CAPÍTULO 61. Una Generación Que Proteger

CAPÍTULO 61. Una Generación Que Proteger

Julius Y MaryAnne llegan al lugar donde Azrael les encomienda proteger a los pequeños del grupo.

-Debemos estar cerca..

Una densa incertidumbre nublaba el espíritu de Julius. Pese a eso, caminaba decidido a finalizar su misión. Azrael había puesto toda su confianza en él. Al igual que el resto del grupo al dejar en sus manos la vida de los más pequeños. MaryAnne le sigue de cerca, sin poner demasiada esperanza en el plan que se desarrollaba, pero también sabía que del éxito de su cometido dependía el bienestar de aquellos inocentes.

Abrigados hasta las cejas. Con varias capas de protección, caminan con dificultad los pequeños valientes. Pero el frío acecha impasible. El riesgo de hipotermia en un cuerpo tan pequeño siempre es un factor a considerar. Los pensamientos de Azrael pasan a menudo por las peores situaciones que pudieran encontrarse. Por ello, ordenó equipar a los prófugos infantes como si de una expedición al mismísimo polo norte se tratase aquel viaje. En previsión de que Julius y MaryAnne se desviasen del camino mientras hacían las labores de guía y escolta. Siempre se debía ir sobre seguro cuando se trataba de protección.

Los cinco menores arrastran sus pies entre el barro y la escarcha. Separados a escasos centímetros, prosiguen su andadura, con la mano derecha sobre el hombro del que precede y sin perder contacto entre ellos. Julius va primero. Alza la cabeza sistemáticamente cada cinco segundos y después comprueba su retaguardia. – Uno, dos, tres..

Cuenta siempre en silencio. No quiere perder a ninguno de los asustados componentes. Cada ruido que escucha le obliga a parar, analizar, ordenar que se detengan, sacar su arma y apuntar con ella a la nada.

La histeria lo corroe por dentro. Pero debe mantener la compostura. MaryAnne también va armada. Nunca ha usado un revólver antes, pero vaciará el tambor contra aquello que amenace a los pequeños. Sin dudar. Ella estudió durante años para salvar vidas. Y eso es lo que hará, cueste lo que cueste.

Sus dedos palpan las canchas de goma del arma que lleva enfundada. Una y otra vez. Un ojo puesto en su espalda, otro en el frente. Ninguno de los dos puede evitar pensar en la pequeña Aurora. Los hombres de Kuyra ya demostraron su capacidad para esquivar cualquier tipo de moralidad en su propósito.

La calma acecha en la espesura.

Una vez dada por finalizada la antigua sociedad, la instauración de esa nueva sincronía de muerte había cambiado el significado de algunas cosas.

El silencio era preludio para la muerte. En ocasiones, era menos desconcertante estar atrapado en el furor de la batalla que vagar en solitario por el páramo escarchado que los rodeaba. Durante el combate, uno sabe que forma parte del ajedrez de vida y muerte. Pero en los momentos de paz uno sentía ese regusto a incertidumbre constantemente. El corazón pedía descansar, aunque el alma nunca llegaba a hacerlo. Podría decirse que a los espíritus herrantes de aquel bosque les había tocado vivir en el desasosiego eterno.

Julius reconoció el camino que conducía al refugio de los guardabosques. Las astillas del cartel de madera que una vez lucieron el emblema del oso, se encontraban esparcidas por el suelo.- Qué raro- Se dijo sospechando. Él recordaba haber visto aquél cartel en perfectas condiciones.

Nadie solía pasar por aquella zona tan próxima a la falda de la montaña. Allí el aire corría raudo, implacable, sin concesiones. Helando todo lo que encontraba a su paso. El clima tan al norte se volvía intratable y era implacable con los débiles. Julius sabía que la zona en la que se encontraba aquella construcción, era la más fría de todo el bosque. Azrael había instruido al joven en materia de refugios improvisados y formas de encender un fuego con los materiales que pudiese hallar en su camino, pero él prefería no tener que comprobar si aquella lección le había quedado clara.

Julius observó aquellos trozos de cedro ya despintado. La madera del suelo estaba seca, por lo que dedujo que no llevaba mucho tiempo allí. Oteó la zona en busca de huellas. El camino que hubo recorrido hace un tiempo sólo, y después con Azrael, se extendía ante sus ojos.

Julius se quitó el guante de cuero forrado en su interior y pasó su mano cálida por su rostro. Limpió de humedad sus párpados y volvió a cubrir su mano que ya acusaba el frío del entorno.

MaryAnne lo observaba cauta. La mujer apoyaba su mano sobre el hombro del niño que tenía delante. Lo otros cuatro se agolparon junto a ella en busca de refugio. -¿Todo va bien?-Preguntó ella.

Julius giró la cabeza hacia ella y arqueó las cejas en una señal indefinida.

-Sólo quiero estar seguro de que todo va bien.

MaryAnne aceptó la explicación con recelo. La cara de Julius era un libro abierto. El joven carecía de la picaresca necesaria para engañar a nadie sobre su estado de ánimo, por ello, la doctora extrajo el revólver de su bolso y lo empuñó con decisión. Desconfiaba de sí misma, más bien de su capacidad de reacción en caso de peligro. Así, decidió ir un paso por delante de cualquier imprevisto que los aconteciese.

Julius, como si hubiera sincronizado su pensamiento con el de su compañera, desenfundó su 9mm y tiró de la corredera.

Realizó un gesto con el brazo izquierdo. Ordenó a los demás que lo aguardasen en aquella posición. Caminó un par de pasos en dirección al refugio. Comprobó el suelo, alzó la vista y escudriñó las ventanas con detenimiento. Por nada del mundo quería ser víctima de una emboscada por sorpresa. Con los niños no..

-Parece que todo está bien-Dijo en alto.

MaryAnne lo miró aturdida. No entendía el porqué de aquella subida de tono tan repentina. Llevaban guardando silencio más de cinco kilómetros, y ahora parecía que el sigilo no formase parte de su estrategia.

-¿Quieres hacer el favor de no llamar la atención?- Increpó ella susurrando con rabia.

-¡Nos vamos!-Gritó de nuevo ignorando la súplica de su acompañante. -Creo que debemos estar cerca de nuestro destino. ¡En marcha!..

Las voces de Julius retumbaron entre los abedules que desfilaban a su alrededor. Las urracas se espantaron graznando en su vuelo, el viento pareció detenerse, los niños se giraron hacia la enfermera.

MaryAnne no daba crédito a lo que presenciaba. Julius, el responsable al cargo de la vida de todos esos inocentes que ahora se sentían atemorizados, ponía en peligro la seguridad del grupo revelando su posición por no cuidar el alcance de sus voces.

MaryAnne empezaba a desesperarse. Por más empeño que ponía, a Julius parecía no importarle que pudieran encontrarlos.

-¡Ve tú primero!- La gritó desde los escasos treinta metros que los separaban. Ella lo miró extrañada. Algo escamaba a la asustada enfermera que se apresuró a comprobar de nuevo su arma antes de ponerse en marcha.

No comprendía algo. La edificación que divisaban a sólo unos pasos, era en teoría el lugar al que debían llegar. Pero Julius caminaba hacia el grupo dejando a su espalda aquella pequeña construcción.

MaryAnne comenzó de nuevo el camino hacia el bosque, extrañada. Asombrada del comportamiento tan errático que había mostrado el joven. Éste la indicó con la cabeza que pusiera un nuevo rumbo hacia los abedules que delimitaban el márgen del bosque respecto al camino. Pero la sorpresa para ella no acabaría aún. Julius, llegando ya casi a la altura a la que quedaba el primer infante de la cola, desabrochó su chaqueta y comenzó a despojarse de ella. La enfermera lo miraba tratando de entender aquello que le sucedía.

Julius se quitó la prenda y con suavidad colocó ésta sobre los hombros del niño que tenía más próximo. Sonrió a éste al verlo reconfortado y le guiñó un ojo. Miró de nuevo a MaryAnne y la susurró algo, casi sin pronunciar. Sólo un leve movimiento de sus labios y una mirada que ella nunca había visto en él.

Y de pronto, el sobresalto los privó a todos de aliento.

Con un giro abrupto y desmedido, Julius se dio la vuelta sobre su espalda e inició lo que parecía una carrera hacia alguna parte. Sus botas se estremecían con cada paso. La goma de sus suelas rechinaba al contacto con cada piedra que pisaba. Su jersey interior se agitaba junto con su pantalón dos tallas grande. La cartuchera se le había desabrochado en el primer momento de aquella inexplicable reacción. Su arma salió despedida y cayó a sólo unos metros de su camino. Pero él había emprendido un viaje sin retorno.

Sus piernas devoraban al menos dos metros de andadura embarrada en cada paso. Ya no había duda para la enfermera. Julius se dirigía directamente hacia la puerta del refugio al que hacía unos segundos había dado la espalda.

El Bosque guardaba silencio. Los pájaros que huían ya no graznaban. Las ramas se silenciaron por completo. Como si todo el bosque hubiera contenido la respiración para dar un toque de dramatismo a aquella escena.

MaryAnne parpadeó una sola vez. Dejó que su garganta tragase su saliva y respiró de nuevo. Los niños miraban hacia Julius mientras abrazaban las piernas de la muchacha que enmudecía. Julius, seguía avanzando hacia aquel refugio.

La situación sobrecogía y preocupaba a MaryAnne, que sin poder hacer nada, confiaba en hallar pronto una respuesta para todo aquello que sus ojos capturaban.

Y la respuesta llegó sin más.

El joven, a sólo unos metros de la puerta verde cubierta de óxido y porquería, agachó su cabeza y se colocó de lado para terminar su frenética carrera golpeando el acceso con el hombro.

Nada tenía sentido. La enfermera sabía que tenían la forma de entrar en aquel lugar sin necesidad del uso de la fuerza. Pero ella estaba pasando por alto un pequeño detalle.

Julius, apenas sí tuvo que rozar la hoja metálica para que ésta se abriera de golpe. La puerta se abatía con gran violencia ante la embestida del chico. Y en ese momento, MaryAnne se dió cuenta por fin de qué trataba todo aquello. A medida que el cuerpo de Julius empujaba aquel metal frío que lo separaba del interior, desde la posición de la chica podía adivinarse la presencia de al menos dos hombres en hall de la entrada.

Los setenta kilos del chico habían cogido la inercia necesaria para derribar a uno de los tipos que aguardaban tras la puerta. Golpeado en su rostro y pecho, el hombre caía desmayado y con la cara cubierta de sangre. El otro que aguardaba tras él, cayó también sobre sus nalgas al verse sorprendido por la brutal entrada de Julius.

Así fue como la enfermera se dio cuenta de que Julius se había percatado de aquella presencia y por ello actuaba así. Ahora la tocaba a ella aportar algo a la misión. La mujer corrió con todo el ímpetu que su cuerpo podía desarrollar. Acortaba distancia mientras sacaba su revolver y amartillaba éste como Azrael la hubo enseñado.

Julius mientras tanto se aferraba a los brazos del tipo que trataba de desenfundar un cuchillo. Enmarañados en el suelo, no se podía saber dónde empezaba uno y dónde acababa el otro. El chico arañaba y mordía al soldado que le propinaba codazos y golpes para que éste lo soltara. Julius, agitado y afanado en contener al hombre, pele sabía que se agarraba a su propia vida.

Una serie de escenas pasaban como una película en su mente. En aquel mismo lugar, hacía unas semanas, Julius salvaba y era salvado. Azrael lo apartó de la muerte y él hizo lo mismo por él.

Enfrascado en su desvarío, casi no tuvo oportunidad de ver que aquél contrincante con el que se batía en duelo, había logrado extraer su filo de la funda de nilon. El brillo del acero al carbono cegaba su imaginación y lo devolvía a la realidad. Como un resorte, el soldado lanzaba un ataque contra el joven. El arma cortaba el aire y se acercaba a gran velocidad hacia su axila. Julius recordó los entrenamientos con Azrael y dejó que su instinto aprendido tomase el mando.

Los antebrazos del joven bloqueaban en paralelo aquel violento movimiento. El soldado retrocedió con su brazo armado y volvió a la carga. Ésta vez sólo uno de los miembros de Julius consiguió parar el golpe. La sangre salpicaba su rostro y corría por su brazo izquierdo. El calor de aquel plasma que brotaba de su mano teñía su cara y la de su enemigo.

En otros tiempos, Julius se hubiera sentado a llorar. A lamentarse. A esperar una ayuda que siempre llegaba.

Ahora todo dependía de él. La vida de los jóvenes, de MaryAnne, la suya..

El chico apretó fuerte la mano herida y se abalanzó sobre el soldado. Rodeó el brazo de éste con el suyo y lo bloqueó con una llave que ni había tenido tiempo de aprender. Sin más temor que el de no volver a ver un amanecer, lanzó su cabeza contra la cara del tipo. Pudo notar cómo el hueso maxilofacial crujía ante su ataque.

Inconsciente por completo, el hombre caía rodando un par de escalones más abajo. Julius miró su mano y pegó la espalda contra la pared de madera mientras el fuerte mareo a causa del impacto le obligaba a cerrar los ojos. El soldado emitía algunos sonidos de dolor, de su boca brotaba un conjunto de sangre, saliva y algunos dientes rotos.

Julius tembló en un profundo espasmo. La piel de su cara se había retraído. Sus hombros se encogieron y sus manos se apretaron. La sangre de su herida manaba ahora con más fuerza.

Un tremendo disparo retumbaba en sus oídos. Giró su rostro hacia la puerta desde donde provenía el sonido de la detonación.

La silueta de la mujer que lo había acompañado allí, se dibujaba ante la luz del bosque en contraste con la oscuridad de la sala.

Su arma rezumaba humo y el olor a pólvora era inequívoco. Ella mantenía el revólver encañonado, agarrado como si fueran a tratar de despojarla de él. En el suelo, justo a unos metros, yacía muerto el tipo al que Julius había derribado al entrar. Éste había recobrado la consciencia y por unos segundos no había podido hacer uso de su Glock contra el joven.

Julius se levantó con un conjunto de laceraciones dificultando la tarea de ponerse en pie. Sonrió a la mujer que acababa de salvar su vida y se acercó a ella moviendo su cabeza de lado a lado para sobrellevar el mareo. -Déjame ver- Le dijo mientras agarraba su muñeca. -No es nada- Respondió el joven.

Pero MaryAnne opinaba distinto. Aquel cuchillo había seccionado la carne de su mano entre el pulgar e índice. -No ha tocado tendones, pero hay que coser.

Julius giró el rostro hacia el tipo que gemía tirado en el suelo. MaryAnne apuntó el cañón de su revolver contra la cabeza del soldado y Julius la detuvo bajando el arma con la mano sana. -No..

-Pero.. es peligroso..

-Sí- Contestó él seriamente.-Pero necesitamos la munición.. y no hacer ruido.

Entonces ella lo miró asombrada. El crío que hace unas semanas había aparecido de la nada, se había convertido en un soldado frío y calculador.

Julius ordenó a los niños que entrasen, no sin antes cerciorarse de que se encontraban a salvo allí dentro. Comprobó la estancia a superior y el garaje. El interior de la camioneta y el armario. Entonces los mandó pasar. Les obligó a mirar hacia la pared mientras sacaba junto con MaryAnne el cuerpo del muerto y posteriormente el del herido que ya empezaba a mover las manos.

Una vez éstos quedaron fuera, Julius se quedó con ellos y cerró la puerta. MaryAnne pudo apreciar en su rostro un gesto que jamás habría esperado en él. La mano ensangrentada del chico tiraba del pomo mientras recogía del suelo el cuchillo de uno de ellos. El sonido gorgoteado del hombre hizo que la enfermera se estremeciese en su interior. Un minuto después, la puerta volvió a abrirse y Julius la pidió que saliera – Ayúdame con ésto- La susurró señalando los cadáveres.

Él agarró la pierna del pantalón de uno de ellos y la enfermera sujetó la otra. Julius marcó eo camino y comenzó a mover el cuerpo. La marca de la espalda a través de los restos de nieve dibujaba un camino que dejaba un rastro de sangre tras ellos. Una vez llegaron a los árboles que quedaban a unas decenas de metros, Julius la indicó dónde dejarían al muerto. Comenzó a retirar unas ramas cubiertas de nieve y las dispuso a un lado. MaryAnne, atónita, comprobó que bajo esas ramas yacían al menos otros tres cuerpos.

Julius la miró y sonrió. Ella entornó los ojos y pronunció el nombre de Azrael. -Así es- La contestó -Pero uno de ellos murió a mis manos..

MaryAnne alzó las cejas incrédula. Cada minuto que pasaba con ese chico, sentía que desconocía un poco más su verdadera forma de ser.

Se apresuraron en llevar hasta allí el otro cadáver. Julius la ofreció entrar en el refugio mientras él se ocupaba en desnudar a éste último. -¿Qué esperas que haga?- Se excusó -Es mejor ropa que la mía, y no está llena de sangre.

Julius tomó el uniforme de combate del caído y registró sus bolsillos. Recogieron las cosas y volvió a cubrir los cadáveres con las ramas.

-Está anocheciendo-Dijo MaryAnne -Tienes razón, vayamos adentro.

MaryAnne entró primero. Julius cerró la puerta y la comprobó varías veces. Hizo una rápida requisa en el garaje y se percató de un acceso abierto en el techo -Por aquí debieron entrar.

Cerróbel acceso con una estantería y varias cajas apiladas y se reunió con los otros en el hall. Los niños se mostraban cansados y hambrientos. -Escuchadme todos- Dijo en un tono paternal -Arriba estaremos resguardados del frío, encenderé un fuego cuando la noche haya cubierto el bosque por completo y el jumo no pueda divisarse. Os procuraré algo de comer y podréis descansar.

Los críos se miraron. Alguno de ellos no pudo disimular una tímida sonrisa, Julius le devolvió el gesto y comenzó a subir la escalera.

Una vez arriba, el joven cogió una linterna de poca potencia que había hallado en los bolsillos de uno de los soldados abatidos y apuntó al sillón de la esquina. El cadáver del guardabosques dejó sin habla a los muchachos, MaryAnne se llevó la mano a la boca y trató de no parecer impresionada.

-Saludad chicos- Dijo Julius con una alegría infantil -Ese señor, es el antiguo guardabosques y ocupante de éste lugar. MaryAnne se acercó al chico y tiró de su manga para acercar su oído lo suficiente. – ¿Es que vamos a dormir con eso aquí?..

Julius carcajeó en voz baja. -No deberías preocuparte por él. Es más-Dijo concluyente -Deberías estarle agradecida- La enfermera se extrañó- Ese revólver que llevas, era suyo..

Ella bajó la mirada hacia su arma, recorrió con sus ojos la distancia que los separaba del osario que tanto pavor la suscitaba y frunció los labios. Asintió con la cabeza y cerró los ojos en señal de aceptación.

-Ese hombre murió abrazado a la foto de su amada. El día que todo cambió en el planeta, quedó aquí aislado, sin poder saber si ella estaba bien, consciente de que nunca jamás estaría con ella, decidió quitarse la vida..

Julius, con una madurez inusual en él, explicó ante MaryAnne y los niños el porqué aún permanecía allí el cuerpo momificado de aquel guardabosques. Ella, había recreado la historia en su mente, había desarrollado una empatía instantánea que la hizo perder todo el miedo hacia aquél cadáver y que incluso la había hecho verlo como un símbolo de protección.

Las lágrimas recorrieron su rostro. Ahora era su familia la que permanecía en su recuerdo. La tristeza la ablandó el semblante, quizás demasiado, tanto, que no pudo evitar un sollozo repentino.

-Quedaos aquí-Ordenaba Julius mientras encendía la pequeña estufa de leña. Hizo acopio de los trozos de madera desperdigados por el suelo y prendió los más pequeños con su mechero de gasolina.

Los pequeños se sentaron sobre el colchón de la litera mientras MaryAnne los tapaba con una vieja manta militar.

Mientras tanto, el joven se había ocupado de recopilar todos los alimentos que pudo em la parte baja del refugio. Recogió las raciones de emergencia y la pasta deshidratada, la fruta desecada y el agua embotellada. Subió todo su hallazgo a la planta superior y repartió casi todo entre los niños. Las sonrisas se repetían en sus rostros. Entonces Julius sonrió también. Hizo que todos se tumbasen contrapeados y los arropó con sumo cuidado.

MaryAnne lo observaba junto a la estufa. A ella le parecía increíble aún que aquél joven incauto que hace unas semanas era poco menos que un crío, ahora se comportase como un verdadero soldado, un escolta, un ángel de la guarda dispuesto a morir por la generación que dormía a unos metros.

Después de comprobar las armas que habían recuperado de los soldados abatidos, MaryAnne y Julius se sentaron junto al fuego. La enfermera empezó a dejar que su cuerpo se recostase junto a la pared. Posó su trasero en el suelo y contempló la cafetera que empezaba a hervir sobre la tapa de hierro. Alzó la vista y dubitativa miró a Julius que había colocado algo en el agua. El olor a café recien hecho la inundó los pulmones. Julius la miró y los dos se sonrieron. Entonces él recordó de nuevo y pronunció una frase que ahora cobraba sentido para él :

¿Te gusta el café?.

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte