueron apagando. El humo y las quemaduras habían robado la vida de aquél hombre. Iosip lo miraba con autosuficiencia, como si te una obra de arte se tratase. Las llamas alcanzaron la otra tienda y también fue reducida a cenizas. Otra columna de humo y muerte se erguía a sus espaldas. Nicolai y Adriana ya no se sentían cómodos con la compañía de Iosip. Se había vuelto un animal sádico y peligroso, para todos.

De nuevo iniciaba la marcha. Una ansiedad enfermiza lo convertía en un arma cargada sin control. Un arma muy peligrosa.

Sus botas se alternaban en un avance frenético al que costaba dar alcance. Tenían tiempo de sobra. No eran ni las tres de la madrugada y ya habían hecho casi todo el trabajo. Les faltaba “Limpiar” el último campamento, el más grande, pero iban bien de tiempo.

losip sabía que allí guardaban algunas armas, las mismas que ellos les habían entregado hacían meses, también sabían que allí guardaban sus reservas de comida y que las pocas mujeres que quedaban en su grupo estaban allí.

Media hora más tarde, el frío empezaba a entumecer los brazos y piernas de los tres soldados. Después de atravesar un infinito pinar, al fin dieron con la ubicación. De día se encontraba fácilmente, de noche el bosque era una laberinto.

Nicolai, que iba primero, alzó el puño cerrado y los otros dos se detuvieron. Ahora ya podían hacer todo el ruido que quisieran, los del bosque no avisarían a nadie porque no había nadie a quien avisar.

Unos últimos instantes de tranquilidad antes de la gran masacre, la última por ésta noche.

El aire frío se deslizaba en los pulmones de los tres acechadores que permanecían ocultos, letales.

Ésta vez sería más fácil ya que podían hacer uso de sus armas al completo. El infierno se avecinaba en aquél lugar.

Iosip esperó la señal. Nicolai pidió que aguardasen un momento, algo había llamado la atención del israelí. Con las cejas señaló hacia arriba y a la vez les mandó silencio. Sobre ellos se mantenía casi oculta una pequeña estructura de madera. Dentro de ella aguardaba un francotirador. El conjunto de maderas lo mantenía oculto para la mayoría de los mortales, pero no para Nicolai, él estaba acostumbrado a luchar contra terroristas y sabía bien sus métodos artesanales para la guerra.

Sacó su arco y una de las flechas de punta hueca, dió unos leves pasos atrás hasta que vio la posición del tirador.

Los dedos de Nicolai colocaron la flecha en el medio del arco y tensaron la cuerda sin hacer el menor ruido.

Un sólo segundo fue bastante. El tiro había sesgado la zona occipital de aquél despistado y le había quitado la vida.

Pero la mala suerte hizo su presencia. El cadáver de aquél hombre se precipitó por el lateral y aterrizó sobre las maderas y chapas del suelo. El enorme ruido alertó a al resto de aquel campamento.

Varios hombres tomaron posiciones, otros se agazaparon tras las casetas. Se oía perfectamente el sonido de varias armas cargando y el cuchicheo de esos tipos interrumpidos sólo por una voz.

-¿Quién está ahí? ¿Qué quieres?- uno de los hombres lanzaba las preguntas sin esperar respuesta.

-Sólo queremos hablar con vosotros..

-¿Iosip?, Maldito hijo de puta.. ¿Por qué no nos dejas en paz?.. – silencio.

El hombre que había preguntado conocía bien al checheno. Era el mismo hombre que había hecho varios acuerdos con él. El mismo que había visto morir a su camarada bajo la bota de aquel loco.

De pronto un extraño ruido se produjo en medio del lapidario silencio. El sonido de la madera rozando con el metal era inconfundible.

Se asomó unos centímetros, la imagen que vió le pareció cuanto menos aterradora. Iosip, sentado sobre un tronco caído, jugando con la punta de su cuchillo sobre la corteza.

-¡Vete!, No queremos nada de tí. Ya no somos socios, ¿Lo recuerdas?- el tipo volvió a esconder la cabeza mientras trataba de pensar algo.

Volvió a asomarse. Iosip ya no estaba sobre el árbol caído.

El tipo, cada vez más nervioso, rezaba porque aquel bárbaro se hubiese marchado, que todo fuese un toque de atención. Los compañeros aguardaban impacientes, atemorizados.

-¡Que te jodan!- Con la pistola en la mano, aquel descuidado hombre saltó de su escondite y apuntó con el arma al último lugar donde había visto a Iosip.

Sólo pudo oír el click metálico del seguro de la M-Tar de Nicolai. El israelí había flanqueado a los hombres que en un alarde de descuido habían revelado su posición con sus gritos.

El arma escupió una infinidad de balas. La munición blindada cortaba el aire y la carne con la misma facilidad. Una ráfaga había acabado con la vida de al menos cuatro de ellos. Nicolai volvió a esconderse en la espesura.

Los cadáveres quedaron tendidos en el suelo luciendo un haber de agujeros y de partes desmembradas por los proyectiles. El silencio reinó de nuevo en aquel campamento.

Dos de los miembros del grupo asediado decidieron que sería buena idea escapar. Al menos la frondosidad oscura del bosque los daría cobertura para sobrevivir a aquel ataque. -Psst, por aquí.. – uno de los componentes, el más ávido, indicaba a otro la posible salida de aquella masacre. Sin pensarlo dos veces se Incorporaron y echaron a correr como alma que lleva el diablo en dirección a los árboles y matojos, no contaban con una pequeña sorpresa..

No habían dejado cinco metros atrás cuando un disparo frenó su escapada. Adriana, gran tiradora, había subido a la plataforma del tirador y había hecho uso del arma de aquél difunto vigía. Sendos proyectiles de siete sesenta escupidos desde el Dragunov Dsv terminaron con la vida de esos hombres. -Dos almas menos, dos más en el infierno- dijo Adriana en bajo mientras dejaba el rifle en el suelo.

No quedarían más de cinco hombres. El campamento estaba casi limpio. Tres tipos más salieron de la nada. Entre maderas y restos de casetas a medio construir, los tres cobardes que se sabían perseguidos no tuvieron peor idea que la de esconderse atrincherados en una de las construcciones de chapas y uralita.

Iosip salió al paso. Sin llegar a interceptar la marcha de aquellos imbéciles, cosa que hizo totalmente a conciencia, llegó al portón construido con lamas y un par de capós de algún viejo vehículo y apoyó la espalda contra él.

Iosip no cabía en sí de locura. Buscó la parte menos gruesa de la chapa y se alejó un par de metros. Entonces sacó su revolver del cuarenta y cinco y abrió un gran boquete con dos disparos exactos. Su ojo parecía valerse por si mismo sin el otro.

Tanto Adriana como Nicolai trataron de averiguar lo que el checheno pretendía con aquello. -Nada bueno- pensaron.

Y nada bueno era.

Iosip sacó una granada incendiaria y la activó apretando la maneta activadora, contó hasta tres e introdujo el artefacto por el hueco.

No se oyó ni un grito. Las llamas salieron por todas las grietas de aquél chamizo y durante unos segundos se sintió el tremendo calor del explosivo. Al menos no se enteraron de su muerte.

Solo quedaban dos. Un hombre bastante más mayor que los demás. Con una gran barba y otro muy delgado que lo acompañaba. Por alguna extraña razón no habían salido corriendo. Quizás supieran que no tenían alguna posibilidad de salir de allí con vida, o quizás fuesen más valientes que los otros miembros de su asquerosa tribu de violadores.

Nada de eso. Los dos tipos se levantaron a duras penas. Un sonido metálico término por aclarar la incógnita.

Los dos hombres estaban encadenados a uno de los hierros que sujetaban una de las casas a un árbol.

Eran prisioneros. Ajados, débiles, incapaces de comportar un peligro para nadie del grupo atacante.

Nicolai los miró de arriba a abajo. Adriana de la misma manera hizo una rápida inspección. Temblaban de frío y de miedo, su cuerpo estaba lleno de magulladuras y sangre. Quizás esperaban a ser ejecutados o algo peor por aquellos hombres del bosque, hombres sin alma.

Iosip miró a izquierda y derecha, sus dos compañeros lo miraron como suplicando un ápice de misericordia.

Pero Iosip no sabía pronunciar esa palabra. Para el la compasión era sinónimo de debilidad.

El arma del checheno se alzó de nuevo, implacable, sentenciadora. Dos tiros más retumbaron en el bosque.

Dos cuerpos más se unían al festín de la parka.

Dos bailarines más en un tango de almas perdidas.

Iosip comenzó a recoger cadáveres de nuevo. Apiló los cuerpos en una montaña de desidia por la vida y de desprecio por la humanidad. La misma operación que en los anteriores ataques. El fuego simbolizaba la victoria sobre aquellos tristes humanos sin humanidad ni vida.

Nicolai comprobó los alrededores, Iosip recogió las armas y la munición, Adriana comprobó la caseta que quedaba en pie.

Entró dando una patada a la endeble puerta de palets y malla metálica y realizó una hábil inspección al completo. Una pequeña cama de playa totalmente mugrienta, un par de sillas y unas cajas de madera. Todo revuelto. La soldado apartó la ropa de la cama con el cañón de su arma, el corazón de aquella mujer se sobresaltaba como nunca lo había hecho.

Entre las sucias sábanas, una mujer sollozaba agarrada a un niño de unos dos años. El niño temblaba de miedo y la mujer lo había tapado los oídos con sus manos. Unas manos solladas por el trabajo y la lucha del nuevo mundo. Sus ojos se cruzaron. Adriana volvió a ser la mujer que era. La novia tierna que abrazaba a los pequeños con los que se encontraba y que había convertido su alma en guerra por amor a Nicolai.

Un sin fin de ideas se apelotonaban en su cabeza. Tuvo que decidir rápido. Si uno de los dos que estaban a fuera entraban, Iosip los mataría. Adriana indicó a la mujer que se escondiese bajo la cama. -¡Rapido, escóndase!

La señora, madre y mujer, le daba las gracias. Sabía que estaba salvando a su hijo y a ella de una muerte despiadada.

-Todo limpio por aquí – gritó Nicolai.

Adriana miró por última vez a los ojos de esa aterrada madre. El pequeño también la dedicó un último gesto, quizás de incredulidad también. Una mirada infantil que abría los ojos para expresar su eterno agradecimiento.

-También por aquí- dijo Adriana cerrando la puerta.

Nicolai ya caminaba hacia el exterior del campamento asolado y humeante. Adriana le dió alcance en unos instantes. -Vamos a la base- le dijo el israelí.

-¿Dónde está Iosip? – preguntó ella.

Pese a todo lo que habían visto, todas las muertes y el dolor, lo peor aún no se había dejado sentir.

-¡Nooooo! Por favooor..

Dos disparos más. El arma de Iosip volvía a resquebrajar el silencio y también el alma de dos inocentes.

Adriana cerró los ojos. Su cuerpo se fue muriendo poco a poco al rededor de su alma ya muerta hace tiempo.

El checheno aparecía de entre los matorrales que rodeaban la caseta donde se habían escondido la madre y el pequeño. Sonriente, feliz. Enormemente complacido de haber terminado con aquellos pobres seres.

-Ahora si que está limpio..

Entonces Adriana se derrumbó. Las lágrimas de su corazón salieron y llenaron de nuevo su alma de sentimientos, de debilidad.

Renovaron su oscuridad interior y la sustituyeron por semillas de una vida oculta que ella misma quiso destruir hace tiempo.

El alba se asomaba, los primeros rayos de un sol poco decidido se colaban entre las montañas y la noche se marchitaba. Como ella.

Desde ese momento, supo que las miradas de aquellas dos criaturas la acompañarían cada noche y cada día para recordarle que una vez fue humana.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte