CAPÍTULO 53. Frío, Lágrimas y Un Día Para Olvidar.

CAPÍTULO 53. Frío, Lágrimas y Un Día Para Olvidar.

Adriana lucha contra el recuerdo aunque su presente puede que sea aún peor.

Las seis y media. El metal pulido de la mesilla reflejaba a la perfección los números rojos del reloj digital.

Adriana, contaba uno a uno cada parpadeo del punto que separaba los minutos de las horas en el display.

Sesenta segundos ..

Sesenta minutos..

La eternidad..

Ella, llevaba despierta al menos dos horas. Dos horas que había podido contar minuto a minuto.

Su cansancio no tenía la suficiente solidez como para diluir las preocupaciones que ocupaban la totalidad de sus pensamientos. Así pues, el insomnio se apoderaba de su noche, una vez más.

Nicolai, por el contrario, descansaba a pierna suelta. Algún ronquido casual servía para recordar a Adriana que no estaba sola en aquella cama, aunque ella se sintiese así, casi todo el tiempo. Ya eran muchas semanas llorando en silencio.

No podía saber exactamente en qué momento de sus vidas su relación, se transformó en un contrato. Demasiadas cláusulas extrañas que ataban sus destinos en un camino sin amor. Un camino sin sentido, sin ambición alguna que la motivase a seguir adelante.

Quizás era la supervivencia, o quizás la costumbre. Pero fuese el motivo que fuese, ella sentía que aún habiendo salvado su cuerpo, su alma llevaba bastante tiempo muerta.

El no tener mucha más opción de vida, de hecho, puede que ninguna otra opción, también era un buen motivo para no pensar en lo que había ahí fuera. Total. Ella estaba sola.

O puede que no..

Adriana levantó su cuerpo despacio de aquella cama tan fría y caminó unos cortos pasos hasta su armario. De él sacó un uniforme ajustado, del que llevaba cada día para vagar por aquella base. Se ciñó el pantalón y abrochó la cremallera. Ató sus botas 5.11 y guardó su arma de mano en la cartuchera.

La habitación estaba oscura, salvo por el rojizo destello de la luz de emergencia y los números luminosos del reloj de la mesilla. Maldito reloj.

-Puede que hoy llueva-pensó al ver el cielo cubrirse poco a poco.

La temperatura era unos grados más alta que la habitual de esas semanas. La nieve no haría acto de presencia en aquella mañana tan oscura. Sin duda, estaba llegando la primavera.

Primavera.. sin flores y sin risas..

Adriana se sentó sobre la mesa de lectura que daba al ventanal. Una serie de cristales blindados, cubiertos por una lámina de tintado especial que daba la oscuridad necesaria a la sala y los ocultaba del exterior. Los ocultaba del bosque. De la realidad del ahí fuera.

Adriana era un pez hermoso que nadaba sin rumbo dentro de aquella pecera.

Sacó de uno de los cajones una pequeña pitillera, últimamente sólo fumaba cuando se sentía sola de verdad. Su cabeza gestionaba demasiadas emociones y de todas ellas, una o dos eran apenas positivas.

Esposa de la soledad, novia de la tristeza, amante de la pena..

Desde que Kuyra se había hecho con la base, ya nada era igual. Aunque si volvían a ser soldados a las órdenes de un asesino, como siempre, igual que con Alexander, igual que en Israel.

El perro de presa simplemente cambiaba de dueño.

Ellos ordenaban, marcaban el objetivo, y allí iba ella, despiadada, implacable ..

Espías, personal de inteligencia, cabecillas, inversores.. Cualquier individuo se convertía en objeto de su furia por poco que supusiese una desventaja en la guerra que su jefe librara en dicho momento. Eliminados por sus mismas manos, sus bellas manos, sus delicadas garras de pantera.

Pero ella ya se había cansado de aquello. Siempre pensó que la oportunidad de una vida diferente pasaba por seguir el plan de Kuyra.

Dispondrían de aquel bosque y de todos los beneficios de haber sido parte del equipo ganador. Una vez acabada la misión principal, su jubilación sería grata y complaciente junto a su amado Nicolai.

Primero fue la operación “recolecta”. Encontrar a todos y cada uno de los elegidos por Kuyra, Zmei o Alexander para formar parte de el proyecto.

Las directrices eran fáciles, convencer o eliminar. Los agraciados tenían dos opciones. Sin cabos sueltos.

Luego llegó el “Nuevo amanecer”. La gran tormenta. El fin de todo y el principio de su nueva realidad. En unos minutos, Adriana fue testigo de cómo un solo hombre puede cambiar el destino de un planeta. Ahí fue cuando su alma empezó a llamar a la puerta de la cordura suplicando coherencia en sus actos.

Aunque la siguiente semana fue mucho peor. Todos habían recibido la carta de Kuyra. En ella les daba las órdenes precisas. El proyecto Nuevo Amanecer se bifurcaba para ellos y daba lugar al proyecto “Abadon”. Maldita sea-Recordaba ella-. Ese nombre no era otra cosa que la insignia de la “muerte para todos”. El genocidio casi total y selectivo. El asesinato metódico y quirúrgico de cualquier ser que no perteneciese a los elegidos para nuestro nuevo mundo.

Para entonces, Alexander, mucho más cauto e inteligente que Kuyra, ya había huido a su particular base. Estaba claro que como buen estratega de la guerra, no se fiaba de nadie. Y así salvó su vida, dejando atrás a Zmei que corrió mucha peor suerte que él. Adriana se preguntaba, qué habría sido de Alexander. Aunque todos en aquella base tenían claro que él nunca dejaría las cosas estar.

Así, Kuyra siguió adelante con su plan, su guerra.

Una guerra contra los supervivientes que Alexander no había aniquilado en su tormenta de castigo y odio.

El problema fue que aquella guerra no la ganó nadie.

Ellos sobrevivieron a la muerte, pero fueron víctimas de algo peor. Fueron víctimas de sus propias acciones, de sus crímenes. Decenas de rostros los perseguían cada noche, en cada minuto de soledad, donde tenían un solo segundo para recordar, allí estaba su castigo en forma de conciencia.

Ellos ahora seguían vivos, si, pero reos de su culpa. Dejar éste mundo era triste, pero más triste era tener que habitarlo acompañado de pesadillas constantes.

Claro, que Adriana era la única que se sentía así. Ahí residía el gran problema. Los demás parecían llevarlo bien.

Nicolai, ya ni siquiera parpadeaba cuando ejecutaba a esos pobres diablos. Criaturas inocentes que se enfrentaban a una nueva calamidad. Siempre causada por la ambición desmedida de un psicópata.

Eso hizo que Adriana se desenamorase de Nicolai, poco a poco. Cada vez que apretaba el gatillo, el alma de Adriana se enfriaba un poco más. Su corazón, hacía tiempo que daba por muerto al chico que la salvó de la tormenta y que la puso a salvo en aquella trampa con forma de paraíso.

Ella casi preferiría haber perecido bajo la furia de aquel sol, que vivir como lo hacía en éste momento. Llorando cada noche y vagando cada día. Ocultando sus lágrimas y sus intenciones a todo el mundo.

Viviendo de forma paranoica, desconfiando de todo el que la rodeaba. Día tras día, noche tras noche.

El alba se intuía como el leve atisbo de luz que, imperceptible, apenas vencía al cúmulo de nubarrones que techaba el bosque.

Una suerte de aguanieve se precipitaba sobre todo aquello que las oscurecidas ventanas dejaban a su vista alcanzar.

Una calada, el humo de su cigarro emergía suave y delicado, rozando su rostro, viajando hacia el techo y perdiéndose en los conductos de ventilación.

El tono naranja de la combustión lenta del tabaco se reflejaba en el cristal. Por un solo segundo, las lágrimas de Adriana se convirtieron en pequeños rubíes que rodaban iluminados mientras ella aspiraba de aquel cigarro.

Era fácil perder la mirada en aquel collage que mezclaba la imagen oscurecida de la naturaleza con su borroso reflejo.

Cada calada, imponía su cara, superpuesta sobre el bosque infinito y sobre la lluvia helada que acariciaba su ventana.

La luz se encendía, una y otra vez ante la mirada perdida de Adriana que trataba de pensar en cuántos arboles los rodeaban y cómo de pequeña la hacía sentirse ese bosque.

Pero sus pensamientos se disiparon al momento. La luz de su cigarro, por un momento se había confundido con otra luz que ella había podido divisar. – Sería su imaginación – pensó.

No lo era. De nuevo, a lo lejos, no muy lejos de la base, aunque no tan cerca como para que fuese uno de los hombres de la base. Un destello, entre los árboles. Ahí estaba de nuevo.

-¿Qué hora era? – pensó mirando al reloj. – Las siete y media, demasiado tarde para la ronda de los guardias de la puerta. Además – Dijo alarmándose- los que salen de ronda desde la base, llevan gafas y visores infrarrojos. No tienen autorización para portar ninguna luz sin causa justificada. Un buen método de defensa ante posibles ataques. Ver sin ser visto..

Por eso sabía que la luz era de personal ajeno.

Adriana volvió a observar unos instantes. Ahí estaba de nuevo. Ahora le asaltaba una duda. ¿Sería Azrael?, ¿la habría seguido hasta allí?..

Sin dudarlo, comprobó su arma y se enfundó la chaqueta cortavientos. Recogió su pelo rápidamente y salió de aquella sala, sigilosa, sin pausa pero sin hacer un solo ruido.

Avanzó por el pasillo de suelo metálico que la llevaba hasta la escalera de emergencia. Adriana debía tener mucho cuidado en no alertar a nadie. Un momento-Creo que he oído algo- Adriana juraría que la puerta de la habitación de Iosip se había movido. Lo que menos necesitaba era tener a ese gorila haciendo preguntas.

Aguantó unos segundos con su cuerpo perfectamente pegado a la pared. Solo pensaba en su respiración y en calmarse – Vamos, Adriana – Se dijo a sí misma – has estado en situaciones peores..

Calma.. Adriana llegó hasta la puerta de emergencia. Sacó su cuchillo y apalancó el magnético del sistema anti intrusión hasta hacerlo saltar. Pegó las dos partes y entonces salió despacio, sin dejar que la puerta se cerrase sola con el fin de hacer el menor ruido posible.

Bajó los dos tramos de escalera anti incendios y corrió hacia la entrada principal por el lateral. La lluvia había bañado todo y los escalones rezumaban suciedad y óxido, debía tener cuidado o se caería y alarmaría a los vigilantes.

Aunque a ellos parecía no preocuparles nada. Uno de ellos descansaba bajo un techado de chapa y el otro jugueteaba con el arma, sacando y metiendo el cargador como si su labor fuese meramente presencial.

Adriana no entendía como Kuyra podía dejar a esos ineptos al cargo de la seguridad de su base. Aunque en ésta ocasión se beneficiaría de ello.

Unos cuantos metros andando agachada era todo lo que necesitaba para evadirse de aquellos despreocupados pseudo vigilantes.

En quince segundos, Adriana estaba fuera de la base y ellos ni se habían dado cuenta. Era el momento de iniciar el camino hacia aquella luz. Dirección éste. Se giró un segundo para ver hacia dónde apuntaba su ventana y corroborar su rumbo hacia aquella luz misteriosa.

La lluvia resbalaba por todo su uniforme. Pese a la gran calidad de su atuendo, las piernas se le estaban entumeciendo y sus brazos empezaban a dolerle. No llevaba ni diez minutos fuera, pero la intemperie era aplastante.

Quizás había perdido la costumbre de pasar tanto tiempo bajo las inclemencias del tiempo.

Su flequillo, se había liberado de la goma que ceñía su coleta y se había pegado a su rostro. Sus labios se amorataban, ella, trataba inútilmente de protegerlos del frío apretando su boca y girando su cara, como si las inclemencias del tiempo fuesen a remitir por negarles la mirada.

Ya debía estar por la zona de donde provenía aquella luz.

Los árboles y matorrales, amortiguaban el viento en gran parte. La lluvia se frenaba con las copas de los pinos, aún así, el frío asediaba a Adriana. Encogida en sus propios brazos, Adriana comenzó a oscultar el suelo de aquella zona. Premio, una serie de huellas se entremezclaban con las hojas y el barro. Al menos dos tipos diferentes de calzado. Botas militares, tácticas, igual que las suyas. Adriana no entendía nada.

Cualquier salida de cualquier miembro era comunicada al resto de la base. Precisamente para evitar accidentes ya que todo el personal no identificado era eliminado al momento, sin preguntas . ¿Quién podría ser?

Las huellas conducían unos cuantos metros hacia el interior del bosque. Adriana sacó su arma y continuó el camino que seguían aquellas huellas. Un atisbo de olor familiar le llegaba. Era el olor de la lumbre, de la madera quemada. Adriana elevó su mirada y acertó a divisar lo que parecía un vivac de espera. Como el que instalaban los cazadores en época de berrea. Una lona de camuflaje gris se extendía sobre una de las ramas y parecía proteger una hamaca hecha de cordaje de paracord. Entonces cayó en la idea de lo que realmente allí ocurría.

Los estaban acechando.

Alguien, seguramente enviado por Alexander, estaba controlando sus movimientos. – Qué estupida-se culpó.

Ella avisando a Azrael de su inminente ataque, y resultó ser que ellos lo sufrirán primero. Claro, por eso Kuyra había parado la operación.

Los ojos de Adriana recorrieron la zona. Suponía que los dueños de aquel vivac deberían estar cerca.

Y por fin encontró el origen de la luz.

Una estufa improvisada, fabricada dentro de una pequeña lata de aluminio, había volcado y rodado por la ladera. Vertiendo así las ascuas y algunos pequeños tarugos incandescentes que llamaron la atención de la chica en medio de la oscuridad.

Empuñó su arma. Paso sobre paso, recorrió unos cuantos metros en círculos. Escuchando de la forma más selectiva que su entendimiento y capacidad la permitían, dirimiendo cada sonido de la naturaleza, buscando algo que supusiera una amenaza.

Aunque nunca se debe suponer nada, y menos en una situación crítica.

El fallo de Adriana es que se había creído su papel de hábil y sagaz cazadora, cuando realmente su oficio en la empresa del destino era el de víctima, el de presa.

Una defensa extensible golpeó au arma y ésta salió despedida de sus helados dedos.

El siguiente golpe no lo vio tampoco. Sus costillas sufrieron la consecuencia.

Adriana, doblada de dolor, tuvo el acierto de cubrirse de un tercer ataque. Clavando sus antebrazos en el brazo que la amenazaba con golpearla, la defensa extensible cayó al suelo y el tipo se retiró unos metros atrás visiblemente dolorido- ¡Puta zorra traidora!-

Dijo el atacante sujetando su magullado antebrazo. Vas a pagar por morder la mano que te dio de comer ..

Adriana lo miró fijamente a los ojos mientras se sujetaba el costado. Su costillar derecho palpitaba y emitía un agudo pinchazo cada vez que trataba de tomar aire. Ella sabía que era más que probable que alguna costilla hubiese sufrido una rotura.

Adriana le conocía. Su rostro le era familiar. Exactamente, de cuando tuvo lugar la operación recolecta. Ese tipo ya trabajaba para Alexander cuando ella llegó a la mina. Un ser despreciable, sin duda. De los que puedes adivinar sus malas intenciones incluso antes de conocerlo en profundidad.

Para colmo, no estaba solo. Mark, otro odioso tipo. Lascivo, soez.. Todo un caballero, irónicamente hablando-está claro-.

Dos tipos sin pudor ni moralidad que vivían de lamerle el culo a su jefe y de cometer todos los actos despreciables que un ser humano correcto debería repudiar.

-Vaya, vaya..- dijo caminando en torno a la magullada Adriana – si es la gatita de Kuyra – sonrió.

-¡Joderos! – dijo escupiendo en el suelo. – Los dos, y también vuestro jefe.

Los dos hombres se miraron y alzaron las cejas sonriendo. Entonces, Adriana se dio cuenta de que estaba en un serio aprieto. No podría salir de allí corriendo con las costillas seguramente rotas. Y defenderse la costaría bastante. Pero ella sabía que los métodos de esos canallas no eran precisamente delicados.

-Vamos a ver qué tenemos aquí – El tipo sacó su defensa extensible y con la punta recorrió los pechos de Adriana que se había apoyado en el árbol más cercano.

-¡Aparta! – gritó a la vez que despejaba de un golpe el arma de aluminio y sacudía con su puño al tipo en el pecho.

La pena para ella fue, que el dolor del costado limitó la efectividad del golpe en gran parte y solo consiguió desequilibrar al ahora furioso enemigo.

Este se levantó del suelo ante las carcajadas de su compañero y propinó una patada baja que barrio las tibias de Adriana y la lanzó contra el suelo. El aire al completo se esfumó de sus pulmones y la privó de oxígeno a la vez que la inundó de dolor.

Zorra, cometiste el error de unirte a Kuyra, has cometido el error de venir aquí sola, y, ahora vuelves a errar. Al final no eres tan lista como aparentas..

El hombre alargó su mano y acarició el rostro de Adriana que mostraba una mueca de dolor. Ella respondió girando bruscamente la cara y devolviendo una mirada desafiante.

Pero la personalidad de aquellos chacales era sumamente fría. Una cara bonita no les ablandaría ni mucho menos. Al revés. Ellos disfrutaban con aquello.

Rodolfo, un panameño cuyo padre había perecido en la operación “Causa Justa” en 1989, fue desprovisto de su progenitor y de su alma. Ahora con treinta y cinco años, sumaba más muertes y violaciones a sus espaldas que muchos centros penitenciarios en total sumando todos sus reos.

Un hombre cubierto de cicatrices por todo su rostro, causadas seguramente por las uñas de las víctimas a las que había sometido y luego asesinado. Un especimen para tener más bien lejos, sobre todo si eres una mujer.

El criminal Rodolfo, asestó un golpe sore la quijada de Adriana. Su cuerpo se estremeció y se desvaneció durante unos segundos. Cuando volvió en sí, el apestoso aliento a tabaco negro y ginebra de Rodolfo le inundaba los pulmones.

El sucio panameño le pasó la lengua por la cara ante la mirada complacida de su secuaz Mark. Estaban claras las intenciones de aquellos dos enfermos.

Adriana trató de defenderse. Aunque sin éxito, fue nuevamente golpeada y lanzada contra el suelo.

Su rostro se incrustó en el barro. Podía sentir el frío de la nieve medio derretida impregnando sus manos y su cabeza. Tenía el pelo empapado, lleno de arena mojada y de trozos de hojas muertas.

Rodolfo la sujetó por la coleta y la levantó nuevamente con violencia desmedida. Su cuerpo fue de nuevo a parar contra el árbol.

Sentía las arrugas de la madera clavándose en su espalda. El frío, el dolor.. O ya no le dolía.. Era igual.. Adriana se rendía a su destino. Quizás su sino era morir de esa manera.

Rodolfo corrió a su mochila y sacó de ella un rollo de cuerda. Cuando volvía, podía oírse como silbaba feliz. A él le encantaba lo que ocurría en aquel momento. Tenía el control y una presa indefensa. Como le gustaba a él y como le gusta a todo violador cobarde.

Ató las manos de Adriana y pasó el cabo suelto por encima de una rama. Estiró de él y las manos de Adriana se alzaron de forma brusca hacia la copa de éste.

Ella levantó la mirada. Pero ya no podía distinguir demasiado lo que la rodeaba. Oía reírse a los dos cabrones que la tenían atrapada. Veía bultos y muchas luces. Sentía el aguanieve en el rostro y en las manos. También en su pecho, – ¿por qué siento la lluvia helada en mi pecho? -.. Entonces se dio cuenta de que la habían desabrochado la chaqueta y que habían cortado su camiseta interior térmica.

Semidesnuda, frágil, sumisa. Ya nada quedaba de aquella pantera.

-Sujeta ésto – Dijo Rodolfo pasando el cabo de la cuerda a Mark que lo tensó aún más.

-Ahora tú y yo vamos a pasar un buen rato, ¿eh pechitos? – le dijo lascivo al oído. – y luego, mi amigo jugará también con ese cuerpo que guardas ahí.

Adriana, sólo podía esperar su muerte. Quizás si pensaba en todos los momentos en los que había sido feliz, quizás entonces, su alma viajase lejos de aquél infierno que estaba viviendo.

Pero Rodolfo no estaba por la labor. Una y otra vez, el energúmeno abofeteaba a la chica. Sólo quería que su total maldad se expandiese sin límites a costa del dolor de la muchacha.

Las manos se le habían amoratado ante la presión que la cuerda ejercía en sus muñecas. No tenía idea de qué hora era, ni el día en que vivía. Pero qué más daba.

Parecía que iba a ser el último..

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte