Capitulo 54. La Cálida Compañía De Un Fantasma.

Capitulo 54. La Cálida Compañía De Un Fantasma.

Adriana se encuentra entre la vida y la muerte. Iosip descubre que solo tiene un enemigo a su altura.

Nadie tiene más posibilidades de sobrevivir, que el que de verdad cree que puede hacerlo.

Bear Grylls

Tan solo dieciocho años. A esa temprana edad, la mayoría de la gente se ha decantado ya por una profesión, unas espectativas y un proyecto de futuro.

A esa edad, los adolescentes, suelen tener su mente plagada de sueños y ambiciones.

Pero no es el caso de Adriana.

Voluntaria de la IDF. La muchacha madrugaba cada mañana más que nadie en su cuartel. Ella ansiaba cada mañana despertar y ganarle la llegada a la luz del alba. Para Adriana , eso significaba tanto, como el comienzo de su jornada de entrenamiento. Un nuevo día, una nueva oportunidad de mejorar. Una mujer cargada de poder, una guerrera que solo trata de superarse, mejor que el día anterior, pero de lo que sería mañana.

Ya es su tercer año en la IDF. Las pruebas para acceder al Cuerpo de reconocimiento, inteligencia y combate, son dentro de poco. Una semana, puede que dos..

Como todo lo que se hace en ese ejército, las pruebas son comunicadas en el mismo día. Da igual si el soldado aspirante no ha dormido, si está enfermo o si acaba de perder a un familiar, como es el caso de Adriana.

“La abuela nos ha dejado”

Eso era todo en aquel telegrama. Su abuela, su segunda madre. Acababa de dejar éste mundo.

Pero Adriana, lejos de hundirse en la pena, sonrió mirando hacia la ventana y profiriendo una gran sonrisa. Un parpadeo rápido, quizás un par de lágrimas, no más.

Su abuela, mitad madre dulce, mitad mentora, pero al completo sabia y luchadora. Siempre la regalaba grandes consejos. Aunque ella siempre recuerda el mismo, una y otra vez:

La vida está hecha para hacerla arder. La gente que alberga en su pecho el frío y la tristeza, serán condenados a esconderse mientras, los que albergan fuego en su interior, les mostrará en cada palabra y cada acción que la vida va de eso. Arde, pequeña mía. Inunda todo con tu fuego.

Y así, Adriana, prometió por sí misma y por su abuela que nadie, nunca pondría límites a su fuego.

Entonces conoció a Nicolai. Un tipo reservado, extraño e introvertido.

Nicolai, macho alfa por definición.

De cuerpo atlético y mirada penetrante. Voz ruda y personalidad intrigante.

Nicolai llegó una fría mañana al puesto de entrenamiento del desierto de Avnat, al oeste del mar muerto, con la misión de examinar a los soldados aspirantes.

Balística, climatología, orientación..

Ese hombre poseía más conocimientos sobre algunos rifles que los propios fabricantes.

Experto tirador, de los mejores del Mossad, en concreto, el mejor del Kiddón.

Si el objetivo entraba en su mira, estaba muerto, no había más opción. Nicolai podía contar las bajas que había conseguido por el número de proyectiles que había usado.

-Mira, observa.. Funde tu capacidad para sentir el entorno-le susurró él en la prueba de tiro. – Fija tu mirada en el objetivo, el resto de tus sentidos debe permanecer atenta a los cambios del mundo que te rodea.

Mira la hierba, la arena. Corrige tu mira en consonancia con el medio que te envuelve. Escucha tu intuición, y entonces, dispara..

Y así hizo. Adriana, con un disparo perfecto, completaba una rosa de tiro en la puntuación más alta de los allí presentes.

Tal fue la alegría del momento, que Adriana soltó su rifle y se abrazó con fuerza a su examinador. El silencio dio forma al segundo que pasaron abrazados y soldó sus miradas ante la perplejidad de los que les observaban.

Desde aquél momento, el perfume de la chica se apoderó de la vida de ese hombre y los brazos de éste se hicieron con la forma de su esbelto cuerpo.

El tiempo fue dándoles grandes momentos. Noches largas sin despedidas. Moteles. Cartas con los mejores deseos y algún que otro regalo por correspondencia.

La relación se basaba prácticamente en la sorpresa. No saber cuándo aparecería él por el acceso de aquél cuartel para abrazarla fugazmente y de nuevo desaparecer, daba a ese símil de amor un toque amargo pero que acentuaba el dulzor en el reencuentro. Pensar en él algunas semanas y hacer que todo se sustentara en la espera era un trabajo arduo pero gratificante.

Hasta el día en que Nicolai apareció acompañado.

Un tipo trajeado, de pelo engominado y olor a perfume caro, se bajaba del Humvee que conducía Nicolai. El tipo supervisaba todo con desconfianza. Una mirada a su alrededor, con gesto torcido, denostaba que nada de lo que podía divisar por allí parecía gustarle

Adriana sospechó. Un hecho del que se había percatado había pueso en marcha su intuición, y es que el vehículo conducido por Nicolai ya no llevaba la bandera de la IDF. En su lugar, un anagrama con letras en ruso ocupaba la parte baja de la puerta. De hecho, Nicolai tampoco llevaba su uniforme de tonos desérticos digitales y ahora se enfundaba en un traje negro completamente nuevo. Los dos portaban una identificación, la cuál habían mostrado al responsable del puesto de control. Algo no cuadraba. Nicolai había entrado decenas de veces en aquella base y siempre con otro uniforme.

-Es ella, la mujer de la que te he hablado- dijo Nicolai al hombre que se estiraba la chaqueta.

El tipo, desprendía un olor a flores y madera de sándalo muy concreta, Jean Paul Gaultier exactamente, que contrastaba con el permanente aroma a gasolina y pólvora de la zona.

-Dime hasta qué punto puedo confiar en ella..

Adriana con los ojos como platos, miró la escena como si de una película ajena a ella se tratara y esperó la respuesta de su amado, Nicolai, que ni siquiera había saludado a su amante.

-Es de la misma confianza que yo. Puede estar tranquilo. Usted y Alexander. Pero ya se lo dije, mi precio es que ella venga con nosotros.

Adriana, trataba inútilmente de dar sentido a todo aquello. ¿Se iban? ¿A dónde? ¿Qué tipo de acuerdo pasaba por llevarla a ella a ninguna parte?.

-Está bien, nos vamos en cinco minutos. Mañana a éstas horas partimos para la mina.

¿La mina? Adriana estaba más confusa con cada palabra que salía de la boca de ese hombre.

-Coge tus cosas -Le dijo Nicolai tomándola por los hombros y clavando su mirada en la de ella- te lo explicaré por el camino.

Zmei, con tono desafiante y con toda la soberbia que le cabía en el traje, susurró unas palabras al oído de Nicolai aprovechando que ella ya había corrido a dentro del cuartel:

-Si ella nos falla, tendrás que matarla tú mismo.

Entonces, ella, que precisamente no destacaba por su ingenuidad, se fue percatando de que algo pasaba, algo serio de verdad. No dudó en hacer caso de las palabras del hombre que tantas veces la había amado en sólo unos meses de relación y corrió a su taquilla para hacerse con sus pertenencias.

Todo el mundo la miraba extrañado. Como si de un fantasma se tratara. La muchacha abrió su macuto militar e introdujo las cosas que de ninguna manera podía dejar allí.

Uniforme, ropa de civil, su arma, y la foto de su abuela. Cada vez que Adriana abría el pequeño portafotos de cuero y veía su rostro, los ojos se le aguaban y tenía que tragar varias veces para no romper a llorar como una niña pequeña.

Adriana siempre recuerda lo feliz que era a su lado. Lo bien que olía a galletas y jabón antiguo siempre que estaba con ella.

Ahora la imagen se le difumina en la mirada. El rostro de su abuela, se mezcla con la visión de un bosque que se agita ante sus ojos. Su cabeza gira. Ella solo trata de mantener la mente en otro sitio. Pero el dolor es fuerte. Los golpes y los gritos que la aturden, son más fuertes que el recuerdo de su querida Yaya.

Mark, la observa desde la parte de atrás de Rodolfo. Él solo sujeta la cuerda que apresa sus muñecas y la mantiene indefensa, pero también disfruta con eso. Sabe que en cuanto Rodolfo termine con ella, será su turno.

Maldito momento en el que decidió salir a husmear. Pero era su destino. La curiosidad mató al gato, en éste caso a la pantera.

Adriana se tambalea y lucha por mantener el cuello en su sitio. Pero no es tarea fácil. Los golpes de Rodolfo con su mano abierta son bastante contundentes. Y ya lleva unos cuantos encajados.

El pitido de los oídos, provocado en parte por los golpes y en parte por el acuciante frío, le distrae de oír los comentarios, desmedidos y soeces, que salen de la cloaca que tienen esos dos energúmenos en la cara.

Adriana le mira fijamente. Los labios le palpitan, los nota totalmente inflamados. La boca tiene un sabor ferruginoso continuo y el calor de la sangre que emana de su nariz le indica que ya ha tenido bastante.-¿ Por qué no me matan ya? – piensa ella.

Pero Adriana no sabe rendirse tan fácilmente. Al menos no tan pronto. Ella puede aguantar, aunque quizás la esperanza y la falta de apego a la vida que llevaba, no son suficientes para motivarla a luchar.

Alza de nuevo la mirada. Ve a su abuela delante de ella. Contempla cómo la mira y cómo la regaña con su mirada. – Ese no es el fuego que puedes llegar a dar- la dice con los ojos entornados. Pero los golpes se suceden de nuevo. Ha perdido la visión de su abuela, ahora, es un borrón en la profundidad. Una mancha que pasea entre ella y sus captores.

La mancha se gira. ¿Quién es ese tipo? Adriana ve a alguien donde antes veía a su Yaya. No lo conoce, pero le resulta familiar. Como cuando sueñas con alguien y nunca llegas a saber quién era. Aunque sabes que le conocías. Por lo menos tu corazón si sabe de quién se trata.

El ser que ve ahora es un tipo alto. Echado hacia delante. Porta un viejo abrigo. Con la capucha puesta. También lleva un farol, de luz extraña. Menuda pero intensa. Adriana oye violines a la vez que clava la mirada en ese tipo. También se va. – Qué raro-piensa ella. El tipo parecía no ser visto por ninguno de esos dos bandidos. Ya se va. Adriana se queda sola de nuevo. Sola con sus verdugos.

-¡Sujétala bien! Maldita sea.. No aflojes la cuerda- gritó Rodolfo mientras desabrochaba el pantalón de una Adriana ya medio inconsciente.

Pero los brazos de Adriana volvían a caer y subir, suscitando el enfado de Rodolfo que procedía a desabrochar también sus pantalones- tengo aquí algo para tí gatita, aunque no lo quieras, te lo voy a dar igualmente. Los brazos de Adriana bajaron de nuevo.

Ofuscado, el tipo se giraba sobre sí mismo con rabia y gritaba de nuevo-¡Maldito imbécil! Te he dicho que tenses la puta cuerd…

Y entonces, Adriana, fortalecida sin saberlo por la imagen de su abuela y de aquel extraño hombre, puso la mirada al frente para ver lo mismo que veía Rodolfo. La situación, que parecía totalmente perdida para la muchacha, acababa de dar un giro totalmente inesperado.

Y así se reflejaba en la expresión de Rodolfo.

Su compañero de fechorías, Mark, yacía en el suelo, casi completamente inmóvil, salvo por los espasmos que daba su cuerpo ante la exorbitante pérdida de sangre que tenía origen en su cuello. Un tajo limpio, que recorría desde su carótida izquierda hasta su oreja derecha. Toda la garganta había sido seccionada de una sola vez sin dar la menor oportunidad a ningún tipo de defensa por su parte.

Azrael, con todo el brazo derecho cubierto del rojo plasma de Mark, sonreía con desprecio mientras mostraba su chorreante cuchillo en la mano y sostenía con la izquierda la cuerda que ataba a Adriana a la rama.

Yo también tengo algo para tí, y me da igual si lo quieres o no, pero aquí tienes, disfruta de mi regalo ..

Y dando un rápido giro de cintura, Azrael pasó el filo de su cuchillo a la altura del pubis de Rodolfo.

El ataque en forma de arco, cortó la carne de aquél tipo y también el tiempo. Partió en dos el instante y congeló el bosque. Los segundos dejaron de pasar. Solo quedaba el silencio y el brillo de la sangre que se precipitaba. En aquella traza de tiempo, el líquido rojo comenzó a cubrir sus pantalones y el barro del suelo. Con otro movimiento fugaz, pasó por el cuello de un Rodolfo completamente en shock la cuerda que sostenía y ató un lazo. Corrió hacia adriana y la liberó de su atadura de muñecas, tensó la cuerda con toda su fuerza y el cuerpo de Rodolfo se quedó alzado y tocando con las puntas de los pies sobre el suelo.

Un gran charco de sangre se formaba a la vez que Azrael tiraba poco a poco de la cuerda. Las tripas del ahora apresado, se esparramaban y quedaban colgando mientras él se llevaba las manos al cuello tratando de liberar el lazo que lo ahorcaba.

Adriana se desvaneció junto a Azrael y se quedó sujeta al cuello de éste que la sostuvo con su brazo derecho mientras mantenía tensado el cuerpo de Rodolfo.

Azrael dio una vuelta más a la cuerda sobre su mano y tensó aún más la soga.

Podía notar perfectamente como la energía de sus movimientos era cada vez más débil. La resistencia se esfumaba junto con su maldad. – Nunca, nadie, te recordará en adelante-dijo Azrael entre dientes.

Nunca sabrán si la vida de ese hombre se esfumó por la cuerda que apresaba su cuello y ahogaba sus pulmones, o si la causa de su muerte fue el profundo corte que le sesgó en su mitad. El caso, es que Azrael jamás había encontrado tan enriquecedor y satisfactorio, el observar detenidamente cómo se apagaba la mirada de su presa.

Ya muerto, el cuerpo de Rodolfo se estremeció una vez más y la sangre dejó de caer desde la abertura de su estómago. Entonces, Azrael soltó la cuerda y el cadáver humeante se estrelló en el suelo. Sentó a Adriana despacio sobre un tocón y se crujió los dedos.

Azrael registró a gran velocidad los cuerpos como manda el protocolo de los depredadores y consiguió de ellos un arma corta y algo de munición para ella.

Retiró el anorak del cuerpo de Mark y lo colocó sobre los hombros de Adriana después de ayudarla a abrocharse su chaqueta. Ella le miraba, aún sin saber si todo lo que veía estaba ocurriendo de verdad o si formaba parte de una de las alucinaciones que había tenido a consecuencia de los golpes sufridos. Algo la decía que Azrael era tan real como la sangre que recorría el suelo del bosque ante ella.

Adriana llamó su atención con unas debiles palabras y le señaló con dificultad la ubicación del vivac que tenían montado en lo alto de un abedul, él observó un par de minutos la mejor manera de alcanzarlo y trepó hasta él por el lateral del tronco que más ramas tenía.

Una vez alcanzada la hamaca de la copa, Azrael comprobó que se trataba de una estructura de maderas atadas en triángulos que habían cubierto con pequeñas ramas de pino. Era un trabajo perfectamente diseñado para ver y permanecer en él algún tiempo. La lona que lo cubría, tenía una cuerda para poder cerrarla y evitar el viento del oeste que arreciaba algunas tardes. Dentro del vivac, un par de mantas de microfibra y un subfusil m4. Algo de carne requemada y una emisora, exactamente igual que la que les había dado Alexander. También unos pequeños prismáticos y un paquete de tabaco para liar.

Azrael cogió todo envuelto en una de las mantas y se descolgó por las ramas.

La lluvia reclamaba su turno. Gotas finas pero frías como un entierro, salpicaban el rostro de Azrael mientras observaba a Adriana que luchaba por mantenerse consciente.

La situación no era muy prometedora, más bien era digna del día que los iba a tocar vivir. El sol daba un tono gris a la cúpula de hierro que los cubría y aunque el aire había parado se preveía una tormenta para toda la jornada. Adriana necesitaba descansar, Azrael también, pero lo que realmente necesitaban era salir de allí cuanto antes. A lo lejos, de forma aún débil, podía oírse perfectamente las voces de los hombres de Kuyra. La buscaban a ella.

Azrael la miró. Pese a que sus ojos se dirigirán directamente a Adriana, su mirada estaba desenfocada. Su pensamiento solo se centraba en escuchar las voces que el eco del granito les traía y en trazar un plan, apresurado, quizás suicida.

Si la dejaba allí, quién sabe si encontraría otra oportunidad de salir de aquel lugar. Si por el contrario, trataba de escapar con ella en ese estado, el lastre que suponía cargar con su cuerpo podría costarles la vida.

Abandonarla y sobrevivir, o, ayudarla en un plan kamikaze para compensar el riesgo que corrió ella avisándole del ataque. .

Las voces sonaban de nuevo. Ésta vez más cerca.

El amanecer en aquella ladera embarrada de niebla y maldad, no dejaba lugar a escuchar muchos sonidos diferentes . Lechuzas que regresaban de una noche de caza intensa y el viento regateando entre las ramas más altas de abetos y pinos. Las gotas de lluvia, dejándose caer hacia aquel bosque como si un bombardeo de pequeños cristales se hubiese ordenado contra ellos. Una eternidad en un segundo . Esa era la sensación de tiempo que separaba el punto en el que Azrael había podido adivinar a duras penas aluna palabra entre el murmullo que le llegaba y el momento de decidirse por una opción.

-¡Han tenido que subir por aquí! – eso se entendía a la perfección.

La decisión estaba tomada. Azrael había trazado un plan, el más peligroso, como siempre. Pero el que más se acercaba a su verdadera intención.

-Quédate aquí, aguanta – susurró a la chica mientras la recostaba contra un tronco cercano.

Ella le observaba. No tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando por la mente de aquel hombre. Tampoco tenía mucha más opción que esperar y averiguarlo con el suceder del tiempo.

Azrael, desenfundó el cuchillo y sin mediar palabra, cortó un trozo de tela de la chaqueta de Adriana. Ella se sorprendió un poco más. Se quedó mirando al hueco que había dejado el girón que ahora la faltaba y alzó la vista para ver lo que tramaba aquel loco que dios sabía lo que se traía entre manos.

Azrael se agachó con velocidad y pasó el trozo de nilon por el cuello de Mark, aún caliente y sangrando con poca o ninguna fuerza.

Se incorporó con toda la velocidad que podía imprimir a sus acciones y corrió alejándose del lugar. En cada tronco, arbusto y roca que dejaba atrás, Azrael pasaba el trozo de tela que había empapado hacía unos segundos con la sangre de Mark.

A unos cien metros, envolvió el trozo de tela sobre una piedra y la lanzó tan fuerte como pudo. Regresó al lugar donde Adriana luchaba por mantener los ojos abiertos, se colocó a su lado e itrodujo su brazo derecho en la chaqueta que había colocado sobre sus hombros. – Tú mete el brazo izquierdo y yo meteré el derecho- dijo mientras la abrazaba para servirla de apoyo.

Y así, Azrael y Adriana abandonaron aquel lugar. No sin antes recoger su arco, el arma de la chica, el subfusil y las mantas con los objetos que habían rapiñado.

Paso a paso, Azrael fue perdiendo las voces que antes casi lo alcanzaban.

Azrael extendió la manta sobre ellos. Inútilmente, trataba de frenar la humedad que lamía sus cuerpos y se precipitaba en sus cabezas. – Vamos, no te pares. Pronto podrás descansar- dijo sin mirarla.

Ella, observaba con su ojo hinchado al hombre que la sujetaba, el hombre que la acompañaba en aquel camino a ninguna parte. Su mente daba vueltas. Arrastraba sus pasos mientras esquivaba al sutil desmayo que la perseguía.-¿Azrael estaba de verdad allí? – puede que tan solo fuese un fantasma, un ángel de la muerte, una valkiria con forma de guerrero. Aunque en el fondo, Adriana sabía que podía confiar en ese tipo. Era rudo, de aspecto desconfiado. Pero su alma, ese alma desbordaba algo que la atraía, algo que la daba cierta tranquilidad.

Azrael, hacía sentirse segura a esa mujer, allí, en medio de aquella guerra, en medio de la nada, protegida únicamente por el brazo de ese casi desconocido. El bosque y la niebla engullían a la pareja de proscritos. Agarrados bajo la misma chaqueta ensangrentada, huían hacia el interior de aquella telaraña de vegetación.

Adriana sentía una calidez que la reconfortaba. Casi había olvidado su dolor. Pero solo casi. Aún podía sentir el olor de su pasado esperando con una elevada factura. Mientras, trataba de olvidar, el cansancio y el dolor la apartaban de la realidad y se apoderaban de su conciencia. En ese momento, Adriana se dejaba llevar por el sopor y se encomendaba a la protección de su salvador.

Quince minutos después, puede que algo menos. Tan solo ese corto espacio de tiempo es el que había dado lugar a la llegada de los hombres de Kuyra al lugar en que había ocurrido todo. Dos fatigados soldados descubrían los cadáveres de Rodolfo y su desgraciado compañero. -¿ÉSTO LO HA HECHO ELLA? – dijo alarmado uno de los soldados.

Los tres tipos, apuntando con las linternas tácticas de sus armas hacia el suelo, observaban atónitos los dos cuerpos sin poder imaginar lo allí ocurrido.

Los órganos de Rodolfo, se extendían alrededor de su cuerpo. Aún humeantes en contacto con el frío de la bruma. – Joder, qué imagen..

-¡Señor!, tenemos algo.. – gritó uno de los secuaces mientras recorría el suelo con la vista.

-Dígame, soldado. ¿Que ha encontrado? – contestó el superior acercándose al punto donde el jóven quedaba parado.

-Tenemos un rastro-aclaró. – parece que está herida-Dijo señalando la sangre de los troncos y ramas bajas.

El superior se quedó unos momentos dubitativo. Pasaba la mano por su barbilla perfectamente afeitada y entornaba los ojos con total desconcierto. – Es posible-confirmó mientras asentía-Pero, me parece extraño que haya huido en dirección al interior del bosque.

Los tres soldados, de forma coreografiada, giraron sus cabezas hacia el camino que surgía desde su base. Una silueta, de gran tamaño, emergía poderosa de entre los arbustos. A contraluz se divisaba un torso gigantesco. Ancho como sólo un hombre en toda la zona podía presumir tener.

-Señor, tenemos dos exitus*- Aclaró el hombre de más rango-Pero no encontramos nada de ella, tan solo un rastro de sangre.

Iosip, con garbo de autosuficiencia, paseaba oscultando el suelo con su único ojo. Su camiseta entallada Helikon color oliva le dibujaba los antebrazos en la oscuridad de la niebla. Pasó de largo ante los tres soldados que se habían formado ante su llegada, él omitió saludarlos, como siempre. Iosip tenía asumido que era la representación del poder y que ello conllevaba comportarse como un prepotente.

Extrajo su linterna, pequeña pero potente, de su bolsillo de pernera y alumbró al suelo, después a los árboles. Recorrió el camino hasta el rastro que le habían señalado los soldados con el haz de luz y, sin moverse, río con desprecio antes de mirar a la cara del hombre al mando.

-Usted es el superior de lo que queda de nuestra escuadra de rastreo ¿No es así? -Interrogó Iosip al inquieto hombre.

-A… Así es señor- respondió con temor claramente visible.

-Entonces, supongo que se habrá fijado en que el rastro de pisadas que acompaña al rastro de sangre no es solo de ida, como puede usted ver, aquí tenemos las mismas botas marcando pasos en sentido contrario. A parte, la sangre que ha dejado el individuo al que ustedes rastrean con ninguna efectividad, las señales que ha dejado, quedan a un metro de distancia de las pisadas que contemplan, por lo tanto las hizo con algo que llevaba en la mano. -Replicó soberbio, evidenciando la ineptitud de aquel soldado.

Y también supongo-continuó el checheno-que habrán observado, que las huellas conducen exactamente hasta aquí de nuevo, para proseguir el camino en aquella dirección – gritó señalando al oeste- pero no de forma individual, si no junto a éstas otras huellas, que son casualmente iguales que las suyas y las mías, número cuarenta y tres, y que dejan marcada la bota izquierda más profunda que la derecha, lo cuál explica que nuestra pequeña Adriana va agarrada a un tercero, al cual pertenecen las otras pisadas y cuyo dueño ya estará lejos de aquí, aunque no demasiado. Pero claro, eso usted ya lo había adivinado, ¿verdad? Señor.. Rastreador ¿experimentado? – Iosip abandonó el lugar negando con su enorme cabeza ante la evidente falta de profesionalidad de los que se hacían llamar rastreadores.

Avanzaba seguro de sí mismo. Seguro por haber descubierto la más que posible traición de Adriana, sobre la cual llevaba sospechando bastante tiempo. Seguro por haber demostrado sus dotes de rastreo incluso superiores a las de los propios hombres dedicados a ese menester. Seguro porque había encontrado de nuevo un enemigo, alguien capaz de acercarse a escasos metros de su propia base, de descubrir a los que espiaban a su propio equipo, de eliminarlos de forma cruel y de demostrar tenacidad para ayudar a una mujer seguramente herida.

Iosip sabía que se trataba de un hombre, del mismo que había mutilado su mano, el mismo que había retado numerosas veces a la muerte. Iosip sonreía por primera vez en mucho tiempo. Miraba al cielo y daba gracias. Gracias por darme la oportunidad de tener que dar lo mejor de mí para encontrarte. Gracias por hacer que mi vida tenga un nuevo propósito. Un nuevo camino para un guerrero. Una nueva forma dedemostrar que era el mejor.

Acabaré contigo.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte