CAPÍTULO 47. SABOR A MERMELADA Y UN TRAJE ITALIANO.

CAPÍTULO 47. SABOR A MERMELADA Y UN TRAJE ITALIANO.

Adriana duda de su verdadera situación. Azrael y los suyos reciben la visita de alguien que no imaginan realmente quién es.

-¿A qué hora partiremos?, No me gustaría que se nos hiciese otra vez de día. Me parece tan… Triste..

Adriana preguntaba con voz temblorosa. La respuesta de su pareja, Nicolai, no tuvo que hacerse esperar.

-Te noto algo dubitativa. ¿Ocurre algo?. Desde que volvimos de la última misión no has vuelto a ser la misma. De hecho, podría decir que te noto muy cambiada.

Adriana se acercó a Nicolai. Lo miró durante unos segundos y después colocó la mano sobre su mejilla.

La voz que salía de sus labios era errática. Difuminada en tono y con palabras desganadas. En Nicolai crecía la preocupación por ella. Él sabía que tenían por delante un par de trabajos más, los más complicados, por supuesto, pero después nada ni nadie podría interferir en su mandato. El bosque y puede que todo el país sería suyo. Disfrutarían de un planeta sin más rival que lo salvaje.

-Claro que no.. ¿Te he dado algún motivo para que pienses en ello?..

Nicolai se apartó mientras le respondía a su gesto con una caricia de igual calibre. Con sus dedos pulgar e índice la sujetó el mentón mientras acercaba su rostro. El la besó con tono cálido mientras ella cerraba los ojos. El ambiente se relajaba entre ellos dos.

– He propuesto a Kuyra que nos vayamos lo antes posible.- Dijo él mientras daba un paso atrás, alejándose de ella. -Creo que quiere hablar con nosotros sobre ello.

Nicolai la miraba sonriente. Admirando la belleza que emanaba de la brillante imagen de Adriana.

Se acercó a la puerta de la habitación y cerró el pestillo mientras con su mano izquierda desabrochaba la cremallera de su chaqueta.

Sin dejar de mirar a su mujer, su compañera y camarada, Nicolai comenzaba a despojarse de su ropa y dejaba su torso al descubierto. Un juego de abdominales y cicatrices decoraban un torso cincelado en la batalla. Un cuerpo de mediana edad que lucía como el de un joven de treinta años.

Adriana lo observaba sin decir ni media palabra. Él se acercó y comenzó a besarla. Pasaba sus dedos por el pelo negro de ella, recogido en una trenza, mientras su mano derecha se acercaba a los botones del pantalón de cordura que la ceñían un excelente tipo. Un hermoso cuerpo de mujer.

Pero el calor y deseo que se fundían en el pecho de Nicolai pronto tendrían un final inesperado. Un flechazo de realidad que llegaba congelando todo a su paso. Una ráfaga de nieve carbónica que extinguía su efervescencia de amor y lo dejaba tan frío como un sótano.

-Ahora no.. no puedo..

Adriana se echó hacia atrás y girando la cabeza evitó la mirada de su enamorado. También sus labios.

-Está bien- dijo serio él. -No se qué es lo que te pasa pero estás muy rara. Espero que tengas las cosas claras, Adriana. No quisiera verme en una situación complicada y que tu cabeza no esté en su sitio.

Entonces una nube de hielo y ceniza se hizo visible entre los dos. La sensación de amargura se apoderó se sus bocas y los robó la dulzura que tanto habían conseguido hacer perdurar. Ni el fin del mundo ni todas las misiones más sangrientas habían logrado hacer mella en su amor. En su unión. En su inquebrantable sentir.

Pero de repente el sol de su horizonte decidió ponerse. Sin tonos azucarados y sin reflejos sobre el mar. Sólo oscuridad, sólo incertidumbre.

La puerta sonaba. Unos nudillos lo suficientemente toscos como para hacer resonar la chapa blindada les despertaba de su pesadilla.

Nicolai se apresuró en vestirse y con decisión abría la puerta. El marco que daba acceso a aquella cámara de desenamorados no era lo suficiente ancha para poder abarcar los hombros de Iosip.

El checheno esperaba al otro lado. Él y su rostro de gesto desagradable aguardaba impaciente a Nicolai. Su sombra se colaba dentro de la habitación y ocultaba el rostro entristecido y lamentado del israelí . Mejor así. Si los focos de led del pasillo le arrojaban algo de claridad en el semblante no podría ocultar aquél malestar.

-Kuyra quiere vernos, a los dos.. – dijo mientras de reojo desafiaba con la mirada a una ya de por sí abatida Adriana.

Los dos salieron de la habitación. Cerrando tras ellos la puerta de acero, mantuvieron una escueta conversación de camino al despacho de Kuyra.

-¿De qué se trata?- preguntó Nicolai mientras miraba al suelo cabizbajo.

-Ni idea, me ha hecho llamar el muy imbécil y me ha jodido el entrenamiento, ahora tendré que volver a comer.

Entonces Nicolai lo miró y con una sonrisa le espetó- tío, ya estás bastante grande ¿No crees?, Puede que seas el hombre más grande del planeta. Literalmente..

Iosip lo miró y después se miró las manos. Su índice derecho ausente le enervó y dió un tono desagradable a su respuesta. – Seré lo bastante fuerte cuando aplaste a ese hijo de puta con mis manos. Necesito sentir su cráneo crujir entre mis dedos mientras le saco los sesos por la nariz..

Iosip apretaba los dientes y realizaba gestos de estrangular con las manos.

-Sutil, todo un amor- dijo Nicolai mientras le miraba al ojo sin parche. Desde luego que me alegro de estar de tu lado.

-Yo también me alegro- dijo Iosip- al menos tú y yo sabemos lo que hay que hacer..

Entonces Nicolai se quedó parado. La puerta de Kuyra era la siguiente, Iosip avanzaba hacia ella como si ya supiese lo que ocurría entre Adriana y el francotirador. Como si fuese perfectamente visible que ella había cambiado para mal y que Nicolai estaba sufriendo las consecuencias.

-¿Qué has querido decir con eso?.. No puedes dudar de ella, ella nos ayudó a salvarte, ¿Recuerdas?. Ella consiguió colar el arma en tu habitación.

Pero Iosip no contestó. En lugar de eso se pegó a la puerta de Kuyra e hizo su llamada secreta, la del grupo, e inmediatamente abrió y sujetó la hoja para que Nicolai accediera.

Unos cuantos pasos mirando de frente al checheno y ya podía olerse el puro del General.

-Pasad, por favor- dijo el viejo que estudiaba un mapa de la zona. Iosip se sentó a la izquierda de Nicolai dejando el parche a la vista de éste. Nicolai tomó asiento desganado y con un claro gesto de desagrado levantó la cabeza.

Kuyra lo observó unos segundos. No era la primera vez que su grupo daba señales de quebrantamiento.

-¿Ocurre algo?, Te veo pensativo Nicolai, y no me gusta.

-Cosas de mujeres- Soltó Iosip sin mirar a su compañero y sin dar lugar a su respuesta.

-Siempre son cosas de mujeres, por eso no me gusta trabajar con ellas. Siempre se llevan todo a lo personal y dejan que los planes se vayan a la mierda con tal de no dar su brazo a torcer-

Kuyra se levantó de la silla y se colocó a la espalda de Nicolai, apoyó las manos sobre los hombros de éste y miró a Iosip.

¿Puedo estar tranquilo, Nicolai?..

Kuyra lo observaba con la cabeza torcida y la mirada interrogante.- Si claro, señor.. sólo ha sido una discursión sin importancia, cosas de pareja.

-Está bien, confío en tu palabra. Adriana es una más, pero la impulsividad que maneja esa mujer la puede jugar una mala pasada. Si deja que sus emociones la controlen.. no me gustaría perderos en éstos momentos, a ninguno de vosotros. Ya estamos cerca. Muy cerca..

La conversación se alargó bastante. Los datos de los que disponían les ayudaban a trazar un símil de horario y cuadratura de supuestas situaciones. Toda una obra de ingeniería militar para atacar sólo a un pequeño grupo. Nada podía salir mal..

A sólo unas decenas de metros, Adriana, apoya su mano contra el cristal de su ventana. El calor que se genera dentro de aquella base es tan intenso que los cristales permanecen empañados gran parte del día. Recuerda cuando hace unos años llegó a esa base.

Una habitación por persona y todos los lujos imaginables. El día de la tormenta les obligaron a bajar a los sótanos. Una colección de vehículos y armamento les acompañaron durante aquel intenso momento.

Alexander, Zmei, Iosip, todo el personal de la base, un buen grupo de soldados, soldados engañados que no sabían muy bien lo que ocurría y algunos individuos más.

Ella entró como personal de limpieza, después demostró ser una de las mujeres más letales y de las más eficientes de entre los soldados . Una pantera negra con un disfraz de gato doméstico..

Recordaba el momento en el que Alexander hacía aquella llamada.

-El proyecto nuevo amanecer debe comenzar, tomen asiento..

Alexander cerró los ojos, no sabíamos muy bien el motivo. Algunos creen que rezaba, los más cautos. Otros pensarían que trataba de imaginar todo lo que acontecía. Las vidas que segaba con su orden.

Pero Adriana era más dura en sus pensamientos. Ella tenía claro que Alexander estaba disfrutando el momento, su venganza hacia el mundo se acercaba. Unos instantes y se convertiría en el mayor genocida, la mayor masacre contra el hombre moderno. Él era dueño y artífice de un diluvio que ni dios podría ejecutar.

Y así todos se quedaron atónitos, en silencio. Esperando un instante a que la ingeniería espacial y nuclear que habían diseñado los científicos de Alexander hiciera su trabajo.

En aquél subsuelo acorazado de hormigón y cristal blindado todo pasó como una pequeña sacudida. La única información que tenían del exterior era la de una sonda, las Mars Odissey, lanzada en dos mil uno y hackeada por Alexander en dos mil nueve.

A ciento diez millones de kilómetros, los científicos de Alexander se hicieron con el control de la sonda en la órbita de Marte. Nadie hubiese sido capaz de algo así.

La NASA la dió por perdida, pero en realidad había sido secuestrada. Ahora mandaba información continua sobre el Sol y sobre la actividad de éste a los laboratorios de Alexander. Vintila corporation, muerte y destrucción a su servicio.

Las lecturas fueron claras. Una actividad inusual había ocurrido. Millones de veces más potentes que las llamaradas solares corrientes. Un flujo de iones y electrones cuya radioactividad llegaría a la tierra totalmente descontrolado. Un tsunami de fuego y corriente eléctrica que en una fracción de segundo haría su trabajo. Los campos magnéticos quedarían aletargados durante algún tiempo y todo aparato eléctrico que no estuviese debidamente protegidos sería aniquilado. Fundido. Reducido a una masa deforme que abrasaría a todo el que estuviese lo mínimamente cerca.

La imagen de Adriana se entremezclaba con el recuerdo de aquel día. Su reflejo en la ventana se emborronaba y un pequeño destello la despertó de su sueño. Parpadeó y entonces fue incapaz de mantener a recaudo sus lágrimas, otra vez. Últimamente la tristeza se aliaba con su día a día. Le pena nunca es buena compañera..

A unos kilómetros de allí, Azrael permanece apoyado en la parte interior de la enfermería. Aquel lugar le recuerda a cuando fue curado por MaryAnne, a cuando rescató a Maika, a cuando Aurora fue asesinada..

El grupo entero llevaba a sus espaldas un haber de emociones y de malos momentos. Pero también de grandes logros. Habían sido capaces de luchar codo con codo y de aguantar el pulso a los hombres de Kuyra. Habían pagado un precio por ello, pero también tenían la recompensa de seguir vivos, aunque faltasen algunos.

Azrael miraba a su arco. Su cuchillo y una botella de agua permanecían en el suelo, esperando a que un nuevo reto los sacase de su fugaz tranquilidad y a que su dueño los necesitase. Con ellos impartía dolor, pero también salvaba algunas vidas. De vez en cuando, aunque menos veces de las que él hubiese deseado.

Azrael tomó el cuchillo por el mango y observó al trasluz de las velas todo el filo. Permanecía perfecto, uniforme, letal.

Una bisagra delataba la intromisión de alguien. Una persona osaba entrar sin llamar, irrumpiendo así en la sala en la que Azrael se evadía de sus pesadillas y de su cansancio. El borde del cuchillo, acero pulido y un baño de zinc, reflejaban perfectamente las pequeñas llamas que alumbraban aquella sala, también el rostro de la visita. Azrael la conocía bien, por eso estaba tranquilo.

-¿Te has perdido? – dijo él con voz segura.

-Sólo quería ver si estabas bien- respondió Maika. – Tengo algunas cosas que preguntarte.. ¿Es buen momento?.

Maika se acercó a él y se quedó mirando al arco de la misma manera que el superviviente.

-Claro, había pensado hacer un poco de inventario antes de descansar. Ya sabes.. Ver cuánto de aquí puede sernos útil.

Pero Maika no prestaba atención a sus palabras, ella quería respuestas a sus inquietudes. Entonces pronunció la frase.

-¿Quién te dio el chivatazo?..

Azrael la miró fijamente, pero no dijo nada.

-¿Cómo podemos saber si es cierto?, Azrael, en serio, ¿ Quién sería tan imbécil de arriesgarse a darte ese tipo de información?..

Azrael sonrió con soberbia y resopló antes de contestar.

-Es alguien de esa base. Alguien que no encaja en ese lugar, ni con esa gente.. Alguien que quiere dar una segunda oportunidad a su conciencia, que quiere remendar un pasado porque ya no cree que haya futuro. Alguien cuyo alma ha perdido y quiere sentir que no todo tiene que ser dolor y tristeza. Alguien con un brillo en la mirada que el fin del mundo no ha podido apagar, alguien como tú.

Entonces Maika atesoró esas palabras. Azrael había conseguido sagazmente darle la vuelta a la conversación y lo que antes era desconfianza ahora era efervescencia femenina. Maika lo miró de nuevo, pero ahora de otra forma muy diferente.

Los ojos de la muchacha se agitaban con locura y sus labios se apretaban, su lengua repasaba el contorno de éstos de lado a lado mientras su respiración se alteraba.

Cogió la mano de Azrael y con el otro brazo apartó todo lo que había sobre la mesa. Bandejas, utensilios y vendas caían por el suelo formando una cascada que irrumpía en la noche.

Maika quitó el cuchillo de la mano de Azrael, separando los dedos de aquel agarre de goma uno por uno. Como si de un desarme a cámara lenta se tratase, la muchacha arrebataba aquél arma del agarre mientras él permitía que sucediese.

Arrojó el machete con cuidado sobre la camilla. El reflejo de la hoja destelló un tono anaranjado por la pared y entonces Maika separó a Azrael de la mesa. Despacio, se sentó sobre ella y quedó a la altura de su barbilla. Su barba poblada se enredaba con los dedos ajados, ya no tan suaves de la joven. Azrael la miraba, dejando que la confusión del momento lo embriagase, no sabía por qué, pero no quiso oponerse a los acontecimientos.

Dejarse llevar no estaba mal de vez en cuando, quizás él ya se había encargado de todo demasiado tiempo, su mente podía evadirse. Lo necesitaba..

El olor de esa chica era embriagador. Azrael se preguntaba cómo hacía para oler tan bien, allí, en medio de un mundo en el que el aroma a muerte lo invadía todo, una muchacha rubia se apañaba para estar siempre perfumada.

Azrael raramente conseguía darse un baño y lavar su ropa. Mantenía la higiene justa para no contraer enfermedades. Quizás éstos días si había logrado asearse bastante gracias a la normalidad que aportaba aquel grupo a su vida, pero ni de lejos podría oler tan bien como esa mujer.

Cerrar los ojos parecía buena idea. O quizás no tanto, daba igual, la mirada embaucadora de sus ojos ya había capturado los suyos. El brillo hipnótico de sus pupilas se apoderaba de todo, de la situación y del control de sus latidos.

Las manos de esa chica sujetaron con fuerza el cinturón que ceñía aquél pantalón desgastado. Tiró de él tan fuerte que sacudió su alma, atrajeron sus cuerpos y la oscuridad se fundió con un choque de emociones.

Azrael sentía el calor de sus labios. El sabor de la mermelada que ella hábilmente había dejado que inundara aquella carnosa boca.

Las respiraciones se sucedían, profundas, al igual que sus caricias. Ni siquiera había sido capaz de darse cuenta de cuando había desabrochado su chaqueta. Estaba cegado por el momento, tanto que era absurdo buscar explicaciones a todo aquello.

Pese a que Azrael se sentía vulnerable, quería ver como sucedía cada instante. Uno tras otro, hasta que pasase lo que tuviese que pasar..

La cemallera de la parca de caza se abría lentamente. Sólo una camisa y un sostén separaban sus pechos de la piel de Azrael, la tensión podía verse en la oscuridad ahora ya no tan oscura.

Los besos se sucedieron. Una crisis sexual no resuelta, acumulada desde el momento en que se vieron ahora tenía lugar. Era la primera vez en mucho tiempo que Azrael no pensaba en qué pasaría mañana.

Los pulgares rudos del superviviente bajaron el pantalón de la hermosa mujer. La suavidad de sus muslos contrastaba con la piel rugosa y ajada de las manos curtidas del hombre que estaba a punto de desnudarla.

Maika atrapó con las piernas al superviviente. Las cinturas se apretaron. Ya ninguno de los dos podría poner fin a aquel abrazo de lujuria.

Con suma picardía separó su rostro haciendo que Azrael se quedase con los labios cual pez al que sacan del agua. Sonreía. Por fin sabía que no era sólo ella la que sentía algo entre los dos.

Quería ver una vez más el rostro de aquel hombre. El mismo que la hacía sentirse protegida. El mismo que despertaba sus miedos.

Azrael se quedó prendado en sus pupilas. La llama de la vela se dibujaba en ellas y bailaba con un descarado ritmo sin sonido.

De pronto la seriedad de Azrael enfrió el momento. Tan rápido como pudo, agarró su cuchillo y su arco y apartó a Maika de la mesa lanzándola sobre la camilla. Ella no entendía nada.

-¡Corre! ¡Agáchate! – dijo él con toda la intensidad del mundo. – He visto algo..

Y así era. Dos luces habían recorrido fugazmente las pupilas de Maika, justo en un segundo anterior. Azrael sabía que esa luz no tenía origen en su campamento. Venía de fuera, seguro.

Él se pegó a la cristalera justo en la parte que quedaba cubierta por los carteles. Un pequeño murmullo llegaba a sus oídos. Maika, que abrochaba su chaqueta apresurada, aún no se había dado cuenta de lo que pasaba a sólo unos metros. Azrael, ya armado, se arrastró en la parte baja del muro hasta la entrada. Asomó su cabeza lo justo para ver que en la caseta que ocupaba el restaurante se había quedado en un posición similar el bueno de Marion.

Azrael le hizo un gesto y éste le respondió con la cabeza, los dos habían oído ese ruido, pero Marion sabía de dónde procedía, así que le marcó la dirección de la entrada al complejo con la mano que le quedaba. Azrael asintió.

Un pequeño empujón con el hombro y la puerta dejó que asomase la cabeza, una ráfaga fría de viento descendente le heló la piel.

Hace unos segundos estaba sintiendo el toque cálido de las manos de Maika, ahora el despiadado clima lo aturdía.

Por fin vio al completo los accesos. El lugar estaba tranquilo. Seguía oyendo el murmullo pero ésta vez no se veían luces.

Salió al exterior, el aire entumecía sus manos descubiertas y le provocaban un daño tremendo en los dedos. Dos grados bajo cero, calculó así por encima.

Todos empezaron a asomarse. Marion, MaryAnne, Julius, Jhon, Brian..

No quedaba nadie dentro salvo Rachel y los niños.

El mar de incógnitas se sucedía. Las miradas interrogantes, las dudas, el miedo y la incertidumbre. Todos miraban a Azrael como si él supiese lo que estaba a punto de ocurrir. Nada más lejos.

De pronto, el murmullo se elevó de tono y comenzaba a ser audible con una claridad inquietante. Las dos luces de nuevo.

-¡CUBRIOS!

Azrael daba una orden clara. Las dos luces apuntaban directamente hacia ellos a la vez que aquel sonido por fin desvelaba su origen.

Dos focos inundaban todo cuanto estaba a la vista. El sonido cesó. La rodadura de sus orugas de goma habían atronado los pensamientos de Azrael desde hacía un buen rato. Pero al fin el sonido de la nieve y ramas sucumbiendo a ese transporte había acabado.

Todos corrieron a esconderse. Todos menos Marion que empuñaba el arma de asalto que una vez perteneció a los hombres de Kuyra.

La gente desapareció. Sólo Marion y su soberbia hacían frente a un mal desconocido.

Los focos se apagaron. El vehículo eléctrico dejó de emitir ruido alguno salvo el de la puerta del piloto abriéndose. De él, descendía una bota de goma y nilon a la que seguía un pantalón de camuflaje negro y gris. Marion bajó el arma.

El soldado recién apeado del vehículo se sacudió la ropa y crujió su cuello. Marion sonrió enseñando los dientes.

-¿os habéis perdido?

Pero el soldado no contestó. Fijó la mirada en el tullido decrépito que tenía delante y poco a poco bajó la mano hasta un revólver que guardaba en su pernera derecha.

Como en un duelo, el soldado acariciaba el arma mientras mantenía el pulso con la mirada. Dos pistoleros frente a frente sin saber aún porqué.

El soldado sacó el arma con velocidad y lo apuntó hacia el cazador. Para su sorpresa, éste se escoró tras la puerta del restaurante y apuntó con su M-tar a su cabeza.

-Dime, viejo.. ¿Crees que podrás darme antes de que acabe contigo?..

Marion volvió a sonreir. – ¿Acaso lo dudas?, tengo un cargador listo para dejarte irreconocible.. – contestó con suficiencia.

-Jaja, no me hagas reír. Estoy seguro de que ese trasto ni siquiera tiene balas…

Entonces Marion bajó el arma y con el talón izquierdo accionó la corredera. Un cartucho saltó del arma y el siguiente quedó en la recámara. Volvió a apuntar hacia el soldado que parecía complacido de ver aquella filigrana.

Por las esquinas y recovecos comenzaron a salir los miembros del grupo. Armados con sus cuchillos y arcos, dejaban entrever al soldado que Marion no estaba solo.

Aunque ellos ya lo sabían.

La puerta del copiloto se abrió. Ésta vez la sorpresa fue mayúscula. Un zapato perfectamente pulido se posaba sobre la nieve embarrada.

El traje de lino y el tres cuartos de corte italiano le quedaban a Alexander como un guante.

Todos se levantaron y aparecieron ante lo que parecía una broma de un extraño gusto.

Un tipo vestido como si viniese de la ópera, acababa de bajarse de un transporte moderno alimentado por baterías.

En medio de un bosque helado, de un mundo helado y de un futuro helado.

-Está bien caballeros, guarden sus miembros y dejen de hacer estupideces. No hemos venido aquí para eso.

Alexander caminó en dirección a la parte de atrás del vehículo. No había llegado a la mitad de éste cuando el filo de un cuchillo se mostró ante su cara. Una hoja de treinta centímetros amenazaba su rostro. Todos se pusieron en tensión. Todos menos el propio Alexander.

-¡Vaya!, parece que tenéis bien cubierta la retaguardia- Vladimir, que había visto todo desde su cobertizo, había sorprendido a Alexander con su maniobra no tan perfecta.

-Se ve que os tomáis en serio vuestra protección.. – dijo mientras asentía.

-Debéis saber que yo también..

Un segundo hombre, uniformado al igual que el primero, apoyaba la bocacha de una escopeta de asalto AA-12 contra la espalda de Vladimir.

-¡Camina abuelo! – Espetó con desprecio.

Vladimir caminó hasta la posición de Marion y se giró frente a los soldados y Alexander que observaban la situación con la seguridad del que tiene un arma.

-¿Sabéis aquella escena en la que un vaquero apunta a otro hombre y le dice: en la vida hay dos tipos de personas, los que tienen el revolver cargado y los que cavan..?

Pues vosotros caváis.. Jajaaj pero tranquilos, no vamos a pediros que hagáis un agujero..

Entonces una voz inconfundible se dejó oír entre los pinos que cubrían los tejados de aquellas casetas.

-¿Quieres un agujero? Yo te haré uno..

Entonces una flecha surcó la oscuridad de la noche y débilmente iluminada por los candelabros y farolillos, se clavó entre las piernas del soldado que llevaba la escopeta.

Todos sonrieron, menos Ramírez y Ewan. Todos reían para sí mismo menos Alexander, él lo hacía a carcajadas mientras aplaudía.

-Jajajaja, sois maravillosos, realmente maravillosos, enormes. De verdad que me habéis encantado. Para ser un grupo tan reducido tenéis unas pelotas que no caben en éste bosque. Creo que haremos buenos negocios.

Entonces Alexander dió unos pasos hacia el lugar de donde había salido la flecha y apuntó con una pequeña linterna que alumbraba como un demonio.

Azrael dio un paso y se mostró ante aquella luz, podía verse claramente la punta de acero de su flecha dirigida hacia Alexander.

-Ahora veo porqué habéis sido tan difíciles de borrar del mapa. Puedes bajar, y tranquilo, si hubiese querido mataros hubiera volado éste sitio con el semtex que llevo en el maletero y ahora estaría escuchando música y disfrutando de un té en vez de estar aquí a oscuras y helándome los huevos.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte