CAPÍTULO 56.El Camino De Azrael

CAPÍTULO 56.El Camino De Azrael

Azrael consigue llegar a un refugio en el que ya había estado y encuentra algo desconcertante

Mi barco tomará tierra si vos lo permitís. Que Loki no engrandezca tu furia. Que los rayos no sean para nosotros.

Havamal.

-¿Cuánto puede llegar a soportar el cuerpo humano? ¿Cuánto puede sufrir un ser viviente antes de darse por vencido?¿En qué momento, el león decide dejar de luchar y se rinde a merced de las hienas? Muchos, aseguran que la verdadera fortaleza reside en el alma, en el amor y los sentimientos. Otros, que en el corazón. En la necesidad de sobrevivir y el arraigo a la vida. Pero para Azrael, la verdadera fuerza reside en su sed de venganza hacia la vida. El obcecamiento enfermizo y obsesivo con robarle otro amanecer a su existencia en el presente. Esa sed, puede llevarte a cualquier lugar del mundo. La sed de sangre. La necesidad de vencer al amenazante día y superar a la oscuridad de la noche. Un universo en guerra contra él, contra sus capacidades. Camina Azrael. Camina y vence a tu enemigo. Elige tu destino y esquiva con desprecio el que te han otorgado sin tu elección.

La voz interior era implacable. Por mucho que Azrael intentase arrojar la toalla, siempre encontraba un nuevo motivo para proseguir en su camino. Siempre escuchaba esa voz con forma de mujer que le negaban la rendición.

La lluvia, había tejido un mar de mil gotas que abrazaban el rostro de Azrael. Incesantes, recorrían la chaqueta que compartía con Adriana, formando pequeños caminos en los surcos de la ajada tela. Desde hacía al menos cuarenta minutos, Azrael había arrastrado sin descanso a la inconsciente muchacha. Cargada sobre su costado izquierdo , el superviviente aquejaba de nuevo aquél dolor que ya creía tener olvidado. La sombra del un resentir agudo en su tórax, le recordaba aquella batalla en la que casi muere ahogado junto a la maltrecha caseta de piscina. Sus costillas laceradas habían sido un constante indicio que aseguraba al superviviente de que su humanidad le había abandonado pero no así la mortalidad de cuerpo.

Sólo había hecho un alto en el camino para comprobar si ella seguía con vida. Sería un desgaste innecesario y una pérdida de tiempo el hecho de arrastrar un cadáver todo aquel trecho que ya llevaba recorrido. Azrael se sirvió de un tronco enmohecido y cubierto de líquenes en su parte baja para recostar a Adriana. Observó su cara y la tomó con dos dedos por el mentón. Un mentón precioso-Pensó Azrael -. Respira. Una vez tomado el pulso de la joven, Azrael sacó el cuchillo y se hizo con unos cuantos trozos de aquellos líquenes que emergían de apiñados en el tronco a sus pies. Él sabía que en alguno de sus extraviados libros, había leído sobre la comestibilidad de esos hongos. Algunos de esos líquenes, contenían un exceso de ácido oxálico que podía irritar sus aparatos digestivos. Pero Azrael sabía que cociendo esos hongos, podía eliminarlo, al igual que las ortigas pierden su capacidad irritante al ser hervidas. Guardó los líquenes en un trozo de tela y metió el paquete en la mochila junto a las flechas. Volvió a ponerse en pie, y un mareo desconcertante le devolvió a su postura agachada junto al tronco. – Maldito cansancio-Azrael sabía que no podía prolongar demasiado la situación de agotamiento o sucumbiría en medio de aquel bosque. Apoyado sobre su mano izquierda, se levantó poco a poco y frotó su cara con las llemas de sus dedos. Respiró de nuevo, se permitió un par de tragos de su envejecida botella de agua y obligó a Adriana a beber también. Con algo de dificultad por culpa de su labio hinchado, consiguió que la joven tomase algo de líquido antes de emprender el camino. Se puso su mochila y ayudó a incorporarse a la bella Adriana, que a duras penas si sabía dónde se encontraba -Espero que demos con un lugar para reponernos a salvo-la dijo sin esperar respuesta. La colocó de nuevo la chaqueta como la había llevado durante el eterno trecho hasta allí. Metió su brazo derecho y volvió a cargar con ella. Al menos ahora parecía que ella ponía de su parte. Era eso o que Azrael había conseguido hallar algo de energía con su pequeña parada. Volvió a retomar la procesión que los llevaba a ninguna parte. Exausto. Debilitado por el sueño y el hambre, Azrael llevaba al menos la mitad del recorrido sobreviviendo gracias a sus perseverantes catecolaminas.*1

Diez minutos más de marcha bastaron para que volviese a sentir la fatiga aguda sobre sus hombros. Adriana volvía a pesar como un macuto cargado de piedras. Las costillas parecían haberse envuelto en llamas y los pies lo estaban matando. Casi no había podido observar de nuevo el cambio en su entorno. Los matorrales se mostraban casi sin hojas, y de nuevo toda la vegetación se componía de pinos y abetos. Según se adentraba en aquél bosque, el frío iba desplazando a la niebla y a la humedad para teñir todo de escarcha. El mismo bosque, dos climas diferentes.

No podía más. Un traspié tras otro terminaron con los dos guerreros por los suelos. Azrael tuvo el tiempo justo para poner su mano en el suelo y evitar que Adriana se llevase la totalidad del impacto.

Las rodillas se clavaron en el suelo y transmitieron en un sólo segundo la fría situación que los rodeaba. Los guantes de Azrael estaban empapados. La piel vuelta de sus Mechanik anticorte se había mojado por culpa del barro escarchado y ahora le robaban la temperatura de las manos.

Giró la cabeza hacia ella y volvió a mirar al suelo. Derrotado, por algún motivo en concreto, Azrael se negaba a dejarla allí. No sabía qué pacto había hecho su alma a espaldas de su conciencia, pero era incapaz de pensar en librarse de esa carga.

Su mano apenas sobresalía del barro. Las gotas sucias que bajaban por su rostro se despeñaban y caían a cámara lenta ante sus ojos. En su interior podía oír cómo se le apagaba la vida sin remedio. Esclavo de su manía por solucionarlo todo. Víctima de su ímpetu. – Maldito soy por venir, cuando realmente no me hacía ninguna falta. ¿Qué he ganado? ¿Qué ocurriría en ese mismo momento allí donde está Maika? Alexander ya estaría próximo al complejo.. – la conciencia de Azrael le distraía. Tan incisa en su abatido ser que casi se había olvidado de Adriana. Volvió a girar la cabeza y volvió a ver su amoratado rostro. Esta vez ella también le miraba. Con su ojo menos hinchado y a través de una débil mueca. Pero le miraba.

Ella, respiró hondo y sacó algo de dentro de sí misma para revivir el alma de su rescatador. – Gracias. Gracias por salvarme. Gracias por morir conmigo. Gracias, porque ninguno de los dos sabemos porqué haces ésto.

Y tras susurrar aquellas palabras al oido de Azrael. Cerró los ojos y se desmayó de nuevo.

Entonces Azrael, supo perfectamente cómo digerir aquella frase que acababa de escuchar. La responsabilidad que él mismo se atribuía para con los débiles llamaba a su puerta y cargado de una especie de locura interna, se dio cuenta de que aquello no se trataba de un rescate, sino de una batalla. La lucha contra el destino, contra el futuro impuesto. Una guerra que ganaría solamente si era capaz de liberar a esa mujer de la tragedia.

Apretó fuerte su brazo y respiró tan hondo como le dejó su maltrecho costado. Una rodilla, la otra, arriba..

El aire se condensaba a su alrededor. Si dejaba los ojos mucho tiempo abiertos, se sucedían en ellos una serie de destellos que sin duda eran resultado de su tiránico esfuerzo.

El brazo de Adriana se agarró a su cuello. La cabeza de ésta se recostó en su hombro, entonces él la agarró con fuerza por dentro de la chaqueta. Suficiente para que Azrael fuese capaz de arrastrarlos unos cuantos minutos más.

Ahora el problema era otro. Azrael, sin brújula ni tiempo, trataba de orientarse de mala manera a base de indicios. Pero todo el bosque le parecía igual. Sabía que la montaña que enfilaba todo el lado noroeste quedaba a su izquierda. Pero no sabía cuánto llevaban recorrido. Ni siquiera cuánto tiempo se había quedado tirado en el suelo.¿ Era probable que se hubiese desmayado unos minutos? A saber..

Alzar la vista y no saber dónde se encontraba uno era lo peor que podía sentir en aquel momento. El desconcierto y la incertidumbre se encargaban de minar su moral. Pero él sabía que la montaña lo flanqueaba. Quería acordarse de aquella montaña, de aquella ubicación en concreto

Parecía tener un vago recuerdo de haber pasado por allí. Pero todo le sonaba diferente. Quizás al principio de su estancia en ese lugar. En ese bosque. En alguna huida, quizás..

Entonces su vista, oteando el entorno en su parte superior, dio con un detalle que lo devolvió a la cordura y, por qué no, a su estado de ánimo más óptimo.

El tendido eléctrico, fundido en alambres y pegotes de goma requemada, por supuesto, pasaba por aquella zona y se dirigía a la alta montaña. Una infinidad de postes de hormigón, habían conducido la electricidad desde alguna central de procesamiento cercano hasta las torres de seguimiento meteorológicas situadas en el pico más alto de aquella elevación de terreno. Casi pasaban desapercibidas ya que desde el día de la tormenta habían quedado inservibles. El musgo y la maraña de vegetación que se agolpaba en ellos los había fundido con el entorno y los hacía verse similares a la vegetación que los rodeaba.

Entonces Azrael esbozó una sonrisa. El sabor de cierta infusión endulzada con miel y en su justa medida de ingredientes le hizo recordar por completo de qué trataba su recuerdo sobre aquel lugar. Era de noche en aquella ocasión. Después de haber huido de las garras de Sarcev y de su gente. Justo cuando Maika pasó de ser enemiga a ser algo más que una persona cualquiera de las que se le habían cruzado en sus andares.

La noche en la que aquel hombre, el extraño pescador, se le había acercado y había puesto a salvo al superviviente. Ese hombre..

Azrael recordó con presteza el camino que había tomado de vuelta a la mañana siguiente a su encuentro. Recordó que ese taciturno ser, habitaba una caseta que en su tiempo hubo albergado algún tipo de maquinaria relacionada con aquel tendido eléctrico. Y de pronto recordó hacia dónde se debía dirigir.

Es increíble cómo un pensamiento puede cambiar las capacidades de uno. El estado físico siempre responde a un estado de ánimo y así debe ser. Cuando es al contrario, las cosas no suelen salir bien.

Dio un tirón y abalanzó el cuerpo de Adriana sobre el suyo. Pasó el brazo de ésta por su espalda y acarreó con ella como hacía muchos años había aprendido en la escuela de tácticas defensivas. Aunque sus costillas le recordaron que seguían ahí, Azrael sólo tenía en mente la última frase que le dijo el pescador – espero que pases pronto a visitarme, he recogido la última miel y tengo para tí un poco reservado.

Esa frase, daba de frente con el hecho de que Maika le había hablado sobre un hombre muerto, que parecía ser la misma persona. Pero era imposible. Aquel viejo había salvado a Azrael y había llegado paseando hasta su refugio. Alguna explicación debía tener.

Después de unos minutos, interminables pero frenéticos, Azrael comenzó a encontrar los postes que le indicaban la cercanía de aquella ubicación. Sólo alcanzaba a levantar la cabeza lo justo para ver lo mínimo el horizonte, el peso de Adriana cargaba sus trapecios y le había entumecido el cuello. Casi a juego con sus manos. Saturado de hambre y con un frío insoportable, al final llegó a su destino. La caseta de aquel pescador, por fin se aparecía ante sus ojos.

Él la recordaba más o menos así. La luz le otorgaba un toque menos siniestro pero seguía siendo un chamizo deprimente. La buena noticia, era que el pescador debía haber salido y la caseta sólo permanecía cerrada por delante. Una pequeña cadena y un triste candado, hacían su función a duras penas entre el óxido y la mugre que los cubrían.

Azrael soltó el cuerpo de su protegida con gran cuidado, a pesar de ello, ella se despertó y miro a su alrededor desorientada. Azrael desbloqueó entonces un recuerdo que aguó su mirada.

Podía casi ver, en el rostro de Adriana, la cara de sus hijas, con esa expresión de haber dormido un largo viaje. De desconcierto, de sorpresa. De haber llegado a otro mundo donde sólo tus sueños han ocupado el camino.

Sin pensarse ni un segundo su siguiente paso, Azrael golpeó con el mango del cuchillo en el pequeño candado y éste saltó en dos piezas de inmediato. Una de ellas cayó a sus pies, la otra, se enterró en un montículo de nieve cercano. Azrael llamó, más por educación que por otro motivo. Sonrió en sus adentros al darse cuenta que unos segundos atrás había destrozado el candado de la misma puerta. Giró la manilla y empujó suavemente la hoja. Las bisagras chirriaron y la puerta retembló junto con el marco. Un haz de polvo cayó formando una nube que le hizo toser.

No había duda, la puerta llevaba meses sin usarse.

Azrael empezó a sospechar de su error sobre el hallazgo de aquella caseta. Pero, le sonaba tanto.. Aunque era imposible el deterioro que había sufrido en sólo unas cuantas semanas. No, estaba seguro. Era esa.

Cuando la puerta se abrió por completo, la luz de la mañana reveló a Azrael una verdad que lo sumirían en un mar de dudas.

A su alrededor podía ver y a la vez recordar. El camastro maltrecho en el que había descansado aquel día, la mesilla donde había reposado el té que había recalentado su cuerpo, y la silla de plástico desde donde el pescador le hubo dado una gran conversación. Allí, en esa misma silla, Azrael encontró la verdad que había deparado el destino para su amigo y salvador.

El cuerpo momificado de aquél hombre, permanecía inmóvil, como aferrado al tiempo que nunca debió haber pasado para él. Arropado en su túnica, el viejo barbudo descansaba para siempre en su caseta. Rodeado de soledad y de recuerdos que nunca contó a nadie, que ya nunca volverán a ser vividos. Momentos y sabiduría que se habían esfumado para siempre.

Azrael se acercó y lo observó con tristeza. Ya no era la tristeza que en otros tiempos hubiese mostrado. Era un sentimiento de pérdida, de lamento. Pero en un sentido diferente. Azrael sabía que ese hombre guardaba grandes historias, que tenía mucho que aportar en caso de haber llegado hasta Maika y los suyos de nuevo. Azrael lamentaba no poderle haber contado que tenía razón, que volver era una buena idea. Que lo estaban esperando.

Puso la mano sobre la tersa maraña de huesos y piel que hacía tiempo habían sido sus dedos y asintió frunciendo los labios en señal de respeto.

Salió de allí rápidamente y se acercó hasta la roca de granito donde reposaba Adriana, ya casi consciente pero aún bastante evidencia de desconcierto en su cabeza. La tomó por la mano y la ayudó a ponerse en pie. Vacilando, como un cervatillo recién nacido, caminó hasta el interior sin preguntarse nada más. Sólo dejaba que su compañero de fuga la guiase. Ya en el interior, Azrael apartó la manta ajada y cochambrosa que cubría el camastro y así dejo a la vista el colchón con menor suciedad . Adriana se había quedado apoyada sobre el marco de la puerta y sin mediar palabra se tumbó sobre el duro lecho fabricado de retales.

Se cubrió el rostro con las manos y apretó los ojos en señal de un tremendo dolor de cabeza. Sin duda estaba volviendo en sí y ahora aquejaba cada golpe recibido.

Tanteando en los laterales de la mesilla, Azrael encontró la lámpara de parafina que siempre portaba su difunto acompañante de aquella caseta. Extrajo unas cerillas de su mochila y encendió ésta. De pronto una luz cálida como el sol inundó la estancia. Azrael la colocó sobre la mesilla y dejó su botella encima junto con los húmedos guantes para que cogiesen algo de temperatura. Husmeó unos instantes y dio buena cuenta de algunos tarros que guardaba el viejo con diverso contenido. Piñones, carne desecada y algunos frutos comestibles. Pero lo que realmente alegró el momento del superviviente fue hallar la preciada reserva de miel que guardaba aquel hombre.

Levantó el frasco y miró hacia el cadáver con una gran sonrisa. Azrael profesaba un gran respeto por la gente mayor, sobretodo por la gente que se afanaba en transmitir su conocimiento, la gente que estaba deseando aprovechar cada oportunidad para que su sabiduría no muera con él el día que alcancen su Valhalla.

Alzó el recipiente y observó que habría como medio kilo en su interior. Aún podía observarse algún resto de cera y de abejas que habían quedado pegadas al momento de recolectarla. Pero una cosa distrajo su atención y apartó su vista de aquel bote de cristal.

Bajo el recipiente, un trozo de papel se había quedado adherido al estante y a Azrael le pareció curioso. Despegó éste y descubrió que alguien, sin duda el viejo, había escrito unas cuantas palabras, con mano temblorosa y letra bastante errática. Se sentó junto a la chica que luchaba por no dormirse y se apresuró a leer dicho texto:

<Tienes un camino que recorrer, el camino de Azrael. Pero no temas si otros caminos se cruzan con el tuyo, incluso, sé dichoso si alguno de ellos también conduce hasta tu destino.>

Y así, Azrael, guardó el papel como si de un amuleto o salvoconducto se tratase. Miró a Adriana que temblaba de frío y se apresuró a quitarla la chaqueta empapada. La ofreció algo de comer, cosa que ella rechazó. Sin duda no había pasado hambre en mucho tiempo. Entonces él se ocupó de saciar su apetito con todo lo que tenía al alcance. Observó que la botella se hinchaba debido al calor y aprovechó para vaciar parte de su contenido en la misma taza que él había usado hacía unas semanas. Bebió el agua caliente y ofreció de nuevo a Adriana un trago, esa vez si que aceptó.

Después de deshacerse de su chaqueta mojada, Azrael se ocupó de atrancar la puerta desde dentro y miró al viejo pescador¿cómo había puesto el candado?.

Se sentó en la cama, junto a la temblorosa Adriana que guardaba algo en su mano. Algo que apretaba con el puño y que no dejaba de mirar. Azrael, despacio, agarró su muñeca y la pidió que abriese sus dedos. En cuanto lo hizl, descubrió que atesoraba un parche, color marrón, en cuyo frontal podía leerse: I. D. F. PRIMERA LICENCIADA TIRO.

Entonces comprendió que ese parche representaba su pasado. Su camino hasta allí. Azrael la apretó la mano y se tumbó junto a ella que se recogió en un ovillo de tristeza. Entonces él la cubrió con la colcha y pudo oír cómo lloraba. Aunque ella no lo sabía, Azrael lloraba también. Solo que él había perdido sus lágrimas para siempre.

*1 catecolaminas: Hormonas que se actúan en busca de fuentes de energía cuando el cuerpo carece de glucosa en sangre. También llamadas de lucha o huida.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte