Capítulo 50. La Lealtad Como Patria.

Capítulo 50. La Lealtad Como Patria.

Iosip recuerda una misión de hace algún tiempo en la que perdió parte de su humanidad.

Pequeños haces de luz iluminan la escena. La aldea de Sukpak, al sureste de Rusia, era testigo de una inusual batalla.

Un joven Iosip, cuya barba reflejaba con la luz de las linternas, permanecía sitiado en el centro de un conjunto de casas rústicas que componían aquella pequeña población.

En un principio pertenecieron a los humildes agricultores y trabajadores de la mina. Allí se reunían por las tardes y domingos, cuando el tiempo daba lugar al ocio y el descanso. Pastores, mineros, agricultores..

Hombres humildes y recios que habían encontrado un lugar perfecto para el asentamiento de sus hogares y familias.

Pero un fatídico día, Alexander puso su ojo, un ojo calculador y frío, sobre aquella zona.

El lugar era perfecto para sus planes.

Ya nadie podría arrebatarle la idea de apoderarse del lugar, y mucho menos unos campesinos harapientos. Para Vintila no había problema en eliminar a un puñado de seres, sus planes ya comprendían el borrar del mapa a muchas más personas.

Se eligió un día al azar. Kuyra decidió que sería un lunes por la mañana. Los hombres estarían cansados del fin de semana ocioso y los niños debían ir a la pequeña escuela de chapa y adobe. Todos estarían en esa aldea a cierta hora y era un momento perfecto para quitarse del medio aquel pueblucho.

Pero los planes de Kuyra no iban a salir tan perfectos como él creía.

Confiar en las personas equivocadas sólo podían hacer torcerse incluso el trabajo que aparentaba ser sencillo.

Iosip había insistido en llevar a cabo el trabajo. Irían él y su compañero, Unclepil.

Iosip llevaba ya muchas misiones a su lado, sabían trabajar en tandem y cuando la compenetración era tan perfecta, se sumaba a su extensa preparación y la armonía era absoluta.

Ejecuciones limpias, asesinatos, limpiezas y protección para los suyos. Kuyra no dudaba en elegirlos cuando precisaba de escolta para él o para alguno de sus superiores. Incluido el propio Vintila.

Pero hay días en los que sin saber por qué, se toman las decisiones equivocadas.

Kuyra envió un pequeño equipo de cuatro soldados, dos de ellos eran prácticamente recién llegados.

Críos con ganas de tapar su falta de personalidad y su baja autoestima a base de gatillo.

Iosip ya conocía ese tipo de gente. Temerarios que dejaban con el culo al aire a todo el equipo y a los que el mismo checheno dejaba avanzar para que sirviese de cebo cuando no lo veía claro.

La misión tenía hora de comienzo a las seis, cero, cero del lunes. Un helicóptero Kamov KA sesenta los dejaría a tres kilómetros de la aldea. El ruido del río Yeniséi y el viento que hacía aquella mañana debían tapar el sonido del rotor del transporte.

Bajarían los cuatro y caminarían en hilera hasta el pueblo. Ellos ya conocían el hecho de que a las seis y cuarenta exactamente partirán dos pequeños camiones de obra en los que transportaban a los hombres que trabajaban la mina.

La misión consistía en interceptar dichos transportes con su RG6 desde una distancia prudente y luego abatirían a los sorprendidos campesinos y a sus familias.

No tenía mucho sentido que algo saliese mal. Pero cuando las cosas no se hacen bien desde un principio ocurren las desgracias.

El Kamov aterrizó en el lugar indicado. El viento soplaba con fuerza y el río bajaba embravecido. Todo como se había previsto.

Los hombres cubrieron el terreno que les separaba de la aldea. Una hilera de hombres que se separaban entre ellos unos cuatro metros, la distancia a la que sufrían una emboscada y disparaban contra ellos o lanzaban una granada, no podrían eliminarlos a todos sin que alguno consiguiese dar la alerta al helicóptero.

El primero llegó a la entrada de la aldea. Pequeñas casas de construcción rudimentaria y precaria que se decoraban con aperos de labranza y cuerdas de tender la ropa.

No veían los transportes. El primer soldado miraba nervioso su reloj. Las seis y cuarenta. No había un alma en aquél pueblo.

-¡Maldita sea! – blasfemaba en un gruñido interno. Algo iba mal. Ya habían pasado varios minutos desde que debían haber partido los camiones con los trabjadores.

El segundo soldado, cansado de esperar, sucumbió a su ansia y su falta de experiencia les costó caro a todos.

Ni siquiera pudieron ver el haz de luz roja que los apuntaba.

Varias ráfagas de interminables disparos, abatían a tres de ellos y dejaban malherido al primero de la ya inexistente fila.

Varios soldados del ejército ruso se acercaron encañonando a los cadáveres de los tres hombres y al soldado que quedaba luchando por respirar.

Uno de los militares se acercó al hombre y le dió una patada en la cara. La bota le impactó en la mandíbula y la hizo crujir. Pero él ya no sentía nada. El color azulado se apoderaba de su visión y todo se sumía en un túnel infinito y en ecos de ruidos imperceptibles.

-Coged sus cuerpos y quemadlos. Entregad sus armas a los hombres de la aldea y dejadles algo más de munición.

El hombre al mando sabia que tarde o temprano volverían a intentar apropiarse de aquella zona. Él sabía con quién trataban.

Vintila era el único psicópata con capacidad de plantar cara a un ejército.

El soldado se agachó a escasos centímetros del ya fallecido soldado. Un charco de sangre emanaba de los agujeros que los proyectiles habían producido en su malogrado cuerpo.

Tomó la radio y la sopló mientras apretaba el comunicador.

Sólo hubo que esperar unos segundos.

-Kamov uno a chacales, espero su orden. He oído disparos. Espero confirmen retirada…

El soldado sonrió mientras se acercaba la emisora a los labios y volvía a apretar el botón lateral.

-Si los chacales a los que esperas son éstos cuatro cadáveres que tengo aquí, ya puedes irte. Dile a ese inútil de Kuyra y al tarado de Vintila que deje a ésta gente en paz.

Dicho ésto, el soldado tiró la radio al suelo y la aplastó con la suela hasta dejarla inservible. – Nos vamos – Dijo realizando círculos con su índice derecho hacia el cielo.

El Kamov escapó a toda prisa. Ni siquiera notificó su vuelta. Simplemente cubrió el camino de vuelta sin dar una sola señal de vida hasta que solicitó el permiso de aterrizaje una vez hubo llegado.

Las hélices se detuvieron. El piloto y artillero bajaron inmediatamente del aparato y se presentaron ante la figura de un Kuyra que no cabía en su traje de la ira que procesaba interiormente.

-Deme un solo motivo para fusilarlo y lo haré con todo gusto soldado.

Kuyra ansiaba unas explicaciones que él ya conocía en su interior.

-La misión ha sido un fracaso, Señor..

El piloto del kamov, un Ruso ex militar del ejército nacional, antiguo miembro soviético curtido en mil batallas, ahora temblaba ante un Kuyra que no perdonaba los errores.

Todos allí sabían que Vintila no entendería el fracaso de aquella misión de ninguna manera.

Las explicaciones sucedían entre excusas y lamentos que se agolpaban entre tartamudeos y sollozos de aquel piloto y su artillero.

Kuyra asintió con la cabeza mientras daba vueltas a la siguiente opción. Nunca le era grato reconocer su equivocación y ésta vez era peor, pues Iosip ya le había advertido de que la misión no debía dejarse en manos de aquellos ineptos.

El General se dio la vuelta de forma brusca pero contenida. Apretaba los puños con la rabia que sólo siente el que sabe que ha errado. Sin sangre en sus nudillos, Kuyra avanzó un par de pasos y se situó a la izquierda de Iosip. No cambió el gesto, ni tan siquiera hizo un reconocimiento a los consejos que el checheno le había dado sobre la misión. Simplemente dijo unas palabras que de sobra complacieron al guerrero: tenéis hasta el viernes para prepararos.

Si había algo que a Iosip le hacía sonreír, era imaginar la sangre recorriendo sus manos en días cercanos.

-Unclepil, ¿llevas los mapas? – Iosip no quería dejar nada al aire. Aunque sabía que iba con el mejor de su equipo, también contaban con resistencia militar en su misión.

-Mapas topográficos, informes climatológicos, fotografías de la zona y de su armamento. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo así?. Será bastante arriesgado.

A Unclepil le parecía un plan suicida, tan suicida que rebosaba de encanto. Un soldado normal hubiese dejado a Iosip en la estacada al conocer sus intenciones, pero ellos sabían cómo hacer las cosas.

Viernes. 22.30. A cuatro kilómetros de Sukpak. RUSIA.

-Aquí es donde el río empieza a ser profundo. Toma mi mochila y mis cosas.

Iosip entregaba toda su equipación a Unclepil. La mirada de los dos soldados se cruzaba y mostraba el vínculo de quien se ha salvado la vida mutuamente un millón de veces. Brazos de acero se agarraban por última vez antes de la batalla. Dos guerreros dispuestos a morir, dispuestos a la gloria, a la eternidad.

El vehículo terrestre de transporte ya hacía un buen rato que había dejado a los dos en la vereda del Yeneséi y había desaparecido entre las montañas.

Sólo estaban ellos. No hacía falta nadie más.

Iosip emprendió el camino hacia la aldea. Tranquilamente. Solo. Desarmado.

Tan solo llevaba un sobre de papel en su bolsillo y toda la locura del mundo en su pecho.

Silbando. Parecía querer suicidarse. Parecía querer morir.

Una extraña melodía que emergía de sus labios lo acompañaba como única distracción.

Ya se veía el pueblo. La noche cerrada no dejaba mucho margen a la vista sencilla de un humano. Por eso silbaba. La la la la la

Era curioso el hecho de que un gigante de ciento veinte kilos de maldad, estuviese recorriendo el tramo que lo separaba de su más que probable muerte mientras iba desarmado y cantando “Atmósfera”, canción de Lancinhouse que solían oír en la vuelta de sus misiones.

El poblado, sin luz en sus alrededores, era lo más parecido a un gueto abandonado, solo que en mitad del campo. Iosip seguía silbando, estaba claro que no pretendía pasar desapercibido.

No tardaron en percatarse de su proximidad.

-¡ALTOOOOO! ¡QUIETO AHÍ!.

Las linternas de dos soldados le apuntaban a la cara cegando su visión.

Iosip, con las manos en alto, habló con la intención de tranquilizar a los soldados.

-Maldita sea, ¿no veis que estoy desarmado?.

-¡Mierda!, mi coronel, tenemos al checheno.

-No me lo puedo creer-Contestó una voz en ruso. – Mantenedlo con vida, es una orden.

El soldado alertó por radio a sus superiores. No esperaba esa respuesta, pero tenía su lógica, podrían sacarle bastante información sobre Vintila y sus planes.

-No se qué coño haces aquí, maldito colgado!, si no fuese porque me han obligado a mantenerte con vida, ahora serias un cuerpo flotando en el río.

Iosip miraba desafiante al soldado. Mostraba sus dientes y sus manos desnudas mientras el otro soldado lo apuntaba con la linterna táctica de su subfusil.

Los refuerzos no tardaron en llegar.

Dos vehículos Lada de color gris oscuro se detuvieron a unos metros de la escena. Algunos llevaban linternas, pero todos iban armados. Parecía que Iosip se había metido en problemas serios.

-Coronel, aquí tenemos a la escoria chechena.

El Coronel Pirova, un tipo de esos que puede hacerte pasar un mal día sólo con su mera presencia. Uno de esos hombres a los que arrebatar una vida le importa menos que el precio de la bala que va a usar para matarte.

Pirova rodeó a Iosip. Lo miró con todo el desprecio que era capaz de reflejar en su rostro.

-Casi no te reconozco sin el uniforme que yo mismo te entregué. Aquel día me sentí orgulloso de haberte enseñado tanto. Mi mejor soldado, el mejor de los Spetnaz que había salido de mi equipo… Ahora solo deseo que hagas un movimiento en falso y que mis hombres acaben con tu traidora existencia.

¿Qué haces aquí, Iosip?

-Vengo a traer un mensaje. Es un mensaje de paz. Kuyra no quiere seguir jugando a la guerra contra vosotros.

Pirova miraba a Iosip, él sabía en el fondo de au corazón que el checheno mentía. Pero también que arriesgar su pellejo entrando en aquel lugar, totalmente desarmado, tenía alguna explicación.

-No esperarás que soy tan necio como para creerte-Dijo Pirova negando con la cabeza.

Se que no puedo fiarme ni un ápice de tí, de Kuyra y mucho menos de Vintila. ¿Tanto os paga?, ¿cuánto vale la lealtad de un hombre a su país?..

Iosip miró al cielo. La luna estaba ausente por completo. Algunas estrellas y un juego de nubes. El cielo confabulaba con él.

-Un guerrero no se debe a su país, un guerrero se debe a su nombre, a su lugar en la batalla. El nombre de un guerrero es lo que quedará cuando haya caído en la lucha.

Se hablará de él en el lugar que nació, en el que luchó y sobretodo en el que abatió a sus enemigos.

-Jajajaja – Los soldados que lo rodeaban se rieron a carcajadas. El pensamiento de Iosip era totalmente opuesto a lo que ellos entendían que debía ser un soldado.

-¿Quieres oír el mensaje o no?, no creo que matarme sin más sea lo que realmente deseas,¿ Verdad Pirova?. Ansías saber lo que Kuyra tiene que ofrecerte a cambio de la paz.

Pirova asintió unos segundos. Sus soldados encañonaban a poca distancia al checheno y la incertidumbre y curiosidad lo habían hecho confiarse. Parecía todo controlado.

-Está bien. Escupe por esa cloaca lo que Kuyra quiere decirme. Te advierto que aunque el incidente del otro día ha hecho rendirse al viejo, acabaré con él de todas formas. La traición está penada con la muerte.

Iosip, extendió su brazo izquierdo y con dos dedos alcanzó un pequeño sobre que tenía en su bolsillo derecho. Todos le apuntaron con agresividad a lo que él contestó con soberbia.

-Tranquilos.. Es sólo una carta..

Para usted, Coronel..

Pero Pirova no se fiaba lo más mínimo. Ya le había visto en acción hacía añoa y sabía que tratar con él era como hacerlo con una serpiente, si no atacaba era porque no tenía oportunidad. Un solo despiste y Iosip le clavaría sus colmillos.

-Ábrela tú. Y con mucho cuidado. O morirás antes de caer al suelo.

-¿De verdad se piensa que iba a ser tan ruin de traerle una bomba?. Coronel, es sólo un detalle que Kuyra pensó que le gustaría.

Con el índice, Iosip rasgó el sobre y con la otra mano extrajo del sobre amarillo un pequeño tubo. Al principio nadie sabía lo que era. Nadie salvo Iosip, nadie salvo Unclepil.

-Kuyra ha dicho que le traería recuerdos de sus incursiones en Sarajevo y Chechenia. Incursiones como las que le llevaron a mi pueblo, aquel del que ya no me acuerdo. ¿Usted se acuerda?, allí perdí a mia padres a manos de un ejercito del que usted formaba parte.

Enronces Iosip dejó caer el sobre y agarró el pequeño objeto con las dos manos. Un pequeño gesto de sus dedos y un crujido de cristal se produjo en el silencio.

Acto seguido un destello azul emanaba de aquel pequeño cilindro. Una bengala química de señalización que inundó todo de luz azul y que era exactamente igual que la que marcaba los lugares de recogida de prisioneros del ejército ruso.

De pronto todo cambió en esa noche. Iosip, estando desarmado, había dejado atónitos a todos los presentes que empezaron a ponerse nerviosos.

-¿Recuerda ésta luz, Coronel?, a esto lo llamo un destroy de fin de semana. Feliz viernes..

Y entonces ocurrió algo. Iosip lanzó la bengala hacia el cielo. Como por inercia, todos miraron hacia ella, todos menos Pirova. Él si se había dado cuenta de su propio error al no haber matado al checheno.

La bengala seguía cayendo mientras los incautos soldados habían mordido el anzuelo.

-¡Imbéciles! ¡Es una trampa!.

Pero el tiempo había corrido en contra de aquellos confiados. Sin saberlo, todos habían sido mordidos por la vívora.

Un par de segundos. Eso es lo que había tardado Iosip en correr y ponerse a salvo. Justo el tiempo que había tardado la bengala en caer al suelo.

Las balas surcaron el aire. Los fogonazos iluminaban desde la orilla del río hasta el centro de la plaza. Iosip agarró la bengala y se la colocó en el pecho mientras corría en dirección a su compañero.

El experto tirador seguía enviando proyectiles y muerte con la seguridad de que su hermano de armas no sería alcanzado gracias a la luz azul.

Los soldados caían uno a uno. Alguno consiguió parapetarse y zafarse de la lluvia de balas. Pero fueron los menos. Puede que dos o tres. Para entonces, Iosip ya había alcanzado la posición de Unclepil y se había colocado su chaleco y había enpuñado sus armas.

El checheno rodeó las casetas. Sabía que los soldados tratarían de huir por aquella dirección ya que los vehículos habían venido desde allí.

Fue una matanza.

Dos soldados a la fuga eran interceptados desde lejos. La munición que Iosip había cargado en su magnum, era tipo “Black Talion”, un sólo proyectil podía hacer añicos un chaleco balístico desde cien metros.

Los cuerpos de los hombres que trataban de escapar se retorcía en el suelo partidos en dos. La sangre y las vísceras habían llegado varios metros a su alrededor.

Iosip caminaba en busca del tercer hombre en fuga. Unclepil hizo lo mismo, solo que con la peor suerte del mundo. Una bocacha se incrustó en su nuca. En bajito, de forma apenas audible, el soldado le espetó unas órdenes concretas. – Llama al checheno. Dile que tire el arma y que ponga las manos contra la pared.

-¡Iosip!, lo siento hermano. Me han cogido. Lanza tu arma lejos de tí y pon las manos contra la pared. Lo siento hermano. La he cagado.

El resplandor de la bengala en el pecho de Iosip lo había salvado de las balas de su compañero, pero ahora lo delataba.

El arma del checheno cayó al suelo. Lanzada desde el lateral de una casa desde donde se había escondido en la oscuridad de la noche.

El resplandor azul que salía desde aquel mismo lugar, guiaba con exactitud al soldado y su rehén hacia la posición de Iosip.

-Primero le mataré a él y luego a tí. Tenlo claro, traidor.

-Está bien, ahí tienes mi arma-Dijo Iosip, ya estoy contra la pared como me has pedido.

Pero el soldado no contestaba. En lugar de eso, clavaba aún más el cañón del arma en la nuca de Unclepil. – Silencio-Le dijo al rehén – si haces un solo ruido, te saco la nuca por la boca.

Continuaron caminando. La luz de Iosip ya estaba a solo unos metros. Los pasos se hacían eternos para los dos. Parecía que el fin estaba cerca. Al menos para Unclepil.

Llegaron a la esquina. La luz de la bengala se movía casi imperceptiblemente.

De un brusco movimiento, el soldado arrastró a su prisionero justo al frente de la luz. – No te muevas-gritó en ruso.

Pero una vez más, se demostró que la soberbia del hombre puede llevarle a confiarse cuando cree tener todo bajo control.

Y las serpientes no perdonan.

La bengala de Iosip, colgaba grácilmente de la cuerda de tender de aquella casa, el viento mecía un par de monos de trabajo que ondeaban iluminados por la luz química. No había rastro de él, pero podía olerse su veneno.

La serpiente atacaba.

Los puños del checheno impactaron contra las costillas del soldado en ambos costados.

El movimiento reflejo encogió su cuerpo y Iosip aprovechó aquel momento para tomarlo por los laterales de su cabeza y girar su cuello con todas sus fuerzas. El ruido de las vértebras saltando en pedazos era una delicia para un asesino.

Otro cuerpo dando espasmos en el suelo que marcaba la recta final de aquella noche de viernes. Los dos soldados chocaron sus puños y acto seguido se abrazaron con un solo brazo.

Iosip y Unclepil, dos mercenarios quw habían terminado con éxito algo que parecía más un suicidio que un plan de ataque. Registraron los cuerpos y se cercioraron de que ninguno de ellos conservaba rastro de vida alguno.

-Un momento.. ¡ IOSIP! Ven a ver ésto.

El gigante intrigado caminó apresurado hacia su compañero. Por el camino recogió su arma del suelo y la sopló. Un destello recorrió el exterior del cañón hasta las cachas. Iosip sacó el tambor e introdujo un par de proyectiles Black Talion para hacer un total de ocho.

Unclepil miraba al suelo mientras el checheno llegaba hasta él. – Mira lo que tenemos aquí.. – Dijo sin apartar la vista de sus pies.

A Iosip se le reflejó la satisfacción en la cara.

-Jajajaja, señor Pirova..¿Ha recordado ya la luz que hemos traído en señal de paz?.

Pero el coronel sólo tenía fuerzas para tratar de respirar a duras penas . Su abdomen destruido por las balas le hacía perder sangre a un ritmo incompatible con la vida.

-No… no.. No os saldréis con la vuestra.. – dujo mientras su propia sangre lo ahogaba.

-Sois unos enfermos.. Alguien os parará.. Alguien.. algún día..

Entonces Iosip decidió contestar al moribundo hombre. No quería que el Coronel Pirova abandonase éste mundo sin oír lo que él tenía que decirle.

El gigante se sentó junto al herido. Los últimos estertores del Coronel eran la selal de que le quedaban algunos segundos de vida, no demasiados.

-Verá, Coronel.. – Dijo Iosip ante la mirada de Unclepil que se afanaba en municionar sus armas. – No se si puede escucharme, aunque yo creo que sí. ¿Ve a lo que me refería antes con mis palabras? Ahora usted está más muerto que vivo. Mañana ya será un mero rostro en algún cuadro de una base. Mientras, yo seguiré con un plan que va mucho más allá que el vanal propósito de defender un trozo de mapa.

Cuando pasen los años, yo y aquí mi camarada, seremos recordados como los hombres que engañaron a su destacamento con una bengala. Una triste bengala..

En el futuro se hablará de mí, incluso puede que otros mercenarios canten por nosotros en sus misiones cuando tengan éxito.. Lo que es seguro es que su nombre se lo llevará el olvido, Coronel, ese es el pago de un país al que ha regalado su vida. Disfrute de su jubilación en ninguna parte.

Pero para entonces Pirova ya no respiraba. El olvido comenzaba a alimentarse con su historia. Iosip se incorporó y guardó su arma en la cartuchera de la pierna derecha.

-Vámonos, estoy deseando ver la cara de Kuyra cuando nos bajemos del transporte.

Pero algo ocurría con Unclepil. El soldado estaba de pie con sus armas guardadas y la mochila colocada a la espalda, solo que había emprendido el camino en sentido contrario a donde debían recogerlos.

-¿Qué pasa, hermano?, ya hemos terminado aquí. Hemos de irnos y avisar al transporte.

La cara de Unclepil mostraba un gesto extraño. Iosip entrecerró los ojos y espetó una pregunta:

-¿Qué ocurre?

-Yo no voy a volver, hermano.

Para mí se ha acabado todo ésto. Estoy cansado de no saber si volveré a ver un nuevo día. O de no poder dormir sin contar las vidas que he arrebatado ese día.

Me marcho hermano..

Y, alargando la mano con el puño cerrado, trató de despedirse del checheno al que no sabía si había salvado el pellejo más veces de las que lo había hecho él.

Iosip no sabía como asimilar aquello. Realmente él se quedaba huérfano, se quedaba sólo en el juego de la supervivencia y la depredación de enemigos en la que se había convertido su vida.

No pudo más que asentir. Quizás sabía que la rabia que sentía era en realidad envidia porque Unclepil iba a poder escapar de aquella tortura que habían elegido para la eternidad y sin la cual ya nada tenía sentido en su día a día.

Iosip también alargó su puño y lo chocó con el de su camarada. Unclepil introdujo la mano en su bolsillo y colocó algo con la otra mano en la palma de su compañero. Éste abrió la mano y comprobó que era la chapa de identificación. Cerró la mano con fuerza y dejó caer su mirada.

Recorrió el camino que lo llevaba hasta el exterior de aquella aldea y ya nunca más miraría atrás. No quería volver a tener en su campo de visión al que fue más que un hermano y que ahora lo abandonaba.

Ya de camino a la base, Iosip se mece en la parte de atrás de la camioneta todo terreno.

El traqueteo de aquel rústico camino le distrae en parte. El checheno abrió la mano y miró al trasluz la chapa de identificación de su ya ex compañero. Iosip apretó los dedos y la mandíbula mientras sus ojos se perdían en sus pensamientos.

Ya nada sería igual. Algún extraño pensamiento lo hizo cambiar para siempre. En su interior, él sabía que nunca más encontraría un hermano para la batalla. Quizás en aquel momento, Iosip, se convirtiese por fin en el monstruo que despreciaría la vida humana para siempre.

Se puso de pie justo al pasar por un puente y lanzó la chapa tan lejos como pudo.

Adiós, amigo. Vivirás siempre en mi memoria. Te doy las gracias por las veces que te la jugaste por mí.

Que Odín cuide nuestro recuerdo.

Dedicado a un hermano de otra madre por el día de su cumpleaños. Que este capítulo sea eterno como nuestra amistad. Felicidades Jesús.

Flashbacks Huespeddeningunaparte