Capítulo 52.       EL AULLIDO QUE TE ACOMPAÑA.

Capítulo 52. EL AULLIDO QUE TE ACOMPAÑA.

Azrael emprende un difícil camino que lo hará encontrarse con su verdadera identidad.

¿Cuán difícil es entender la mente del que sólo quiere sobrevivir? Nunca hallará la paz porque siempre está esperando a la guerra. Su vida, eternamente condenada, destinada a la obsesión de ver un nuevo día, a ganar unas horas a la muerte. Confidente es tu cuchillo y compañía tu desconfianza. Nunca sabrás lo que es el sosiego, enemigo de todos y salvador de si mismo.

Ver llorar al hombre que había salvado más vidas en aquel bosque, era cuanto menos inesperado.

Quizás se debía tener en cuenta, que por cada vida que había prolongado en el tiempo, Azrael había dado muerte al menos al doble de almas. Almas que simplemente se habían adaptado a su futuro. Que solo hacían su trabajo.

Con gesto medido, Azrael se llevó las manos a la cara y pasó sus palmas y sus dedos por ella. Libre de lágrimas y ya a la vista, el superviviente mostraba un rostro desdibujado, pétreo. Una expresión que desconcertaba a Maika y al chico por igual.

Quizás lo que más los preocupaba de aquella situación, no era haberle visto llorar. Fue realmente que su mueca de tristeza y rabia se había fundido en un juego de sonrisa y mirada calculadora que poco tenían que ver con el Azrael de hacía un rato. El que tranquilizaba con su presencia, el que ellos necesitaban en ese momento.

Maika, reunió el valor necesario para decidirse por terminar con aquel silencio tan eterno, tan incómodo.

Segura de que no soportaría ni un minuto más en silencio, Maika, puso una mirada comprensiva en sus ojos y escogió algunas palabras como primera toma de contacto.

Ella también estaba sorprendida de que el creador del fin del mundo, el diseñador del apocalipsis que los había llevado a donde estaban, hubiera estado delante de ellos durante un par de horas. Sufriendo el mismo frío bajo la misma oscuridad.

-Azrael.. Azrael… ¿Estás bien?- Dijo colocando su mano en la mejilla de éste -nos estás asustando..

Pero las palabras fueron nulas de su parte.

En cambio, Azrael profirió una sonrisa y cerró los ojos. Respiró hondo, tanto como pudo. Llenó su pecho de oxígeno y lo soltó despacio. Entonces abrió sus ojos de nuevo y con un giro forzado de cabeza crujió su cuello.

-Todo está perfecto – contestó- ahora tengo algunas cosas que hacer.

Aunque sus palabras no contentaron, y, mucho menos convencieron a ninguno de los dos, su rostro ya parecía ir volviendo a ser el mismo de siempre.

Dió un giró para dirigirse a la camilla de la entrada. Apresurado, abrió la bolsa y sacó de nuevo todo el contenido. La escopeta, munición, los sobres de comida.. Y por último la emisora. – Guarda ésto – dijo dando a Maika el pequeño aparato. – Si no he vuelto para cuando Vintila se ponga en contacto con vosotros, huid en dirección noroeste. Seguid la ladera hasta los carteles que indican la cabaña del guardabosques y refugiaos allí. Julius sabe dónde está, o al menos debería – Dijo guiñando un ojo al chico.

Azrael tomó la mano de Maika por debajo y la abrió, depositando en ella un jueo de llaves.

-La más larga es la de la entrada. Deja preparado algo de equipaje, lo más necesario. Abrigaos bien o no llegaréis ni a la mitad del camino. Llevad comida suficiente para un día, allí hay algunas provisiones y algunas armas.

Cuando lleguéis allí, no os asustéis cuando subáis a la piso superior, él estaba antes que nosotros. – dijo sonriente.

-Pero, ¿Es que te marchas? – le espetó Maika incrédula, con los ojos abiertos como nunca.

-No puedo creer que nos dejes ahora, justo en éste momento – Gritó abriendo los brazos y gesticulando con locura.

-He de hacer algo- Se explicó Azrael – He de ir a buscar a alguien. Si nos quedamos todos aquí, dependeremos de ellos y de lo que tengan pensado hacer con nosotros. Si me voy ahora, iré un paso por delante-concluyó mientras se ponía una chaqueta limpia.

El traje de pana cubría su cuerpo junto con una vestimenta interior menos adecuada para el frío. Las botas y el doble calcetín debían ser suficientes para mantenerlo a salvo de la nieve.

Otro par de calcetines secos ocupaban el fondo en su mochila junto a unos trapos viejos llenos de grasa y sangre seca.

Azrael además había guardado un tarro vacío de mermelada y lo había rellenado con la grasa del animal al que habían dado caza hacía unos días.

Arco, suficientes flechas, algo de comida y su compañero, el afilado cuchillo que nunca olvidaba. Un pequeño mechero de gasolina y sus guantes de cordura.

-Llévate la escopeta – se oyó desde el fondo de la sala- Coge también la munición-Sugería Julius oculto detrás de Maika.

Azrael sonrió con suficiencia mientras ajustaba todo dentro de su mochila . Miró el arma, un arma magnífica, pero que no encajaba en su forma de hacer las cosas, se quedó pensativo mirándola durante unos segundos.

Se acercó a la camilla y tomó la escopeta Spas con su mano y la acercó hasta el chico. Depositó el arma en la camilla junto a su mano y se arrimó a él para decirle unas palabras..

-Está cargada con ocho cartuchos de dispersión-le advirtió – si disparas con ella, asegúrate de que no tienes a la vista a nadie a quien no quieras alcanzar con el plomo.

Guárdala y con ella la munición que te dejo ahí encima. Protege a los demás, sigue las órdenes de Maika y esperad a que yo vuelva o seguid el plan . Es vuesto deber mantener el grupo a salvo.

Y entonces cerró su mochila y de un soplido, apagó la vela que había encendido hacia unos minutos.

Se aproximó a la puerta y la abrió empujando con su mano izquierda, mientras, se subía la cremallera con la derecha. Ya con los guantes puestos, sacó su cabeza al exterior y comprobó la desapacibilidad de la noche.

-¿A dónde vas? – se escuchó en el exterior – ¿ es que no piensas quedarte a ver cómo nos aniquilan? – dijo la misma voz.

-Es posible que vuestra única oportunidad, la nuestra, dependa de que yo llegue a donde me dirijo-contestó.

La luz de un cigarro se hizo más viva con una calada del hombre e iluminó su cara unos instantes.

-Si no nos matan los hombres de Iosip, lo harán los tipos que vinieron hace un rato ¿Verdad? – volvió a decir Marion.

-Así es-Respondió Azrael asintiendo y cerrando la puerta detrás de él. – Debo irme, Marion. Si me doy prisa puede que tengamos alguna opción de ver el mundo que nos espera mañana.

Y Azrael, encogido en su shemag, inició los pasos que lo llevaban dirección norte. Al lugar más frío dentro de un mundo helado. Directo a su destino.

-¡Espera! – le detuvo Maika-¿Por qué no dejas que te acompañe alguien? Seguro que todos estarían dispuestos a ir al fin del mundo contigo si se lo pidieses..

-No es necesario – Dijo negando con la cabeza- He de hacer ésto solo, y he de hacerlo ya.

-Pero… Azrael.. Ya no eres un lobo solitario, no debes actuar como tal. Ahora nos tienes a nosotros, somos una manada. Una manada unida que dará lo que haga falta por cualquiera de sus miembros.

Azrael la miraba y a su vez, miraba de reojo hacia las cabañas de madera desde donde le observaban los otros miembros. La carrera de Maika y su excesivo tono de voz había alertado a todos los adultos que descansaban en el restaurante.

Agarró la manga de la muchacha con fuerza y la atrajo hacia él, sus labios quedaron casi pegados, sus ojos enfrentados, sus almas a escasos centímetros.

Acto seguido, sujetó la mandíbula de la chica y la susurró algo que la desagradó infinitamente.

– Nunca seré un lobo de manada, ni de ésta, ni de ninguna. Los lobos unidos, los que van en manada, esos llegan lejos. Pero, los lobos solitarios como yo, los que sólo dependemos de nosotros mismos, nunca llegaremos tan lejos, pero llegamos antes a donde vamos , y yo, mi querida Maika, lo que no tengo es tiempo. Y vosotros tampoco.

Dicho eso, Azrael la besó a una velocidad que ni siquiera tuvo tiempo de pensar si deseaba ser besada.

Él se dio la vuelta y se cubrió de nuevo con su shemag y su gorro. Entonces emprendió el camino entre la nieve acumulada y el barro. Entre la incertidumbre y la locura.

Al menos, tendría el sabor a moras durante algún tiempo en sus labios.

Pasó la capucha sobre su gorro, tiró de los cordones que la ceñían y se tapó la cara todo lo posible. El maldito viento se colaba por cada rendija de su vestimenta.

Su cuerpo ya se había acostumbrado al entumecimiento. Sus interminables travesías habían endurecido su piel y su forma de ver las cosas.

Tenía mucho que pensar, y aquel trayecto sería perfecto para dar forma a una idea. Una idea que no le costase la vida a todo el mundo. Al menos, una idea que no dejase que ese tipo se saliese con la suya.

No sin luchar hasta el final.

Ya era hora de hacer una rápida observación del entorno. Azrael siempre se fijaba en los árboles, las rocas, el crecimiento del musgo y las estrellas. Incluso en las ocasiones que sí había contado con una brújula, Azrael trataba de usar sus instintos y no acostumbrarse a nada con lo que pudiese no contar en un futuro.

El norte era fácil de encontrar, no así de alcanzar. Él sabía que la base ocupaba la antigua mina de carbón del bosque.

Dicha mina se hallaba en las cercanías de un río y todo ello rodeado de una inmensidad de pinos y otras especies vegetales. No estaba mal pensado.

Agua, protección, sustento.. Y toda una profundidad para ocultarse de la tormenta..

De su propia tormenta.

Al menos la luna le aclaraba el camino. ¿Cuántos pasos llevaba?, ¿cuántos kilómetros?, no sabía ni la hora que era, calculaba que más o menos serían las cinco. Las frías y heladas cinco de la mañana.

El único sonido que había escuchado durante ese interminable espacio de tiempo, había sido el de sus propias pisadas. Acompañadas en ocasiones de frugal ulular de alguna lechuza curiosa que lo observaba desde lo alto y del siseo del viento sigiloso.

El viento lo acompañaba siempre.

-Quizas sea buen momento para hacer un alto-pensó. Si, sería lo más inteligente pues empezaba a notar mermados sus sentidos y aptitudes.

Los dedos de las manos ya se habían perdido en sus bolsillos hacia un kilómetro y medio, los de los pies no llegó a sentirlos desde que salió de la enfermería.

-Aquí estaré bien-Dijo observando dos grandes rocas de granito.

Las rocas, superpuestas una junto a la otra, eran de un tamaño lo suficientemente grande como para frenar el viento y darle un respiro a ese castigado superviviente.

Azrael observó unos instantes la abertura que dejaban en cuña, parecía estar diseñado para esconderse de la intemperie. Como si la naturaleza tuviese algún tipo de conciencia para con los que vagasen por allí. Qué tontería.

Azrael removió unas cuantas hojas embarradas con su bota, tanteó con la suela y recogió una pequeña piedra, lanzó ésta al hueco y esperó. Nada.

En caso de que el bosque se situase en una zona cálida, hubiese tenido mucho más en cuenta la posibilidad de toparse con un contratiempo en forma de serpiente, pero ese clima dejaría fuera de combate a cualquier animal de sangre fría.

Ojalá hubiese tenido todo ese conocimiento hace unos años. Azrael aún recuerda el ladrido de Stonner advirtiendo del peligro. También recuerda su lamento y cómo se apagó su mirada.-Maldito perro estúpido – Azrael acababa de darse cuenta de que fue el primer ser en dar su vida por él.

El aire llaneaba con fuerza sobre el suelo cubierto de hojas. Éstas se arremolinaban e impactaban contra las rocas que Azrael había elegido como refugio. Una rama de buen grosor con un metro y medio de longitud, quedaba encajada entre las enormes piedras y así serviría de mástil.

Azrael usó su chaqueta como protección contra el viento. Estiró la manga derecha y la atrapó con una piedra. Hizo lo mismo con la izquierda, sujetando ésta entre la roca y la rama, dio forma a lo que podría pasar por un refugio de emergencia, efectivo a la par que simple.

Dispuso unas tiras de corteza de los árboles cercanos amontonadas en el suelo e hizo un acopio de acículas de pino y de pequeños trozos de piña seca sobre ellas.

Sacó el trapo con manchas secas de sangre y envolvió la punta de una de las ramas húmedas que había recogido, impregnó éste con la grasa que llevaba guardada en el tarro y lo clavó en el suelo. Azrael usó su mechero para encender las acículas y colocó las piñas sobre ellas. Su pequeña hoguera estaba viva, él también.

Pequeña, pero suficiente para entrar en calor. Podía notar la sangre recorriendo de nuevo sus pies y sus manos.

El calor del fuego. Tan simple, tan necesario..

Su chaqueta ya estaba seca. Las piedras sobre las que había recostado su derrotado cuerpo, también reflejaban el calor de aquel agradable fuego. Era el momento de concederse un respiro. Ni siquiera sabía las horas que llevaba sin comer. Últimamente había perdido algo de peso, aunque no era algo que le preocupase, siempre era inteligente contar con algún kilo de reserva.

Ya no se notaba tan fuerte como hacía unos meses. Era duro hacerse a la idea de que estaba perdiendo tamaño. Y todo desde que había reunido fuerzas con aquel grupo.

La manada lo debilitaba, lo apartaba de su concentración continuamente.

El superviviente eficaz sobrevive mejor solo.

Hurgó en su mochila unos minutos. Aprovechando que ya volvía a tener tacto, extrajo un sobre del interior y lo observó un instante antes de abrirlo.

-Cecina de ternera- Las tripas le rujían sin piedad.

Quizás habían pasado tres o cuatro años desde que oyese la palabra cecina por última vez. Los habitantes de algún pueblo que Azrael había visitado en el pasado la fabricaban como medio de conservación. Sal, carne prensada y secada al sol o al humo de la chimenea.

Armarios de madera o aluminio, cargados de carne en tiras, colocadas una a una para permitir la evaporación total del agua que contenía.

Conejo, cerdo, venado..

La punta del cuchillo se deslizaba por el borde del sobre hermético y descubría su contenido, su aroma. Azrael daba buena cuenta de ello. Medio sobre, unos cuarenta gramos. Un par de higos secos y cinco minutos de descanso frente al calor de las últimas piñas.

Pero como todo lo bueno en la realidad de aquél presente, el final solía ser tajante.

No había duda de que el oído del superviviente había recibido aquel sonido del exterior. Y tampoco había duda de que algo lo estaba acechando entre los matorrales secos.

Un primer vistazo por el hueco que había dejado entre su chaqueta y el granito, le reveló la silueta de algún animal. Medio tamaño, no era un perro.

Sin duda le había atraído el humo y puede que con toda seguridad la cecina que acababa de abrir.

Qué estúpido. Un error de principiante.

El olfato de un lobo, cien veces más potente que el de cualquier ser humano. Capaz de distinguir el olor de su presa a tres kilómetros de distancia.

Eso era. Un lobo.

Un majestuoso lobo que lo observaba desde el infierno.

Azrael se incorporó despacio, apartó la chaqueta y se la colocó sin hacer ni un movimiento brusco. La hoguera, ya diminuta, se reflejaba en las pupilas de aquel ser y lo otorgaban el aspecto diabólico que inquietaba al superviviente.

Azrael tomó la antorcha que había construido con la rama y el trapo y la aproximó al fuego. Ésta se encendió en todo su esplendor y regaló su luz al entorno más próximo.

El gruñido comenzó a ser audible e inquietante. Los dientes del animal asomaban de su hocico. Cinco centímetros de marfil amarilleado por la luz del fuego, que ponían en aviso al hombre que lo enfrentaba.

Azrael no tenía grandes dientes, pero sí un cuchillo, un enorme cuchillo que no tardó en mostrar. – Sigue tu camino, lobo. Sigue tu camino y verás el amanecer al igual que deseo verlo yo también- dijo en alto enseñando el arma y blandiendo la antorcha con la otra mano.

Pero el lobo gruñía con más fuerza.

-No tenemos que luchar, eres un lobo solitario, de lo contrario, ya me habría descuartizado tu manada.

Somos supervivientes, desterrados. Somos la muestra, el vestigio de algún grupo de nuestra especie que fue incapaz de ofrecernos más de lo que nos ofrece la soledad.

Nuestra seguridad y nuestra lucha es contra la debilidad de una manada. Hemos de seguir adelante, y si nos enfrentamos, los dos seremos negados al mañana que está próximo en éste mismo bosque.

Azrael pudo confirmar que los dientes del lobo se guardaban en sus fauces de nuevo. Escondidos, ya no presentaba más amenaza que su misma presencia.

Un segundo le bastó para empatizar con el animal. Azrael guardó su cuchillo, sin dejar por un momento de mirar a los ojos de aquel diablo. Sacó el resto de la cecina y alzó el brazo con ella para que el lobo la viera.

El animal se relamía mientras giraba la cabeza. Azrael le lanzó aquel último trozo de carne y éste cayó a sus pies.

Pero el lobo no hizo gesto alguno de ir a cogerlo. En lugar de eso se sentó sobre sus cuartos traseros y miró a Azrael fijamente.

Dos animales salvajes. Dos supervivientes. Solitarios. Grises.

Dos seres cuyos destinos se cruzaban y cuyas vidas los habían llevado hasta ese mismo punto del bosque.

Dos bestias que empatizaban y se respetaban, sabiendo que la lucha sería encarnizada entre ellos. La naturaleza de lo salvaje frente a un salvaje en la naturaleza que se marchaba dejando su última porción de alimento al verdadero dueño de aquel bosque.

Azrael recogió su mochila y se puso de nuevo toda la indumentaria contra aquel terrible frío. Unos metros más adelante, se giró de nuevo para contemplar al elegante lobo y comprobar gracias a su antorcha, que el cánido seguía en su posición, disfrutando del regalo que acababa de hacerle.

Él lo miró por última vez y éste le respondió a su mirada de la misma forma.

Azrael asintió y se puso en marcha de nuevo. Ya casi llegaba el alba. Una hora, puede que dos. Ese era el tiempo de que disponía para seguir oculto en la noche. Tras unos cuantos minutos, Azrael oyó algo que llevaba tiempo sin oír. El aullido del lobo.

Él sabía que de alguna manera, le estaba dando las gracias y sonreía por ello.

Quizás en un futuro necesitaría de una manada, pero de momento, Azrael caminaría solo. Ahora más fuerte, ahora más seguro de quien era. Pues el aullido de un hermano lobo lo acompañaba.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte