CAPÍTULO 59. YO TAMBIEN LO HE VISTO.

CAPÍTULO 59. YO TAMBIEN LO HE VISTO.

Un fantasma común, un futuro común y un pasado diferente. La situación crea extrañas amistades en Deep Green Forest.

“La adversidad devuelve a los hombres todas las virtudes que la prosperidad les ha quitado”

Eugene Delacroix

-Esa no es la forma de actuar, hija mía. La vida no consiste en pagar a las personas con el mismo odio que ellos proyectan hacia ti. La indeferencia hacia los seres que se te dirigen con hostilidad, te ahorrará sinsabores y problemas del todo innecesarios. Al igual que el lobo no baja al pueblo para ladrar al perro pastor. El lobo se arma de valor y ataca al rebaño, es consciente de que el perro está ahí, pero solo le preocupa cazar. Ya habrá tiempo de enfrentarse con el sabueso, si es lo que toca, pero no va a distraerse de su cometido. Así que ya sabes, demuestra que tienes algo más en tu interior que el simple odio con el que ellos conviven cada día y corre a por tu meta obviando ladridos de perros apaleados que viven encerrados junto a las ovejas.

-Pero papá.. ¿Y si tratan de hacerme daño?

Azrael sonreía mientras admiraba la belleza de su pequeña.- Entonces deberás poner remedio a ese problema. De forma que la persona que trate de lastimarte abandone esa idea, incluso si es necesario, acabando con su vida. Pero nunca cargada de rencor, si no de lástima por ello. No luchas por odio a quién tienes enfrente, si no por amor a quién te espera. La venganza es un arma que lo impregna todo de tristeza. Tú sólo defiéndete. Bastante dolor habrá soportado su alma durante esa vida tan amarga..

Azrael recordaba aquella conversación con su hija mayor. Aquel día, en medio de aquel pinar. Aquella noche tan fría, pero que a la vez resultaba tan cálida..

Un chasquido a la altura cervical y el olor a parafina mezclada con gasolina que emanaba el quinqué, le recordaban donde se hallaba mientras luchaba contra la escasa pero intensa luz que se colaba por la ventilación y que lo cegaba.

Miró a su izquierda y observó a la derrotada Adriana. Su cuerpo se hinchaba con cada profunda respiración que daba y se vestía de un aura de tranquilidad, de paz. Como si nada pudiera perturbar su sueño. Azrael la miraba con abatimiento. Recordaba la rutina previa que realizaba a su marcha hacia el trabajo cada día. Un beso por triplicado que daba a su mujer e hijas antes de partir. Siempre bajo la sombra de que aquel beso podía ser el último.

Pero esa persona no era la misma a la que dejaba descansando en el pasado. Tampoco la misma realidad. Ni siquiera el mismo Azrael. Ese Azrael que se conmovía tan fácilmente quedó atrapado en el pasado. El hombre que ahora se hace pasar por él, ya sólo tiene en cuenta su propia supervivencia. Quizás, cada vez que hacía algo por alguien, cada ocasión en la que había movido un dedo por otro ser, Azrael tenía la sospecha de sí mismo en la que se acusaba de cuerto interés. Pensar que sacaría algún rédito en un futuro de aquella acción pudiera estar detrás de su verdadera motivación.

Él mismo dudaba de sus verdaderas intenciones. De su bondad hacia los demás. Ya ni siquiera se planteaba si estaba haciendo el bien. Sólo pensaba en que algún día, próximo o no, la vida le devolvería el favor a través de aquel al que ayudaba.

El estómago de Azrael se retorcía. Casi podía oler los piñones que habían sobrado y que había dejado sobre la mesilla hacía unas horas.

Aunque su desayuno también se iba a componer de otro tipo de ingredientes. Un cúmulo de sentimientos y tristeza lo habían envuelto acompañando a la memoria de su pasado. A veces se preguntaba si realmente merecía la pena todo aquello. Por qué no marcharse y dejar atrás aquella guerra. Nada se le había perdido en aquel bosque y nada lo ataba a aquella lucha sin sentido que lo había cogido por sorpresa. Maika, el grupo.. ¿Realmente era lo que quería? Daba igual. Ahora mismo no tenía muchas más opciónes respecto a ellos. Pero lo que sí sentía era hambre. Ganas de comer y un dolor permanente en su costillar. Así podía resumir su situación actual en solo unas palabras.

Sin querer prolongar mucho más aquella sensación, trataría de poner remedio al menos a lo que estuviera en su mano por solventar. Recordó algo mientras hacía un inventario mental y el esquema de cómo se habían presentado los acontecimientos.

Julius, el chico por el que nadie hubiera apostado nada, sobrevivía hasta el día de hoy. De mejor o peor forma, pero ahí estaba. Un tipo que Azrael había rescatado de las manos del suicidio y cuyo favor se cobraba unos minutos después salvando éste su vida.

El Karma..

Azrael recordó esos días en los que habitó la casa cuartel de los guardabosques. Recordó al hombre que yacía en el sillón con el recuerdo permanente de una mujer a la que no volvería a ver. Un hombre con un dolor tan grande en su interior que la idea de apretar el cañón de su 38 especial contra su sien y evadirse de éste mundo, le había parecido buena.

Azrael se preguntaba si Julius habría sido capaz de llegar allí con los otros.

Ese chico.. Azrael había depositado en él la responsabilidad de guiar a todos los que pudieran o quisieran seguirle hasta ese lugar. Se imaginaba la cara de Maika al entrar en la primera planta y encontrarse el cadáver de aquél hombre. Azrael sonrió pensando en el susto que se llevaría.

Al menos si llegaban allí, tendrían comida para unos días y algo de calor.

Rebuscó en el fondo de su mochila. Tanteó entre los trozos de cuerda y las ramas secas guardadas como futura yesca. Y por fin encontró lo que buscaba. Un paquete de raciones de emergencia que había encontrado junto a otros enseres en el maletero del vehículo del guardabosques.

Ahora, el sentido de la palabra emergencia, cobraba un significado literal.

Partió la pastilla alimentaria en dos y se guardó el trozo pequeño de nuevo. Masticó el grande durante un tiempo suficiente para advertir que el sabor no era el fuerte de aquella comida y se echó un puñado de piñones a la boca.

Encendió el quinqué de nuevo y colocó una de las tazas metálicas de calamina descascarillada sobre la llama. La luz cálida brilló sobre la huesuda cara del pescador y Azrael se acercó un poco al cadáver.

Tomó de la estantería un trozo de tela anudado donde sabía que ese hombre guardaba algunas especias y las depositó en la taza junto al agua que le quedaba en la botella.

Un ruido le sobresaltó momentáneamente mientras vaciaba el contenido de la tela.

Adriana, que había recobrado el sentido y algo de color, miraba con cierto estupor al cuerpo sin vida del difunto sabio.

Durante unos minutos, el silencio roto por la ebullición del agua, era lo único que se podía escuchar en aquel oscuro habitáculo.

-¿Dónde estamos? – le dijo ella mientras miraba con recelo la colcha mugrienta.

-En un lugar seguro-Respondió él mientras le acercaba la taza con la infusión. – Que yo sepa, nadie ha venido por aquí en varias semanas.

Ella tomó el vaso desconchado y sopló con suavidad el vapor que despedía. Sin dejar de mirar al cuerpo inerte, hizo un gesto con la cabeza-¿Quién es?

Entonces Azrael remememoró aquel día en voz alta.

-Una noche, hará unos cuantos meses..

Fui apresado por los residentes de una especie de poblado al oeste del bosque. No estaba muy seguro de las intenciones que tenían hacia mí, pero el caso es que me sugirieron formar parte de su gente. Las cosas salieron mal. Acabé con un par de tipos y me largué de allí. Volví en busca de venganza y respuestas. Bueno, más bien de venganza. Pero las cosas salieron aún peor. Resultó que el hombre que mandaba en todo aquello, el mismo que me había propuesto que trabajara para él, había sido asesinado.

-El coronel Sarcev-Le cortó ella.

Azrael la miró sorprendido. Pero empezó a atar cabos en su cabeza. Si ella formaba parte de los hombres de Kuyra, conocía todo aquello. Ella era la primera persona que conocía, que pertenecía al Proyecto Amanecer, y que no trataba de matarlo.

-Así es-continuó él. – Sarcev muerto, con la garganta abierta de lado a lado y yo allí con la cara de imbécil que mejor se poner, escuchando cómo se acercaban sus hombres.

Fue una locura. Hubo una refiega importante. Balas, sangre.. Me di por muerto varias veces en aquél espacio de tiempo. Todos me atacaron como locos, consiguieron sitiarme y rodearme, pero la suerte me sonrió aquella noche. Tenías que ver sus caras cuando abrí la maldita jaula. – sonrió mientras negaba con la cabeza.

– Ese día Odín me acompañaba-Rió con sarcasmo. – De casualidad conseguí salir de allí con vida. Sarcev, por algún motivo que desconozco, había mantenido enjaulado un pequeño grupo de felinos que no se muy bien cómo llegaron allí. Los usé como herramienta para escapar, y gracias a ello, aún respiro.

Adriana escuchaba la historia de Azrael cual relato fantástico. Sorbiendo con cuidado aquel brebaje del cual desconocía su contenido, la chica se percataba de la gran suerte que había corrido su acompañante.

-Y entonces se te ocurrió volver.. – Le preguntó sorprendida.

-Así fue. Ese hombre que ves ahí, antes de ser un cadáver, logró convencerme de ello. No se cuánto tiempo llevará muerto, pero lo que sí puedo jurar, es que aquella noche salvó mi vida.

Adriana le miró y volvió a observar el cadáver del pescador. Sin dudarlo, podría asegurar que ese cuerpo llevaba meses momificado en aquella butaca corroída.

-Y.. ¿Cómo salvó tu vida?- Preguntó incrédula.

Azrael se puso en pie de nuevo. Sin darse cuenta, había permanecido sentado junto a Adriana todo el tiempo mientras rememoraba aquella historia. El momento lúcido que acompañó a su pausa, le había hecho darse cuenta de la proximidad que habían mantenido y comenzó a sentirse incómodo. Sentía una extraña tensión tan cerca de la mujer que lo escuchaba y que apenas conocía.

-Escapé de aquel lugar de mala muerte – continuó relatando.

-El corazón se me salía del pecho. Salté desde lo alto de unas chapas que hacían las veces de tejado. Caí rodando sobre un montículo de vegetación y salí de allí con la presteza que puedes imaginar. Sin mirar atrás, me adentré en el bosque como alma que lleva el diablo. No tuve tiempo ni oportunidad de orientarme. Simplemente huí. La emoción de haber escapado me nubló la poca conciencia que me quedaba y continué con mi carrera para poner todo el espacio posible entre ellos y yo. Ni siquiera sabía si me estaban siguiendo – aclaró él.

-Empecé a sentirme cansado. Vagué un buen rato, empapado en sudor y totalmente fuera de control. Cuando quise darme cuenta, los dedos de las manos, los pies y media cara se me habían quedado paralizados. Era una noche fría. Al bajar mi ritmo de carrera, también disminuyó mi temperatura corporal, y así me encontré de lleno en una hipotermia terminó de joderme-Azrael, visiblemente afectado por recordar aquello, miró de reojo hacia la luz del quinqué. Guardó silencio unos segundos y colocó el cristal de la lámpara que había retirado.

-Recuerdo la sensación de aplomo, el frío, la humedad del suelo, y poco más. Luego un pequeño haz de luz aproximándose y al hombre que tenemos ahí sentado arrastrando mi cuerpo para sacarlo del barro.

Abrí los ojos y me encontré en la misma situación que tú te encuentras ahora, con la misma expresión. Y la misma bebida caliente. Aunque en ese caso, él seguía con vida.

O al menos eso creo- dijo mirando al suelo.

-Y, Mientras disfrutaba de su hospitalidad, y de una una infusión como esa, me habló de Sarcev y su grupo. Me habló de Iosip y de lo que pensaba de él. Al final resultó estar en lo cierto. No se equivocaba en una sola palabra.

Me pidió que volviese, que tratase de hablar con la sobrina del coronel. Ella entendería todo aquello que le tenía que decirla si contaba que venía de su parte. Pero que debía unirme a ellos de la forma que fuese.

-¿Le viste en alguna otra ocasión? – se interesó ella.

-Sí. Tiempo después. Salí una tarde, sin un destino ni rumbo concreto. Caminé un largo recorrido hasta que encontré un buen lugar para acampar. La noche traía tormenta y viento. Construí un refugio y encendí un buen fuego. Entonces, cuando menos lo esperaba, apareció él en mitad de aquel pinar, con un temporal acechando y la oscuridad abrazando todo el bosque. Hablamos unos minutos y se marchó.

Tiempo después volví a verlo, esta vez desde una posición lejana. Casualmente siempre aparecía cuando me encontraba en una situación complicada, y esa lo era. Últimamente me había visto envuelto en percances desagradables con demasiada frecuencia – se lamentó él.

-Pero, ¿A qué viene ese interés por el viejo?..

Azrael pudo percibir que Adriana tenía algo que decir, pero que se le estaba haciendo difícil de pronunciar. Sus labios se fruncían sellados por la coherencia. Luchando contra la incipiente necesidad de soltar las palabras que su cabeza había tejido previamente pero que su razón no permitía lanzar al aire tan fácilmente.

Sin dilación alguna, Adriana rompió el silencio que la situación había provocado y con una nube de lágrimas en los ojos se armó de valentía y entonces habló..

-Yo también lo he visto-Y entonces ella tragó con fuerza. – Lo he visto- repitió mirando a Azrael que no parecía dar demasiada importancia a lo que escuchaba.

-¿Cuándo? – Le preguntó mientras masticaba la última parte de su comida.

Azrael aguardó en silencio. Para él no resultaba extraño que ella conociese al pescador. El equipo que acompañaba a Iosip había estado siguiendo y espiando a los hombres de Sarcev, incluso al coronel mismo. Antes de que el checheno se infiltrara junto a su compinche en aquel grupo, podía haberse dado la ocasión de que el pescador hubiera sido visto por Adriana.

Pero aquella no fue la ocasión..

-Ésta misma mañana- Susurró ella creyendo que se estaba volviendo loca. – Cuando esos cerdos estaban a punto de.. de..

Azrael se acercó a ella, como si un instinto de protección le obligase a hacerlo, pasó la mano por su hombro hasta su brazo y trató de que ella se sintiese mejor.

-Primero vi a mi abuela. Mi querida abuela..

Su imagen era clara. Su figura se desvanecía. Pero mi alma sabía que era ella. Trataba de darme fuerzas. Dudé de mi cordura. Me creí muerta. Pero entonces su figura se deshizo ante mí y apareció ese hombre-Dijo señalando con un gesto desganado de cabeza.

-Su túnica raída.. era esa que estoy viendo con mis propios ojos -aseguró – Lo juro por mi vida. Se paseó ante mí con la mirada clavada en mis ojos. De alguna forma, me infundió una tranquilidad que no podría haber imaginado sentir tan cerca de la muerte. Dejé de percibir el dolor, mi alma se encontró con una paz inmensa. Entonces se esfumó.. Y apareciste tú.

Adriana bajó la cabeza y tapó su rostro con sus manos. La incomprensión a la que estaba expuesta su mente era la misma a la que había sido sometida la consciencia de Azrael. Tratar de comprender cómo un tipo que llevaba muerto meses se los había aparecido era cuanto menos para dudar de la propia lucidez.

Azrael sonrió a la chica que mostraba su desconcierto y se apartó de la cama. Sacó de su mochila varios objetos. Los suyos y lo que había rapiñado del refugio de los dos tipos que había eliminado hacía unas horas. Dejó sobre la colcha las flechas, la comida que había encontrado y su cuchillo. Adriana lo tomó rápidamente y lo desenfundó a lo que Azrael respondió apartándose violentamente.

-Tranquilo- Dijo ella entrecerrando sus ojos.

Entonces Azrael simplemente observó.

Adriana colocó la hoja de frente a ella y contempló su propio reflejo a lo largo del acero.

La palabra “Morakniv” *1 se intercalaban con la imagen de su rostro amoratado. Ella comenzó a palpar sus cejas inflamadas y cubiertas de sangre seca. Su labio superior era del triple del tamaño normal y los pómulos lucían tonos amarillos.

Rompió a llorar. Dejó el cuchillo de nuevo y recogió sus piernas a las que se abrazó mientras, su desconsuelo se desataba aunque no impedía que Azrael se apresurarse a guardar de nuevo su filo.

El superviviente no terminaba de acostumbrarse al llanto de nadie. Quizás su mayor defecto y virtud era la de no soportar la tristeza ajena.

A pesar de que la certeza de que era una mala idea era clara, volvió a dejar que su cuerpo estuviera junto al de ella. Esta vez, quizás demasiado. Dormir junto a esa chica había sido cuestión de mantener su temperatura, pero ahora, estando consciente, la inexistente distancia con ella le había alterado el sosiego.

Azrael se sentó a la derecha de adriana, pasó el brazo por detrás de su cuerpo y la obsequió con un abrazo. Adriana siguió llorando unos segundos más. Sólo ella tenía la respuesta del origen de sus lágrimas. Puede que fuese el verse desfigurada por la reciente paliza que había sufrido. Quizás sería el recuerdo de Nicolai, el hombre que había olvidado por completo abrazarla en el último siglo. O quizás fuese el haberse visto vencida por unos desalmados.

O un poco de todo.

Azrael aguantó un par de minutos más. Se despegó de ella con cuidado y una vez en pie volvió a revisar el contenido de aquella bolsa.

Como por arte de magia, al mismo tiempo, tanto ella como él alargaron la mano hacia la pequeña emisora que acababa de caer de entre sus cosas.

Los dos se miraron. Las manos se habían juntado sobre el aparato. Azrael no estaba tan acostumbrado a ver algo que funcionase electrónicamente y que no estuviera destruido.

-Déjame ver- Le pidió ella sujetando aquel objeto.

-Ésta emisora no es de las nuestras- Le explicó.

-Era de los hombres que te asaltaron- Respondió él. – Alexander dejó una exactamente igual en el complejo.

-¿Alexander? – Dijo sorprendida – ¿Qué hacía él, allí..?

-Es una larga historia. Pero fue él quien habló de la patrulla con la que acabé. Los mismos que casi te matan. Él fue quien me dio esa información..

Y entonces se miraron fijamente. Azrael temía haber cometido una imprudencia dejando al grupo solo.

Entonces los dos, sin decir una palabra, tuvieron la misma idea. Una idea clara. Que fuese una idea coherente, no tanto.

Azrael respiró, le mostró su mano vacía en señal de aprobación y ella le entregó la emisora. Tomó aquel trasto por su enorme antena y dio una gran bocanada de aire. – Hazlo- dijo ella.

Entonces él giró la pequeña rueda que encendía el aparato. Un pitido característico se apoderó de la pequeña caseta y los dos miraron al vacío. Esperando escuchar algo. Una interferencia, puede que un mensaje. Algo.

Pero un par de minutos pasaron mientras ellos apenas habían parpadeado una sola vez. Como si cerrar los ojos los hubiera hecho perder cualquier tipo de señal del otro lado.

-Nada-Dijo él negando con sus ojos fijos en la pared.

Entonces Azrael decidió girar la rueda y apagar aquella cosa. Ella le miró extrañada. Como si algo la hubiera poseído, le quitó la emisora y la volvió a encender. – Espera, he creído oír algo, justo antes de que la apagases.

De nuevo el pitido. La llama del quinqué se agitó, puede que la parafina estuviese a punto de agotarse. O puede que el bosque sabiendo del transcurso de los acontecimientos que estaban a punto de ocurrir, se agitarse en señal de duelo por toda la batalla que surgiría en el alma de sus habitantes.

Los ojos, el alma y la cordura de Azrael se concentraban en una sola mirada. Su cuerpo dio un espasmo y su calma desapareció en un instante. La radio sonaba..

-Supongo, que si yo fuera tú, si estuviera en tu lugar, contestaría a mi mensaje. No se si estarás familiarizado con el pequeño aparatito que tienes entre manos. La lucecita verde indica que un escaner ha dado con tu señal cuando has tenido para bien encenderlo.

Ese escaner me ha chivado que la radio que portas está operativa. Como mi técnico de comunicación no ha recibido la confirmación de su legítimo dueño de que todo iba bien por allí, supongo que la información que me había llegado sobre tí era cierta. Eres un tipo sorprendente, Azrael. Quizás te haya perdido la impulsividad. Para mí fue demasiado fácil darte cierta información, como si no quisiera dártela. Pero tú hiciste caso a tus instintos primarios y decidiste acabar con aquellos tipos, aún a sabiendas de que yo vendría hoy aquí, y dejaste vendidos a los tuyos.

Azrael sujetaba la radio. El mensaje de Alexander se le clavaba en el interior de su pecho. ¿Cómo podía haber caído en aquella trampa?

-¿Me escuchas? – Espetó con desagrado Vintila. – No me gustaría estar hablando solo..

-Adelante – Respondió Azrael – Soy todo oídos.

-Me alegro. Como te iba diciendo..

Supongo que si has sido capaz de recorrer todo éste camino, en mitad de la noche, para quitarte a esos dos hombres del medio, es por varios motivos. Uno, del cual no tengo duda, es que dentro de tu cabeza, existe la remota posibilidad de enfrentarte a mí, y puede que hasta tengas una ínfima esperanza de salir con vida de todo ésto.

Y he de reconocer que me encanta tu idea. Sólo el pensar que en todo éste maldito bosque, haya un solo ser, que tiene el coraje de enfrentarse y vencer al gran Jotún.. Es una idea tan descabellada que merece mi respeto absoluto.

Luego está la otra cuestión. Otro tema que me llega a la mente y que me defraudaría mayormente si entendiese que era tu verdadera intención. Por un momento tuve la vaga creencia de que ibas a omitir nuestra pequeña conversación evadiendo tus obligaciones. Sólo pensar en la posibilidad de que planeases huir con todos éstos a los que mantienes a salvo.. Tu incansable y tenaz empeño en jugarte el tipo por los demás, iría totalmente en contra de lo que se esperaría de un lobo solitario. No es lo que se espera de un superdepredador. Esa idea me decepcionaría en gran parte. Veo tu capacidad y determinación, pero también veo la falta de realidad en los objetivos que te planteas..

Azrael había comprendido dos cosas, una, que Alexander era un ajedrecista al que tener en cuenta. Engañarle sería complicado ya que había demostrado ir siempre un paso por delante de los acontecimientos.

Dos, que si se negaba a colaborar con él, Azrael sería el responsable de desatar de una masacre que asolaría el complejo. Todos los miembros del grupo, desde MaryAnne hasta Vladimir, los niños, Maika.. Todos serían ejecutados allí mismo si decidía no rendirse a la petición de Vintila.

La vida ponía en un aprieto a su alma. Por un lado tenía la opción de trabajar para el asesino de sus hijas, y entonces salvar provisionalmente a esos inocentes..

O, también podría huir, como un cobarde, esconderse, dejar que la suerte se ocupase de esos pobres inocentes y entonces tratar de dar caza en otra ocasión a ese malnacido.

La radio de nuevo..

La voz de Alexander volvía a clavarse en el interior del cráneo de Azrael como un hierro candente -Cuéntame, Azrael… ¿Decidirás ayudar a éste hombre que te tiende la mano a pesar de que has matado a dos de mis hombres?..

También puedo entregar una pala a cada uno de los seres que tengo aquí escuchando nuestra entretenida charla, y pedirles amablemente que caven un hoyo de su tamaño..

Para mí, es peor opción, ya que no desearía tener que hacer daño a todos éstos inofensivos seres. Pero todo depende de lo que escojas tú ..

Azrael tomó la radio con su mano mientras pasaba la otra por su barba. Miró de reojo a Adriana que lo observaba en silencio. Ella se compadecía de él por tener que decidir algo tan importante en solo unos segundos.

-Dame dos horas- respondió seco y contundente .Dame dos horas y negociaremos ésto en persona. Pero no toques ni un pelo a esa gente, o seré yo el que te obligue a cavar con tus propias manos.

-JaJaJa, me encanta .- Una carcajada se escuchó con fuerza a través del altavoz.

-Me encanta. Te lo juro, Azrael. Por lo que mas quieras. Admiro que seas capaz de mantener esa soberbia, incluso siendo consciente de que mis hombres probablemente tienen a tu gente encañonada..

Entonces se hizo un silencio. Azrael apretó la mandíbula y juntó sus párpados tan fuerte que sus ojos destellearon por la presión.

– Date prisa, y no me la juegues. O haré que los niños que tengo aquí a mi lado entierren a los demás, con vida.

La radio dejó de sonar. Azrael gesticuló de forma extraña con su cabeza y tiró la emisora sobre la cama. Se levantó de un salto y puso sus brazos en jarra mientras negaba con la cabeza.

La llama comenzó a bajar de intensidad. El quinqué parecía estar muriéndose. Al igual que la mente de Adriana, la oscuridad teñía el pequeño habitáculo en el que se encontraban.

Azrael prosiguió frío a la conversación . Callado. Como si las palabras de Alexander le hubiesen robado el habla. – Maldita sensación – Pensaba mientras decidía su próximo paso.

Buscó en el lateral de la cama. Encontró un par de botellas de cristal totalmente cubiertas de mugre. En otro tiempo, seguramente contuviesen leche fresca o zumo. La etiqueta había sido borrada por el tiempo al igual que ocurriría con la memoria del pescador.

Ahora la mezcla que contenían en su interior, denostaba olor a gasolina, y puede que a alcohol etílico o disolvente . Azrael sabía que el viejo pescador tendría guardado combustible de reserva. – Él era sabio – Se dijo a si mismo.

-¿Qué hubieras hecho tú? – se preguntó mirando al cadáver.

Enronces se giró. Quitó el tapón de rosca de la lámpara y la rellenó con mucho cuidado. El líquido fue absorbido por la mecha de trapo y la llama volvió a cobrar vida.

-Debes saber una cosa- Sugirió Adriana – Ese tipo, Alexander, no se si sabes muy bien a lo que te enfrentas.

-Ese tipo-Contestó Azrael – Ese tipo, es el responsable de que mi mujer y mis hijas ahora estén muertas. Él, y nadie más que él. Se a lo que me enfrento. Y se lo que ocurrirá si no hago nada. No quiero más muertos en mi conciencia. Ya he visto de lo que es capaz, al igual que he visto de lo que son capaces esos que te acompañaban hasta ayer.

La pregunta es, ¿Tú de que eres capaz?..

Adriana lo miró fijamente. Sus ojos, teñidos del color de la más absoluta penumbra se removieron de lado a lado y cobraron un brillo especial. El que sólo la tristeza puede regalar a una mirada.

Entonces ella le contó lo ocurrido. La noche de los campamentos. La soledad que sentía entre aquellos despiadados, el rumbo que había seguido su relación con Nicolai. Y también le habló de Iosip..

– Te recuerdo que me jugué el tipo por avisarte. Iosip hubiera dado lo que fuese por haber podido demostrar que yo estaba traicionando a Kuyra.

Entonces Azrael aceptó con su silencio aquellas palabras. Como si se hubiera celebrado un contrato sin cláusulas. Un contrato donde hubieran firmado un acuerdo sellado con sangre y escrito con miradas. Sin decir nada más. Un acuerdo que solo los supervivientes, los renegados y los lobos solitarios que vagaban en la tristeza conocían.

Corrió hacia su mochila, guardó en ella todo lo que había sacado y alguna provisión más de las que había tomado de aquella casa. Se apresuró a ponerse de nuevo sus botas y la chaqueta. Se aseguró de contar sus flechas y de que el cuchillo pendía de su funda en la pernera.

-Espera, quiero ir contigo -le detuvo Adriana cogiéndole por el brazo.

Azrael puso su mano sobre la de ella y la miró con agradecimiento. – No- La detuvo él.

-Debes descansar un poco -Insistió. -Además, él te conoce. Debemos jugar esa carta de la forma más astuta posible.

Azrael sacó un viejo mapa que había cogido en el cuartel del guardabosques y le mostró un punto en concreto. – ¿sabrías llegar aquí?..

Ella asintió. Sin hacerle demasiadas preguntas, escuchó cada palabra que él decía sobre cómo debían actuar. Adriana se sorprendió de la capacidad que había demostrado ese hombre al trazar un plan tan complejo como el que le ofrecía en unos pocos minutos. Pero el tiempo corría y había que ponerse en marcha.

Una vez acordado el proceso que debían llevar a cabo, llegó el momento de materializar cada cual su parte. Azrael revisó sus cosas, caminó hasta el cuerpo del viejo y se agachó clavando su rodilla junto a él. Esbozó una leve sonrisa y susurró..

Gracias. Si me oyes, desde allá donde estés, gracias por todo. Dale un beso a mis chicas. Dile que algún día estaré con ellas de nuevo..

El superviviente se levantó con avidez y caminó hasta el umbral de la puerta. Observó a adriana que se había sentado al borde de la cama y que ahora comprobaba su arma. – Toma- Dijo él alargando su brazo – Es el arma que llevaba uno de esos tipos. Y coge también ésto.

Entonces él se quitó la mochila y desabrochó su chaqueta. Volvió a ponerse su macuto gris y cubrió con la prenda a la muchacha. Su ropa había quedado ajada y cubierta de suciedad.

Ella pasó la mano por la prenda que acaba de recibir y sin dejar de mirarla le dijo agradecida unas palabras.

-Es demasiado, te hará falta si quieres llegar allí con éste frío- E inmediatamente hizo el ademán de quitársela de de los hombros. Azrael puso su mano sobre el hombro de Adriana y sujetó aquella robusta prenda de trabajo pegada al cuerpo de la chica. Negó con la cabeza mientras hacía caso omiso a la intención de ella de devolvérsela.

-Está bien así – Insistió él. – No pienso dar lugar a que precise de ella. Pienso correr tanto que el frío no podrá alcanzarme. Debo ir tan veloz que lo único que pueda seguirme sean mis pensamientos. Ellos y yo te regalamos esta chaqueta – Dijo sonriente.

Y sin mediar palabra alguna se apresuró a abrir la chapa oxidada que lo separaba del bosque y de su destino. Tapó su cara con el shemag y dió dos vueltas con la tela sobrante a su cuello. Entornó sus ojos y desafío a la luz que lo asaltaba de frente. Por el aire que perfilaba su rostro y el estado del agua de los charcos, calculó que la temperatura rondaría los dos grados. – Parece que el invierno se ha enamorado de éste bosque..

Salió de la caseta. Abandonando a su espalda a la mujer que acababa de rescatar. Azrael, por alguna extraña razón había decidido confiar en esa chica.

Para Azrael, la humanidad se dividía en dos tipos de persona. Los que hacen que te cambies de acera para evitar si quiera tener que saludarlos, y los que le habían grabado su mirada en el recuerdo. Él había tenido mucho tiempo para olvidarse de los primeros, y mucha necesidad de acordarse de los segundos.

Quizás sentía algo de miedo cada vez que se sorprendía a sí mismo pensando en alguna persona sin venir a cuento. Y Adriana era esa persona. Ella daba un regusto dulce a su ajetreada memoria. No quería dar importancia en exceso a ese pensamiento.

Pero lo tenía con demasiada frecuencia.

Ajustar las correas, atar sus botas y comprobar que cuchillo y arco pedían de sus amarres. Todo un protocolo que lo llevaba como siempre a una larga caminata.

-¡Suerte! – Se escuchó desde dentro.

Pero Azrael estaba demasiado ocupado en poner todo su enfoque en lo que venía ahora.

Aún arrastraba muchas horas de sueño. Le debía unas cuantas calorías a su organismo. Pero aún con todo ese lastre, Azrael estaba más que preparado. Los nervios habituales de la noche previa a la batalla ya le habían asaltado. Su corazón bombeaba alimentado de incertidumbre. Quizás la brisa helada, puede que el alma del pescador, o tal vez fuese el bosque conspirando contra su empeño en obviar lo obvio..

Pero una extraña fuerza giró su cabeza. Sólo sería una última mirada atrás. Un último vistazo a lo que dejaba en su camino. Y tan solo unos segundos después, se arrepentiría de haberlo hecho.

Allí estaba ella. Cerrando la puerta de chapa correosa. Abrigada por la chaqueta que tanto había tardado en conseguir y de la que tan poco le había supuesto desprenderse.

Azrael no contestó a su despedida. Sólo la devolvió la mirada. Cómplice. Intensa. Cargada de palabras y rodeada de silencio.-¡Maldita mirada!- Ahora tendría que cargar con ella para siempre.

Bajó su vista hasta sus propias botas. Clavó un pie tras otro en el lomo de aquel bosque y permitió que las fauces de la vegetación se lo tragasen de nuevo.

Ella, lo vio desaparecer entre los pinos. Dudó unos segundos sobre su propia vida y caminó hasta la cama. Se dejó caer encima de ella y observó la llama de la lámpara con distracción. Sus ojos eran el reflejo de los millones de pensamientos que la atormentaban. Bajó la intensidad del quinqué y se recostó para darse un respiro. Aún tenía tiempo de reponerse un par de horas.

Adriana puso su atención sobre el viejo. Si algo la desconcertaba era todo lo ocurrido respecto a ese hombre . Pero ella estaba segura de haberle visto. Puede que todo fuera una señal. O que realmente se había vuelto loca.

Le miró por última vez antes de dejar que el sueño la venciese de nuevo. – Gracias – Susurró al cuerpo sin vida – Por aparecer y permitir que mi mente se evadiese en aquel momento. Gracias.

Adriana, se detuvo a pensar en lo que acababa de ocurrir y sonrió irónicamente. Había pasado en tan solo unas horas, de no cruzar media palabra con su pareja, a terminar hablando a un muerto al que creía haber visto caminar.

Su espalda se dejó envolver por el colchón harapiento y su cuerpo se rindió a los acontecimientos.

Y así, acariciando aquella chaqueta, se convirtió en la niña que realmente era. Una joven llena de sueños a la que el destino decepcionaba a golpe de lecciones. Dejó que sus párpados se cerrasen libremente y el universo la consintió soñar. Durante esas dos horas, ella sería la cenicienta del apocalipsis, una princesa atrapada en un cuento extraño. Un hada que no podía volar, pero que tenía magia en la mirada.

Lejos de allí. Otro tipo de miradas se fraguaban. También intensas, pero para nada se atisba complicidad alguna en el lugar. El odio y el rencor son las únicas notas que se aprecian en sus ojos.

Maika, sentada al final de la mesa, desdibuja cada centímetro del rostro de Alexander con sus pupilas azuladas. Cruzada de brazos, abrigada por un mono de trabajo dos tallas grande, la muchacha contempla con odio al hombre que tiene delante. Autor de tanta obra de muerte, Maika, planea en su cabeza la muerte de Vintila, de mil formas posibles, todas dolorosas, todas vengativas.

-No me mires de esa manera-Dijo él mientras la observaba la ventana. – Entiendo por lo que debe estar pasando tu pequeña cabeza ahora mismo. No sabes nada de mí, no sabes cuáles son mis intenciones realmente. . De hecho, no sabes ni cuáles son las tuyas. – Alexander frunció el rostro y mostró sus palmas.

Se levantó de la mesa y caminó alejándose de ella hasta el lugar donde Jhon preparaba algo de comida. – Debéis confiar en mi palabra. Nunca he mentido a nadie, ni ahora, ni nunca. Tengo algunos hombres y mujeres en mi equipo a los que podéis preguntar y despejar vuestras dudas. Con suerte- Continuó mientras tomaba un trozo de pan de arroz recién hecho – con suerte, formaremos un gran equipo entre todos.

Alexander se introdujo un pedazo de pan en la boca y lo masticó mientras clavaba los ojos en los tablones que formaban el tejado por dentro.

Desvió la mirada hacia Jhon y se besó los dedos demostrando su asombro ante el sabor de aquél pan. -Dime una cosa, chico, ¿La receta es tuya?.

Ocurrió un silencio sepulcral.

Jhon miró a Maika y esta desvió sus ojos hacia el suelo. – Así es, señor – contestó él – Trabajo con lo que tengo.

Entonces Alexander dio un vistazo a su alrededor. Comprendió que ese grupo sobrevivía con lo que habían encontrado en aquel lugar. Asintió en silencio y se aproximó hasta el lugar donde Ewan vigilaba la escena apostado en una esquina junto a su arma.

Miró a Maika mientras ella le ofrecía un gesto esquivo y dio una orden clara a su escolta.

-Llévate al hombre al que la vida le ha arrebatado su brazo y ayúdale a reunir aquí a todos los individuos que permanecen escondidos en el chamizo de enfrente.

Maika se levantó bruscamente al oír aquellas palabras, desenfundó un cuchillo de grandes dimensiones y amenazó a Alexander con él – ¡Deja a los demas en paz! –

Las velas se agitaron. Las luces y sombras recorrieron los ojos de los allí presentes. Todos miraron a Maika que empuñaba su filo con decisión. – Tranquila – Dijo Alexander con voz conciliadora.

-No me digas que me calme-Increpó iracunda mientras mostraba aún más los dientes.

-No hablaba contigo – Respondió él. – Daniela, por favor, está todo bien.

Y entonces Maika, presa de su error, fue consciente de un hecho que evidenciaba su posición real en aquella guerra que se libraba en el salón comedor del complejo.

La muchacha observó detenidamente y puedo darse cuenta de que un pequeño punto rojo brillante se había situado sobre el antebrazo con el que mantenía el cuchillo frente a Vintila.

-Mejor baja el arma, guapa. Si no quieres acabar como tu amigo el tullido.

La voz de Daniela se había materializado en forma de electricidad y ahora recorría la espina dorsal de Maika que la miraba de reojo.

Alexander hizo un gesto tranquilizador a Daniela y ésta bajó el subfusil. El puntero láser situado bajo la bocacha de su arma se apagó, y entonces Maika bajó también el arma, su rostro rebosaba soberbia y sus labios temblaban. Aún así tomó asiento de nuevo y se permitió repetir a Alexander su advertencia sobre hacerle algún daño a los suyos.

Ewan salió de allí sujetando la puerta para que Marion lo acompañase. Una ráfaga de aire se coló en el lugar y retorció de nuevo las llamas de las pocas velas improvisadas que iluminaban la sala.

Vintila miró a Jhon que se afanaba en terminar de preparar alguna de sus suculentas creaciones. El cocinero, tomó un vaso de cerámica con las letras medio borradas, casi inteligibles, que formaban el logotipo de “Deep Green Forest” y ofreció a Alexander alguna de sus recientes obras. Vintila lo miró con detenimiento y le mostró su interés por aquella bebida alzando la mirada y alargando el brazo.

Jhon se acercó hasta él y colocó un trozo de tela sobre la mesa a modo de posa vasos y dejó la taza encima. Alexander la tomó y la acercó hasta su nariz. El vapor que desprendía dejaba notas de regaliz y azafrán que despertaron el apetito de vintila.

-Puedo diseccionar cada ingrediente que has usado en esa bebida – Dijo Alexander aspirando aquel aroma. – Regaliz, canela, vino de garnacha y puede que azafrán. ¿No es así?.

Jhon le miró sorprendido y asintió. – Así es, señor. Trabajo con lo que tengo.

Alexander sonrió y mostró sus dientes perfectos al cocinero mientras se acercaba la taza de cerámica a los labios.

-¡SEÑOR! – Le gritó Daniela. – No debería beberse eso sin comprobar que es seguro.

Entonces todos miraron a Vintila que detuvo su gesto a sólo unos centímetros de su boca. El vapor de aquél vino caliente cruzaba entre su mirada y la de Maika, la tensión aumentaba en aquella sala mientras Vintila cambiaba la vista entre los ojos de Maika y los de Jhon, que se había quedado petrificado.

-Sería una pena desperdiciar éste suculento licor especiado con algún tipo de veneno. ¿Verdad? – Dijo clavando sus pupilas en las del cocinero, que no sabía el gesto que debía poner.

Alexander, sujetaba el vaso mientras el silencio congelaba el rostro de todos los allí presentes. El bosque, el complejo, las caras de cada espectador. Todo giraba en torno al vaso que Vintila tenía en sus manos.

Los latidos del cocinero se oían desde lo lejos de aquella cocina rústica y oscurecida por el carbón.

Vintila miró a los que le miraban. Observó a los que le observaban. Apartó su cara de la taza y agitó sus ojos de lado a lado. Entonces con una rapidez innecesaria se llevó el licor a la boca y de un sólo trago apuró casi el total del recipiente.

El aire se volvió de hierro. Las paredes enmudecieron. Daniela apretó el arma con sus manos sudorosas y Jhon abrió los ojos hasta casi dejarlos salir de sus cuencas.

Alexander cerró los suyos, dejó la taza violentamente contra la madera de la mesa y se levantó como un muelle aún sin dejar que sus párpados se abrieran. -¡Joder! – Exclamó señalando a Jhon.

-¡Quiero a ese hombre en mi cocina!.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte