CAPÍTULO 57. La Verdadera Justicia No Es La Que Viene De Un Juez.

CAPÍTULO 57. La Verdadera Justicia No Es La Que Viene De Un Juez.

Vintila recuerda cómo consiguió la lealtad inquebrantable de sus escoltas.

Una canción suena en el despacho. Pese a que es una de sus favoritas, Alexander lleva varios minutos ensimismado en sus propios pensamientos. Absorto, distraído. Él sabe que si en algún momento del largo recorrido en el que se había desarrollado su plan, éste había pasado por una fase delicada, ese era el día de hoy.

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En el pasado, cuando aún no había tenido lugar su tormenta purificadora, aquella que había enviado tantos millones de almas al infierno, todo se podía tener bajo un cierto control. Existía un dominio relativo de cada situación. Antes, sólo con poseer una fortuna encomiable, aunque ésta hubiera sido de una sola porción de la que él realmente era dueño, ya podía presumirse una gran dosis de poder sobre la población.

Pero ahora las cosas no podían comprarse con dinero. Alexander sabía que en el momento en el que el mundo dejase de ser mundo, en el momento en el que las vidas de la mayor parte de la humanidad hubieran sido finalizadas, el dinero, el oro, los bonos, acciones, valores e inversiones, ya no tendrían la más mínima importancia.

Por eso tuvo que apresurarse y transformar su riqueza, la cual quedaría próximamente obsoleta, en una nueva forma de riqueza, de poder. Algo tangible que la selecta población, los pocos elegidos y los pocos afortunados que no hubieran sucumbido a su programado desastre, pudieran desear y el cual les haría que dependieran de Alexander una vez extinguida la importancia del dinero.

Por eso, cribó con determinación a todo el que le rodeaba y decidió cuidadosamente a los que mantendría a su lado para siempre. Ewan, Ramírez, Zmei, Paolo, Daniela..

Mientras que Vintila urdía su plan, seleccionó el conjunto de individuos que formaría su “Nuevo Amanecer”, y lo bifurcó en dos nuevos subgrupos. En uno, todos los seres que de una forma u otra iban a ser necesarios para que el plan llegase a su última fase. En el otro, todos los que realmente iban a llegar al término de éste a su lado. Sólo él y los del segundo grupo sabían de aquella segregación de personal. Una vez que todo ocurriera, en el momento en que el día de la ejecución masiva tuviera lugar, nadie podría entrar en el grupo de los afortunados.

Alexander se ocupó y procuró a conciencia que el segundo grupo, el que iba a permanecer a su lado, se formase con sujetos que de verdad se sintiesen en deuda para toda la vida con él . De esa manera, Alexander se garantizaba la fidelidad de sus allegados aunque ya no tuviese una cuenta corriente abrumadora ni un valor económico con el que premiar su implicación con él. Con algunos fue fácil. Simplemente hubo que buscar la manera de hacerles sentimentalmente dependientes de su persona.

Así, Alexander, recabó toda la información de la que fue capaz de cada uno de ellos. Buscó bajo las piedras, removió el pasado y el presente de cada uno de sus elegidos y encontró un talón de Aquiles, una debilidad que los hiciera manejables en un futuro en el que el dinero no tuviera la capacidad que entonces tenía.

Martínez, un hombre honrado, humilde. Había perdido a su hermano a manos de las mafias salvadoreñas. Las maras habían acabado con la vida del joven hacía unos años. Alexander comprendió que aquella vida de la que había huido su escolta, lo había llevado a trabajar incansablemente para poder apartar a sus seres queridos de aquellos guetos.

Vintila averiguó sobre la existencia de otros familiares a los que Martínez enviaba gran parte de su sueldo y a los que siempre trataba de ayudar. No había duda. Por ahí se ganaría la lealtad de aquél hombre.

Vintila envío una cantidad ingente de trabajadores a su pueblo. Construyó un búnker pensado para que unas diez personas pudieran sobrevivir durante al menos dos años. Les proporcionó todo lo necesario para empezar de nuevo, para crear una comunidad donde sólo la viuda madre de Martínez y las personas que ella eligiera podrían tener otra oportunidad.

Esa idea, en un principio, parecía chocar con la intención de vintila en barrer el mundo de seres humanos. Pero la remota posibilidad de que aquella gente volviese a tener algo de importancia en la vida de Alexander, era infinitamente menos importante que asegurarse la devoción de su escolta por haberlos librado del apocalipsis.

Así, fue detenidamente haciendo pequeñas obras benéficas, totalmente interesadas y cargadas de un ánimo de lucro en particular.

Ewan, un tirador de primera, esposo implicado y recientemente viudo. Alexander tuvo la oportunidad de granjearse su eterno agradecimiento y no la desaprovechó.

Lili, la mujer de Ewan, sufrió en su cuerpo la terrible enfermedad que tantas mujeres deja por el camino. Lili, pasó sus últimos meses de vida luchando contra un devastador cáncer al que no pudo superar .

Alexander se ocupó de que recibiese la mejor atención médica. Su vida se alargó un tiempo. No demasiado aunque si suficiente para que su futuro viudo no tuviese la duda de a quién debía agradecer esos últimos meses.

Una gran factura médica que de ninguna forma hubiere podido cubrir y sin la cual, hubiese perdido a su esposa mucho antes. Ewan no olvidará jamás aquellos últimos meses. Abrazos, besos, te quieros.. Todo encorsetado en la idea imborrable de que la muerte acechaba a la hermosa Lili.

Con Daniela no tuvo que llegar demasiado lejos. Daniela, una joven de casi treinta años. Fez típica del Este de Europa, seria, fría, con una especial necesidad de venganza. Una en concreto, la baza perfecta de Alexander para llevarse a la muchacha a su terreno.

Daniela, llevaba menos de un año, puede que menos de diez meses, sirviendo en las filas de la brigada de actuación rápida de Bucarest.

Vintila tuvo un chivatazo sobre cierta persona recién incorporada al cuerpo que había tenido desavenencias con sus superiores y algunos episodios de crisis de comportamiento. Sin duda, algo que llamaba la atención de un miembro de la seguridad nacional Rumana.

Un par de teléfonos pinchados y un seguimiento exhaustivo de unas pocas semanas, y Alexander ya contaba con la información suficiente para ganarse a esa mujer.

Habían pasado un par de años desde que la tragedia se cebase con Daniela. Su hermana, Karem, había sido encontrada sin vida en las escaleras traseras de un antro del centro de Bucarest. Con evidentes signos de violencia, Daniela aún recuerda el sabor a tristeza y abatimiento que experimentó en el momento de reconocer el cadáver amoratado de su propia hermana.

El frío se hizo sangre y llenó sus venas y arterias. El odio se hizo patente en su interior. Las imágenes de ellas dos jugando cuando habían sido niñas se intercalaban con la de un cuerpo inerte que se enfriaba ante sus ojos.

Al menos, las grabaciones dejaban claro la autoría de los hechos e implicaba a dos de los porteros de un local cercano. Todo parecía claro. El rostro de uno de ellos quedaba a la luz, perfectamente definido en dicha grabación.

Pero la mala suerte nunca viaja sola.

El juez encargado del caso, un tal Mihail que había sido portada numerosas veces en los periódicos de todo el país por sospechas y acusaciones de prevaricación y corrupción, se había encargado del caso. Los dos asesinos y violadores de su hermana, quedaban libres por supuestos fallos de forma en la obtención de las grabaciones. Libres sin cargos. Esa frase retumbó en la mente de Daniela, cada mañana, cada noche.

Semanas más tarde, una información bastante triste llegaba hasta Daniela. Mihail, el juez que había negado la condena a los asesinos de Karem, había sido visto con el dueño del local donde trabajaban éstos. Ahí empezó todo de nuevo para ella.

Su motivación para revertir aquella sentencia tan oscura y manipulada la empujó a luchar por un puesto que la acercase a esos dos desgraciados. En algún momento, con cualquier pretexto, ella acabaría dando con ellos y quitándolos del medio. No pensaba en las consecuencias. La daba igual el resultado. Cárcel, expulsión del cuerpo, venganza .. No la importaba. Ella sólo quería verlos morir.

Aquella mañana no era usual. Daniela había recibido órdenes directas de no acercarse al sector de los locales nocturnos. Tenía prohibido patrullar aquellas calles y en concreto las dos avenidas por las que desfilaban todos los antros de copas y alterne.

Aún quedaban algunos lugares abiertos. Los after, donde se comerciaba con todo tipo de drogas sintéticas, eran un reclamo para lo peor de cada casa en lo que a la noche se refería.

El coche patrulla de Daniela giraba la calle y torcía hacia la avenida. Con las luces de los rotativos encendidas pero con las sirenas apagadas, el vehículo blanco que enseñaba con orgullo la palabra “POLITIA” avanzaba con calma por la calle de la lujuria y oscuridad.

Daniela oteaba el horizonte, escudriñaba cada local en busca de esos dos rostros. Con su 9mm montada y dispuesta sobre el asiento del pasajero , cubierta con su hoja de ruta. Ella solo esperaba el momento.

Unos cien metros faltaban para que la calle llegase a término y se bifurcase en dos grandes vías rápidas que daban a una zona residencial, cuando, un tipo repeinado, rubio y con un traje oscuro como su alma se detuvo ante el patrulla de Daniela.

Ella tomó su arma y la dirigió hacia el frente, sin llegar a mostrarla del todo. El tipo sonrió y se acercó hasta su ventanilla. Ella giró el arma hacia él y alzó la cabeza en señal interrogante. – ¿Qué quiere? – le increpó – Apartesé de la ventanilla o le pegaré un tiro..

Pero él no pudo evitar regocijarse en sus palabras. Efectivamente, era ella. Armada, intratable, peligrosa.. Perfecta.

El tipo, con un acento ruso muy pronunciado y un rumano no tan perfecto, espetó una frase a Daniela y ésta quedó petrificada.

-Su 9mm no va a atravesar el cristal blindado de su coche, y mucho menos mi chaleco, ahora, si quiere, podemos hablar de éstos dos tipos y de dónde se esconden. Sólo si usted quiere..

Daniela bajó la vista y sus ojos se nublaron de golpe. El rostro malvado de aquellos dos animales. De esa escoria humana, se volvía a clavar en su interior con una imagen reciente que aseveraba las palabras de aquel tipo.

-Salga y póngame los grilletes, haga como si me estuviera deteniendo e introduzcame en el coche. Pero, por favor, no arrugue mi traje.

La situación había resultado ser tan extraña que no podía ser mentira. Cualquier atisbo de acercarse a su ansiada venganza era digna de su atención. Así, Daniela, escuchó cada palabra con atención. Cada frase que el repeinado interlocutor la comunicaba con su acento remarcado.

Daniela se giró sobre sí misma, ofreció a su detenido las llaves para quitarse los grilletes pero para su sorpresa, él ya los había dejado sobre el asiento del copiloto. – Perdone que me haya despojado de ellos. No es una sensación agradable la de estar apresado-Dijo mostrando sus manos liberadas.

-Pare aquí – pidió el elegante hombre señalando un callejón bastante asolado. El coche patrulla se detuvo y Daniela apagó todas las luces- Así que éstos dos tipos son a los que busca- colocó la foto sobre los grilletes y miró a sus ojos a través del retrovisor.

Ella miró el rostro de los dos tipos. La imagen dejaba claro que estaban juntos y que estaban libres. Apretó los párpados con fuerza y los abrió dejando que sendas lágrimas confirmasen al hombre que la venganza era el precio de esa mujer.

-Dígame, ¿qué quiere? – le espetó con voz temblorosa. – ¿Dinero?, tengo algo ahorrado, no se si será suficiente.

Pero su compañero en aquel coche tenía otros planes. Siempre era posible el dejar aún más impresionada y confundida para asegurarse su impacto.

-Mi nombre es Zmei- dijo él. – represento a alguien que quiere algo de usted, algo que no se puede pagar con dinero- dijo alargando la mano y dejando un sobre abultado sobre el muslo. Sin más demora, Daniela abrió el sobre y giró su cabeza hacia Zmei que sonreía con la seguridad de una negociación satisfactoria. – Son unos diez mil euros- Ella abrió los ojos al volver a ver el dinero y por primera vez en la conversación, comenzó a sentir cierta tranquilidad. – Mañana va a solicitar la baja por ansiedad en su departamento, no pondrán objeción -La dijo sin dejar de observar por la ventana – tiene un billete de avión a su nombre en el armario del vestidor. Busque un sobre azul en su chaqueta de lana. Dentro de dos días, a las doce horas, deberá estar presente en la habitación del hotel que le indico en dicho sobre.

Perdone por haber usurpado su domicilio, pero no había otra forma de hacer ésto.

-No me ha dicho lo que quiere de mí-interrumpió ella – o el porqué hace ésto-le volvió a preguntar con voz más calmada.

Zmei la miró fijamente y respondió a su incógnita – Usted ha perdido a un ser querido. El más querido desde que murió su madre. Ha sido capaz de acceder y superar las pruebas y requisitos para entrar en una unidad bastante exigente, solamente por el mero hecho de ver a esas dos alimañas ajusticiadas. Puedo presumir que usted es alguien tenaz y constante. Comprometida. Mi jefe, el que pronto será también el suyo, necesita a su lado a alguien que no le traicione a la mínima de cambio. Usted tiene un precio, algo que no se puede pagar fácilmente. Nosotros se lo daremos, pero eso sí, utilice su oportunidad con sabiduría. No le daremos una segunda, ni la ocasión de que pueda contar que ha habido una primera.

Así pues, Daniela llegó a su casa con la certeza de que aceptaría el trato. Corrió a su armario y allí estaba, un sobre azul en la manga de su chaqueta de lana favorita, la que siempre le cogía su fallecida hermana cada vez que tenía ocasión. Abrió el sobre y dentro encontró todo tal cual le había dicho ese tal Zmei.

Un billete para Rusia, una tarjeta de crédito a su nombre y unas indicaciones.

Kenpinsky Gran Hotel. Habitación 704. Martes, 12.00.(La tarjeta tiene de código el cumpleaños de su hermana)

Daniela se sentó sobre su sofá. Observó su propia imagen en el cristal de la televisión apagada y rompió a llorar. La situación la había superado.

Pero dicho y hecho. Con un semblante triste y el cansancio típico después de una noche en vela, Daniela se presentaba en comisaría dos horas antes del inicio de su turno. Segura de sí misma aunque no tanto de su futuro, se acercó hasta el despacho del comisario de su unidad y sin decir media palabra dejó su su placa y su arma 9mm sobre la mesa. Retrocedió unos cuantos pasos y sonrió por primera vez en meses.

Salió de allí sin mirar a nadie y sin dar ninguna explicación. Dejaba atrás un trabajo que ni siquiera le gustaba y que prácticamente había conseguido por odio.

Su avión se retrasó unos minutos. La clase business había sido para ella un misterio hasta que empezaron a llegar el champagne y los canapés. Ella no pudo más que sonreír ante la incertidumbre del porqué de aquel agasajamiento.

Tomaron tierra y un taxi la esperaba. Un tipo alto y delgado con un cartel que tenía algo escrito llamó su atención. El nombre de su hermana quedaba ante sus ojos con letras perfectamente legibles.

-¿Sería casualidad?, no había duda de que Zmei trataba de que ella no se olvidase de porqué hacía ésto.

La llegada al hotel fue bastante peculiar. Un tipo del tamaño de un armario grande y vestido de traje, se aseguró de escoltarla desde que había puesto un pie en el suelo hasta que llegaba al ascensor.

Un increíble edificio la esperaba. Un séquito de botones, camareros, aparcacoches y personal excesivamente adulador la mostraban una deferencia exquisita, claramente bien pagada.

Todo fue muy cordial. Entró a su habitación, acompañada de otro escolta que hizo una requisa en toda la estancia previa a su entrada. Este término y desapareció en segundos. Ella se sentó a pensar en todo aquello que había vivido. Tantos cuidados, tantas atenciones..

Las doce. Sin demorar un segundo de más, la puerta sonaba. Alguien llamaba con suavidad. Daniela abrió con cuidado y escudada en la hoja de madera. Una señora vestida como el personal del hotel, pedía permiso con toda la educación del mundo. Una vez concedido, la señora, una mujer de color con rasgos centroamericanos, accedía a la habitación empujando una mesa camilla delante de ella. Sobre la mesa se podía observar una bandeja con dos tapas redondas y junto a ella una enfriadora de hielo para una botella de vino espumoso.

La impaciencia no había permitido a Daniela ni percatarse de que la mujer ya se había ido y no había llegado a despedirse de ella.

Levantó las tapas y se sirvió una copa de Pernod – Ricard*1 mientras comprobaba que dichas tapas ocultaban un sobre y una caja de chocolate Belga.

Abrió el sobre y se sentó a degustar el fino chocolate. Un solo bocado la bastó para comprobar cómo se deshacía tal delicatesen en su paladar.

Volcó el sobre sobre la colcha de raso y encontró un pendrive y una hoja con un par de frases. “Ponga su contenido en la televisión y disfrute”

Daniela hizo lo que se le pedía. Introdujo el pincho en la ranura usb y de sentó a seguir paladeando aquel vino tan sumamente caro.

La imagen no tardó en aparecer. La escena dejaba helada a la muchacha que soltaba el chocolate sobre la bandeja mientras abría sus ojos ante lo que estaba a punto de ver.

Una especie de cuarto, totalmente oscuro. Las paredes se veían insonorizadas por algún tipo de revestimiento de espuma. En el centro se encontraba una mesa con tres tipos a su alrededor. Los dos más grandes estaban juntos y en frente tenían a otro tipo menudo, sin duda era Zmei.

Una vez bien vista la cara de los otros, Daniela pudo darse cuenta de que en efecto se trataba de los asesinos de su hermana. Encadenados a sendas argollas clavadas al suelo, trataban inútilmente de levantarse. Las cadenas se tensaron y mantuvieron sujetos a los dos tipos que increpaban a Zmei. Tan solo medio metro los separaba. Aun así, Zmei mantenía la calma que lo caracterizaba mientras les espetaba unas cuantas frases desalentadoras para ellos.

-¿Sabéis por qué estáis aquí? – dijo antes de mantener un silencio eterno. – ¿Sabéis quién es ésta persona? – se podía observar cómo Zmei sacaba de su chaqueta una pequeña foto de la hermana de Daniela y se la mostraba.

Ellos comenzaron a entrar en una especie de pánico que nunca habían conocido.

Zmei, tranquilo como de costumbre, abrió una bolsa de tela verde y extrajo una máscara de gas militar. Mientras la abría y quitaba el precinto del filtro, continuó con su charla pausada.

Creíais que la libertad os pertenecía. Que un juez mal pagado por un mequetrefe aspirante a mafioso os había dado carta blanca para seguir con vuestra dañina existencia-entonces se puso la máscara, ajustó el filtro y continuó hablando. Ahora con voz amortiguada.

Pues lo siento por vosotros, si me hacéis el favor de mirar a la cámara, cierta persona estará encantada de veros por última vez antes de alcanzar su propósito. La justicia.

Pero la justicia correcta, la que equilibra las cosas. Y, permitirme que os diga, que la verdadera justicia no siempre viene de parte de un juez.

Entonces podía observarse en la parte baja de la habitación, cómo una nube difuminaba la imagen. Como si de una niebla del infierno se tratara, la habitación se llenaba de un gas que enturbiaba toda la escena. Los dos tipos entraron en una espiral de miedo y confusión. Sus cuerpos se agitaron al contacto con el gas y comenzaron a realizar abruptos y violentos movimientos, involuntarios, exagerados para la mente humana.

Los temblores y agitaciones quebraron sus articulaciones. Sus tendones se partían y dejaban sus miembros colgando con las astillas de sus húmeros y sus fémures asomando entre sus carnes. Sin duda se trataba de una ejecución con gases “Novichok” *2

Sus cuerpos por fin cayeron abatidos. Como si los hubieren despojado de sus esqueletos y rellenado con mimbres corroídos.

Al final. Dos masas de carne y sangre daban sus últimos estertores en el suelo mientras Zmei se quitaba la máscara una vez el gas hubo desaparecido. Se levantó sin demasiada prisa y abandonó la escena. Entonces se cortó la imagen.

La puerta de la habitación se abrió. Zmei, perfectamente trajeado hizo una entrada sibilina pero segura y avanzó por la moqueta con una copa vacía en la mano. Se sentó junto a Daniela y la sirvió un poco de espumoso francés e hizo lo mismo con su copa. Alzó su mano, olió su bebida y la aproximó a la de Daniela. Sus ojos llenos de lagrimas, quién sabe si por tristeza o por alegría, se hundieron en su propia copa mientras agachaba su cabeza.

Se tornó hacia él y sonrió. Chocó el cristal con delicadeza y entonces apuró todo el vino de un trago. Zmei sonrió -¿Complacida?Preguntó él.

-Claro-contestó ella.

-¿Entonces?

-Entonces tenemos un trato.

*1 Pernod Ricard, marca de vino sumamente cara. Actualmente ostenta el precio por litro más caro en el mundo.

2*Novichok. Gases binarios usados como parte de un programa de investigación para la guerra química. Su función es la de inhibir la voluntad de movimiento muscular. Sus efectos son devastadores, incluyendo infartos, paradas respiratorias y convulsión violenta.

El camino de Azrael Flashbacks Huespeddeningunaparte