CAPITULO 65. ¿EN Qué Te Has Convertido?

CAPITULO 65. ¿EN Qué Te Has Convertido?

Parte 2 del guerrero de hielo/El grupo de Kuyra sufre un cambio drástico que dará un giro a la vida de todos.

El corazón herido siempre tendrá dolor de sobra para sembrar allá por donde pisa. Sabe que es cuestión de tiempo que la realidad encuentre el momento oportuno para recordarle su desgracia. La soledad, fiel consejera, perfecta compañera para el desquiciado. Sólo el silencio permite que ella hable, sólo el dolor del que sufre permite que ella esté..

Huésped de ninguna parte

La luz del exterior se filtraba de forma errática. Las paredes del camión se estremecían con cada bache y el brillo de la claridad fugaz que se colaba de forma intrusa iluminaba aquel desastre de emociones. Los tornillos de la cubierta del viejo Zil 131 se aflojaban con cada kilómetro que el vehículo recorría. Nadie se ocupaba del mantenimiento de aquel montón de chapa herrumbrosa. Al menos del mantenimiento de nada que no fuese vital para su funcionamiento.

El frío se sentía por cada rendija que se dilataba con el cimbreo de la chapa. El silencio atemorizado de todos los pasajeros se reflejaba en el vaho de su respiración entrecortada. El miedo de los capturados era tan seguro por parte del ejército ruso que tan siquiera un hombre y su kalashnikov se bastaban de sobra como guardia del transporte.

Dos largas horas habían dado lugar para que el humeante Zil hubiera dejado una distancia de cien kilómetros desde que salieron de Chechenia. Todos los chicos se miraban asustados. Los ojos de cada joven se posaban nerviosos en los rostros de los demás, la incertidumbre había hecho una tortura del trayecto. El silencio arraigó los peores pensamientos en todos ellos. En todos menos en Iosip. Para él, ver la ejecución de sus progenitores hacía escasas horas le había supuesto una transformación que aún no comprendía. Su corazón se iba petrificando con el recuerdo de aquella imagen. Una y otra vez. Como una diapositiva que se repetía en su mente y que moldeaba en granito su ser.

Las ruedas cambiaron la relativa uniformidad del asfalto por la inestable grava. Iosip, que viajaba en la última parte del asiento, había comprobado a través del hueco de la lona que ahora se encontraban en algún punto de un camino rural. Casas vacías, destruidas en parte o en su totalidad, maquinaria envejecida, oxidada. Reflejos que la guerra y la pobreza habían dejado en el olvido.

Los frenos de tambor se activaron. El vehículo perdió potencia hasta que por fin se detuvo. El polvo y la nieve se asentaron junto a los neumáticos y el motor se paró en seco. Todos se agitaron presos del pánico.

Uno de los soldados se bajó de la cabina y se aproximó a la parte posterior. Su ruso era muy cerrado pero Iosip entendió parte de la conversación. Ni si quiera se molestó en explicar a sus compañeros que iban a ser ejecutados.

El soldado desde el suelo apuntó con su arma directamente a Iosip. Ordenó al soldado de dentro que hiciera bajar al total de los muchachos. Ellos, aún vestidos con el maillot de competición, temblaban y temían a partes iguales. Los más listos se sabían muertos. Los más inocentes, tenían la esperanza de que en alguno de esos ejecutores aún quedase un resquicio de alma sin pudrir. Todos menos Iosip. El corazón de aquél niño llevaba algunas horas descomponiéndose en el olvido.

Su expresión destacaba entre los demás. Él guardaba el color del hielo en sus pupilas y la dureza del mismo en su interior.

Todos en fila. La mirada al suelo. Alguien había tenido la amabilidad de haber cavado una fosa para ellos. Seguramente alguno de los cadáveres que aún dejaban alguna parte de su cuerpo asomar entre la nieve.

Los muchachos lloraban. Temblores y narices moqueantes. Lamentos entrecortados y un sin fin de lágrimas que ya no tendrían consuelo. Sólo la muerte acabaría con aquel sufrimiento.

Para aquel soldado fue bastante fácil disparar. Él ya había ejecutado a muchas personas, demasiadas. Su secreto era el poner su mente en la suavidad que el gatillo le transmitía cuando disparaba. Disfrutaba de la vibración de aquella máquina de muerte que empuñaba. Él sabía que poco a poco, víctima a víctima, su cordura se disipaba en un lago de maldad. Todas las almas que segaba se amontonaban en la sala de espera de su conciencia.

Uno tras otro cayeron como si de sacos de grano se tratase. El bosque escuchó con atención y la pena se abrazó a cada árbol.

El brazo izquierdo del soldado al frente se levantó y acto seguido cesó el fusilamiento. Iosip habría sido el siguiente, pero algo salvó al joven de la ejecución segura. Él y el soldado se miraron de frente. Este hizo una señal al verdugo y un nuevo disparo se produjo. El cadáver del chico que enmudecía junto al checheno, se unió al grupo de seres inertes, despojados de la vida que llenarían aquella fosa para siempre.

Iosip ni siquiera parpadeó. Aquel soldado sabía por lo que había dado una oportunidad al chico. Su rostro había perdido el miedo. Los planes de aquél depravado iban más allá que quitarle la vida. En las manos correctas, Iosip sería moldeado con un fin explícito. Ahora tendría una misión en la vida junto a los hombres que asesinaron a sus padres.

-¿Porqué dejas a éste con vida?-Preguntó uno de ellos.

-Mira sus ojos- Respondió el superior -El odio ha engullido su alma. Ya no siente miedo, no siente nada. Su interior alberga tanta ira que si conseguimos manejamos ésta en nuestro favor, habremos encontrado un arma perfecta..

Desde aquel momento, la maquinaria interna del checheno fue engrasada por las élites del ejército. Iosip aprendió y desarrolló una exquisita capacidad para que la violencia fuera siempre una opción viable. Los primeros años resultaron de un éxito meteórico. Sus superiores veían cómo un sólo hombre, un hombre sin temor, se ofrecía sin titubear para las misiones más difíciles de asignar.

Iosip atravesó desiertos, estepa y nieve acompañado únicamente de su soledad. Aprendió cada lección sobre combate que tuvo a su alcance. Hizo grandes compañeros de equipo, el mismo número de ellos que acabó perdiendo. La única certeza que se mantenía segura durante su etapa de soldado, era la de que Iosip siempre volvía con vida. Cada regreso era similar al anterior. El rostro un poco más apagado que al marchar, herido en su alma, mucho más que en su físico. Encontrar al niño que un día fue, ya no era posible. Por mucho que se mirase al espejo durante horas, él sólo veía a una perfecta herramienta de desastre. Una amenaza contra la seguridad del enemigo. Iosip odiaba al mundo. Pero odiaba aún más al instrumento en que se había convertido.

Su último reducto junto a la sección tres de los Spetnaz, le llevó al centro de entrenamiento de Kuyra. El General había hecho un seguimiento exhaustivo de su recorrido en batalla y no tuvo la menor duda, lo necesitaba junto a él.

Con la excusa de un contraespionaje, el General colocó a su lado de forma semipermanente a la bestia chechena. Durante meses hizo un gran trabajo para ganarse su confianza, hasta que un día por fin, puso en conocimiento de éste todo el plan que Alexander estaba tramando.

La primera reunión con Zmei Novisech otorgó a Kuyra el pretexto perfecto para reclutarlo en exclusiva. “Heredarás el mundo”. Fue la frase decisiva que llevó al gigante a tomar en cuenta aquella oferta.

Promesas de poder absoluto. De ser la mayor autoridad militar en todo el éste de Rusia, y por qué no, de todo el planeta. El día indicado, Iosip, Markus, Adriana, Nicolai y Kuyra, tomarían un MI SuperHind con destino a la profundidad boscosa del sureste del continente. Nunca más volverían a tener contacto con nadie ajeno al proyecto “Nuevo Amanecer”. Nunca volverían a saber del equipo Spetnaz, del ejército ruso ni de todo aquello que los ataba al pasado.

Por extraño que pareciera, Iosip y Alexander tenían algunas cosas en común. El odio interiorizado más absoluto al gobierno ruso, y la capacidad de usar cualquier herramienta por llevar a cabo su cometido. Dos depredadores impasibles que se servían de sus distintas armas para obtener todo aquello que deseaban.

Iosip, un hombre despiadado que ya no conocía más miedo que el de ser vencido, y Vintila, un perfecto psicópata con una mente calculadora programada para salirse siempre con la suya. Alexander no estaba muy convencido de compartir su proyecto con Kuyra y sus hombres, pero ante la negativa de Sarcev a formar parte del nuevo amanecer, no tuvo más elección que usar la carta del equipo del General. Construir la base alternativa y mantener a su equipo cerca había sido vital para sobrevivir. Un acierto más de su previsión impecable.

[En la actualidad]

Ya hacía algunas horas que la emisora guardaba completo silencio. Iosip no entendía por qué Kuyra había tomado aquella decisión. Enviar dos grupos de sólo dos personas al bosque significaba un completo suicidio táctico, al menos para el checheno. El General daba por sentado que Adriana debía haberse unido al equipo de Alexander, pero Iosip sabía que aquella idea era improbable. Vintila jamás se la jugaría con alguien como ella. El checheno había sido el encargado de organizar la expedición de limpieza junto a ella y Nicolai por algún motivo. Ella era inestable emocionalmente. Demasiado joven y demasiado sentimental. Iosip siempre la tuvo en su mira, aún cuando las misiones previas tenían éxito gracias al trabajo conjunto de los tres.

Nicolai se encontraba cada vez más cerca del colapso. Iosip se había percatado de la situación de inestabilidad mental que suponía todo lo ocurrido en los últimos días para su compañero. En menos de una semana, él, Adriana y Nicolai habían librado una batalla extenuante para la moralidad de cualquier soldado. Ni siquiera contaban ya las bajas que habían perpetrado entre las filas de los hombres del norte. Adriana trató de mantener viva su humanidad dejando a salvo a aquella madre con su hijo, pero Iosip velaba por que aquel equipo mantuviera la arrogancia y el desprecio por la vida que la situación precisaba.

El checheno se levantó de la butaca que ocupaba una esquina de su estrecho camarote y agarró la pequeña emisora con desprecio, recorrió el largo pasillo que lo separaba de la estancia de Kuyra arrastrando el pequeño aparato electrónico por las paredes y produciendo un desagradable sonido que retumbaba en todo el lugar. Una vez frente al último despacho, llamó a la puerta con poca o nula delicadeza.

-Adelante -Respondió el General con desgana.

El checheno arrastró su musculado físico al interior de aquella sala donde Kuyra estudiaba un pequeño mapa y tomaba notas en su libreta. Sin levantar la vista de la mesa, Kuyra hizo del tiempo una eternidad sin pronunciar palabra alguna. Iosip colocó correctamente la cinta que sujetaba el parche sobre su ojo derecho y enmudeció de igual manera.

Pasaron varios segundos antes de que por fin el checheno rompiese la tensión que se fraguaba en aquel despacho. Dio un par de pasos en dirección a la mesa de Kuyra y dejó la emisora con una lentitud innecesaria sobre el mapa, asegurándose de que ésta quedaba a la vista de su General.

-Puede añadir cuatro bajas más en nuestras filas sobre su conciencia- Espetó con soberbia- Debería ir pensando en cómo acabar con alguno de ellos, para variar.

Kuyra alzó la vista hasta encajarla con el ojo sano del checheno.

Los muebles de madera y el tapizado de las paredes parecían estar aguardando una respuesta a la medida de aquel desafío. Pero en su lugar, el General hizo a la perfección su papel de General y mantuvo la compostura ante aquella muestra de duelo.

-Mandé esos dos equipos a realizar una misión de reconocimiento, por la expresión que muestras en tu fez, entiendo que hemos perdido el contacto con ellos. ¿No es así?..

Iosip cruzó los brazos tras la espalda y trató de deshacer la imagen de amotinamiento con la que había traspasado la puerta. Sus dedos se entrelazaban nerviosos mientras buscaba algunas palabras que hicieran ver a Kuyra su error de planificación.

-El equipo que fue al oeste nos detalló la posición de ciertas huellas que podrían coincidir con los neumáticos de alguno de los vehículos que permanecían en la otra base. Los dos hombres prepararon una emboscada pero no se sabe nada de ellos.

kuyra miró al mapa de reojo y trazó una línea en el lugar que había indicado el checheno.

-El otro equipo se dirigió al sureste- Prosiguió el vikingo- uno de los soldados avisó de un avistamiento positivo de una pareja y algunos menores, dimos la orden de ejecución pero no sabemos nada del resultado de la operación..

Kuyra se sentó despacio y apoyó los codos sobre la mesa, desencapuchó el bolígrafo que tenía en la mano y marcó la zona donde se ubicaba aproximadamente el refugio de los guardabosques. Dejó de nuevo el bolígrafo y se apoyó sobre su espalda. La cabeza del General se mecía adelante y atrás como dando la razón al checheno.

-Debemos preparar el ataque para mañana- Dijo rompiendo el silencio. – Pero tenemos que hilar muy fino ésta vez. Doy por hecho que Vintila ha reclutado al otro grupo. Ese hombre es capaz de arrastrar al mismo demonio a sus filas con sus artimañas y mentiras.

Iosip resopló con fuerza. La misma energía y pose que un toro embravecido se apoderaron de su cuerpo. Sus brazos se cruzaron y comenzó a dar vueltas por el despacho con la desazón de un niño enrabietado.

-Disculpe- Dijo dirigiendo su vista al frente con ademán de soberbia – Parece que haya olvidado que debajo de su mismo despacho tiene una carga de gases disponible. No es necesario arriesgar a ninguno más de los nuestros. El motivo de hacernos con ésta maldita base no fue otro que el de hacernos con todo ese arsenal, ¿no es así?.

Kuyra respiró en profundidad. Masculló en silencio para sí mismo antes de decir nada que complicase la situación aún más. La información que debía dar a su soldado no iba a ser fácil de aceptar para las pretensiones del checheno.

-No podemos utilizar ese arsenal..

-¿Qué?- Respondió incrédulo Iosip.

El checheno dio un paso al frente. Su ojo vibraba con demasiada energía. Las carótidas de su cuello se inflaron con desmedida presión. Kuyra pudo apreciar cómo la rabia enturbiaba el pensamiento del mastodonte que tenía en frente.

El General tomó aire para darse un márgen de pensamiento, miró al suelo y entonces explicó su respuesta.

-El ordenador que da la orden de lanzamiento tiene una clave de acceso diferente. No hemos podido dar con ella y el programa ha bloqueado las puertas de entrada. Tenemos a dos de nuestros hombres ocupados en ello, pero no hay nada que podamos hacer sin esos códigos..

Iosip negó la explicación con con su lacerado rostro. Su ojo azul recorría con rabia la cara de Kuyra. Su labio superior se recogió mostrando cuán desagradable habían resultado para él esas palabras.

-Me está mintiendo, General..

-Iosip, mantén la calma..

-Usted nunca quiso acabar con ellos, ¿Verdad?..

-Escúchame..

Pero el checheno ya no iba a escuchar más las palabras de aquél hombre. En su interior se había desatado un animal que incluso él mismo quiso mantener siempre en estado de hibernación. Una supernova en forma de amotinamiento. Ahora, el hombre al que Kuyra había enviado a tantas misiones suicidas, se tornaba cual enemigo ante sus ojos. El proceso de sublevación había comenzado.

Un giro veloz y un arranque de guepardo pusieron los más de cien kilos de Iosip en fuga. La puerta golpeó contra la pared y dos de los marcos de cristal se precipitaron contra el suelo. El checheno emprendió una carrera que Kuyra sabía bien a dónde llevaba. Las botas de goma rechinaron en cada escalón en el que apenas puso un pie. Una corriente de aire frío acompañaba al guerrero de hielo en aquella explosión de energía.

-Maldita sea. ¡Detenedlo!- Ordenó un nervioso Kuyra.

Varios soldados corrieron tras él. Bien por miedo o por incapacidad, los militares que seguían al checheno nunca darían alcance a la mole que arrastraba con él todo cuanto no estaba sujeto al suelo. Papeleras, carteles, alfombras.. todo aquello había sido engullido por la bravura de Iosip.

Por fin llegó al acceso de la de control de armas. Los dos tipos que trataban de custodiar la entrada enmudecieron al ver el gesto que mostraba bajo su pelo revuelto pegado a la cara.

Frente a un sólo ojo, azul, infinito. Uno de los soldados encañonó al checheno con su fusil de fabricación australiana. El hombre haciendo gala de una enorme valentía, apuntó al pecho de Iosip pese al miedo que éste le transmitía.

-Sabes que voy a entrar ahí de todas formas ¿Verdad?- dijo entre dientes.

-No puedo dejar que acceda, señor-Contestó el soldado -Bien sabe usted que estoy de su lado, hemos luchado juntos en ese bosque y he cumplido sus órdenes con gusto, pero el General ordenó mantener éste acceso cerrado hasta nuevas indicaciones.

Pero para Iosip, el General representaba ya sólo una fracción de la autoridad que fue en algún momento. El checheno raudo sacó su karambit de hoja cerámica y lo pasó frente al rostro del soldado. El aire se cortó en mil pedazos. El soldado, haciendo gala de su habilidad para el combate, ballesteó su cuerpo hacia atrás dejando un espacio prudente entre él y el checheno. Bien sabían todos los presentes que si la verdadera intención de Iosip hubiera sido la de acabar con aquél hombre, ahora la sangre de ese soldado correría por el piso de moqueta.

El otro soldado miró a Iosip desafiante. Su dedo repasaba el canto del gatillo de su arma.

-¿Vas a disparame?-Le increpó El checheno con su ojo enervado.

-Si es necesario, así lo haré, Señor..

Iosip se reconfortó en aquellas palabras de amenaza hacia su persona. Mientras tanto, un jadeante Kuyra daba alcance a la escena y la interrumpía con la voz entrecortada.

-¡Iosip! ¡Guarda ese cuchillo!-Ordenó.

Iosip omitió aquella voz y prosiguió conversando con los soldados que bloqueaban el paso.

-Sois buenos soldados. Recibís una orden y la cumplís. No hacéis cuestión de lo que se os encomienda, ni siquiera aunque sea moralmente dudoso-Les dijo señalando con la hoja curvada.

Kuyra se acercó al checheno. Trató de calmarlo colocando una mano sobre su hombro y pronunciando algunas palabras de reconocimiento.

-Vamos, hijo. Calma tus nervios. Vayamos a mi despacho y tracemos una nueva estrategia..

Los oídos de Iosip omitieron de nuevo al general. Con voz pausada y pronunciando cada sílaba, volvió a dirigirse a los hombres que atentamente lo escuchaban.

-Debemos entender, que la situación no es fácil. Lo que acontece ahora, requiere de una reacción inmediata. Hemos perdido hombres y puede que nos hayamos posicionado en una situación de desventaja numérica.

-Ya hemos hablado de eso, le llamo al orden y le ordeno que se mantenga alejado de esos soldados. Ésta conversación queda prohibida por su General al mando..

Los soldados observaron cómo algo iba adquiriendo un tono oscuro en Iosip. Un gesto extraño daba forma a su semblante. El gris pasó a negro y el negro arraigó hasta su interior. La seriedad bajo el parche y la laceración de su rostro, había tornado en la viva imagen de la maldad.

Iosip mostró sus dientes al soldado, giró despacio la muñeca que portaba el arma cerámica y dejó que las luces del techo recorriesen la hoja. De pronto, el hielo que llevaba consigo se esparció sobre los presentes. Ninguno de los que allí estaba quiso darse cuenta, mucho menos intervenir.

Raudo como la muerte que exhala un alma desde lo más profundo de un cuerpo que abandona la vida, el checheno dio media vuelta de cintura y el aire se entumeció a su paso. Sólo la cabeza de aquel hombre sabía lo que iba a ocurrir. Ningún ojo fue capaz de avistar el movimiento hasta que fue demasiado tarde.

Iosip se abrazaba a un general incrédulo que sentía escapar su vida de repente. El cuchillo de su soldado, aquel al que había enviado numerosas veces a segar tantas vidas inocentes que se olvidó de distinguir el bien del mal, ahora se retorcía desgarrando sus entrañas.

Los ojos de Kuyra se hundieron en el único ojo de su ejecutor. Quizás buscando una explicación, quizás tratando de remover su conciencia. Un segundo, dos, tres..

El sabor del óxido se regocijaba entre los dientes del general. Una bocanada de sangre alcanzó su ropa y la del checheno. Éste se apartó sin soltar la nuca de su víctima.

-Se acabaron las misiones a ninguna parte, General-Dijo arrugando su entrecejo.

Kuyra sintió como una calidez se abrazaba a sus extremidades. Bien sabía que aquellos eran sus últimos momentos en una vida que a nadie le importaba. Dejó sus brazos caer y dió dos pasos hacia atrás. Su espalda topó con la pared de aluminio, trató de cubrir la herida con sus manos pero carecía de fuerza para ello. Su boca comenzó a llenarse de mil hormigas que anunciaban su fin. Respiró una última vez. Dio forma al aire de sus pulmones y mirando al asesino sentenció la moral de éste..

-Te has convertido en las personas que asesinaron a tus padres..

El camino de Azrael Flashbacks Huespeddeningunaparte