Capitulo 66.           Un Viaje Muy Extraño

Capitulo 66. Un Viaje Muy Extraño

CUANDO UNA TERRIBLE ACCIÓN DA LUGAR AL NACIMIENTO DE UN HOMBRE ARREPENTIDO

La serenidad de aquella montaña tenía un componente de magia. Pockhara se situaba en un lugar idílico para olvidarse del mundo y hallar la conexión con el espíritu. Los monjes bajaban cada mañana hasta el lago Phegua para pescar y rellenar sus cantarás de cerámica con el agua pura que la tierra les ofrecía al sur del Himalaya.

Yenene, el más joven de todos los discípulos del maestro Godié, se sienta como siempre en la orilla que mejor vistas le ofrece en aquella parte del lago. Las gélidas aguas le producen una sensación ambigua al entumecer sus pequeños píes cuando éstos se sumergen. El lago podría pasar por un inmenso espejo que ha quedado cautivo al pie de la montaña y que grita a su hermano azul por el día y al oscuro infinito por las noches. Sólo el pequeño chapoteo de alguna perca y las libélulas acariciando su superficie recuerdan a Yenene que el reflejo del cielo es en realidad una extensión de agua infinita ante sus ojos. Su conciencia se disipa mientras las ondas cristalinas causan una hipnosis en su mente que lo lleva a un estado de meditación.

Sólo unos segundos después, su paz interna se quiebra ante la incidente percutora del sonido que acaba con el silencio que él tanto ama. Sus ojos se abren de nuevo y sus pupilas se contraen al paso de la luz del sol. La claridad nubla su vista, pero él no pierde la calma.

Un enorme helicóptero Hind Mi 24 toma tierra posando sus neumáticos a sólo unas decenas de metros del lugar donde Yenene medita.

Un hombre armado baja por el acceso lateral de un salto y despliega la escalinata de cortesía. El hombre trajeado que desciende y planta sus zapatos sobre la grava sabe bien a dónde va. Unas indicaciones al comandante de la nave mientras camina de espaldas a Yenene indican al piloto que ponga el aparato en el aire de nuevo. El hombre trajeado ha llegado para quedarse algunas horas.

Yenene alza la cabeza ante la inminente proximidad del elegante visitante. El joven levanta su cuerpo y sacude la arena de su hábito color naranja.

-Buen día -Dijo el hombre antes de alcanzar la posición de chico. -¿Cómo estás,Yenene?..

-Muy bien, señor Vintila, ¿Como ha ido su viaje?¿Va a quedarse mucho tiempo?..

Alexander saluda cortésmente con una reverencia al futuro monje y éste le devuelve el cumplido. Un largo paseo lleva a los dos caminando hasta la ladera sur de Pockhara. Allí se sitúa el monasterio budista donde el maestro Godié imparte su sabiduría. No pocas personas fueron las que se cruzaron con ellos durante aquella caminata. Casi todas al completo dedicaron una sonrisa a aquel hombre que tan poco parecía encajar en aquel entorno.

Por fin se erguía ante ellos la gran serpiente compuesta de escalones de granito. Ni uno solo de aquellos pasos de piedra se parecía al anterior, ni a ningún otro escalón de la enorme escalera. Aunque a Vintila aquello le importaba poco. Recorrió uno a uno los pasos, respirando profundo aquel aire tan sutil que el Himalaya le ofrecía. Recargado de energía y con los pulmones repletos de vida, daba alcance a la parte superior del último tramo. Allí el maestro Godié encendía unas flores de incienso de espaldas a la llegada de Vintila.

-No le esperaba tan pronto, Alexander – Dijo sin girarse. -Si el destino le apresura a venir tan lejos, el motivo no debe ser menudo. El tigre disfruta del agua tanto como los peces, pero sólo la presencia de éstos últimos lo mantienen cerca del río..

Alexander enmudeció de golpe. El maestro dio media vuelta y lo obsequió con una reverencia. Puedo observar que el oxígeno de nuestra montaña no ha sido suficiente para mantener su respiración tranquila. Debe haber algo de importancia que roba el sosiego de su pecho. Supongo que será el motivo por el que el tigre ha vuelto al río tan pronto..

El monje indicó a Vintila el camino que debía seguir para llegar hasta una de las salas de meditación. Vintila se descalzó y saludó con educación a la enorme tangka de Buda que presidía el acceso. Caminó tras el monje hasta una pequeña sala inundada de humo de incienso y cuyo suelo lucía alfombras tejidas a mano y pétalos de diferentes flores. El olor embriagador atrapó la respiración y parte de la lucidez de Alexander.

Godié tomó un pequeño zafu azulado y ofreció otro a su visita. Los dos se sentaron en paralelo mirando al frente sobre sus respectivos zafúes, en una perfecta posición de loto. Sus ojos se cerraron al unísono y los minutos pasaron en silencio.

La mente de Alexander resonaba en su propio eco. El maestro Godié respiró tan profundo que por unos segundos desapareció el aroma a incienso y mirra. Vintila veía en su mente las imágenes distorsionadas de las antiguas vivencias más importantes para él. Y de pronto, la cara del maestro se apareció entre nubes. Justo de frente a él. La sensación, pese a ser extraña, no hizo si no que Alexander se dejara abducir aún más por una especie de hipnosis que lo mantenía alejado de la realidad.

-Cuéntame Alexander – Le susurró el viejo desde dentro de sus pensamientos -¿Qué es aquello que te precipita a buscar sosiego en mi monasterio?..

Alexander trató de abrir los ojos inútilmente. La sensación de duermevela, de parálisis del sueño que sufría, no hizo si no acentuar su necesidad de abrir la verdad de por qué estaba allí. Nunca hubiera podido asegurar si las voces que oía eran las de el maestro de dentro de su cabeza, o las del maestro que se situaba junto a él.

Pero aún así, Vintila relató su verdad.

-Va a ocurrir algo muy grave, maestro-Dijo agitando los ojos en la profundidad de su sueño.

-Muchísimas personas perderán la vida, y ya no hay marcha atrás. He puesto un plan en marcha. Un plan que acabará con la mayor parte de seres que habitan la tierra..

El monje que habitaba su memoria se disipó como humo de inciso al encontrar una corriente.

Una extraña sensación de frío acariciaba sus piernas. La brisa helada torneaba su rostro y sus manos. El olor a naturaleza había apartado de sus sentidos el embriagador aroma a especias del monasterio. Los ojos de Vintila se abrieron y una sorpresa inesperada heló sus venas por completo. El lago Phegua se extendía a su alrededor, la montaña presidía su entorno y a lo lejos, en mitad de la ladera, podía divisar el monasterio.

Su percepción de aquella visión se tornaba reveladora. La paz interior que sentía se debatía en un duelo de sentimientos con aquello que sus ojos le indicaban. La escalinata se erguía ante él, de nuevo aquella sucesión de escalones irregulares asediados por briznas de hierba. Recorrió cada escalón con sus pupilas, su cuerpo permanecía inmóvil en el medio del lago.

La estupefacción de su interior se quebró por un momento. En el último escalón, agarrados a la madera envejecida de la pasarela que protegía el rellano, una pareja se muestra para incredulidad de Alexander. Él sabe de quién se trata. Sabe perfectamente que su meditación le ha llevado hasta lo más profundo de sus sentimientos. Ahora sólo deja que su vista se recree en el mayor de sus dolores. La herida incurable que cercenó su vida, vuelve a abrirse al oír las voces de sus progenitores. Alexander respira pausado. Deja que los sucesos tengan origen de forma natural, y llora. Llora de tal modo que sus lágrimas llegan incluso a tocar el lago. Lágrimas saladas que se pierden en la inmensidad de agua cristalina. Su tristeza es tal que su corazón quiere pararse, dejar de latir.

Observa cómo sus padres caminan hacia el interior de aquel monasterio, aquellos que le dieron la vida se giran por última vez antes de cruzar el umbral de madera. Él los chilla, grita con su mirada. Sus lágrimas expresan odio, pero también su alma débil. Cierra los ojos y ve cómo desaparecen. Ahora es el sol el que ciega su mirada. El monasterio se nubla ante el ocaso. De pronto, el frío que ha sentido durante unos largos minutos desaparece, el lago ya no está , la montaña se ha ido. Ésta vez sí se abren sus ojos y ven la realidad. El olor a incienso y canela le recuerdan dónde está. Mira al maestro que le sonríe a unos metros. Vintila mira sus manos y lleva éstas hasta sus mejillas. Están secas. El maestro le mira atentamente, Vintila había perdido el control de su realidad y eso era algo que le inquietaba.

-No busque lágrimas en su rostro. Cuando uno llora mientras viaja a través de sus pensamientos más profundos, son los recuerdos tristes los que vemos en nuestra mente. Pero no deben salir de ahí, sólo comprenda la suerte que ha tenido de encontrar aquello que tanto le agita.

Alexander dejó que aquella frase se posase en su alma. Dejó que que se adheriese en el fondo de su personalidad y asumió la lección con gratitud.

Se levantó del zafu y caminó con la carga de aquel sueño en su pensamiento. La sensación híbrida de pena y alivio lo acompañaron hasta la puerta. Los monjes abrieron ésta y Alexander cruzó el acceso despacio. Se acercó hasta un pequeño baúl para donaciones fabricado en madera y cobre e introdujo dentro un fajo de billetes de gran tamaño.

El monje lo observó y se aproximó hasta él, colocó una mano en su hombro y Vintila se giró hasta que la proximidad con su oído fue de escasos centímetros.

-Coja ese dinero y compre alimento suficiente para varios meses. Compre medicina, leña y todo lo indispensable para estar una larga temporada tras esa puerta-Indicó hacia la gran puerta con su barbilla.

-Alexander- Respondió el maestro Godié con tranquilidad- Usted lleva muchos años protegiendo éste lugar. Ha mantenido a raya al ejército chino, al gobierno y a cualquiera que amenazase nuestra paz. No creo que pueda haber maldad en lo que usted vaya a hacer. Pero recuerde que nada de lo que haga en ésta vida podrá devolverle a sus padres.

Alexander se giró hacia el anciano y asintió otorgando a éste la razon, sin más pretexto porque era consciente de que la tenía por completo. El maestro agachó su cabeza y Vintila le correspondió. Mientras bajababa la enorme escalinata escarvada en la piedra, fue despidiéndose mentalmente de cada paso que dejaba atrás. Zmei y otro soldado lo esperaban abajo. Alexander pasó por su lado en dirección al helicóptero que esperaba con el rotor en marcha. Vintila ocupó su asiento desde el cual pudo avistar la ladera donde se ubicaba el monasterio. Apoyó su mentón en su mano y sin perder de vista el hogar de Godié susurró en voz baja.

-Si pudiera, pararía todo el proyecto en éste momento..

Zmei lo miró con un giro veloz y se acercó a Vintila cerciorándose de que no se les escuchaba.

-Señor, no es posible dar marcha atrás. La sonda ya está en la posición debida y no es posible comunicarse con ella..

Vintila se tornó aún más hacia la ventana y obviando la mirada de Zmei contestó:

-He dicho si pudiera..

El camino de Azrael Flashbacks Huespeddeningunaparte