CAPITULO 64. LA AVENTURA DE PERDER EL MIEDO

CAPITULO 64. LA AVENTURA DE PERDER EL MIEDO

Julius y MaryAnne sufren una emboscada. Reciben una ayuda que no esperaban pero el joven queda malherido.

El eco de lo que hacemos ahora resuena en la eternidad.

Marco Aurelio .

Julius ve con cierta melancolía cómo la luz del día avanza y conquista todo aquello que divisa desde su ventana. Apoyado contra el frío cristal, observa cómo el sol se abalanza sobre los árboles. Con la suavidad del mar engullendo la playa, cada rayo de luz se abre paso entre las ramas más altas y dibuja los contornos de aquello a lo que nada protege.

MaryAnne se ha esmerado lo suficiente como para que el cartel que hace las veces de bandeja, tuviese algo de similitud con una bandeja de hotel. Leche en polvo y frutos secos, un par de raciones de emergencia con sabor a papel de periódico y unas ciruelas deshidratadas.

-¡Que aproveche!- Exclamó la enfermera despertando a los desconcertados menores.

Los ojos de éstos trataban de obtener una imagen de su alrededor, pero se entrecerraban al sentir la brillante e incómoda claridad que los asaltaba. Arremolinados sobre la comida, ni siquiera se pararon a preguntar de qué se componía el menú. -Con cuidado chicos, disfrutad de la comida..

Julius echó un vistazo a la bandeja y volvió a sentarse de nuevo sobre la esquina de la cristalera. Cubierto por una trasera de contrachapado, tocaba sin cesar con sus dedos la funda de su arma. Su misión no había hecho más que empezar. Ensimismado en su labor de protector a tiempo completo, casi había olvidado el hambre que arrastraba desde el día anterior. La tensión acumulada, aquella maldita caminata y la batalla que había tenido lugar en la planta baja, habían supuesto un cúmulo de emociones que poco a poco iba siendo capaz de gestionar en su mente.

-¿Es que no tienes hambre?..

El chico miró a su lado y descubrió una servilleta doblada con algunas ciruelas sobre ella y un par de tasajos de cecina. Tomó una de las ciruelas y dejó el resto a un lado. Señaló a los pequeños con la cabeza -Guarda el resto para ellos, yo estaré bien.

Pero él sabía que no había certidumbre sus palabras. Ninguno de los dos se atrevía a decir lo que realmente pensaba de la situación.

MaryAnne frunció su ceño y con los brazos en jarra se aproximó al chico. -Come tranquilo lo que te he dejado preparado, yo haré guardia.

Julius asintió sin demasiada convicción. Él sentía la carga de la responsabilidad sobre sus hombros. Si la misma situación hubiera ocurrido unos meses atrás, quizás hubiese significado demasiado para él, pero ahora ya era todo un hombre, un superviviente.

Aún con bastante recelo sobre la petición de MaryAnne, decidió bajar las escaleras y dejar a la enfermera al cargo de la vigía. Ella le sonrió, sabiendo que había cedido el puesto a regañadientes.

-Date una vuelta por la planta de abajo, seguro que hay algo más de utilidad que podamos aprovechar.

Julius bajó las escaleras con la mano en su cartuchera. Revisó toda la planta baja, la cochera y la recepción. La sala de espera y la entrada. Observó un rato detenidamente el lugar que ocupaba el garaje. Halló el vehículo herrumbroso y en su interior descubrió el cadáver del guardabosques en el asiento del copiloto. Julius se fijó rápidamente en su escopeta. Varios cartuchos pendían de una canera que había quedado a sus pies. No dudó en ecogerla y abrir la culata. Encontrando ésta vacía, se apresuró y cargó cuatro proyectiles dentro, cerró el arma y apuntó al techo a través de la mira. Observó el suelo en la parte que lo rodeaba y se fijó en una papelera metálica repleta de documentos a medio quemar.

-Azrael-Pensó con total seguridad mientras su sonrisa rendía un homenaje a todo lo aprendido de él – Decidió después cuál sería el siguiente paso. Los cadáveres de los tipos a los que había vencido el día anterior.. pudieran tener algo de utilidad. Subió con presteza y MaryAnne lo miró sobresaltada. -Mira-Dijo él mostrando la escopeta -Ten ésto a mano. Voy a salir a registrar los cuerpos. Con suerte puede que encuentre algo de caza por los alrededores.

Los ojos de MaryAnne se achataron hasta convertirse en un gesto de sospecha. A ella no le hizo demasiada ilusión el hecho de quedarse sola. Pero aún con la desaprobación de su instinto, apremió al joven a que pusiera cuidado en lo que se disponía a hacer. Le pidió que se diera la mayor prisa posible y omitió cualquier reproche por la decisión que había tomado de salir. Julius comprobó su revolver y guiñó un ojo a la nerviosa enfermera ante la expectación de los niños. -No abras a nadie que no sea yo.

Dejó el manojo de llaves sobre la cama y puso su mano en la rodilla de MaryAnne mientras trataba de quitar importancia al asunto sonriendo cómicamente a los pequeños. Aquel gesto inocente había escrito una frase más en el corazón de ambos. Los pasos de Julius se silenciaron al llegar a la puerta de salida. Un chirrido apagado originado por las bisagras se sucedió a éstos y después el ruido inequívoco de su caminar entre el barro.

MaryAnne colocó su cuerpo contra el contrachapado de la ventana e inspiró con tristeza. El chico había comprobado cada sombra, cada movimiento. Cada ruido y cada brizna de viento que lo alertaba. Sujetó su revolver mientras oteaba a su alrededor con minuciosa cautela. Pegó su espalda a cada árbol según iba encontrando éstos a su paso. Cuando hubo arrastrado los cadáveres el día anterior no se había percatado de lo largo que había sido aquél recorrido. Ya podía divisar las botas de uno de los abatidos. El corazón de Julius golpeaba sus sienes y casi no lo dejaba oensar. -Tranquilo Julius-Se repetía -Busca rápido y vuelve a ponerte a salvo.

El hedor de los cadáveres que Azrael había depositado allí hacía unas semanas era insoportable. La temperatura había subido unos grados y la nieve ya no era capaz de contener las bacterias que descomponían los cuerpos.

El jover arrastró los dos cadáveres más recientes unos metros, con una sola mano, encañonando al horizonte cada vez que una hoja se precipitaba al suelo o que un pequeño roedor se cambiaba de rama. Desató el calzado de dos cuerpos y corrió raudo a dejar el botín en la entrada para seguir rapiñando lo que pudiera.

Comprobó en efecto los uniformes. Eran hombres de Kuyra. Si sus cuentas no fallaban, Kuyra debía estar mandando patrullas de soldados en grupos de tres. Por lo general, la costumbre de Kuyra era mandar un hombre de reconocimiento y luego añadir una pareja al equipo para llevar a cabo la misión que tuviera lugar.

MaryAnne comenzaba a sufrir un leve ataque de nervios que se proyectaba a través de su interior y que iba en aumento. Los árboles no dejaban que el chico se mantuviera al alcance de su visión y la desesperación se cebaba con ella. Sus pensamientos se agolpaban. Uno tras otro, cada uno más pesimista que el anterior. Como si de un vertido de crudo se tratase. Cada nuevo pensamiento teñía de negro al siguiente, convirtiendo así su cabeza en una marejada de incertidumbre que no la dejaba discurrir con claridad.

La enfermera trataba de dirimir alguna imagen de esperanza entre los huecos que algún pino tenía la amabilidad de dejar con el siguiente. En su mente se libraba una batalla de incertidumbre que elevaba su cortisol y adrenalina hasta el punto de hacer desaparecer su saliva. La respiración irregular y un nervioso va y ven de sus pupilas dejaban entrever su estado. Los niños, ajenos a la completa locura que su guardiana sufría, sonreían felices y con total tranquilidad.

Por fin. Julius asomaba la cabeza entre los arbustos más cercanos. Saludaba hacia la ventana sin poder ver gran cosa del interior por culpa del reflejo que el astro rey imponía con total firmeza. El chico portaba unos pares de botas y una cartuchera de pierna que había encontrado en los cadáveres.

Con un gesto menudo, solicitaba a la compañera que el destino le había otorgado que le abriese la puerta de entrada. Ella sin dudarlo bajó las escaleras sin hacer uso de la mitad de los escalones. La prisa que la urgía el ver a su compañero a salvo era más importante que cualquier cosa. También había obviado la mayoría de consejos sobre precaución y seguridad que Azrael y Maika los habían transmitido todo éste tiempo.

MaryAnne abrió la puerta sin cuestionar nada más sobre la vida, sobre el bosque. Ella simplemente había hecho caso a su instinto de mujer apasionada que se preocupaba por aquel hombre por el que empezaba a sentir algo más que una amistad.

La mano agarró el picaporte. Ella accionó el mecanismo y con una enorme sonrisa dejó que el bosque se apareciese ante sus ojos. Ahí estaba Julius, feliz de haber traído dos pares de botas y una chaqueta. Un pequeño revólver calibre 12 y algunas balas.

La escena podría definirse como una viñeta de amor en tiempos de odio. La calma de sus ojos entrelazando miradas y la paz que los dos sentían en el corazón durante aquel momento, poco iban a tener que ver con el desenlace que les deparaba su incauto comportamiento.

La detonación reverberaba en todo el lugar. Desde las montañas que delimitaban en el norte hasta los poblados abandonados del éste. Todo el mundo oyó aquel disparo. Todos menos Julius. El joven caía con los ojos en blanco y su cuerpo se dejaba el alma en el camino que lo separaba del suelo. MaryAnne no tuvo oportunidad de percatarse de lo sucedido. Seguramente ni hubiera deseado poder ser consciente de lo que les ocurría en aquella fracción de segundo. Ella sólo tenía ojos para el cuerpo inerte que se había desplomado a escasos centímetros de su corazón.

Los gritos en el piso de arriba dieron paso a un silencio que tan sólo duró una eternidad. El pánico, la rabia y el desconcierto fueron relevándose por momentos. Los niños lloraban. MaryAnne cubrió su boca con sus manos. Lamentando cada decisión que la había llevado hasta aquél instante.

Ella se agachó sin atender a ninguna otra cosa que sucediera a su alrededor. Rompió su relación con todo lo aprendido anteriormente sobre situaciones críticas y valoración de amenazas. Sus lágrimas sustituyeron al poco valor que la quedaba y sólo la aparición de dos sombras ante ella la sacaron de la hibernación mental que la bloqueaba. Dos fusiles de combate se encaraban ante ella. Sendos láseres se unían sobre su pecho marcando el camino a los proyectiles que vendrían después. Sólo un roce del índice de aquellos que la cerraban el paso al bosque y su vida se esfumaría en un final que ella no merecía.

Pudiera ser que la lástima enterneciera los corazones de los soldados. Puede que la suficiencia de verse claramente superiores en posición y número ante ella. O pudiera ser que algo peor..

-Este tipo me suena de algo- Comunicaba uno de ellos a su acompañante. -No se de qué, pero se que le conozco-Terminó diciendo ante el cuerpo de Julius.

-Y.. ¿Ella?, ¿Quién es ella?. Puede que sean del grupo restante de Sarcev. Es igual- Dijo el segundo soldado- Hay que eliminar a todo el mundo que no sea de nuestro equipo.

En aquel momento, MaryAnne, recobró un ápice de consciencia y se levantó como un resorte ante el avnace de los dos tipos vestidos de negro. Los niños permanecían en silencio absoluto desde hacía unos segundos, tal y como Azrael y Maika les habían enseñado. Pero sus gritos anteriores habían sido perfectamente escuchados por los dos verdugos que se disponían a terminar su trabajo.

MaryAnne se cruzó ante ellos, tan sólo un golpe de culata sobre el lateral de su rostro fue bastante para anular su voluntad. El cuerpo de la enfermera cayó sobre los escalones de madera mientras los soldados reían ante su desgracia. Las botas de éstos recorrieron cada escalón de pino haciendo crujir éstos hasta qie llegaron arriba. Los dos láseres recorrieron los ángulos en la subida hasta que comprobaron el hallazgo que los deparaba el piso superior.

Cinco criaturas indefensas aguardaban su destino escondidos bajo la colcha de lana. Uno de los asediadores apuntó con el arma mientras el otro retiró la cobertura de tela violentamente.

Cinco cachorros se enfrentaban a una muerte segura. Cinco pequeños leones que no llegarían a ver la crueldad de la vida adulta. Cinco almas, cinco sonrisas sin felicidad ni pena.

El soldado que apuntaba miró a su derecha esperando la confirmación de su superior. Aguardando una orden que bien se sabía cierta en su interior desde hacía ya algunas horas.

La misión detallada no dejaba opción alguna más que la de la eliminación de cualquier sujeto que encontrasen. Las opciones eran tres. Los incautos que fuesen detectados tendrían sólo la posibilidad de pertenecer a uno de los tres grupos que Kuyra preveía posibles. Unos, a los llamados hombres del bosque. Individuos que hubieran escapado a la erradicación que tuvo lugar hacía semanas. Dos, al grupo que Alexander había logrado mantener junto a él. Y tres, al equipo de Sarcev. Fuera cual fuese su procedencia, eran un objetivo sin distinción para su eliminación.

-Recibido, confirmamos la orden..

Con un leve caer de su cabeza, el soldado al mando autorizaba a su hombre a que la barbarie diera comienzo. El compromiso con su misión precisaba de que la moral y la estima por la vida del inocente se apartasen y dejaran lugar a una lamentable situación que acabaría con la poca humanidad que si acaso restara en sus conciencias.

El gatillo se vencía con suavidad ante la presión de su dedo. La musculatura al completo del rostro de aquel verdugo se había comprimido hasta el punto de hacer crujir su dentadura. Poco a poco, la fuerza y la decisión de aquél hombre se esfumaba junto con su alma. Las lágrimas se retorcían en torno a su mejilla al mismo tiempo que las balas se reemplazaban en la recámara de su MP6. Uno a uno, fueron abandonando el lugar de tortura en que se había convertido el mundo. La sangre empapaba cada centímetro de la manta y cada centímetro del alma corroído del hombre que disparaba frente a ellos. De aquella forma tan cobarde y ante la mirada más cobarde si se pudiera contabilizar la deshonra, el ejecutor sumaba a su larga lista de víctimas otras cuatro muescas más.

El fuego se detuvo. El olor a pólvora impregnaba el aire. La muerte lo inundaba todo. La pena, el desconsuelo y la fragancia del terror. Por algún motivo, el soldado había detenido aquella tortura para comprobar por sí mismo que no era tan fácil quedar impune ante sus actos. El silencio que las vainas rodando impedían sentir, por fin se había impuesto en aquella maldita casa. El brigada al cargo miró con ira y rabia ante la figura de un subordinado que se mostraba incapaz de llevar a término el trabajo.

-¡Vamos teniente!, Acabe con él.

La saliva expulsada por el alto cargo se desprendía de sus hediondos labios y viajaba hasta la cama donde, en medio de un charco de sangre, sin temor alguno en su ser, el quinto niño desafiaba con la mirada al que debía haberlo sacrificado en pos de una orden recibida.

El chico, un joven demasiado valiente para regalar su vida pidiendo clemencia, clavaba sus pupilas azules en el tipo que tenía delante. Su mirada callaba, a la vez que decía demasiadas cosas. Cualquier ápice de terror era pura casualidad en su expresión. Quizás no le importaba morir. Dos tercios de su vida habían sido olvidados para convertir el último tercio de su existencia en una escuela en la que jamás se aprendía nada bueno. El brigada lo increpaba con un desagradable maldecir entre dientes. Sus palabras eran un mensaje imperceptible para el gélido cerebro de su acompañante. Su empeño pretendiendo obligar al teniente a realizar lo que sería el cúlmen de la ejecución, consiguió si no el efecto contrario. Sin apartar la vista de aquel chiquillo que lo hipnotizaba, sufrió el revés de los recuerdos, justo en aquel mismo segundo. La vida giraba las tornas de su pensamiento y la culpa vencía en el asedio que tenía lugar en su interior. Quién pudiera adivinar qué imagen del pasado había colapsado la voluntad del asesino.

Giró su rostro y se dirigió a su superior. Las mejillas pálidas brillaban con el reflejo de un sol que ya se mostraba por completo. Sus ojos encharcados denotaban una enorme pena hacia sí mismo.

-Yo no me formé para ésto-Dijo con sus labios temblando – Mire en lo que nos hemos convertido. Aprendí a luchar para defender a los míos. Jamás pensé que mi labor fuese tan oscura, mi brigada. Nada nos ata a éste mundo. No lo merecemos. La tristeza me llena, señor. Mi deber es oscuro, mi obligación con usted es una decepción para mi realidad como soldado. No puedo acatar su orden, antes prefiero la muerte..

Y así fue. El brigada sacó su arma y sin dudar ni un sólo segundo, apuntó directamente a la sien de su propio soldado. Al hombre al que había obligado a matar sin remordimientos. Con menos talante que él, oprimió el disparador mientras el desprecio por la postura que hubo tomado aquél que lo escudaba retorcía su gesto. El arma precipitó un proyectil desde su cargador hasta el Interior del cráneo de aquél desertor de conciencia. Con los ojos perdidos en el charco de sangre que bañaba sus pies, el joven asumió que aquel era su final. Al menos él moriría con la conciencia un poco más limpia. Su cuerpo caía contra la madera del piso, lento, inerte.

Rápidamente el brigada barrió de nuevo la habitación con un gesto que lo llevó a encañonar a aquel pobre diablo que había ganado unos segundos a la muerte.

-Hasta aquí llegas chico. Espero que tu infancia haya sido memorable, porque ésta noche ya no estarás aquí..

Pero aún le quedaba otro episodio que observar. Agarrada al último escalón, arrastrando su cuerpo por el cedro pulido del piso, MaryAnne se aproximaba con la languidez física propia de alguien con una grave contusión en la cabeza. Un ojo se debatía entornado, el otro ni siquiera eso. Su nariz dejaba que un hilo de sangre oscura se escapara por uno de sus orificios. El brigada, Damian, observó a la mujer con cierta curiosidad. Apuntó hacia ella su arma, pero rápidamente se dió cuenta de que no representaba más amenaza que el niño superviviente que temblaba en aquella cama.

-¿Quién de los dos va a ser el primero en caer?..

La sonrisa tétrica y complacida de Damian demostraba que un ser humano puede carecer por completo de toda humanidad. Sus ojos se entornaban agudos. La escena apunta a una continuidad en la barbaridad que sólo un psicópata podría escribir de su puño y letra. Su ojo izquierdo se cerraba y el otro apuntaba a través de la mira de su 9mm hacia MaryAnne.

-No- Pronunció mientras describía un abanico con el arma. El hierro caliente se posaba en la frente del niño. -Primero tú..

El estruendo resonó en toda la planta superior. La sacudida entumeció el sistema nervioso de MaryAnne que sintió encogerse cada músculo de su cuerpo. El fogonazo iluminó cada pieza de madera que revestía las paredes de aquel lugar.

Los ojos de la enfermera se abrieron con tristeza, ella sabía que su muerte era la próxima. Con torpeza trató de ver la cara del tipo que acabaría con ella. Pero algo raro pasaba. La sombra del brigada se retorcía sobre sus pies mientras el arma que portaba se dirigía de forma errática hacia el techo de madera. Los ojos de Damian no daban la impresión de albergar una vida. Y así era.

De su cuello brotaba con fuerza la sangre. Su carótida quebrada dejaba ir todo el plasma y a la par el alma negra de un asesino. MaryAnne olvidó su dolor y la conmoción para comprobar el motivo de aquella imagen tan inesperada. Sobre ella, un fino brazo terminaba en un arma de fuego de la cual emergía un humo delator color gris. Ella no sabía a quién pertenecía ese brazo, pero sí que acababa de salvarle la vida.

-Tu debes ser MaryAnne..

La enfermera con ayuda de Adriana se incorporó y pegó la espalda sobre la pared. Ésta no cesaba de hacer aspavientos con insistencia y un giro de su cabeza indicaba a Adriana que comprobase la cama. Así ella fue testigo de un horror al que nunca se acostumbraría . Cuatro cuerpos del tamaño de alguien que ni siquiera había aprendido a vivir, permanecían echados sin vida junto al único superviviente. Éste último gesticulaba sin sentido mientras que el trauma del que acababa de ser testigo se afincaba para siempre en su personalidad.

Adriana cogió al chico en brazos. Por unos momentos había olvidado su propio dolor físico, el coraje agudizó su instinto y rápidamente cubrió los cuerpos con la manta. Sentó al pequeño junto a MaryAnne y comprobó sus pupilas. – Está en shock- le dijo la enfermera con los ojos entrecerrados. -Por favor, abajo hay un chico que ha recibido un disparo, compruebe también su estado..

Adriana bajó las escaleras con el arma encañonando a cada rincón. Se acercó hasta el umbral de la entrada y se percató del cuerpo de Julius. La sangre fresca del suelo era el indicio que necesitaba. Dio un pequeño vistazo a los lados de la entrada para asegurarse y arrastró a Julius dentro de la estancia. Lo giró con cuidado y le tomó el pulso, éste se sentía de forma tenue e irregular, había perdido mucha sangre.

Con el estrés producido por la situación, Adriana no tuvo ni un segundo para darse cuenta de que conocía al hombre que acababa de atender.

-¿Está vivo?.. -La voz de la enfermera se oyó débil desde arriba.

-Eso parece -Contestó la soldado. -Pero ha perdido mucha sangre.

Adriana, hizo memoria de su instrucción militar y con su cuchillo desgajó la manga del joven. El orificio tenía salida y por lo tanto no había que extraer el proyectil. La chica colocó las piernas de Julius sobre la escalera y apretó fuerte la herida con sus manos.

-Mi… Mi mochila..

La enfermera, desde arriba, solicitaba a Adriana que buscase algo en su pequeña mochila. Una vez encontrada, Adriana halló en su interior un bote de yodo y unas gasas aparentemente limpias, o casi en su totalidad.

Roció el líquido sobre el hombro de Julius y aplicó una compresión fuerte. Ató el vendaje sobre el apósito y tapó el cuerpo con su propia chaqueta. Corrió veloz a la planta superior y ayudó a MaryAnne a bajar junto con el pequeño.

MaryAnne, pese a la debilidad tan acusada que le provocaba su contusión, comprobó el pulso de su compañero. Éste se reponía lentamente, ahora el joven era el único responsable de su vida. Su cuerpo debía luchar contra el shock hipovolémico. Adriana sentó al muchacho y a la enfermera junto al herido y se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada. Bloqueó el acceso con una silla y enfundó su arma.

-¿Quie… Quién eres tú?..-Pronunció débilmente la MaryAnne palpando la herida que tenía en el rostro.

Adriana se agachó a la altura de la enfermera y la ayudó a apartarse el pelo ensangrentado de la cara. Ofreció a ésta la botella de yodo y una de las gasas sobrantes. Respiró hondo y trató de dar una explicación creíble en la medida de lo posible. Aún tratando de componer dicha historia en su mente, MaryAnne se giró hacia Julius y sonrió. -Se que has estado con Azrael, esa es su chaqueta, y nadie más que él y Julius sabían de éste lugar -Señalo a la prenda que cubría al joven con un movimiento de sus cejas.

-Azrael y yo nos hemos ayudado mutuamente en un par de ocasiones. Fui yo quien le advirtió del ataque que tendría lugar en vuestro asentamiento. Él me salvó la vida ayer mismo. He caminado toda la noche hasta encontrar éste sitio..

MaryAnne abrió por fin los dos ojos y dio un repaso a la mujer que tenía en frente. La luz que penetraba por debajo de la puerta se reflejaba en las botas y en la canera de Adriana.

-Eres una de ellos , ¿Verdad?.. – la sospecha marcó el rostro de la enfermera que abrazaba al niño con un férreo instinto de madre.

Adriana se apartó un metro más atras y tocó el cuello de Julius con su dedo índice. – El pulso va recobrando intensidad, pero deberíamos ponerle una bolsa de suero intravenosa para acelerar su recuperación.

-Eso va a ser imposible -Respondió con tristeza. -Dejé casi todo mi material médico en el complejo del que venimos. Cuando Azrael y los demás se fueron con Vintila todo pasó demasiado rápido..

Adriana no daba crédito a lo que acababa de escuchar. La sorpresa fue tan exacerbada que se abalanzó sobre MaryAnne y la sujetó por los hombros.

-¿Me estás diciendo, que Alexander Vintila tiene a Azrael?..- sus ojos no podrían expresar con mejor detalle la forma en que aquella noticia había calado en ella. Su mirada maquillada de locura se veía solamente limitada por las magulladuras del día anterior.

Dejó que su espalda se topase con la fría madera que también servía de respaldo a MaryAnne. Mirando fijamente al suelo evidenciaba el trasiego de información y elucubraciones que pasaban por su mente.

Ella puso la mano sobre la cabeza del chico que se mantenía acurrucado tratando de olvidar lo que acababa de presenciar, ajeno al mundo que lo rodeaba y que se debatía en un nuevo duelo.

-Claro..–Dijo la israelí afirmando su propia conclusión. -Alexander sabía que Kuyra iba a atacar primero a vuestro grupo. La única posibilidad para él era reforzar sus filas con los vuestros antes de que Kuyra os liquidase- Miró a la enfermera y después al chico mientras se mordía el labio superior aún tiznado de sangre seca.

-No podemos volver a vuestro asentamiento. Kuyra habrá mandado patrullas por todo el bosque. Y no podemos quedarnos aquí mucho más tiempo. Esos dos habrán avisado de la localización en el mismo momento que os hayan encontrado. Hay que largarse de aquí cuanto antes..

MaryAnne miró al cuerpo de Julius y luego directamente a los ojos de Adriana que parecía estar buscando una confirmación. -No podemos movernos con él en ese estado. Prefiero quedarme aquí y defender la posición con mi vida.

Adriana observó la palidez de Julius durante unos pocos instantes y tomó la decisión que creyó correcta. Asintió una sola vez con la mirada en la nada.

-Tienes razón. Debes quedarte aquí con él. He visto un vehículo de la dotación de los antiguos guardabosques en esa cochera. Deberías atrincherarte ahí con las armas que he visto arriba y con lo que puedas necesitar. Bloquearé las puertas y saldré por el hueco del aire acondicionado de la cochera.

MaryAnne simplemente se apoyó sobre su mano derecha y con la izquierda acarició el rostro del chico. Después se incorporó con cierta dificultad y respondió -Adelante. Yo me encargo de la situación aquí. Tú busca a Azrael y ayúdalos a volver.

Adriana subió las escaleras todo lo deprisa que pudo. Tal fue la velocidad de su acción que había olvidado por completo la escena que habían dejado en el piso superior. Los cadáveres de los chicos se amontonaban y su sangre había empapado la colcha. Un fino hilo rojo se precipitaba hasta el suelo y topaba con el traje militar del brigada. Ella tragó con fuerza y asumió su papel de impasible. Alcanzó la escopeta de los guardabosques y las armas de los dos soldados perecidos. Su vista alcanzó directamente al fondo de la sala y se percató del cadáver reseco del hombre que una vez allí se quitó la vida.

-Dios.. -Exclamó por dentro -¿Cuánta gente ha muerto aquí?..

Bajó de nuevo los escalones que la sacarían del infierno. De la habitación de la muerte y la pena. Huyó en silencio de aquel horror y se agachó junto a Julius para comprobar su estado.

Gesticuló dubitativa. Pero nunca daría un motivo a la enfermera para que se viniese abajo si no era inevitable. -Está bien- Dijo convencida.

Pasó a la cochera y extendió las mantas de emergencia que había en el maletero del vehículo. La nube de polvo hizo que tosiera varias veces. Acomodó las mantas lo más mullido que permitía la situación y corrió a ayudar a MaryAnne con el cuerpo de Julius. Colocaron a éste sobre el tejido y se miraron fugazmente. La enfermera se giró hacia el niño y lo cogió de la mano. Éste permanecía atento a sus acciones sin pronunciar palabra alguna. El chico se sentó sobre el cubre rueda interior y puso la mano sobre el pecho de Julius mientras que la enfermera y la israelí no le quitaban ojo.

MaryAnne abrazó fuertemente el cuerpo de Adriana que ahora sí que recordaba sus magulladuras. -Te dejo aquí éstos pertrechos que he recopilado por los armarios, cuida de ellos y mantén el ánimo inquebrantable. En tu cabeza es donde habita la MaryAnne más fuerte, pero también la más cobarde. De tí depende a la que dejes salir..

La enfermera asintió durante toda aquella charla motivacional. Tragó saliva y asumió su destino. Ella siempre quiso salvar vidas. Ya había perdido a muchos allegados, pero también había salvado a otros. Y en su currículum de superviviente también había alguna baja de sus propias manos.

La enfermera podría considerarse una experta en el tema. Mantuvo la calma cuando Marion perdió su brazo y ella consiguió salvar al cazador. Salvó a John ejecutando a un hombre. Vio cómo la vida de los cuatro inocentes se escapaba ante sus ojos. La muerte de Aurora..

A ella ya no podría asustarla nada. Decidida, cogió su revólver y la escopeta, cargó ambas armas con la sutileza que Maika y Azrael la habían enseñado y sonrió. Sonrió como ni ella misma se esperaba. -No debes preocuparte por mí. Adoro la sensación de cuidar a los demás, de cuidarme a mí misma, pero sobre todo, adoro la emoción de ver cómo caen abatidos aquellos que tratan de hacernos daño.

Adriana la devolvió la sonrisa. No sabría muy bien decir si aquella mujer había perdido el miedo o simplemente se trataba de un shock postraumático. Sea como fuere, MaryAnne había enfundado el revolver y ya se había dispuesto en ayudar a la soldado a salir de allí. Colocó una de las mesas bajo el hueco de los tubos de calefacción y la animó a marcharse

Como de la pantera que en realidad se trataba, Adriana saltó sibilina hasta el hueco y se introdujo por él. Una nube de polvo y agujas de pino se descolgaron hacia dentro y cubrieron el ambiente durante algunos minutos. Adriana corrió de nuevo la máquina de la calefacción y ocultó la entrada, saltó desde el tejado hasta un montículo de barro y ramas muertas y desapareció de allí. Observó el sol e inició sus cálculos aproximados. -La segunda base estaba en aquella dirección. He de darme prisa..

Y oteando el horizonte a la par que su retaguardia, dejó a su espalda el lugar. La puerta del refugio se había abierto unos centímetros, por aquél ínfimo hueco, el ojo de MaryAnne se asegura de que la muchacha a la que había conocido hacía un par de horas, había partido con seguridad relativa.

MaryAnne cerró la puerta. Atrancó ésta con un pesado aparador y se encerró en la cochera con el joven Julius y el chaval. Parapetó el acceso y miró al tragaluz que presidía la parte superior del acceso para vehículos. No sabía cuánto tiempo tendrían que estar allí. Todo dependía de la recuperación de Julius y de los víveres que les quedasen a cada anochecer. O de que la mala suerte los encontrase primero y ella no fuese capar de hacer frente a un supuesto ataque. Ella miraba el brillo del sol deslizándose por el cañón de su escopeta. Había descubierto una extraña tranquilidad que sin duda emanaba de aquel metal que portaba en sus manos. Casi podía intuirse en su rostro una ligera brizna de locura que deseaba poder batirse en un nuevo ataque.

-¿Qué pasa MaryAnne?-Se dijo a sí misma -¿Es que has perdido el miedo a la muerte?…

El camino de Azrael Huespeddeningunaparte