CAPITULO 49. El Extraño Vagabundo.

CAPITULO 49. El Extraño Vagabundo.

Alexander se da cuenta de que su plan tiene fisuras. Su enemigo ahora es el tiempo en contra.

Quizás esa noche era de las más frías que Ewan recordaba desde que se establecieron en aquél bosque, los cristales blindados se escarchaban en su parte superior a medida que el aire se estrellaba con el transporte. Alexander había pasado todo el camino girado hacia la ventana, como si estuviese enfadado con el mundo, otra vez.

El vehículo se aproximaba al punto de recogida. En el lugar acordado, las orugas se detuvieron y la compuerta se abría para dejar paso al equipo de tierra.

Ocho soldados, equipados con vestimenta camuflada en grises y blancos se apresuraba a entrar por el acceso de la corredera.

-Vamos, vamos, vamos.. – Martínez se había bajado para facilitar la entrada de sus compañeros y les instaba a desaparecer de la zona lo antes posible.

Los chicos se sentaron a lo largo de unos bancos que recorrían el interior del transporte. Todos, cinco en un lado y tres en otro, Vintila los miraba, dejando que todos ocuparan su lugar.

La luz granate de interior se dejaba caer sobre los hombres de forma tenue y los delataba cada vez que miraban hacia su jefe.

No saludaba, ni siquiera parecía haberse percatado de que sus hombres estaban con él en ese pequeño espacio.

-Bien, la cosa no ha salido mal. ¿Verdad, jefe?- pero Alexander no contestaba.

Todos se apoyaron en la parte que protegía sus espaldas, dejaron que la culata de sus armas descansase en el suelo y trataron de no pensar demasiado aquello.

Al fin y al cabo había sido una misión tranquila. Normalmente era una excepción el no tener que usar munición, o el no tener que enterrar a un compañero.

El vehículo, con espacio para quince soldados dispuestos en su parte trasera y tres en la delantera, avanzaba incesante trazando sendas marcas de orugas allí por donde pisaba.

Todos entendieron el silencio de Vintila como una señal preocupante.

Ewan, el hombre que más tiempo llevaba junto a Alexander, agarraba con fuerza el volante de goma mientras observaba por el retrovisor los ojos de sus compañeros. De alguna forma todos esperaban que él fuese quien rompiese el hielo.

Pero Ewan conocía demasiado bien a Alexander. Su cabeza era un nido de serpientes, si estaba agitado era mejor darse la vuelta y esperar. Y parecía estar bastante molesto.

Alexander miraba de reojo a la ventana, los árboles se sucedían y desaparecían al escapar del alcance de sus focos.

Un camino que no suponía ni haber recorrido cinco kilómetros se había hecho más largo que toda aquella espera cerca del complejo de Maika.

Pero ya estaban en casa.

La operativa de costumbre. Dos hombres se bajaban, hacían el recorrido a pie y comprobaban el acceso. Alexander sabía que Kuyra trataría de quitarlo del medio como fuese.

-Tango a base, todo despejado.

-Base uno a Tango , recibido. Proceda.

El sonido siseante de los hidráulicos de gran tamaño que accionaban el mecanismo precedía a la apertura.

La lengua de luz amarillenta que se escapaba por debajo de la puerta, dibujaba la silueta de dos soldados, a medida que la gran hoja de acero se ocultaba en el espacio superior, las figuras de dos tipos rudos y sus fusiles de asalto quedaban a la vista del vehículo y de sus ocupantes.

Uno de ellos agachó el torso y aseguró por el espacio que había desocupado la puerta de quién se trataba. Una pequeña señal con los dedos en la sien daba el saludo al transporte del jefe. El ser supremo. El Jotún..

La puerta se detuvo exactamente unos centímetros por encima del nivel que tenía el techo de aquella maravilla de la ingeniería. El transporte avanzó con su sonido metálico y su silencioso siseo eléctrico. Cuatrocientos caballos para un vehículo del que ya nunca se fabricarían más copias. Prototipo propiedad de Construcciones Vintila creaciones para la vida a través de la muerte.

El techo de carbono y láminas de Kevlar pasó a escasos centímetros de la puerta, todo estaba medido, todo estaba siniestramente ajustado.

Alexander era metódico y todo cuanto existía a su alrededor debía responder de igual forma.

Una vez dentro, se seguía el protocolo al milímetro. Los dos tipos que escoltaban la entrada se fijaban en los rostros de cada compañero y entonces salían a revisar que la puerta topase en su hueco de nuevo sin ningún “visitante” por los alrededores.

La bóveda que hacía de hangar para vehículos se alzaba a su alrededor. Un par de metros de desnivel respecto al suelo conformaban el espacio donde descansaban un par de transportes como el usado por Alexander aquella noche.

Un trio de ATV y unos armarios blindados dispuestos en hilera, ocupaban la mayor parte del garaje. Equipados en su interior con lo que parecían ser las herramientas de mantenimiento y algunas armas desmontadas, cada armario tenía diapuesto un ATV y cada ATV dos cascos balísticos y dos monos de Kevlar.

Al igual que los bomberos solían dejar sus botas con el pantalón ignífugo metido, el equipo de Alexander siempre iba un paso por delante. Si se podía ahorrar tiempo en estar disponibles para la batalla, ellos arañarían cualquier segundo.

Bancos de trabajo y un pequeño gimnasio. Eso era todo en aquel lugar pensado para la guerra.

Alexander se bajó del vehículo sin prestar atención a la mano que Ewan le ofrecía para ayudarle. Inició un paso ligero hacia el pasillo que conducía a los pisos superiores y espetó una cuantas palabras para no parecerse demasiado a un jefe y darse unos brochazos de líder comprensivo y cercano.

Cosa que todo el mundo sabía que no era.

-Ewan, Martinez, en cinco minutos os quiero en mi despacho. A los demás, buen trabajo y bla bla bla. Seguid así. – y subiendo las escaleras de hormigón a toda prisa desapareció de la vista de los demás.

-Id recogiendo todo vuestro equipo y marchaos a descansar. Es una orden.

Martínez se autoproclamaba jefe durante unos momentos. No para quedar por encima de ellos, él no tenía nada que demostrar.

-Chicos, muchas gracias, muy buen servicio..

Martínez quería poder agradecer desde una posición elevada, orgánicamente hablando, el esfuerzo de los suyos, ya que a Alexander la humildad a veces se le hacía una bola intragable.

Los dos soldados del exterior se colaron por debajo de la hoja mientras ésta se deslizabade forma suave pero imparable hacia su posición final.

Pulgares en alto. La base quedaba sellada.

Alexander la mandó construir de forma paralela a la base de la mina. Todos los detalles encajaban con su personalidad.

Férreas medidas de seguridad, frialdad y a pesar de eso todas las comodidades exigibles en una casa de retiro.

Despensas llenas, frigoríficos e invernaderos que se alimentaban de luz a traves de generadores y placas solares.

Vintila sabía que en caso de que los planes no saliesen del todo bien siempre tendría su bunker, armas y su círculo de soldados de confianza con los que plantar cara a quién se entrometiese entre él y sus planes.

Nunca dejaría su suerte a una sola carta. Él precisaba tener varias opciones en su mano y si era posible se llevaría la baraja completa.

Ewan, se había quedado dando instrucciones a sus hombres. Por el contrario Martínez había hecho caso omiso de su cansancio y se apresuró en recordarle la orden de Alexander. – Vamos, el jefe quiere vernos- y los dos emprendieron el camino de forma similar por las escaleras.

Las piernas parecían no querer avanzar por la escalinata de hormigón y hierro. La barandilla parecía lejana. Y todo para volver al despacho de Vintila. – Dios.. ¿Qué quería ahora?,- eran las tres de la mañana y Martínez anhelaba su camastro y una taza de té caliente.

-Pasad, sentaos. Solo será un momento.

Alexander los esperaba, tranquilo, sentado junto a una cafetera bastante moderna. Una luz verde se encendía en un pequeño piloto del electrodoméstico. El agua estaba hirviendo.

Tres tazas se disponían en hilera entre ellos y Alexander. Tres bolsas de té de hierbas provenzales con miel. Alexander las llenó al el mismo nivel exactamente. La misma cantidad. Ni una gota de más y tampoco de menos.

Vintila colocó el recipiente de metacrilato y acero sobre su base y se recostó sobre la silla con las manos cuzadas.

-Bien, decidme.. ¿Qué os ha parecido lo de ésta noche?.. – buscó con la mirada los ojos de sus hombres. Sólo rompió su helada postura para agitar la bolsa de su taza y aplastarla con la cucharilla.

-No se que decirle, señor. – Ewan se explicaba primero mientras Alexander disfrutaba de su té y Martínez daba vueltas a su taza.

-Puede ser que esa gente haya tenido suerte. Por lo que hemos visto son pocos y quizas alguno de sus filas tenga algo de entrenamiento, pero no creo que nos sean de gran utilidad. Puede que el tipo ese con pinta de vagabundo chalado, Azrael creo recordar. Puede que ese tipo si nos pueda llegar a proporcionar algún apoyo. Pero no sabemos nada o casi nada de los demás.

Para mi son un grupo residual que ha sobrevivido por algún motivo que desconozco. Pero no se si todo ésto merece la pena. Deberíamos arrasar ese pueblo en cuanto tengamos la ocasión-Ewan se despachaba con desgana sobre la cuestión que los abordaba en ese momento. Terminó de hablar y tomó el recipiente con su té, se lo aproximó a su cara y aspiró el aroma de albahaca y miel.

Vintila asintió y acto seguido giró la vista hacia Martínez. Alzó las cejas y le indicó que podía dar su opinión al respecto.

Verá, señor.. Yo se que quizás puedan sonar algo paranoicas mis palabras, pero el caso es que no me gusta nada ese grupo. No se cuál puede ser la razón pero me generan algo de desconfianza.

Un tullido, un colgado con un arco, la mujer esa con ropa de jardinero.. De verdad que me parece un misterio y a la vez un dato a tener en cuenta que hayan sobrevivido hasta ahora.. Quizás no deberíamos haberles dado esas armas.

Martínez se excusaba con la mirada mientras Vintila asimilaba aquella opinión.

-A eso es a lo que me refería- Alexander alejó la silla unos centímetros más atrás y se levantó de pronto. Metió su mano izquierda en el bolsillo y se pasó varias veces la derecha por su barbilla.

Al menos había dado unos diez pasos con ese mismo gesto. – Cuando yo era joven, recuerdo que iba siempre a la escuela de música en el coche de un escolta de mi padre. Cada día pasábamos por el mismo sitio y no tardé en darme cuenta de un detalle. Un mendigo.

Recuerdo que el tipo en cuestión pedía limosna en la entrada de un pequeño comercio. La zona era bastante acomodada y no solían durar demasiado los pobres por allí.

Pero él, por alguna extraña razón, estaba allí. Cada tarde, sin falta.

Llovía, nevaba, hacia calor.. Con gente, sin gente.. Ese hombre parecía formar parte del decorado de aquella calle gris.

Al principio puedo juraros que me hacía gracia. Él me saludaba en alguna ocasión. Incluso pensé en pedir alguna vez que parasen el vehículo y darle alguna limosna. Pero se que esa idea no tendría ninguna posibilidad ya que el protocolo de seguridad lo impedía.

El viejo Mercedes blindado no se detendría salvo en los puntos acordados en el plan de escolta.

Pues bien, cuando ya pasó el tiempo, semanas después del trágico asesinato de mis padres, tuve que hacer un reconocimiento en varias ocasiones.

Alexander recordaba la oscura sala donde el servicio de seguridad de su padre le enseñaba fotos en blanco y negro de posibles asesinos, delincuentes, sicarios..

-En una de las interminables sesiones, por fin me enseñaron algo que me hizo temblar. El pavor se apoderó de mí y volví a sentir el miedo y la tristeza de aquella mañana.

El rostro de aquel vagabundo se encontraba entre los individuos que se sospechaba tener alguna relación con el atentado.

El rostro de aquel vagabundo, con la cara lavada y bien uniformado.. ¡Éste es el vagabundo que veo cada mañana y cada tarde!

Entonces todos se miraron. Diez días después atraparon a ese canalla en un domicilio bastante lujoso a las afueras de Kiev.

Ex espía del gobierno, convertido en asesino a sueldo por las mafias que lo movían todo en la antigua dictadura soviética.

Había espiado nuestros movimientos cada día junto con otros tantos que por supuesto fueron ejecutados después de contar cada detalle.

Por eso nunca habían echado a ese indigente de allí, porque lo habían puesto ellos para seguir nuestros pasos.

Las cosas no ocurren si sentido y menos en un mundo en el que es tan fácil quitarse a alguien del medio.

Enfocad esa historia al hecho de porqué ha sobrevivido aquel grupo y entenderéis por qué aún respiran.

Kuyra no es un necio, puede que haya subestimado a ese viejo.

-Entonces-preguntó Ewan- usted +, ¿piensa que Kuyra ha planeado aliarse con ellos?.

-No, no es tan sencillo, Ewan.. Creo que Kuyra pretende usarlos contra nosotros.

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-Acerca esa vela- Azrael señalaba un pequeño candelabro con una vela a medio consumir.

-Toma, estoy deseando ver lo que hay en esa bolsa.

La luz minúscula de aquella llama se tambaleaba. Suficiente para ver a duras penas lo que les rodeaba en aquella enfermería. Maika colocó su brazl sobre el hombro de Azrael mientras éste corría la cremallera de la bolsa negra. ¡Ziiiiiip!, Maika asomó su inquietante mirada por encima del hombro derecho de Azrael. El superviviente prestaba atención al interior mientras se colocaba sus guantes anticorte. Nunca había que fiarse -pensó-.

Los guantes marca Mechanix de color camo urbano le ajustaban perfectamente. Un lujo de guantes que no eran fácil de encontrar emn la actualidad, salvo que se los robases al cadáver de un tipo bien equipado.

La bolsa se abrió, la respiración de Maika se enfundaba de brisa al pasar por la mejilla del superviviente. Pero en ese momento no podía distraerse con ella.

Una culata asomaba de la bolsa. Empuñadura de goma y cuerpo inconfundible. Una Spas de asalto.-! Menudo regalo!-dijo ella.

Un par de pistolas de calibre nueve, granadas cegadoras y munición.

Sobres de comida deshidratada, cecinas varias, tabletas de chocolate con leche y algunas barritas de aprovisionamiento militar. Pastillas de complejo vitamínico y minerales. Un buen puñado.

Por último una caja pequeña. Azrael la abrió con la punta de su cuchillo y la colocó sobre la mesa. Era la emisora.

La radio con la que debían dar respuesta a Alexander en unas pocas horas. Dos baterías más. Eso era todo.

-¿Qué te parece? – Preguntó Maika manoseando la pistola Glock como si nunca hubiese visto una.

Azrael, había apoyado las palmas sobre la camilla y había quedado pensativo. Perdido de mirada, enfocaba con desgana la imagen de aquella bolsa abierta y aquellas armas. Algo se le escapaba, algo no le cuadraba en todo aquello. – No se.. No se qué decirte. Todo ésto me parece muy extraño. Realmente ese tipo nos necesita, de lo contrario seríamos historia.

La mirada de Azrael se entrelazaba con la de la muchacha y se entretejían en un mar de dudas.

-Vuelvo a perderme en esos ojos… – pensó Maika.

Pero algo los sustrajo de su inopia.

Algo se había movido en el fondo de la sala. Demasiado ruido para ser un pájaro. Demasiado poco para ser un hombre.

Azrael se agachó con prestitud y Maika le siguió. Ésta introdujo un cargador a toda velocidad en el hueco de la pistola y tiró de la corredera.

La Glock 17 Blowback tenía un sonido inconfundible al ser montada. Un sonido que se oyó en toda la enfermería.

-¿Quién coño anda ahí? – blasfemó con agresividad mientras Azrael se sorprendía de las palabras elegidas por su compañera.

Pero el silencio se hacía aún más largo.

Maika se cansó de esperar y tomó la decisión valiente de salir desde un lateral.

Apuntó con su nueva arma hacia el lugar de origen del ruido y volvió a gritar. – ¡Vamos!, ¡asómate!..

Y así ocurrió. Unas pequeñas manos se dejaban ver por encima de la última camilla de la sala.

Demasiado grandes para ser de un niño, demasiado pequeñas para ser de un hombre..

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte